La cara oculta de FCOM

portada tesis carrasco

Por: Carlos Manuel Álvarez

En su tesis de licenciatura, Lázaro Carrasco, estudiante de quinto año de periodismo, escribe gratuitamente, sin guía metodológica alguna que lo exija, una carta a Reinaldo Arenas donde revela, entre otras cosas, que en la Facultad de Comunicación del 2013 no dejan imaginar demasiado.

Como respuesta, su tribunal esgrimió el pasado martes 11 de junio, durante el ejercicio de defensa, un argumento que parecía irrebatible. Meses antes, el estudiante había propuesto su tema, la comisión pertinente lo había aprobado, y finalmente iba a graduarse con una serie de productos comunicativos bastante controversiales: crónicas y entrevistas sobre el cruising. Esto es: los sitios de La Habana donde los gay –con su tradición subversiva y periférica- practican el sexo abiertamente. Carrasco no tenía entonces por qué acusar a la institución, magnánima y tolerante, de literal y ortodoxa.

Que la Facultad de Comunicación aceptara semejante atrevimiento, y no censurase un ejercicio de búsqueda en zonas moralmente heréticas y políticamente incorrectas, era ya un privilegio insospechado que debía tener en cuenta, y, por tanto, no portarse demasiado mal. El tribunal nunca lo dijo, pero le reprochó su ingratitud e inconsciencia. Carrasco no debía olvidar que por cosas menores Arenas había ido a prisión, y que él estuviese allí, defendiendo su tesis, treinta y tantos años después, era una evidencia innegable de progreso.

Sin embargo, pagó demasiado caro el tema. Es preferible que la Facultad se siga reconociendo como lo que es, un escenario poco conflictivo, antes que fomente el riesgo y lo deje correr, para luego -pacata y prejuiciada- perpetrar en la hora final un acto de vejación francamente imperdonable. Si la confesión de Carrasco a Arenas no parecía a priori más que un mea culpa imposible de sostener con pruebas físicas, concluido su acto de defensa resultaba todo lo contrario: una dolorosa premonición. Al estudiante le otorgarían cuatro puntos justamente porque se había largado a imaginar, porque había metido las manos en lo sucio, y estaba en el sitio equivocado para ello.

Cuatro puntos no parecerá una nota muy alarmante para alguien que desconozca los mecanismos internos de FCOM, donde, al menos en periodismo, solo las tesis extremadamente defectuosas no terminan con la máxima calificación. Cada año, decenas de estudiantes reciben cinco puntos, casi porque sí, sin mucho preámbulo ni brete, con temas infames, temas inventados, investigaciones sin vida real, análisis de asuntos que no merecen un mínimo acercamiento por una sencilla razón: no existen.

Cada año, además, otra decena de estudiantes toma sus títulos, incluso con sellos de oro, solo por haberse adentrado en temáticas dóciles, o políticamente incentivadas, no sé, la cobertura de AP durante la Crisis de los Misiles, la campaña mediática de El País contra La Habana, el uso del lead en las noticias de agricultura, y nunca, por ningún lugar, el papel reaccionario del periódico Granma, o del Noticiero Nacional de la Televisión dentro de la sociedad cubana, no digamos ya la subordinación total de la prensa al Estado y al Partido. Nadie ve eso nunca (salvo Julio García Luis). La Facultad lava sus manos y acumula en su biblioteca tesis que solo serán referentes de otras tesis, y estas, a su vez, de otras tesis, sin aplicaciones de los resultados, estudios de la academia y para la academia, la seudo-teoría por la seudo-teoría, así hasta el infinito o hasta que venga el orden y mande a detener semejante cadáver.

Obviamente, si esta es la norma de los cinco puntos, resulta indiscutible que algunas malas notas suponen más mérito que cualquier congratulación. Como me dijera hace poco un maestro que ya se ha ido: “en mis tiempos era casi glorioso recibir cuatro puntos por una tesis dizque disidente”.

De ahí que el problema no sea la calificación final otorgada a Lázaro Carrasco. Su nota es más digna que cualquier cinco de mi año (incluido el mío, que, perdónenme, es un cinco muy digno). La verdadera injuria, desde mi punto de vista, fueron los métodos de la oponencia y la posición del tribunal.

No hagamos el cuento largo. Carrasco había asomado la cabeza en un sitio peligroso, donde no la asoma ninguno de los estudiantes ni de los periodistas cubanos de hoy. Había una intención y esa intención, que supera todos nuestros provincianos límites, merecía por sí sola cinco puntos, un reconocimiento al esfuerzo. Por si fuera poco, Carrasco escribió con arte, logró testimonios impactantes, husmeó, importunó, partió de cero y regresó con una trama, con una historia*.

No había un referente, un método o una experiencia anterior a la que pudiera asirse. En Cuba no existe el periodismo contrahegemónico, no hay nadie que lo haga, podemos pasar lista en nuestras redacciones y el resultado será nulo, todos acumularán una larga experiencia en coberturas protocolares. Carrasco improvisó, salió a flote, trajo algo para mostrar, y si hubo tal mención por parte de sus jueces, entre tantos errores metodológicos señalados, fue tan insignificante que seguramente ninguno de los presentes en su defensa la recordará.

Tras varios cambios inconcebibles, le designaron un oponente experto en sexualidad, pero sin mínima idea de periodismo literario. Seguimos creyendo que el contenido es una cosa y la forma otra. Seguimos creyendo que la forma es secundaria, por eso no tenemos contenido. Las negligencias y la injusticia fueron tantas que terminaron reprochándole cuestiones ridículas. Digamos: no devolverle a los entrevistados las grabaciones. Yo quisiera saber qué tradición periodística exige eso, porque ni siquiera la tradición de la Facultad.

Casi al final, Carrasco se arrebujó en su silla y respondió, asustado, sin fuerzas, las preguntas inquisidoras del oponente. La oponencia exigía que respondiera sí o no, con monosílabos, e iba mencionando leyes (¿cuántas leyes, me pregunto, habrá violado Gunter Walraff?**), una tras otra, casi imparablemente. Por un momento llegamos a pensar que Carrasco iría preso. Era mucho el tema, y es mucho el prejuicio de los que se reconocen desprejuiciados.

No asistieron, al acto de defensa, los contumaces blogueros de la Facultad, no tenían por qué estar allí. Sin embargo, la noticia, el chisme, se ha regado como pólvora por los pasillos de Bohemia. Ojalá me equivoque, pero ninguno de los estudiantes hablará, ninguno buscará a fondo e intentará reconocer las claves del incidente más allá del morbo. Ninguno describirá los rostros indignos que puede mostrar FCOM. Andan demasiado entretenidos con la ocupación en Siria, o con los post mal escritos de Yoani Sánchez. Hablan de vejación y no reconocen la vejación y el engaño delante de sus narices.

Pero no me alarma: mi principal problema con Cuba, lo inconcebible, no es que no me entienda con sus mayores, sino que no me entiendo un carajo con la gente de mi generación. Yo ya me gradué, en semanas me largo, y durante cinco años no hice casi nada por cambiar el sino de la Facultad. Me alejé de ella, la di por perdida, sus problemas me parecieron menores, pero este no ha sido un problema menor, y he creído imprescindible mencionarlo. Le entrego, con gusto, mi cinco, mi título y mis elogios a Lázaro Carrasco, todo a cambio de su cuatro, y seguro salgo ganando.

En la Facultad hay grandes profesores, hay grandes seres humanos, pero no hay una articulación determinante de sus fuerzas. Hay estudiantes que quieren decir, pero primero, antes de ganarse cualquier nombre, antes de contar los comentarios y las visitas a sus blogs, antes de creerse que están cambiando la realidad cubana, deberán denunciar los pequeños atracos de los cuales son víctimas sus colegas de oficio y generación. Yo he llegado a pensar, tristemente, que la inmensa mayoría de los estudiantes o los recién graduados de periodismo escriben para mirarse el ombligo, o para caerle en gracia a alguien.

Hay más que una Copa de Cultura o unos Juegos Caribe en la universidad. No se puede estar todo el tiempo mirando hacia los lados, distraídos con la floritura. Si la Facultad no redimiese lo sucedido el pasado 11 de junio, si sus profesores o sus dirigentes no llamasen a Lázaro Carrasco y revisasen el tema, si los estudiantes no se agruparan y protestaran, todos, absolutamente todos, nos habremos hundido un poco más. Decenas de graduados seguirán abandonando los periódicos, y los profesores valiosos –bien que los conozco- acabarán un tanto más frustrados.

Los reductos de luz que sobreviven en Bohemia, no debieran permitir que les arrebaten de sus manos las pocas tesis valiosas, ni que el atrevimiento parezca un pecado. Deberán, con arte y sutileza, luchar contra esa otra zona y reducirla, un cónclave poblado de personas que no saben siquiera que lo pueblan, los conciliadores en su peor versión: el conservadurismo que se cree revolucionario. Yo, con el perdón de mis amigos, o más bien en nombre de mis amigos, en nombre de los profesores que se quedan, y que se baten únicamente con fe, no puedo hacer otra cosa que desearles suerte para que ganen el pulso. Al menos desde septiembre de 2008, hasta junio de 2013, la ortodoxia fue la maza, y fue el poder.

*Lo acompañó en el trayecto, justo señalarlo, su tutor Jesús Arencibia.

**El bien de social de las investigaciones de Wallraff, bien lo dijo el sabio de Daniel Salas en las clases de periodismo investigativo, era mucho mayor que el mal de las violaciones legales, por lo que sus encubrimientos son, quién lo duda, éticamente permisibles e irreprochables.

Lágrimas por Hamlet Hidalgo


Para Carlos, tras una lectura relampagueante de Sobre el asfalto cubierto un ave con sed, este texto escrito una tarde de mayo de 2013, pero que está hecho para ser leído en algún tugurio de La Habana de 2022.

Lo que nos une escapa y esa es nuestra desdicha

Última escena, Hamlet Hidalgo

Yo, no me caben dudas, voy camino al fracaso. Lo debí haber prevenido aquella tarde oscura de mi niñez, que extendí la mirada por sobre los edificios grises de La Coronela, y no pude encontrar una palabra para abarcar la tristeza que me hizo aferrarme a los barrotes del balcón. Ahora, que debo estar dejando la piel –no por mí, sino por mi madre y mi hermana, por mis amigos- en ese trozo de tiempo que alguien llamó graciosamente tesis de licenciatura, cedo al deber secreto de abrir un poemario que el editor de Hamlet Hidalgo envió a mi correo.

Abro el documento, y leo, y leo, y leo. Me adentro en un cuaderno escrito para el futuro o en el futuro mismo, no me queda claro, y siento la vergüenza de los profanadores de tumbas, la vergüenza del que llega demasiado temprano a una fiesta a la que lo invitaron por mera cortesía y en donde no conoce a nadie. Al principio solo veo poemas mediocres, ni buenos ni malos, unos poemas en los que reconozco la misma angustia que me recorre pero que no logra cuajar. Y sin embargo, de a poco, empiezo a avistar unas luces que presagian ojos en los oscuro, unas corrientes de aire que soliviantan la superficie del agua. No sé bien por qué, pero se me llenan los ojos de lágrimas, unas lágrimas que no saben a sal ni a nada, pero que corren como jíbaros en la noche, persiguiendo la presa invisible. Y con lágrimas y vergüenza en los ojos me reencuentro con Hamlet.

Admiro a Hamlet, él lo sabe. Tenemos una extraña fraternidad que no está constituida por los sucesos que usualmente forjan la camaradería. Hamlet y yo, durante los dos primeros años de la universidad apenas cruzamos palabras. Nos medíamos en la distancia, nos leíamos en la distancia, como esos pistoleros de viejos filmes que pasan minutos eternos intercambiando miradas a pantalla completa. Pero las piedras en el camino nos fueron arrimando y un buen día nos supimos cerca, no amigos, pero algo, si es posible, más antiguo e inconfesable que eso.

Con los años nos reconocimos y aferramos a un par de verdades tambaleantes –lo que nos une es algo inexorable, / es una furia amarga y una misa-, y a cada rato nos lanzábamos un texto a la cabeza, con la esperanza de aniquilarnos o darnos un abrazo. Hamlet tiene un espíritu indomesticado, una voz primitiva y agónica que se  lanzó a las aguas de los concursos literarios y braceó hasta llegar a un par de islas desde la que podía mirarme orgulloso. Pero no lo hacía, o al menos intentaba no hacerlo; prefería en cambio seguir con el silencioso intercambio de golpes.

En esta ocasión tuvo la gentileza de acordarse de mí, que viví 9 años antes de que Sobre el asfalto cubierto un ave con sed se convirtiera en el cuaderno de poemas que es, pero también me hizo de sus trastadas al lanzarme este uppercut desde donde no puedo alcanzarlo. Quisiera creer que es el último acto de su larga cadena de bromas, pero sé que estos acabarán con mi muerte (que no con la suya; estoy seguro que me dejará una que otra boutade escondida si tengo el mal gusto de sobrevivirlo).

Qué estás haciendo, estúpido, me digo mientras leo estos poemas, ponte a trabajar; deja de regalarle horas a la incertidumbre, pórtate como un hombre por una vez en la vida. Me muerdo los labios para detener las lágrimas. Ninguno de los dos, a pesar de haber intentado sumergirnos en más cloacas de las que nuestros pulmones pueden resistir, sabe qué cojones es la poesía. Pero Hamlet, debo confesarlo, me lleva en este mismo segundo una ventaja irrecuperable. Hamlet encontró como ablandar la piedra, como perforar el ruido, como arañar el cristal con las propias manos. Hamlet, ahora lo entiendo como entiendo mis lágrimas, encontró mis respuestas. Y yo que todavía no traduzco su pregunta.

Tocayos

Mi amigo Rafael G. Escalona me regaló hace varios meses un poemario que todavía no he leído, ni creo que lo vaya a hacer. Tiene título surrealista, como de cuadro de Dalí, o de Chirico. Se llama La campana y el martillo pagan el caballo blanco, y fue publicado en 1977, por una enigmática editorial Ayuso. También, ahora que lo pienso, tiene título de cuaderno infantil, pero el libro es naranja, y la ilustración de la portada es una máscara negra y forzuda, a las claras la máscara de un antihéroe de la Cartoon Network. Nada que enamore a un muchacho sensible.

Como se supone, no es este un poemario que alguien se llevaría a casa, al menos no yo, que soy excesivamente previsor, y no leo si no es recomendado. Pero ha caído en mis manos, con una dedicatoria, además, muy sugestiva, porque el autor, un español olvidado por la historiografía literaria de Hispanoamérica, se llama justamente Carlos Álvarez.
Este señor Álvarez nació en Jerez de la Frontera, un 27 de diciembre, hará ahora ochenta años. Yo nací, casi me pego un susto, también en diciembre, pero no el 27, sino el 25. Y aunque Carlos Álvarez se fue tan joven a Madrid como yo a La Habana, no se tomó en serio su vocación literaria hasta 1960. Es decir, cuando contaba con veintisiete. Yo, por mi parte, me la tomé tan en serio desde los dieciséis que ya con veintitrés no valgo un céntimo. Uno se agota de regar la tierra.
Pero sigamos. Los versos de la contratapa son realmente flojos. Hablan de talismanes y de nieblas y de mendigos con una literalidad mosqueada. Parece demasiado ingenuo este poeta. Como si no supiera que los poetas deben cuidarse de los otros poetas, es decir, cuidarse ellos mismos, y no a la poesía, que sabe cuidarse sola. En la poesía pernoctan, como en ningún otro lugar, los asteroides más inverosímiles, las verdades más hondas y rectas, los vértigos más irresistibles, pero también los patanes de toda clase, los farsantes más encumbrados y siniestros.
Si uno aprieta la tuerca y no trata el tema con esa debilidad del hijo pródigo, si uno exprime la ropa hasta dejar el centro, si uno enciende el mechero debajo de la herida, verá salir huyendo de la poesía, ridículos y sin rumbo, terriblemente asustados, a todos esos escribidores de tertulias (tan abundantes en Cuba), agazapados bajo el verso como las cucarachas bajo la alfombra.
No digo que Carlos Álvarez pertenezca a esa especie, o a alguna otra, porque no lo he leído, y  no se puede juzgar a un poeta por una pieza. Más cuando se tiene la idea que tengo yo de la literatura. He llegado a creer que incluso hasta los grandes libros adquieren plena justificación en una frase, en una línea escondida, disimulada en el maremágnum de la obra. O sea, el libro como la catedral que guarda una piedra pequeña. Una catedral que se ha construido no para sí, sino para que esa piedra cobre sentido, tal como un hombre cobra sentido en la extensión del universo, mientras el universo, a su vez, solo se explica por la presencia de ese hombre.
Dostoievski relató la historia de los Karamazov, a lo largo de mil páginas, para que Maxímov, un personaje, por demás, muy secundario, dijera así, como al azar, que lo habían agarrado y le habían dado de azotes. “Pero ¿por qué, por qué?”, le preguntó Mitia, descompuesto. Entonces Maxímov respondió: “pues por mi cultura. ¿Es poco eso para que le peguen a uno?” Lo sabemos. No es poco, es mucho, es una de las golpizas más grandes que le provoca el hombre moderno a sus iguales, y una de las condenas más perspicaces.
Uno lee un poema, pero como la poesía nos pone en evidencia todo el tiempo, solemos decirnos que no son más que versos. Hacemos como que nos lo tomamos en serio, pero solo unos pocos entre millones son capaces de tomárselo en serio desde los dieciséis o los veintisiete hasta el final. Yo he visto gente destrozada por la lectura: famélicos, histéricos, desnudos.
No pienso, pues, leer un autor con mi nombre, no pienso entrar en ese hueco. A Fabián Casas, uno de mis poetas actuales predilectos, le abrieron hace par de semanas un perfil apócrifo en Facebook. Acometieron el fraude con tanta eficacia que mostraron fotos de la infancia de Casas, fotos de Casas con sus amigos, citas de filósofos que Casas citaría y también escribieron poemas, he aquí lo tenebroso, que Casas fácilmente escribiría.
Obvio, Fabián Casas desmintió la treta, aclaró que ese no era él, y que no le interesaban las redes sociales. Todo el mundo le ha creído. A mí me han tomado mi nombre, mis datos, mis fotos con Víctor Mesa o con amigos, mis excentricidades, mis criterios sentenciosos, y los han colgado en Facebook también, casi diariamente, con inexplicable naturalidad. Me han hecho quedar en ridículo, demasiado expuesto, pero lo han hecho tan bien que no tengo forma de desmentir el truco, y de aclarar que ese muchacho virtual no soy yo. No han subido mis poemas, porque a eso no tiene acceso nadie, y porque ya sería demasiado, algo poco propio de los juegos que se reconocen como tal.
Pero qué pasaría, digo, si uno no es lo que cree ser sino su apariencia. Qué pasaría si en verdad uno es toda la debilidad y la catástrofe y la impudicia que muestra y no la persona que creemos mantener oculta, tan oculta que ni siquiera nos tomamos el trabajo de mirar de vez en cuando para ver si todavía sigue ahí (la mía ha echado a correr, cansada de la oscuridad, despavorida). Qué pasaría si en definitiva Fabián Casas sí fuera el Fabián Casas de Facebook y estuviese doblándole a todo el mundo por tercera no en las redes sociales, sino en sus declaraciones. Qué pasaría si lo apócrifo fuese, en realidad, lo verdadero.
Leopoldo María Panero, un esquizofrénico catalán, tomó un poema de Beckett, un breve diálogo titulado Electroshock, y lo tradujo al español. Luego lo publicó como si fuera suyo. Lo publicó como si fuera suyo sencillamente porque era suyo. Panero había vivido ese poema desde la primera línea y no tenía por qué escribir lo que Beckett ya había escrito antes, sin que por eso le perteneciese más. Uno mira la vida de Beckett y la vida de Panero y siente que el poema pertenece a este último.
No hay manera entonces, con el perdón de mi amigo Escalona, de que abra ese libro naranja de la Editorial Ayuso, no vaya a ser que Carlos Álvarez, nacido en Jerez de la Frontera, hacia 1933, haya publicado dos años después de la muerte de Franco los poemas que ahora estoy escribiendo yo.
(Tomado de OnCuba)

Pésame

Por Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

-¿Qué cosas lo aburren?

-El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

Roberto Bolaño.

viva chávez

Para mí, la noticia de la muerte de Chávez iba a tomar dimensiones notables, casi tan notables como la reciente eliminación del equipo al cual pertenezco del campeonato de fútbol universitario (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), pero la alharaca de mis contemporáneos en Facebook hizo que de golpe se apagara la impresión: un jarro de cerveza sobre los tizones del fuego.

Tuve que salir de Internet, irme para casa del viejo –mi viejo es un derroche de sinceridad-conversar un rato en la sala, escuchar la voz de Mercedes Sosa, mirar un poco de imágenes, y solo así empezar a tantear, con cierta nitidez, el cuerpo detrás de la abstracción que es la muerte de una persona. Y más. Detrás de la abstracción que es la muerte de un político.

El hemisferio de La Habana dista kilómetros del cacerolazo y las polémicas públicas en Buenos Aires, o de la agitación perenne en Caracas, o de los rafagazos estudiantiles en Santiago, o de los mítines en Quito, propio de las revoluciones que se inician, felizmente inocentes y hermosas. Cuando La Habana mira a Chávez no descubre nunca al Chávez prócer, al nuevo estandarte de la integración latinoamericana, es incapaz de construir o de apostar por semejante imagen. Ese es el credo de La Habana histórica, no de La Habana concreta, que se preocupa por el Chávez suministrador de petróleo y, más importante aún, por el Chávez sujeto, por el simple individuo.

Cuando dieron la noticia, la mujer que estaba a mi lado se largó a llorar. Luego dijo que estábamos jodidos. La mujer lloraba al líder carismático por el que los cubanos sienten, a fuerza de tiempo y cercanía, cierta propiedad y mucho afecto. No lloraba por la pérdida del sucesor de Bolívar. Nadie puede llorar por eso.

Lloraba, además, por inexperiencia infantil, impresionada ante el maligno. Los cubanos nos creemos acostumbrados a merodear el borde del huracán, un huracán, por cierto, translúcido, pero no nos sucede nada estremecedor desde hace siglos. Por tanto, nadie se tomó en serio la posibilidad de que Chávez falleciera. Una actitud comprensible si tenemos en cuenta que a Cuba no se le muere alguien lo suficientemente legendario desde 1967.

Sin embargo, en otro orden no menos perentorio, la mujer solo atinó a decir que estábamos jodidos porque aún tenemos bien marcado en la paciencia las largas horas de apagones y nuestra búsqueda incesante de las escurridizas fuentes de energía. Si los continuadores de Chávez no logran reelegirse en Venezuela, los cubanos se imaginan, desde ya, sentados en los portales, con abanicos y periódicos en las manos, espantando mosquitos y ahuyentando el calor, un folclor que nadie quiere rescatar.

En Facebook, por su parte, yo presencié de todo. Expresiones muy sinceras, contorsiones de profundo pesar ante el suceso, y gente lagrimeando con el lenguaje de los comunicados oficiales. Reconocer que les preocupó la ausencia del Chávez generoso les pareció mezquino, algo bajo y rastrero. Declarar que lamentaron la pérdida de un hombre les pareció poco, muestra bastante insuficiente de los deberes revolucionarios.

Hubo quien dijo, carajo, que nadie diera un paso atrás, que aquí en La Habana, atrincherados, ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Si el momento no hubiese sido lo suficientemente grave, yo le habría respondido lo que un amigo me sugirió. “Sí, ya sabemos lo que tenemos que hacer: buscar el pollo de dieta”. No lo hice, porque habría quedado como un pedante, y en nuestra experiencia histórica oficial el humor no tiene cabida.

Esa gente debe aprender, cuanto antes, algo esencial, y no repetir el discurso de barricada que le han instaurado en la cabeza, a riesgo de parecer francamente ridículos. Hay un problema de claridad, pero también de forma.  No sabemos condolernos por la muerte de un líder, aun cuando la sintamos, como si el líder fuera casi un familiar. No sabemos situarlo a la altura de nuestros conflictos personales, que es la altura más decente posible.

Hemos olvidado, en política, el dolor real. O  mejor: su manifestación. Ahora, por ejemplo, sentimos dolor real, es palpable, pero ignoramos cómo sacarlo. Copados por el maquillaje retórico, hemos desenfundado el pañuelo negro del duelo tremendista. Los medios siguen inundados de simulación, el único método que conocemos. Simulamos hasta cuando no queremos simular. Uno sabe de la conmoción porque sale a la calle, porque habla a lo corto con las personas, pero no porque descubra en el empaque de las letras cifradas la pesadumbre del país.

La sublimación del sentimiento épico es el mayor mal de la nación. Yo pensé, para qué negarlo, que la muerte de Chávez me haría disfrutar un tanto menos el Clásico de Béisbol (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), y pensé que ese hombre no iba a ver ahora los batazos de Miguel Cabrera o Pablo Sandoval, para quienes tuvo en varias ocasiones palabras de elogio.

Es decir, pensé lo que siempre pienso cuando la muerte me empieza a rondar -delante de los ojos- en formas y gestos definitivos. Ya no hay manera de que Chávez se tome un café, o de que siga intentado las empresas que formaban su rutina diaria. Unir Latinoamérica. Eliminar la pobreza. Solventar a Cuba. Pienso en Gustavo Cerati, por ejemplo, ingresado en un hospital de Buenos Aires, con un coma prolongado, que no sabe lo que pasa en el mundo desde el 2010, o sea, no funciona, no canta, no compone, pero aunque jamás vaya a recuperarse, le deja a uno la impresión de que sigue ahí, en una sola pieza, sin descomponerse (es una metáfora, ya sabemos que Chávez no se descompondrá).

Lo singular de la muerte es su contundencia, la manera en que volatiliza el cuerpo y resquebraja lo que antes era una unidad. He ahí un eslogan, por si lo quieren: la muerte es como el imperialismo. Pero algo se aprende. Algo he aprendido yo de las muertes que me han impresionado -las de mis dos abuelos y la de Félix Hangelini, un desconocido poeta cubano asesinado el año pasado en el DF. Se pasa de la consternación al aturdimiento, del aturdimiento a la inconsciencia y de la incosciencia a un vacío pausado que se ensancha con los meses, como el agua derramada sobre la mesa.

Algo se aprende, también, en el manejo de los héroes y las figuras públicas. Hay que tratarlos con recelo, dejar que el tiempo los lave (uno debiera, en verdad, dejar que el tiempo lo lave todo), y aunque no creo que sea el caso de Chávez, más de un pueblo se ha perdido detrás de la euforia pasajera, o del dolor general y las vestiduras rasgadas, o del encubrimiento, por parte del poder, de deslices y trampas imperdonables. Pablo de Rokha llegó a componerle una oda a Stalin. Pound hizo proselitismo para el Eje. Y Guillén le dedicó unos versos a Pavón.

La pérdida de Chávez me parece lamentable. No creo que, en lo adelante, su impronta decepcione, sino que, sea cual fuere los resultados y el destino de la más inmediata Venezuela, le ocurrirá la gracia que le ocurre a los líderes que fallecen al inicio de sus gestas. Lo exonerarán de culpas, y si algo sale mal habrá sido porque Chávez no estaba.

Yo sigo creyendo que esa es otra tendencia desacertada, de abierto germen fanático, un tanto vulgar y ahistórica, pero he de reconocer que hay también una dosis de mito en las muertes de héroes que con frecuencia puedo tocar: la de un niño cualquiera, la del Che Guevara, y más recientemente, en ocasiones, la de Martí.

Quisiera entender, de igual manera, la muerte de Espartaco y la muerte de Cristo, pero me faltan un par cosas esenciales para la supervivencia en este mundo: cultura antigua, referencias latinas, y esperanza y fe en la religión.