Regreso al cine

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Es temporada de Festival. Temporada de marcar en el diario las 100 películas que queremos ver, de galopar 23 arriba y 23 abajo desde las 9 de la mañana hasta pasada la medianoche, cumpliendo un cronograma que nos parecería imposible y ridículo si se tratara de cualquier otra cosa. Temporada de sacar vacaciones bajo la manga, de venir desde cualquier rincón del país para quedarse en casa de esa tía que solo vemos en esta época del año y que no nos cae demasiado bien, todo para poder disfrutar de diez días ininterrumpidos de gran pantalla. Temporada de comer pan con perro o de llevar tu refrigerio a cuestas, de dormir poco o casi nada, o de dormitar durante los filmes que no logran atraparnos (no conozco mejor calificador para una película que el nivel de sueño que provoca a un espectador en una sala). Temporada de cruzarse con las celebridades locales y extranjeras como si fuéramos una versión tropical y descafeinada de Cannes. Temporada de colas interminables e histeria colectiva para ver los filmes cubanos que luego se mosquean en todas las salas de barrio durante meses, al mismo tiempo que buena parte de la más destacada realización cinematográfica mundial del año pasa inadvertida para casi todos excepto para el puñado de fanáticos de siempre. Temporada de desempolvar las bufandas y ahogarse con ellas a pesar de los inexcusables –con mucha suerte– 25 grados de temperatura. Temporada de acabar el día en un bar Esperanza que a pesar del nombre que lleva siempre deja un sabor agridulce. Temporada de respirar, caminar, comer, conversar, amar, odiar, soñar en clave de cine.

Nos vemos en las butacas.

Haydée nuestra que estás en la Casa

 

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El 28 de julio de 1980 la muerte y la tristeza le dieron finalmente alcance a Haydée Santamaría Cuadrado. El pistoletazo de arrancada de la persecución tuvo lugar un 26 de julio de 1953, tras el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en Oriente, en donde fueron torturados más allá del horror y luego asesinados su hermano Abel Santamaría y su novio Boris Luis Santa Coloma. Aunque algo de ella también se fue por el caño ese día, su ternura -y ya esto basta para considerarla un ser extraordinario- siguió viva. Por sensibilidad lo dio todo, dijo ella misma en una ocasión; por sensibilidad siguió combatiendo la dictadura y luchando desde su bastión de Casa de las Américas para que la Revolución fuera hogar y fuente de belleza para todo el continente.

Si a las 5 de la tarde del pasado 28 de abril alguien me hubiera dicho que no quedarían asientos libres en la Sala Che Guevara para ver la premier del documental Nuestra Haydée, de la periodista Esther Barroso, me hubiera echado a reír. A carcajada limpia. ¿Qué tiene que decirnos a 35 años de su muerte Haydée Santamaría? Uno podría pensar que casi nada, que ya pasó de moda y pertenece a los tiempos en que Revolución se escribía con mayúsculas, pero no, Haydée sigue convocando. A tal punto que la Guevara devino un lugar de encuentro de antiguos amigos y compañeros, de intelectuales y simpes curiosos, de ancianos y jóvenes, otra vez un vórtice en el que los acentos de todo el continente se funden.

Los asistentes pudieron apreciar durante 57 minutos las valoraciones de colegas y otras personas cercanas, así como archivos fílmicos y sonoros escasamente divulgados de (y sobre) una de las personalidades más magnéticas de la Revolución cubana. Es este un filme sobre el amor que no abandonó nunca a aquella muchacha del Central Constancia, sobre su mirada capaz de atravesarlo todo, como si estuviera buscando siempre la verdad más allá de la superficie, sobre su huella indeleble en cuantos la trataron.

Aun con la acertada selección de entrevistados, al mirar Nuestra Haydée, se extrañan testimonios como los de Armando Hart, Melba Hernández y Fidel Castro; testigos excepcionales en su vida que pueden contribuir a “explicar por qué llegó a ser quien fue, por qué hizo las cosas que hizo y develar así los rasgos esenciales de su personalidad”, para decirlo a la manera de la propia directora Barroso.

A pesar de este y otros cuestionamientos posibles, estamos en presencia de una película memorable. Porque no intenta totalizar sino que elige un camino y es consecuente. Porque muestra un ser humano y sus acciones y reflexiona en torno a estas sin caer en juicios inútiles. Porque por encima de sus carencias resulta demasiado fuerte –y es bueno que así sea, y eso es un mérito indiscutible– su capacidad de evocación.

Al finalizar la proyección de Nuestra Haydée, un larguísimo y extenso aplauso resonó por varios minutos en la sala. Y seamos honestos, el aplauso no era –o no lo era solo, o no lo era principalmente- para el documental y sus creadores. El aplauso era para Haydée. Haydée, que como apunta Ana Niria Albo en la película, no tiene ninguna foto o frase suya en las paredes de 3ra y G. Haydée, que nunca se fue. Que siempre está en Casa.

Tres caníbales, un cerrajero y el arte de contar historias

La hora de los canibales
La hora de los canibales

Hay ciertos tintes macabros en la música que acompaña a los protagonistas de La hora de los caníbales (Zeit der Kannibalen) que nos avisan que este cuento no va a tener un final feliz. Y sin embargo los minutos repletos de humor ácido que acompañan a estos seres nos hacen olvidarlo la mayor parte del tiempo. Johannes Naber demuestra que el cine es la comuníón de muchas partes, pero el eje de ese maravilloso mundo es la historia.

Una habitación de hotel, tres protagonistas y un puñado de extras le bastan al director alemán para asomarse al incomprensible universo que es la condición humana y de paso regalarnos una crítica finísima al sistema financiero capitalista y la globalización neoliberal (no se asuste, ninguno de esos sintagmas aparece nombrado a lo largo del filme).

La historia es maravillosamente sencilla. Öllers (Devid Stresow), Niederländer(Sebastian Blomberg) y Bianca März (Katharina Schüttler) son tres asesores financieros que viajan por el mundo sin verlo, enclaustrados en asépticas habitaciones de hotel desde las que imparten sus recetas económicas. En Lagos, Nigeria, los sorprende un cambio radical de la corporación para la que trabajan y la alteración del orden social de esa ciudad tercermundista en la que nunca ponen un pie. A pesar de su aparente disparidad, las situaciones en las que se ven envueltos nos los descubren como tres tonos de una misma nota, tres maneras diversas en las que se expresa este depredador que llamamos ser humano.

La manera en que soluciona la historia, la admirable economía de recursos y el permanente sabor agridulce de la sonrisa que nos saca a cada paso hacen de La hora… una verdadera joyita en este Festival, una de esas películas que bien valdría la pena tener a mano para repasar a cada rato y recordarnos por qué el cine es considerado arte.

***

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Mi amigo Javier Montenegro y yo, que ya pasamos el primer quinquenio de cinefilias compartidas, tenemos la superstición de que una vez que damos con una muy buena película debemos parar de ver filmes ese día. Pero ahora que somos miembros de la clase obrera y no podemos darnos el lujo de vagar de sala en sala como otros años, hacemos conceciones y vemos los filmes que podemos, a la hora que podemos.

Por eso rompimos conscientemente nuestra regla y seguimos del Riviera rumbo al cine Chaplin, a descubrir qué había tras esa historia que llevaba el críptico nombre de El cerrajero. Y vaya que nos pesó. Durante una hora y 17 minutos fuimos víctimas de un filme que se las arregla para recoger el tedioso tempo característico de cierto cine hecho en Latinoamérica y una historia que se debate entre el realismo mágico y una búsqueda existencial (sin que llegue a salvo a ninguna de las dos orillas).

Sebastián es un cerrajero con una inexplicada depresión que de repente descubre secretos de las personas que lo contratan cuando toca sus cerraduras. Ya. Personaje más personaje, personaje menos; intento de trama más, intento de trama menos, ese es todo el filme. Eso es lo malo de una zona bastante amplia del nuevo cine latinoamericano. Que a veces se pierde en los adjetivos y se lo olvida que lo más importante de todo es contar algo y hacerlo bien.

Senel Paz: “Cuba no requiere verticalidad, ni machismo entre los machos”

Por Rosa Miriam Elizalde / Especial para La Jornada
Gabriel García Márquez dijo alguna vez que Senel Paz era el mejor guionista de diálogos en español. Senel se lo toma como un piropo del Nobel, pero no se posible soslayar que su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo (Premio Juan Rulfo, 1990) es un clásico de la Literatura cubana y un referente literario universal, con decenas de traducciones y versiones para al cine –la célebre Fresa y chocolate-, el teatro, la pintura y hasta el musical. Ahora mismo, tiene un éxito arrollador en Buenos Aires una adaptación para las tablas, mientras él escribe en La Habana un guión para una nueva película y sigue la saga de los personajes de sus cuentos y novelas, siempre en la adolescencia o la primera juventud, siempre bregando contra el hombre unidimensional y la intolerancia.
– Eres el gran rompedor de barreras literarias de tu generación. Lo dice uno de los críticos más importantes de Cuba, Francisco López Sacha.
– Sacha es sin duda un gran crítico literario, pero con los amigos se entusiasma demasiado, por eso todos aspiramos a que despida nuestro duelo cuando llegue el día. Yo escribo por inspiración y necesidad, no me preocupa por el lugar que me toque en el panorama literario, que ni importa ni es posible determinar por uno mismo.
– ¿Por qué ese título, El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que cuesta recordar?
– Titular no está entre mis habilidades. Pero no me parece un mal título, solo difícil de recordar y malo para vender. La pista está en comenzar por el animal. Fresa y chocolate es bueno para vender, pero me gusta menos como título. Siempre fue provisional, hasta que se me ocurriera uno mejor, lo cual nunca ocurrió.
– Ni en el cuento ni en la película famosos sabemos a qué lugar se fue Diego, el homosexual. ¿Regresó?, ¿regresará?, ¿de dónde?
– Si supieras que no sé. Debe ser España o a México. La semana pasada conocí Buenos Aires y me pareció una ciudad ideal para Diego. En cuanto vuelva a mí, me dirá dónde anduvo. Mucha gente me pide que escriba una segunda parte de la historia.
– ¿Por qué?
– Piensan en algo así como un regreso en el que juzgaría adónde ha ido a parar el país quince o veinte años después de su salida, y eso a mí me suena a comisionado de la ONU en tareas de inspección. Más bien lo siento próximo a contarme con ironía su vida sexual y a hablarme de la soledad y la vejez.
– Según Diego sabemos qué necesita la Revolución cubana. Según Senel, ¿qué es lo que no necesita?
– No necesita la verticalidad, el machismo entre los machos, la retórica, los periódicos tal como los hacemos hoy, el temor a los jóvenes.
– ¿Qué es eso del machismo entre machos?
– Sólo nos quejamos del machismo como la relación abusiva del hombre hacia la mujer, pero existe una relación machista entre los hombres que es muy peligrosa sobre todo cuando se entrevera con la política. Es la permanente confrontación y comparación de las bolas, la idea de que las tuyas tienen que ser más grandes y dominantes que las de los demás.
– Parece un chiste.
– Pero es algo grave, explica por qué Cuba da consejos y hace críticas a terceros pero no las admite, no escucha. También explica la verticalidad, que un funcionario (un político) no haga suyo lo que le propone uno de abajo. Si hablamos de una ley de cine, pongamos por caso, tiene que proponerla el funcionario, no el cineasta. Ya sabemos que en Cuba pueden ser machistas los hombres, las mujeres y los gays.
– ¿Le ha hecho bien o mal el cine a tu literatura?
– Se han hecho bien mutuamente. Para mí son como una pareja de baile: se entrelazan, se complementan, se funden, pero también se separan y cada cual sigue siendo quien es.
– ¿Por qué has escrito más guiones de películas que novelas?
– Tal vez porque los guiones se escriben más rápido, se pagan mejor y son una novela que se vive pero no se escribe. De todos modos, en lo que a mi obra se refiere –es decir, las películas basadas en mis personajes– creo que terminaré invirtiendo la relación. Cualquier género o lenguaje que me permita crear personajes e historias me viene bien. Me muero por hacerlo en el teatro.
– ¿Te ayudan a entender la realidad o es la única manera de soportarla?
– Todo arte ayuda un poco a entender la realidad y también a soportarla. La realidad es demasiado dura como para que podamos vivir sin fantasías, desde la religión al arte, los bares y el amor.
– Según Stendhal, “he puesto mi felicidad en estar triste”. ¿Dónde la has puesto tú?
– Me siento cómodo en la melancolía y el silencio. La melancolía es dulce y creativa y permite escuchar música. Como provengo del campo, también pongo mi felicidad en el silencio, en los grandes espacios abiertos, en las nubes y en los árboles. Soy un gran observador de nubes.
– Dijiste alguna vez que “Cuba es una isla con banda sonora”…
– Porque siempre está sonando música en alguna parte, bien desde un aparato o porque alguien toca o porque la imaginamos. Hablamos cantando, nos movemos bailando, al compás de un ritmo que nuestro oído capta y que está en alguna parte, cuando menos en el recuerdo. El cine nos ha habituado a que las escenas están acompañadas de música o de silencios igualmente elaborados.
– ¿Y cuál es la clave oculta de tu obra?
– Las claves son como las contraseñas, las más importantes uno las olvida, pero ahí están.
– ¿Qué está pasando en la literatura cubana hoy?
– Nos estamos levantando.
– ¿Y en el cine?
– Nos estamos hundiendo.
– ¿Cómo enfrenta la cultura cubana los cambios que se están produciendo en la Isla?
– Con impaciencia, con muchas ganas de participar y con poca participación efectiva. Tiene que ver con aquello de las bolas de que hablamos. A veces parece que lo mejor que hoy puede hacer un artista por la cultura es orar para que nuestros funcionarios tengan buenas ideas… o sobarle las bolas, lo que cada cual prefiera. Pero lo que uno quiere es actuar, participar.
– Entonces, ¿cuáles son los cambios más importantes en los últimos años?
– Los climáticos. La isla se está calentando.
– ¿Qué relación has tenido últimamente con la literatura mexicana?
– Un descubrimiento, un reencuentro y una noticia. El descubrimiento, Juan Antonio Parra; el reencuentro, Francisco Hinojosa; la noticia, lo que dicen los amigos de la última novela de Gonzalo Celorio.
– ¿Dónde te agarró la muerte de Gabriel García Márquez?
– En Ciudad de México. Primero como presagio. Salí a caminar por esas calles del Centro en las que venden libros viejos y veía muchos títulos de Gabo y eso me dejo la certeza, la inquietud, de que su muerte estaba próxima. Y así fue: dos días después llegó la noticia. Estaba en la ciudad que murió.
– ¿Quién era Gabo para Senel Paz?
– Gabo fue para mí inspiración como escritor, como hombre y como maestro. Debo aclarar que yo no alcancé la categoría de amigo de Gabo, solo tuve muchas oportunidades de estar cerca de él, de auxiliarle en trabajos y de disfrutar de su simpatía Si lo hubiera admirado menos, tal vez hubiera podido conquistar su amistad. Fue mi culpa que no sucediera.
(Tomado de La Jornada)

All about "Her"


por Raúl Reyes Mancebo

“¿Crees que soy raro por enamorarme de mi sistema operativo?” “Todo el que se enamora es raro”. Así, sin concesiones entre humanos y otros seres, se nos presenta “Her”, la cuarta película de Spike Jonze, una devastadora – y a la vez vivificante – ópera de amor, soledad y nostalgia.


En Los Ángeles de un futuro mucho más cercano que nuestro pasado, en el que todos usan pantalones cómicos y dependen de sus innumerables equipos electrónicos, Theodore, quien escribe (dicta) postales hermosas para extraños, vive una vida de profunda soledad hasta que cae rendido (y nadie podrá culparlo) ante Samantha, su nuevo OS inteligente.

Muchísimas películas podrían tener una sinopsis así y ser completamente diferentes. Desde comedias absurdas hasta dramas anti-tecnología. Pero la versión de Spike Jonze es fabulosamente madura y mágica.

Esta no es una película de odio en la que las computadoras son el enemigo: el enemigo siempre hemos sido nosotros mismos y nos hemos refugiado en ellas para evitar seguir hablando entre nosotros y seguir haciéndonos daño. No es su culpa: es la nuestra. Siempre lo ha sido. Pero eso no quiere decir que seamos malos. Solo somos – y esto lo comprobamos dolorosamente al final de “Her” – inferiores. Pero hay esperanza… Confiesen, ¿cuándo fue la última vez que una película les recordó todas esas cosas?

La plasticidad del filme, con todos esos colores pasteles, esos grandes edificios que sin embargo parecen vacíos (filmados en Shanghái), esa nostalgia por todas partes y la soledad aguda de sus personajes, me hicieron pensar mucho en “Lost in Translation” (lo cual no creo que sea una casualidad: Spike Jonze es el ex-esposo de Sofia Coppola y Scarlett Johansson trabaja en las dos).

¿Cuándo fue la última vez que vimos a Joaquín Phoenix reír? Hace mucho. Pero aquí lo hace, así que le perdonamos su controvertido pasado y acogemos a su Theodore inmediatamente como nuestro héroe y nuestro amigo, el que queremos denodadamente que sea feliz. Scarlett Johansson es impecable como Samantha, a la que nunca vemos pero de la que también nos enamoramos con su honestidad, ingenuidad, y vulnerabilidad (“a veces temo que mis sentimientos sean programados”). Amy Adams está en todo y en todo está bien. Rooney Mara, Olivia Wilde y Kristen Wiig como la hilarante voz de “Sexy Kitten” (en esta película uno se ríe mucho, no se dejen llevar por mi nostálgica reseña”) completan el excelente elenco.

“Her” no se permite un estereotipo. Uno lo espera todo el tiempo, pero nunca viene. Ni estereotipos cinematográficos, ni amorosos, ni de soledades, ni de tecnologías. Es una película original desde el inicio hasta el final. Sin embargo, es una película brutalmente real. Y nos deja tristes, pero nos hace buscar con la vista a la persona más cercana de nosotros en el cine, a la cual no habíamos notado al entrar, y sonreírle. Y, sin odiar a nuestras computadoras o teléfonos, nos volvemos mejores seres humanos. Y todo gracias a “Her”.