Fotografía: Charles Clyde Ebbets.
Fotografía: Charles Clyde Ebbets.

¿No les ha pasado que se levantan un buen día con la sensación de que todo va bien, demasiado bien, así que tienen que hacer algo muy estúpido para que el caos de su universo vuelva a su nivel normal? (traicionar a tu pareja con alguna persona al azar, dejar pasar el plazo de entrega de un artículo acordado, instalar la última versión de turno de Windows a pesar de que tu sistema operativo funciona a las mil maravillas…)

Me siento como un futbolista que tiene la desgracia de verse ascendido a primera división, que a cada rato recuerda con nostalgia los otros días porque sabe que allá abajo, en los cuasi potreros de segunda, donde la patada fracturadora y el punterazo del gol son indistinguibles, estaba el verdadero fútbol.

Sospecho que se vienen unos días así; no sé si porque el último cuarto del año siempre me pone especialmente sensible, o si hay algún cambio hormonal cuando se acerca la vida post 25. El caso es que siento la carga estática del aire y me dan ganas de gruñir, como los perros antes de la tormenta.

Pero ni siquiera de eso es de lo que quería hablarles. La cosa es: desde el 1ro de octubre y hasta nuevo aviso, mis condiciones de conexión estarán sensiblemente mermadas. Quizás sean dos días, o dos semanas, o dos meses, nunca más de dos años (porque confío, de esa manera absurda en que yo confío, que antes del 2017, ETECSA o Verizon o AT&T o el que sea que esté a cargo para entonces haya hecho finalmente lo que tiene que hacer para que parezca que nos adentramos en el siglo XXI). El caso es que voy a estar considerablemente off.

Ya terminé mi servicio social, y ya me voy de Trabajadores, donde pasé un par de años con sus altas y sus bajas, donde me deprimí algunas veces pero conocí gente maravillosa y tuve, para qué negarlo, un par de buenos momentos. Me llevo especialmente en un bolsillo a la redacción digital, la que por un tiempo nos pareció la mejor oficina del mundo (el Halo sin ustedes nunca será lo mismo).

Voy a extrañar un par de cosas. Las conversaciones con Karel y David en las que nos poníamos al día sobre las lecturas cruzadas. Los chats con algunas personas que están a miles de kilómetros y he aprendido a querer como si fueran familia o amigos de siempre. Toda la música y todos los libros y todos los artículos que suelo leer y descargar. La sensación de que nada estaba demasiado lejos o me era demasiado ajeno. Poco más. Soy por naturaleza bastante reacio a crear cualquier tipo de dependencia, así que sospecho que me las apañaré bien.

Y en última instancia, ¿qué carajo significa estar vivo, o para ser más precisos, estar vivo en esta nueva etapa? Me gustaría decirles que ahora sí voy a tener todo el tiempo y la tranquilidad del mundo para hacer esos perfiles encojonadamente buenos que tantas ganas tengo de ver publicados en Cuba, o que dentro de poco tendré a punto esa New Yorker o Rolling Stone tropical con la que siempre sueño, pero todos sabemos que la vida es más enredada que eso, que a saber de qué manera termina cayendo el dado de 20 caras, y que me encantaría hacerlo, pero que lo más probable es que algún otro dragón me devore.

Algunas personas cuando están aburridas se tatúan el nombre de la pareja que seis meses más tarde la abandonará. Otros prefieren matar las horas en entretenimientos, da igual si son videojuegos, series, apuestas, libros o pornografía. Unos pocos se dedican a combatir el aburrimiento pensando en cómo hacer este mundo más divertido y más culto (entendiendo cultura no como la acumulación inutil de datos sin propósito, sino como la capacidad de conectar ideas y darles un uso provechoso para alguien más que uno mismo). Yo quiro pertenecer a ese grupo. Eso es lo único que puedo garantizar. Que cada cosa que haga, con mayor o menor conexión, intentará ser divertida y útil.

Nada, que quería avisarles, por si no me ven por allí o por acá con la frecuencia que solían verme. Sé que muchos de mis amigos agradecerán ver que su muro de Facebook comienza a amanecer con menos de 20 notificaciones a la cuenta de Rafa (y sé que a la semana me van a suplicar que vuelva a ser su spam habitual 😛 ).

No me fui, solo saqué un rato la cabeza por la ventanilla; así que tranquilos, sigo dentro del carro. La carretera está llena de baches, el motor suena como si fuera a detenerse en cualquier momento, la comida es malísima. El viaje, en resumen, es genial. Y no pienso perdérmelo por nada del mundo.

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