La prensa cubana frente al 17D: los viejos problemas y los nuevos desafíos

Ayer estas palabras de Raúl Garcés, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, estaban disponibles en el sitio Cubaperiodistas, de la UPEC. Hoy llego y me recibe un parco “HTTP Error 404” que dice que esta página ha sido eliminada, o su nombre ha cambiado, o no está disponible por el momento. Casualmente lo había dejado abierto en mi navegador, así que aún las tenía a mano. No sé las razones por las que no aparece ahora en la web el texto de Garcés, pero en lo que vuelve, acá pueden leerlo. Una serie de reflexiones que, sin estar de acuerdo con todas ellas, me parecen de los pocos análisis reposados que encontraremos sobre un tema demasiado esencial y demasiado postergado en la agenda política cubana, que trasciende por mucho el nuevo escenario de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, pero que es un buen pretexto para exponer algunas urgencias del periodismo cubano. Con o sin 17D.

Raúl Castro y Barack Obama en la Cumbre de las Américas de Panamá, abril de 2015. Foto: Estudios Revolución
Raúl Castro y Barack Obama en la Cumbre de las Américas de Panamá, abril de 2015. Foto: Estudios Revolución

por Raúl Garcés Corra

Septiembre de 2014. Teniendo como telón de fondo las imágenes de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y el grupo de experimentación sonora del ICAIC, el dúo Buena Fe entona la emblemática canción de la nueva trova Cuba Va, acompañado del coro entusiasmado de cientos de personas. Probablemente el hecho habría carecido de mayor trascendencia, si no fuera porque ocurría en el mismísimo Miami Dade County Audiotorium.

Abril de 2015. Uno de los símbolos más representativos de la intolerancia política en Miami, Ileana Ross Lehtinen, pone cara de derrota frente a la revista Foreign Policy, como si cinco décadas de industria anticastrista se vinieran abajo de un tirón sobre sus espaldas desde una altura comparable a la del Empire State. “No podemos darle marcha atrás. Es una situación sin salida”.-confiesa, refiriéndose a la eliminación de Cuba de la lista de países terroristas.

Más o menos por esa fecha,  la cantante Rihanna alborota las calles de La Habana, como lo habían hecho antes Beyoncé o Paris Hilton. Más allá de su fama, todas ellas forman parte del oleaje que trae a nuestras costas más visitantes norteamericanos, y que, hasta el nueve de mayo de 2015, había experimentado respecto al año anterior 36 por ciento de crecimiento. Las encuestas dicen claramente que el 65 por ciento  de los norteamericanos, el 56 por ciento de los latinos y la mayoría de los cubanoamericanos apoyan el giro actual de las políticas de Obama. Para colmo, el New York Times ha situado a Cuba en el lugar dos entre los 50 países más atractivos para visitar, y, en ese contexto, el efecto 17D se esparce también por Europa, cuyos habitantes viajan apuradamente a redescubrir la Isla ya no en carabelas, sino en confortables aviones.

Estas son las nuevas circunstancias. Cierto que no se ha levantado el bloqueo, que Marco Rubio y su equipo de pugilato añaden enmiendas contra la Isla a determinadas leyes, que Obama no utiliza todas sus prerrogativas como Presidente para avanzar. Y cierto también que, transcurridos seis meses, estamos más cerca de la posibilidad de convivir civilizadamente y abrir caminos.

¿Qué implicaciones tienen los escenarios descritos para el trabajo de la prensa y los periodistas? ¿Cómo se reacomodarán en lo adelante los significados de la “plaza sitiada”? ¿Cederemos a la tentación de actuar como si todas las murallas se hubieran derribado?

Quisiera dividir esta reflexión en cinco desafíos que, a mi juicio, deberemos afrontar con profesionalidad e inteligencia, si queremos ajustarnos a la sensibilidad y el tacto político demandados por la nueva época.

1. El desafío de la representación

Una investigación reciente de la Facultad de Comunicación confirma que el tratamiento de las fuentes y el acceso a la información sigue siendo un problema medular entre nosotros. De 636 noticias analizadas, el 43.4 por ciento incluía una sola fuente, mientras que el 22.4 por ciento,  dos fuentes representativas del mismo enfoque editorial. La presencia de diferentes puntos de vista se advirtió en apenas el seis por ciento de las notas. Y, tan preocupante como el dato anterior, es que solo el 17.4 por ciento de ellas utilizó documentos, en contraste con el 77.4 por ciento que se conformó con fuentes humanas.

Aspirar a una cobertura del acontecer internacional que desconozca estos antecedentes y prácticas sería como pedirle peras al olmo. Desde el pasado 17 de diciembre hasta la fecha, Cuba y los Estados Unidos han dialogado sobre un amplio espectro de temas, según las notas oficiales emitidas por ambos gobiernos: la lucha contra el terrorismo, la discusión sobre límites marítimos en el Golfo de México, el tratamiento de epidemias; las acciones para enfrentar la emigración ilegal, el contrabando de personas y el fraude de documentos; la conservación de especies marinas, las estrategias para contener derrames de hidrocarburos en el Estrecho de la Florida, la mitigación del cambio climático… ¿Cuáles de ellos han sido abordados por nuestros medios? ¿Qué otros géneros, además de las notas oficiales, hemos utilizado con mayor frecuencia? ¿Cuántos expertos cubanos y norteamericanos han sido entrevistados? Se habrán dado cuenta de que estas preguntas son más retóricas que reales, porque la respuesta es bien conocida por nosotros.  No caeré, sin embargo, en la tentación de culpar a las fuentes, ni mucho menos en la de culparnos a nosotros mismos. La madurez de este gremio sabe, tras nueve congresos de la UPEC, que esa ruta  ayuda poco a entender el problema y dilucidar sus causas.

(…)

 “Es preciso que se sepa la verdad de los Estados Unidos –diría José Martí-. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se han de pregonar sus faltas como virtudes”.

Lo que he llamado “el desafío de representación” tiene que ver entonces con superar estereotipos y cuños que nos han representado históricamente en el discurso público. Participar en política, fortalecer el espíritu de la nación en torno a su presente y futuro, formar ciudadanos, implica que pensemos y discutamos entre todos los dilemas de la actual coyuntura, que recuperemos sin ingenuidades el imaginario simbólico de nuestra Historia, que aprendamos la Historia antigua y contemporánea de los propios Estados Unidos, su cultura política y que distingamos entre su espíritu de libertad y de conquista.  

2.-   El desafío de la comunicación:

Tratarse como iguales no significa, como tantas veces se ha repetido, que los Estados Unidos hayan renunciado a sus objetivos históricos respecto a Cuba. “Aprender el arte de convivir en medio de nuestras diferencias” significa cimentar y abonar un terreno donde el Imperio –entrenado vastamente en una cultura de dominación- y la Isla- obligada a desplegar por más de cincuenta años una cultura de resistencia- puedan dialogar de forma civilizada y productiva.

Ahora bien, que hayan cambiado los medios y las tácticas de conseguir los mismos fines no es marginal, ni el alcance de esos métodos debería subestimarse.

(…)

Es, probablemente, la prueba más grande que haya enfrentado la institucionalidad revolucionaria en las últimas décadas. La pequeña isla, sometida y acosada históricamente por las políticas de bloqueo, privada muchas veces de diálogo con instituciones financieras internacionales, sumergida en el “vivir al día” para resolver cotidianamente problemas de sobrevivencia, tiene que reaccionar ahora a señales que provienen de todas partes, responder con agilidad propuestas, ejecutar proyectos, enfrentar la sobreexcitación global sin desconcertarse.

Es difícil, lo sé, pero la alternativa no es –ni lo está siendo- esconder la cabeza dentro de una concha de caracol. Ha llegado la hora de que el capital humano, intelectual y cultural formado por la Revolución demuestre sus potencialidades, afronte decisiones complejas, desate sus iniciativas para ponerlas en diálogo con las nuevas circunstancias. La avalancha no puede enfrentarse centralizadamente. No en todos los casos. Y menos en la prensa, que tiene y tendrá cada vez más radios, corresponsalías, periódicos comunitarios y redes sociales por todas partes.

(…)

Hay que construir el tejido social de nuestro proceso de cambios comunicativamente y la institucionalidad revolucionaria debiera asegurarse de que dispone  de las estructuras, los recursos humanos y la voluntad para garantizarlo. Luego de tantos años invisibles para las trasnacionales mediáticas, deberíamos aprovechar  el boom del interés por Cuba, lo mismo en titulares de periódicos que en visitas de primeros ministros, congresistas y personalidades de todo tipo, para dar a conocer lo que somos y, sobre todo, lo que podríamos llegar a ser.

Estados Unidos ha dicho, como también cabía esperar, que apoyará al sector privado emergente dentro de la Isla. Y el gobierno cubano, por su parte, ha reconocido las potencialidades de ese sector como  fuente de crecimiento económico. Que se visibilice, que utilice recursos de comunicación para insertarse en el mercado, incluso que necesite la publicidad para posicionarse en un ambiente de creciente competencia, no debiera extrañarnos.

(…)

El Estado tiene el desafío de ser eficiente, y el sistema comunicativo de la Revolución tiene el deber de acompañarlo en ese propósito. Pero si no hay voceros en los ministerios y otras entidades, si las estrategias de comunicación no se convierten en instrumentos de aplicación práctica cotidiana,  si los funcionarios no se entienden a sí mismos como servidores públicos y carecen de entrenamiento para enfrentarse a cámaras, grabadoras y micrófonos, el camino de mostrar la sostenibilidad y prosperidad de nuestro socialismo se hará más empedrado y difícil.

3.   Un problema de interacción.

No es novedad decir que se ha transformado estructuralmente el espacio público cubano. El modelo mediocéntrico, que caracterizó  a nivel global la producción y distribución de formas simbólicas, es ya historia. No digo que los medios no tengan importancia. Lo que quiero decir es que se insertan ahora dentro de un ecosistema más desestructurado y complejo, donde las jerarquías se diluyen. Si en 1980 visibilizar los efectos de un huracán dependía de las cámaras de la televisión o las fotografías de un periódico, hoy los celulares, las redes sociales, el paquete semanal pueden cumplir potencialmente los mismos propósitos.

(…)

Cualquiera de nosotros podría, al analizar estos temas, llamar la atención sobre las dimensiones de la encrucijada cultural en la que estamos. (…)

Por más que nos pese, este es el mundo en que vivimos y el Paquete Semanal, aún en medio de las singularidades del contexto cubano, se parece mucho a lo que Direct TV ofrece a millones de espectadores en todas partes, que no paran de hacer zapping frente a cientos de ofertas audiovisuales simultáneas. La televisión a la carta es una tendencia irreversible e imparable del escenario comunicativo contemporáneo. Y la reacción frente a ella no puede ser la censura, ni los ojos ciegos, ni los oídos sordos.

Lo que en realidad debiera preocuparnos es que nuestros centros de enseñanza no dispongan aún de programas de recepción crítica frente a la televisión, que la crisis de valores desestructure  los mecanismos sociales disponibles para discernir lo ético de lo que no lo es, que los medios  reproduzcan impunemente la misma banalidad y norteamericanización que le cuestionamos al Paquete, que la crítica a todo lo anterior no siempre cristalice en un potente movimiento cívico, de defensa de la cultura de la nación.

(…) Entendamos de una vez que se puede tener la prensa y no tener la comunicación.

4.     Un desafío de gestión.

Si me preguntaran una de las prioridades que la subversión ideológica adoptará en las nuevas condiciones, afirmaría que es cavar un abismo entre la capacidad de creación e innovación del pueblo cubano, y la supuesta intransigencia de sus instituciones.

Como sugerí antes, no nos asombremos de que el adversario apueste a contrastar las formas de gestión no estatal con las públicas,  que intente enfrentarlas, o presentarlas en el imaginario social como dos polos opuestos: de un lado, presuntamente, la modernidad, el emprendimiento, la habilidad para desatar hasta el infinito las fuerzas productivas. De otro, una imagen de inercia, lentitud y burocracia por parte de los aparatos del Estado.

(…)

Dentro de este contexto, resulta decisivo que se respire un ambiente de innovación en la prensa cubana, que aprendamos con urgencia sobre economía de medios y formas novedosas de gestión  para hacerlos sostenibles, que retengamos a los mejores recursos humanos y a cientos de jóvenes talentosos, portadores del espíritu de renovación; que habilitemos las condiciones objetivas y subjetivas para sacudir a los mediocres y premiar a los más consagrados.

Es un hecho que, en algunos casos, las audiencias caen como de un despeñadero o se desplazan desde los medios tradicionales hacia otras plataformas de comunicación más atractivas y dinámicas. Lo anterior debería preocuparnos y obligarnos a evaluar soluciones puntuales, sin esperar a una transformación general del sistema comunicativo. Hay que concentrar los mayores recursos donde más frutos rindan. Como mismo chequeamos con sistematicidad los lineamientos de la política económica –y generamos en torno a ellos propuestas experimentales-, deberíamos intentar llegar a la II Conferencia del Partido con experimentos sòlidos y consistentes, que se constituyan para nuestros medios en locomotoras del cambio.

En las aulas de nuestras universidades, y en la experiencia acumulada por los medios revolucionarios está la arcilla para modelar la nueva prensa. Hay cientos de jóvenes periodistas, con sólida formación académica y modernas habilidades profesionales, dispuestos a fundar. No es incomprensiones y trabas burocráticas lo que ellos buscan, sino libertad de creación, ambientes innovadores, oídos abiertos a formulaciones osadas, iniciativas que los hagan crecer y no desmovilizarse profesionalmente. En todo caso, es lo mismo que buscábamos nosotros en otra época y en otras circunstancias, cuando teníamos 20 años.

5.    El desafío de la construcción de nuevos consensos

Desde el pasado diciembre, y más recientemente a propósito del anuncio de la apertura de embajadas en ambos países, los presidentes Raúl Castro y Barack Obama han dado muestras ejemplares de que es posible entenderse y dialogar. En su misiva al mandatario cubano, Obama invocó términos como “relaciones respetuosas y cooperativas” y ratificó principios de la Carta de Naciones Unidas como “igualdad soberana”, “respeto por la integridad territorial e independencia política de los Estados” y “no injerencia en los asuntos internos”. Hemos tenido que esperar 113 años y recorrer una larga ruta de independencia para desterrar el espíritu plattista de las declaraciones de un gobernante norteamericano. Si la política necesita del discurso para expresarse y hacerse entender,  el próximo 20 de julio estaremos abriendo no solo embajadas, sino también una nueva dimensión comunicativa.

Le toca a la prensa en el nuevo contexto encontrar los tonos apropiados para cada momento, ecualizar el lenguaje, profundizar en los argumentos de acuerdo con la complejidad de las circunstancias. Recuperar la iniciativa del debate y  la policromía del discurso público. No es una prioridad solo para la nueva era en las relaciones Cuba-Estados Unidos, sino también para el fortalecimiento permanente del consenso nacional.

(…) Estos tiempos no son los años 60, ni Cuba es el país de analfabetos que registró el último censo previo al triunfo de la Revolución. Si algo produjeron las últimas cinco décadas fueron hombres y mujeres pensantes, jóvenes informados, ciudadanos capaces. Todos ellos forman parte del presente y el futuro de la República, y ninguna de sus críticas debiera ser motivo de exclusión. En todo caso, fue la  Revolución la que les aseguró el derecho de pensar con cabeza propia y expresar sus convicciones.

(…) Ahora que los Estados Unidos no estarán solo a 90 millas, sino, probablemente, en opulentos aviones de American Airlines posados en nuestros aeropuertos, o en lujosos ferrys con sus narices asomadas al Puerto de La Habana, ninguna escaramuza de coyuntura debiera ser más fuerte que la unidad nacional. Y aunque parezca paradójico, la unidad nacional será más sólida mientras más flexibles y abiertos a la diferencia resulten los límites de la cultura política compartida. (…)

(…) Este pueblo terco y  perseverante que somos los cubanos está entrenado en dar la pelea. Casi doscientos años de lucha por el camino de la independencia nos han hecho llegar hasta aquí y vivir la expectativa de los días que corren. Por nosotros, por nuestros hijos, por Cuba, nos toca ahora, con prudencia y al mismo tiempo con osadía, asumir los riesgos.

Se buscan lectores en Cuba para crónicas periodísticas

las patrias íntimas del internacionalismo

¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?

Manifiesto (hablo por mi diferencia), Pedro Lemebel.

Acabo de terminar de leer los 66 comentarios que -hasta ese momento- se habían publicado en la página de OnCuba en el texto Las patrias íntimas del internacionalismo, de Carlos Manuel Álvarez. Entre ese montón comentarios, me desconciertan (aunque sé que no deberían sorprenderme esas cosas) la considerable cantidad de mensajes en los que se destila una furia, un dolor, una vergüenza por lo que consideran un acto de leso periodismo: haber manchado la pulcra imagen de Reynaldo Villafranca, enfermero que formaba parte de la brigada médica contra el ébola. Palabras como escribidor, pseudoperiodista, sarcástico, injusto, perverso, chisme, buitre, denigrante, ultraje, vano, humillar, denigrar, dejenerado (sic), recorren las opiniones de muchas de estas personas que acusan a Carlos de haberse enfocado en los detalles sucios de la historia en lugar de mostrar la pureza de su altruismo.

Al parecer, estamos ante un típico caso de respuesta del lector cosechado. La vergüenza de tener una audiencia aberrantemente deformada, incapaz de leer la belleza del elogio de Carlos Manuel Álvarez en su texto sobre Villafranca no es más que el triste resultado de la no existencia de medios de comunicación en Cuba capaces de hacer periodismo. Acertadamente, uno de los comentarios en OnCuba nos recuerda que “hay mucho que rescatar y entender todavía para que ciertos colegas terminen por reconciliarse con la idea de lo que el periodismo es y lo que no es”. Y partiendo de ahí, de una noción prácticamente inexistente en Cuba de lo que es periodismo, se puede empezar a leer con mejor espíritu esa crónica, o a entender las reacciones según según sea el caso.

El texto de Carlos, sin los afeites típicos de las loas con las cuales se suele abordar el tema del internacionalismo en Cuba, logró conectarnos a muchos con la tremendísima condición humana de ese enfermero, que pudiera ser cualquier otro brigadista, pero era este. Un maricón. El menor de un montón de hermanos delincuentes. Un tipo que a pesar de los tantísimos pesares quiso estudiar y ser enfermero para ponerse al servicio de otros. Porque los contextos importan. Los contextos, que, entre otras cosas, formaron a Villafranca y nos dicen a nosotros lectores -crónica de Carlos mediante- que estamos ante un ser de carne y hueso que lucha y sangra, y no ante otra postal de la Revolución

Hace unos días falleció en Chile Pedro Lemebel, un revolucionario total. Estuvo en Cuba un par de veces, la primera durante la Bienal de La Habana, con su proyecto de las Yeguas del Apocalipsis, y la segunda cuando le estuvo dedicada la Semana del Autor 2006 en Casa de las Américas. Me hubiera encantado, en medio de esta avalancha de quejas tristes y sin sentido, haber escuchado que tendría que decir de todo esto Lemebel, esa pájara comunista que tuvo la valentía de llamar las cosas por su nombre. Seguro que habría echado una lagrimita, puesto una vela, y habría llamado a Carlos para decirle que no venía hasta acá a darle un beso porque ese cáncer la tenía toda maltratada.

¿El retorno de la base Lourdes?

Porque como periodistas tenemos el elemental deber de tocar la noticia (o cuando menos cuestionarla), y porque en algún libro de historia de 2100 no quiero que se diga que no teníamos la menor idea de lo que era la realidad. Una nota que esperaba leer en cualquier medio de comunicación cubano. Y no la encontré.

base lourdes

Si extrañaban los tiempos en que algún familiar o amigo les alcanzaba de la tienda de los rusos algún producto inconseguible en el mercado estatal cubano, quizás -quizás- el retorno de esos días no esté demasiado lejos.

Los gobiernos cubanos y rusos parecen haber acordado la reapertura de la base radioelectrónica de Lourdes, que desde el año 2001 se encontraba desactivada, de acuerdo a una nota divulgada por el periódico ruso Kommersant. El mismo medio reveló que, de acuerdo a fuentes del Gobierno, las negociaciones sobre el centro, comenzadas hace algún tiempo, comenzaron a concretarse a principios de este año, luego de varios encuentros bilaterales entre militares de ambas naciones.

Kommersant apunta que la confirmación del acuerdo fue sellada en el marco de la reciente visita a Cuba del presidente ruso, Vladimir Putin. La decisión de recuperar la base Lourdes estaría dada por el mejor desenvolvimiento económico del país y su progresivo distanciamiento con Estados Unidos.

Resulta sumamente interesante el hecho de que hace un mes el Gabinete de Ministros de Rusia presentó al parlamento de dicho país un proyecto de ley para ratificar el acuerdo con Cuba sobre la exploración y el uso pacífico del espacio. Dicho acuerdo define las normas, criterios y condiciones “para fomentar las relaciones bilaterales en el sector espacial y tiene como objetivo desarrollar la cooperación en los ámbitos de la navegación por satélite, las tecnologías de comunicación y la teledetección”, informó la agencia Ria Novosti. “El documento”, dijo la agencia estatal, “tiene un gran interés para Rusia, tomando en consideración “la necesidad de instalar equipos de corrección diferencial y monitoreo del sistema (de navegación satelital ruso) GLONASS en territorio de la República de Cuba”.

Hasta el momento se desconoce cuál será la inversión que Rusia deberá realizar para reactivar el centro, sin embargo los expertos destacan la importancia geoestratégica del mismo. El coronel Víctor Murajovski declaró que “la capacidad de la flotilla satelital rusa de inteligencia radioelectrónica e intercepción de señales es muy reducida”, por lo que el centro de Lourdes, por su proximidad física a EEUU, permitirá a los militares rusos prácticamente prescindir de los satélites.

El General Viacheslav Trúbnikov, exjefe del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, argumenta por su parte el papel decisivo de la información recopilada por la base, que en los tiempos de la antigua URSS “hacía transparente para la URSS todo el hemisferio occidental”.

La base Lourdes, fue instalada en Cuba en 1964 tras la Crisis de Octubre, y su misión fundamental hasta el año 2001 consistió en la escucha de señales de radio, incluidas las de los submarinos y barcos, y las comunicaciones satelitales.

Ni el gobierno ruso ni el cubano (ni ningún medio estatal cubano, por cierto) han emitido ningún comentario al respecto de esta información.

Entrevista de Yadira Escobar a Julio César Guanche (transcripción casi exacta)

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Me encontré esta entrevista que le realizara Yadira Escobar a Julio César Guanche, un todoterreno que admiro por muchísimas razones, y me pareció un intercambio tan interesante que decidí aprovechar una madrugada de insomnio para transcribir sus palabras y compartirlas con todos aquellos que la conexión les impida ver el video en Youtube. Que les aproveche.

 

(…)

Yadira Escobar (YE): Recientemente usted estuvo en el encuentro, o en el debate, que se realizó en La Habana por la Archidiócesis y Espacio Laical y se habló, según lo que pudimos leer por Internet, de reformar la constitución. Exactamente, ¿qué es lo que usted cree que se debe reformar?

Julio César Guanche (JCG): La reforma es obligatoria por algunos cambios que se están haciendo. La constitución cubana actual, vigente, reformada en el 92 y después en el 2002, tiene una cláusula de reforma que establece varios indicadores de cuándo debe ser reformada, además, llevando a plebiscito popular los cambios que se hayan introducido en esa reforma. Si se cambia la estructura del estado cubano, y si se cambia la estructura de derechos de la ciudadanía, uno de esos dos cambios obligaría a una reforma constitucional que debe ser sometida a plebiscito popular.

Esos dos campos deben ser reformados en Cuba; ya están siendo reformados. Lo que se llama experimento en Artemisa y Mayabeque es una nueva forma de organización del estado que separa al gobierno del estado; eso no está previsto en la constitución. Debería para estar previsto ser objeto de una reforma. Eso me parece un cambio positivo, separar funciones; unas estatales representativas y otras gubernamentales, administrativas.

Eso por un lado; y por otro me parece muy importante ampliar, profundizar, multiplicar el catálogo de derechos y las garantías de la ciudadanía en Cuba. A la altura del 76, ese catálogo –visto con los pactos internacionales de derechos humanos– no estaba desactualizado; a la altura del 2014 está desactualizado, y tiene muchas carencias en el campo de las garantías, por ejemplo. No existe un control de constitucionalidad en Cuba; no existe un proceso de protección de derecho en materia constitucional; hay muchas garantías establecidas por ley que no funcionan en la práctica jurídica de Cuba, y eso debería ser plasmado en la reforma que venga.

También los cambios económicos deberían llevar una nueva remodelación del texto constitucional; son muchos los que se están haciendo. La propia posibilidad de contratar trabajo asalariado por parte de privados en Cuba –una posibilidad que no estaba concebida en el 92–, eso solo ya debería tener una atención en el nuevo texto constitucional.

La única pregunta que se hace en Cuba, y me parece que es importante, es si es una reforma lo que se está pensando o si es necesaria una nueva constitución. A mí me parece que por la magnitud de los cambios que se están haciendo, por la magnitud de los cambios que se deben hacer, y la magnitud de transformaciones que están en la base de este proceso debería ser una nueva constitución lo que salga de eso.

YE: ¿Cree entonces que se debe llevar a voto la elección del presidente?

JCG: (…) Con la estructura institucional actual es impensable. Si es positivo o no, es una discusión que también está en Cuba y fuera de Cuba. Las ventajas y desventajas son múltiples; el sistema parlamentario tiene varias ventajas a diferencia del presidencialismo. Una elección de voto directo significaría un cambio constitucional en Cuba hacia un presidencialismo que no está muy en el horizonte. A mí me gustan más los regímenes parlamentarios.

He apoyado alguna opinión [sobre] el voto directo, pero verdaderamente para mí no es [tan] importante el voto, quién vota por quién, como la función representativa de ese presidente, quién lo controla, cómo se debe a un parlamento, cómo funciona un parlamente. [Esas] me parecen preguntas más sustantivas que la de cómo se elige el presidente. No es que no sea importante, importante es, pero me parece que hay un campo de problemas que se quedan fuera cuando lo enfocas en la elección del presidente, que habría que considerar.

Uno de ellos sería una reformulación completa de las maneras en que funciona el parlamento cubano. Igual creo que verdaderamente funciona muy poco con sus sesiones, y debería funcionar siendo mucho más representativo de la pluralidad política que existe hoy y dándole voz a muchos de los actores políticos que existen hoy cuya voz y cuya conversación no aparece reflejada en el parlamento.

YE: En Cuba actualmente hay una gran diferencia entre algunos ricos y algunos pobres, pero esas personas siguen [siendo] tratados casi por iguales. Ahora, ya que no son iguales –el pobre necesita obviamente un poquito más de atención social, necesita que la electricidad, por ejemplo siga siendo subsidiada–, ¿sabes si se está hablando, hay algún debate sobre la posibilidad de ya tratar [de] diferenciar a los ricos de los pobres dentro de la sociedad cubana?

JCG: Bueno, diferenciados están, y siempre que se generan desigualdades se expresan también las desigualdades. Existen y no son nuevas, el nivel de pobreza en Cuba también ha subido de los noventa para acá, la investigación social que se hace en Cuba ha publicado muchas investigaciones sobre eso, se conocen los datos, se conocen los problemas de estratificación social que existen. No es una cosa desconocida para la mayor parte de los cubanos, primero la vemos, y segundo se tiene estudiada. A mí lo que me parece que está mal es tratar a los desiguales como iguales; hay que tener políticas fuertes de protección social a los que no estén incluidos positivamente, exitosamente en las reformas. Es imprescindible, entonces, tener una concepción del crecimiento, que es muy necesario y muy imprescindible para un país -el crecimiento económico estoy diciendo- pero siempre orientado por una visión social del desarrollo, y siempre orientado por una visión de inclusión social de ese crecimiento.

El programa de crecer, crecer, y crecer es un programa que algunos defienden, es un programa que yo podría defender porque entiendo su importancia, pero siempre que esté en paralelo, necesariamente, acompañado de un proyecto muy fuerte de justicia social con sucesivas implementaciones, no con un discurso sino con una suerte de políticas sucesivas que se encadenan entre sí, y se multiplican entre sí. Me parece que sí, que se reproduce desigualdad, que se reproduce diferencia.

Ahí hay que distinguir, el problema de la desigualdad, el problema de la diversidad, y el problema de la diferencia. Son palabras diferentes que remiten a universos diferentes. Somos diferentes pero no tenemos que ser desiguales, no tenemos por qué ser desiguales ante el acceso a la sociedad, no tenemos por qué ser desiguales ante el acceso a la política, no tenemos que ser desiguales ante el acceso a la economía, lo que sí somos diversos y esa diversidad hay que defenderla.

YE: Usted ha hablado de que hace falta, que sería muy positivo que se reconocieran las imperfecciones, los errores del sistema cubano. Ahora, dentro de Cuba se está fomentando el periodismo crítico, el periodismo muy audaz, pero siempre el periodista profesional debe tener un límite dentro de sí mismo, cuál es el límite ético, cuál es lo correcto [sic]. Ahora, ¿le daría algún consejito a esos periodistas que quieren criticar para construir pero no tampoco pasarse?

JCG: Yo respeto mucho el periodismo joven que se hace en Cuba, conozco bastante de sus principales exponentes, y de los que no son principales, digamos, sus exponentes. Los leo porque me interesa mucho la voz que expresan sobre Cuba, la imaginación que muestran. Me parece que Cuba tiene muchos problemas con la prensa y no son necesariamente de los periodistas, son problemas de un sistema de prensa que ya no funciona hace mucho tiempo, que no se ha cambiado, y me parece que tiene que haber muchas más garantías del debate de la expresión pública de los periodistas en Cuba, no solo en sus blogs individuales sino en los sistemas de comunicación públicos en Cuba, que deberían existir como sistemas de comunicación públicos no solo del estado y el gobierno.

Sí hay límites, pero también hay problemas que van más allá de ellos. Esos límites tendrían que ver siempre con sus propias convicciones, también tendrían que ver con lo que podemos plantear que puede ser un consenso nacional de ¿entornos opresivos? muy grande, algunos de los cuales te he comentado. A mí parece, y esto no tiene por qué parecer excluyente, que hay compromisos muy fuertes en Cuba, en la Cuba actual, que tienen que ver con la sociedad civil, con el pueblo cubano; que tienen que ver con un compromiso con la ampliación de la esfera pública, una esfera en la cual [los ciudadanos] participen más, se expresen más, discutan más; [un compromiso con] que las asimetrías al acceso a la esfera pública puedan ser disminuidas, que no haya tanta asimetría de información, que existe hoy. Me parece que los periodistas cumplen una función también con eso, que es política, que es moral, que es profesional.

Es bueno también pluralizar las sedes desde las cuales se habla, y tiene mucha fama y buena fama –y con razón– la blogosfera, pero [en] una sociedad como la cubana con el precario acceso a internet y la precaria conectividad no es lo más conocido, lo que hace falta es mucha más comunicación entre los distintos públicos en Cuba, y eso significa mucha más información ofrecida en los medios cubanos, medios que sean capaces de expresar la pluralidad.

Tu pregunta la reformularía. Para mí es un problema de límites siempre, pero límites tienen no solo los periodistas; todo el mundo debería tener límites éticos, de condiciones, e ideológicos también, pero no impuestos de una única manera de concebir las cosas y menos cuando son periodistas de medios públicos.

La sociedad cubana ha cambiado mucho. No he estado aquí en Miami, no conozco Miami, no hablo de lo que no sé; lo que conozco que es Cuba, La Habana y parte de su sociedad. Es una sociedad que se ha pluralizado mucho, que no nunca hay que verla en bloque, que hay muchas generaciones distintas que tienen mucha vida dinámica dentro del país –vida dinámica significa discusión conversaciones, debate–, y [se] empobrece mucho la sociedad cubana representada solo por un bloguero, un profesor o un investigador. Me parece que hay que atender a las maneras distintas que tiene ella [la sociedad cubana] de expresarse; la música cubana, el cine, el teatro, eso en el campo de la cultura, pero también escuchar a la gente, la gente habla cada vez más, y me parece que es muy bueno que hable cada vez más.

A mí no me gusta dar consejos, la verdad. Los periodistas son personas que ya tienen su formación, tienen su profesión, son personas, son ciudadanos. Sus límites serían la ética profesional, las leyes cubanas.

YE: ¿Bueno Guanche, me pudiera decir si usted cree que el nacionalismo revolucionario tiene futuro dentro de la Cuba de mañana?

JCG: ¿El nacionalismo?…

YE: ¿si pudiera tener éxito?

JCG: … ¿revolucionario? Es una discusión también que anda en Cuba y que anda fuera de ella. Es una palabra compleja; le han llamado nacionalismo revolucionario a algo que ha tenido otros nombres en la historia de Cuba, le han llamado nacionalismo radical, le han llamado nacionalismo popular. A mí me gusta mucho el nacionalismo cubano del 40, que fue un proyecto de inclusión nacional muy grande. Bajo el manto del nacionalismo hablaron todos los sectores cubanos en la época: hablaban los negros, hablaban las mujeres, hablaban los hijos que llamaban naturales en la época, hablaban los maestros que buscaban que le pagaran salario, hablaban los científicos que querían crear el Instituto de Medicina, hablaban los profesores, todo eso desde plataformas ideológicas muy diferentes, pero que podían concebirse con un manto nacionalista.

Ese nacionalismo, como siempre, era el proyecto de clases específicas de [sic] situarse dentro de Cuba después de una crisis del estado oligárquico cubano en los años treinta, básicamente en el 33, que no habían tenido espacio esas clases –burguesas, industriales no azucareras–, y que buscaron con la crisis de aquel estado del 33 después de la revolución popular del 30 una nueva fórmula política en Cuba. Esa fórmula política en Cuba llegó a la constitución del 40. A mí me parece que ha sido muy mal leída en Cuba en las últimas historiografías, salvo excepciones muy valiosas. Ha sido leída como un documento que no tuvo la gran importancia que realmente tuvo. Es el gran documento con el que cierra el ciclo revolucionario del 30 al 33; me parece que debemos recuperarla.

Y cuando me hablan de nacionalismo pienso en ese tipo de nacionalismo, un tipo de nacionalismo que pensaba, en los 40, en temas de independencia nacional, soberanía económica, en temas de antimperialismo. Ese es un nacionalismo que nunca renunció a la democracia política; la constitución del 40 es una constitución tanto democrática en lo social como en lo político. Entonces no hay que ver el nacionalismo como opuesto a democratizaciones políticas, ni como comunidades nacionales que se cierran sobre sí mismas, que excluyen a los que están fuera o tienen conflictos con los que están dentro. Una nación como un nacionalismo democratizador es una nación que se mira con un proceso que está en construcción permanente, que puede incorporar las diferencias que van surgiendo en el proceso de esa construcción; y a eso se le puede llamar también nacionalismo. Significa que no es una entidad histórica cerrada, un hecho que está aquí y que es el mismo que se ha ido desenvolviendo en la historia del tiempo. El nacionalismo del año 1912, por poner un ejemplo, es muy muy diferente al nacionalismo del 40, y probablemente sea muy diferente al nacionalismo de ahora, el que se puede defender ahora.

El que se puede defender ahora hay que defenderlo en condiciones de una Cuba muy transnacional, transnacionalizada, que significa con muchas diásporas en muchos lugares, no solo aquí en este país [EE.UU.], con lo cual me parece que se puede hacer una apuesta por el nacionalismo pero con esta cantidad de salvedades que te estoy haciendo, que no lo minimizan sino que lo empoderan porque lo democratizan, porque piden lealtad a cuestiones que pueden ser más trascendentales a los cubanos, que tengan que ver con su derecho de ciudadanía y también con los derechos de inclusión social y nacional. En ese sentido me parece que el nacionalismo es muy defendible, para no mencionarte todo el tema más espiritual de lo que llamamos la patria, que también, pero me gusta [no mencionarlo] porque podemos entender por patria cosas muy diferentes, y la patria históricamente ha sido cosas muy diferentes, no en Cuba, desde la antigüedad romana. Es mejor buscar pisos fuertes que puedan unificar, unificar quiere decir unir en una plataforma. Esa plataforma puede ser la ciudadanía, democratizada puede ser el nacionalismo, porque no creo que compitan entre sí. Creo que sí puede ser un proyecto que compartan cubanos.

YE: ¿Se siente optimista cuando piensa en el futuro cubano?, vamos a decir, una década; dentro de una década, ¿usted cree que se va a sentir bastante satisfecho con el rumbo que está tomando la nación actualmente, con todas estas reformas económicas, y quizás también como usted hablaba con una descentralización en otros aspectos de la sociedad? ¿Se siente optimista?

JCG: El optimismo a veces hace daño. También el pesimismo. Cuba cambió mucho en el siglo XX; cada treinta años cambió mucho. Cambió en 1901, cambió en 1930, cambió en 1959. Está cambiando ahora, está cambiando mucho, desde afuera quizá no se aprecie la calidad y la cantidad de los cambios. Cualquiera que vaya a Cuba sabe que no tiene nada que ver con los discursos típicos o históricos sobre Cuba.

Es una sociedad que se parece cada vez más al mundo; los cubanos se parecen cada vez más a cualquier ciudadano del mundo, comparten problemas con muchos países del mundo, tienen problemas propios, como en otros lugares tienen problemas propios. Esto significa que para mí está lejos ya, o cada vez se aleja más de ser aquella excepcionalidad que elogiaban para lo bueno y criticaban para lo malo. Me parece que sí tiene que cambiar. Y yo quisiera, ya por optimismo -que puede ser peligroso pero también es una tabla de salvación, porque también vivo en Cuba, mis hijos viven en Cuba-, pienso que es útil mirar con limpieza al futuro. Limpieza significa honestidad, significa mirar con esperanza, y significa confiar también en los cubanos que quiera apostar por ese futuro.

Un libro a cambio de nada

suelta masiva de libros 6 de abril

La cosa es como sigue: el próximo domingo 6 de abril alguien muy ocurrente puso en Facebook la convocatoria a la Suelta Masiva de Libros, que para los que no tienen acceso a la red de Zuckerberg les dejo aquí:

“Brindar, soltar, regalar es una práctica liberadora que impulsa una dinámica perfecta: cuando damos, recibimos.

La idea es “liberar” (dejar) un libro en un espacio público (plaza, bar, transporte público, museo, etc…). Pueden participar de la propuesta todos aquellos que lo deseen liberando un libro el sábado 6 de abril de 2014 en el lugar donde vivan o se encuentren en ese momento.

Para participar, dejá un libro en un espacio público con una dedicatoria que indique:
– Que el libro es de quien lo encuentre pero que, al finalizar su lectura deberá ser liberado, para que pueda ser disfrutado nuevamente por otras personas.

¡Muchas gracias por sumarte a esta gran cruzada y compartir la iniciativa con tus amigos!”

La idea me encantó de tal manera que contacté con los organizadores del evento. Lu Di Pietro contestó a mis preguntas:

“La idea no es nuestra, ya existe desde hace un tiempo y no sé exactamente quién la empezó. Un amigo, Rodri, que está también de organizador de este evento pensó en armar una suelta masiva y me propuso que hiciéramos este evento y gratamente fue muy aceptado. Nos parece bueno (el evento) por muchas razones (…): lo importante de leer, lo hermoso de dar, lo emocionante de soltar y la incertidumbre de no saber y confiar; fomentar la solidaridad y el espiritu del compartir social y culturalmente, abrir el corazon y atravesar fronteras”

Por su parte Rodri Bristot, otro de los organizadores de la suelta masiva me comentó:

“La iniciativa de Libros Libres viene ya hace algunos años, siempre con la dinámica de soltar textos desinteresadamente para compartirlos con aquél anónimo que lo encuentre. En lo personal, lo que me impulsa a organizar este evento de Suelta Masiva, tiene que ver con una idea un poco romántica: creo que hay cosas en la vida que debieran ser gratis, como la educación y la lectura; los libros no debieran ser solo para quienes pueden pagarlos, si no que deberían ser más accesibles, que la gente los encuentre en los espacios públicos sin tener que resignar algo (dinero o trabajo) para adquirirlos.

“Me baso en mi experiencia personal (…) ya que el primer libro que leí en mi vida, fue uno que me llegó de forma inesperada. Era un libro bastante complejo para mi edad (tenía 14 años), pero lo leí en poquitos días y me marcó mucho. Creo que los libros son formadores de pensamientos y personalidades. Quizás, si no hubiese leído ese libro (y los que vinieron después), hoy mi vida sería muy distinta.

“Estoy muy conforme con la repercusión y la aceptación que tuvo la propuesta. Las redes sociales son muy poderosas para este tipo de convocatorias y fue por ellas que logramos superar límites impensados. A mí me escribió gente de Málaga, Londres y La Habana contándome sobre sus sensaciones a la hora de soltar sus libros. Me impactó y emocionó.”

Gracias a Lu, supe también de El Club de los libros perdidos, un espacio mágico donde también se cocina esta idea, y cuya página en Facebook anda rondando el millón de seguidores. Además tienen la ventaja de que su convocatoria está como en siete idiomas, así que casi todo el mundo puede sentirse incluído en el asunto.

Por mi parte ya tengo un plan. En la mañana del 6 de abril, habrán ocultos tres libros que quiero mucho pero que dejaré ir -con la pequeña e irracional esperanza de que vuelvan a mí- en el parque de H y 21, en El Vedado, La Habana). Días antes, daré algunas pistas acerca de los lugares en los que estarán escondidos y qué libros pudieran ser. Así que si a alguien le interesa conseguir un buen libro a cambio de nada, dese una vuelta por H y 21 la mañana del domingo 6 de abril.

suelta-masiva-de-libros-la-x-marca-el-tesoro