Ilustración: Pascal Campion
Ilustración: Pascal Campion
Hay dos maneras de buscar la soledad: por inmersión o por aislamiento.
La primera, contrario a lo que muchos podrían creer, es relativamente sencilla. Basta dejarse llevar hasta una zona bien concurrida de la ciudad -La Rampa, si vive en La Habana, es un espacio perfecto. Enseguida verá como la avalancha de cuerpos, voces y objetos hace desaparecer el entorno. Conviene, eso sí, evitar cualquier contacto visual, no sea que se tropiece con un conocido o con el amor de su vida, personas ninguna de las cuales le ayudará mucho a encontrar la soledad. Es muy recomendable también que el lugar elegido le sea bien familiar; así le negará al paisaje cualquier posibilidad de asombro.

La búsqueda de la soledad por aislamiento, en cambio, es harto dífícil. Sin embargo, muchas personas escogen este camino, con una consecuente alta tasa de fracaso. Pocas cosas hay más persistentes y distraedoras que la voz interior. Para empezar, ni siquiera es una, sino más bien un poliedro de pliegues de nuestra conciencia, arrebatándose continuamente el micrófono unos a otros. Acallar la voz interior es un trabajo que solo algunos avezados maestros zen y uno que otro guardabosque logran dominar, y eso a costa de un esfuerzo y voluntad incontable.
Algunos creadores, en circunstancias específicas, rozan la ropa de la soledad. Por fracciones de relampagueantes segundos, se asoman por la ventana del más íntimo de los cuartos del mundo. A esos raros instantes de lucidez los llamamos inventos, arte, epifanías. Pero su propia condición de creadores, de transformadores del espacio común del resto de los seres, los hace ser muy malos solitarios. Para un creador, la soledad es un peaje inevitable para llegar al reconocimiento.
Si fuera lo bastante disciplinado para acallar la voz interior, queda la cuestión de apagar así mismo recuerdos, deseos, frustraciones, esa madeja de gestos de la memoria que nos conectan con todo lo que hay más allá de nosotros.
No hace ningún daño despojarse del lenguaje (si usted es políglota, es casi requisito obligatorio); la soledad es esencialmente contemplativa y se entiende bastante bien con su interlocutor sin necesidad de esa complicada maquinaria mental conocida como idioma.
En cualquier caso no conviene quedarse demasiado tiempo en soledad.
Los efectos secundarios de una exposición prolongada a la soledad incluyen, entre otros, pérdida de la percepción espacio-temporal, bruscos cambios del estado de ánimo, cierta predilección por los primeros discos de Leonard Cohen y la relectura obsesiva de la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, el gusto por los tonos grises y una afición insana por los parques.
Se recomienda buscar la soledad en horarios de la madrugada, con cierta flexibilidad los fines de semana.
Se le advierte que comenzar un lunes en soledad puede tener consecuencias desastrosas.

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