El Festival de Cine, Cuba y la metáfora

El último día del Festival de Cine, cuando ya creía que había visto todo lo que me podría interesar; compré un diario del evento más por matar el tiempo que por otra cosa. Afortunadamente. Allí, al final de un manojo de olvidables papeles gaceta, encontré lo que considero una lección periodismo y escritura. Su autor, Liomán Lima, es uno de esos tipos a los que admiras y aunque no lo conoces lo suficiente, no dejas de sentir como propias sus victorias. Y estas, quién lo duda es una de ellas. Los dejo con la crónica.

El Festival de Cine, Cuba y la metáfora

Por Liomán Lima

No sé si pasará en otros lugares del mundo (el bloqueo y el mes que falta para el 14 de enero no me lo han permitido comprobar), pero al menos en Cuba, la proyección de cualquier película en el Festival de Cine se convierte en una exquisita metáfora del país y su Historia, como si toda la isla y sus años se resumieran en muchas horas y media, durante 10 días, cada diciembre.

Y si no me cree, fíjese hoy mismo cuando vaya a cualquiera de las tandas:

En los cines de Cuba, como en Cuba, hay gente que se va y gente que se queda. Hay quien prefiere ciegamente lo extranjero, y quien defiende, mambisamente, lo autóctono. Está el que habla cuando debe callar y el que calla cuando debe hablar. Quien no le gusta lo que ve y no lo dice, y quien tampoco le gusta y dice que le encanta. El que aguanta discursos de hora y media y mentiras mal contadas, y el que protesta y se levanta. Y está claro también, el que lo manda a hacer silencio…

En fin, que por haber, lo que se dice haber, está el que va a ver y que va a que lo vean, el que va a noviar, a disfrutar, a estudiar, llorar, reírse, conversar, socializar, fantasear, orinar, ligar, y en fin, a otras tantas, pero tantas cosas…

Volvamos al tema. Como les decía, las semejanzas entre Cuba y el Festival son incluso arquitectónicas: hay cines cuidados y pintados como barrios modernos, estilo Miramar (el Chaplin, Infanta); cines antiguos y reparados por partes, como La Habana Vieja (el Yara) y cines decadentes, onda Pogolotti o Los Pocitos (el Payret, el Riviera, sin aires acondicionados y con las puertas laterales abiertas por los olores a mono mojado).

Y es que llega tan lejos la semejanza que a veces parece la negación misma de la metáfora, como si el símbolo fuera sustituido o vencido por la propia realidad. Como si ir a ver una película en Cuba, durante el Festival, fuera como vivir en Cuba el resto del año, cuando no hay Festival: la gente se escapa de los trabajos… para ir el cine, hace colas… para ir al cine, pasa hambre… por el cine, y por el cine practica, sin salir del país, hasta las más nobles y desinteresadas fórmulas del internacionalismo proletario.

Pero no en todos son equivalentes. En algunos sentidos, son perfectamente opuestos Cuba y Festival: frente a los cines se forman grandes aglomeraciones, pero la gente se va de forma voluntaria; de los cines se puede salir sin permiso, pero para entrar se necesita un pasaporte (el pasaporte no lleva fotos ni sellos, se compra a precios módicos, pero debe actualizarse cada año y por el mismo valor); el cine ofrece una historia ya contada que no podemos cambiar, y Cuba, una historia que todavía se construye; en el cine somos espectadores y en Cuba deberíamos ser protagonistas…

En fin, que el Festival dura menos de medio diciembre y Cuba queda, en su trastornada realidad esperando que llegue nuevamente el último mes del año para reinventar la metáfora, para volver a verse en los cines de La Habana como frente a un espejo, es la imagen difusa de lo que es y de lo que pudiera llegar a ser.

Los (no tan) inofensivos tiranuelos

Yo quería que esta fuera la crónica de una experiencia maravillosa, de nuestro primer juego de pelota como visitadores, de la ciudad de Matanzas con sus mujeres hermosas, calles maltrechas y grandes casas que me recordaron el Cerro habanero, de la lentitud de aquel camión que tardó cerca de dos horas y media para llevarnos de La Habana a Matanzas. Pero la vida no cree en expectativas, y sin esperarlo un par de malestares se te clavan en el pecho y no queda más remedio que exorcizarlos. Leer Más

El día más largo del año (II)

(Lea la primera parte aquí)

4.31 pm

El conductor mira a los ojos a los agónicos aspirantes a pasajeros que estamos apostados a lo largo de la cuadra. En su cara, una mueca indescifrable nos advierte de algo terrible que ni yo, que tanto he pasado este día, interpreto. Con parsimonia, el P1 se pasea impávido ante nuestra vista, indeciso sobre en qué lugar abrir sus puertas. No para, estira su esqueleto como felino dominante que se sabe en lo más alto de la cadena alimenticia. Leer Más