Caminado hasta el Teatro Martí

por Jorge de Armas
(Para Teresita Fernández)
A las cosas que son feas ponles un poco de amor
Y verás que la tristeza va cambiando de color…
Foto: Kaloian

Tuve el privilegio de estudiar mi dos primeros  años de primaria en una vieja casona del Paseo del Prado, quizás un marqués, o una prostituta de lujo viviese en ella, tan pegada al Barrio de Colón, sólo cabrían en ella la nobleza o las putas, que no es lo mismo pero es igual.
Los setenta, tan grises para la cultura cubana según algunos, para mí, un niño curioso que estudiaba en una casona hermosa del Paseo del Prado, fueron los años que me indujeron a todo; a leer;  a escuchar música; a conversar.
Me gustaba caminar por la acera derecha del Prado, de espaldas al mar, y pasar por los estudios del ICAIC a sentir el fuerte aire acondicionado de entre las rendijas de sus puertas. De allí vi salir a Silvio, a Pablo, a Sara, y a un grupo de rostros que no tuvieron nombre hasta años después.  En esa misma esquina de los estudios, si doblabas a la derecha, en Trocadero 162, podías a través de la ventana ver a José Lezama Lima, escribiendo su alma en blancos folios.
Pero los viernes, quiero decir, todos los viernes, lo que más disfrutaba era ir en doble fila, cogido de la mano con Yadira, una mulatita de sonrisa abierta, hasta el Teatro Martí, y allí, en su patio, reírme con los títeres del guiñol, y escuchar a Teresita Fernández regalarme su vida en cada nota.
La escuchaba mientras admiraba la belleza en ruinas del Teatro, rodeado por una verja verde que nos protegía del mundo exterior.  Allí adentro todo era paz y ella, todo era magia y ella, todo era, solamente, nosotros y ella.
No soy yo mismo si cada vez que llueve no me acuerdo de Tin tin, o si veo un gato y no le silbo Vinagrito, o si a la luz de la luna busco latas que brillen y me digan que la tristeza va cambiando de color.  No soy yo mismo si no busco de vez en cuando en mis recuerdos a Teresita, y me doy cuenta que parte de lo mejor de mi nació en aquellas tardes de viernes en el Teatro Martí.
Pasó el tiempo y pude conocerla en persona, y le conté esta historia.  Vivía en una casa en medio de un descampado, rodeada de gatos y un par de perros, y allí me cantó, para mí y para quien iba de mi mano, mil canciones que una vez más, sonaron a nuevas en mi cabeza, porque Teresita al cantar te contaba una historia con su escenografía, su atrezzo, su emoción, su llanto.
Cuando cantaba le brillaban los ojos, pero no tanto como cuando te hablaba de Martí. Varias veces tuve el privilegio de escucharla en palabras que destilaban devoción por el Apóstol. Detrás de ella, en las dos casas donde la visité, junto a la bandera cubana, nunca faltó un busto de Martí, bajo cuya sombra se cobijaba.
Ya, nunca más, he dejado de escucharla.
Donde quiera que estés, sólo te pido que no descanses, vaya mierda eso de descanse en paz, no descanses, mujer contestataria, sabia y valiente, tú sigue cantando, sigue incordiando al cobarde, sigue alentando mis sueños.
Nada hay más feo que la muerte, pero hoy, en la noche con luna de mi Habana, todas las latas en los basureros, brillaran para ti.

Veinte años

por Jorge de Armas

(Para Rafael González Escalona)

 

Llora por los amores viejos
que se quedaron lejos
y que tal vez añoras.

 

Foto: KMVL/ Progreso Semanal
Foto: KMVL/ Progreso Semanal

Nacer en los setenta tiene la desventaja de lo ajeno.

Para mi generación, la cubanía vino de la mano de la pertenencia a un proyecto, de vivir un sueño, de no disimular nuestra contrariedad ante todo aquel que intentase socavar nuestra esencia. Mi cubanía nació del orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”, a un “territorio libre de analfabetismo” o a ese pueblo viril, que llora para hacer temblar cualquier injusticia.

Pero no era yo cubano por mi música.

Mi generación vibró con Los Beatles, porque eran lo prohibido. Escuchábamos a Queens, y nos acariciaba el coro de cuatro voces que sonaban como mil, o esas escaleras que Led Zeppelin nos hizo subir una y otra vez, o Deep Purple, Rush, en fin, demasiados contrastes del rock, del heavy al punk, pero siempre rock.

Mi generación, que pudo disfrutar todavía de Joseíto Fernández, de Los Compadres, del Septeto Nacional, prefirió hacer de unos (yo) rockeros y, de otros, amantes de Julio Iglesias, Roberto Carlos o Nelson Ned. Mi generación lo sufrió todo, a los prohibidos y los profetas.

Mi generación perdió la posibilidad de heredar, en vida, la Cuba que nos negaron, y de saber que para nuestro futuro, esos del pasado eran lo mejor de nosotros mismos. Nos perdimos a Omara, a Elena, a Moraima; nos perdimos al Benny, a Miguelito, a Peyo, a Pacho; nos perdimos a tantos de esos que, de tan nuestros, no hace falta, ni siquiera, decir su apellido.

Mi generación descubrió la música cubana a través del baile.  Un programa de la tele Para Bailar, en 1978, rescató para nosotros lo que somos, y nunca se lo hemos agradecido lo suficiente.  Ya es hora. Gracias al Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes, en la época en que Cuba se dejó en sus sueños soviéticos y latinoamericanos, el cubanito de a pie bailó sin complejos su orgullo, y el curioso que fui indagó en aquello que se le escapaba, por snob, por intentar ser diferente, cuando lo importante era ser uno mismo.

Mi generación se dividió, a partir de entonces, en rockeros y bailadores de casino. Unos se despeñaban aprendiendo vueltas, mientras nosotros dejábamos el cuello en el parqueo de Coppelia. Incluso en esto hubo un matiz racista, o racial, pero sí que hubo diferencias basadas en el color de la piel. “Blanquitos rockeros” nos llamó un día el teniente aquel que nos detuvo, apenas con doce años en el Pabellón Cuba. Pero este es otro tema.

En mi casa de Industria, en Centro Habana, mi madre desandaba todas las tardes su jornada escuchando jazz; mi abuela, música clásica; mientras yo, en Guanabacoa, destrozaba las canciones de Los Beatles, copiando cada acorde, emulando cada armonía. Nada cubano se me daba, no existía, vaya mierda.

Pero se impuso la cordura y como algo natural busqué al Benny en mis raíces, a Sindo, a Corona, a la Trova santiaguera, a Jorrín, a Faz, a la Revé, a los trovadores trinitarios, a Omara, a Helena, a Moraima, a la señora Maria Teresa Vera, y por supuestísimo, a Doña Marta Valdés.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo sabe, o hasta que lo tiene.

Hoy sin complejos, hablar de Cuba, y de su música, no significa estar ausente, o discurrir por la derrota de los complejos. Hoy disfrutar de Cuba es hablar en mayúsculas. Hoy la pertenencia a Cuba viene de la mano de su cultura, y no de la pertenencia a sus ideas, aunque también ¿por qué no, por qué cojones no?

Por suerte, hoy la música cubana se mira sin complejos, sin ese prurito vergonzoso al escuchar a Vicentico Valdés, o a Tito Gómez, con miedo a que te diga cheo, antiguo, o algo peor. Por suerte mi generación ha sido superada por el sentido de lo hermoso, reconocerse en una cultura, en una estética, en un modo no ya sólo de hacer música, también de escucharla.

Hoy, hablar de Cuba, es hablar de Doña Marta Valdés.

A quién no pude, mira que lo intenté, pero no pude nunca, llegar a comprender con el tino que ayer Rafa, (el Rafa que me apoya y me da aliento) describió su sentimiento en un texto, que más que escrito, fue confesión.

Nada que decir, salvo que a veces, en el medio del tedio y del absurdo, siempre alguien te recuerda quien has sido y lo que eres. Esta vez fue Rafael González Escalona, a través de Marta Valdés, quien me recordó lo que soy, lo que no dejé de ser en el olvido.

Siempre que hablo de Cuba, digo que hay gente que te devuelve lo que eres: Bebo Valdés, Paquito D´Rivera, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Marta Valdés. Y tú también, Rafa, y tú también.

No sé si te das cuenta, pero este texto, estas cuatro palabras hilvanadas sin calma ni sosiego, es la única manera que encontrado para decirte gracias.

Proposiciones

por jorge de Armas

Road-closed-BW by jorgedearmas

Mi primer encuentro con el Miami duro, con el Miami seco de alma y de cubanía fue en el Larios, un restaurante “cubano” propiedad de Gloria y Emilio Stefan.

Cuando uno llega se aferra a lo que tiene, a la generosidad de los amigos, al abrazo sincero, a una sonrisa.  Durante esos primeros meses en los que no sabes exactamente dónde estás, vas y vienes sin rumbo, aprendiendo a pedir el café con leche en la cafetería, a contar los pocos dólares que tienes, a repensarte en el mundo nuevo.

Durante los primeros meses viví con un amigo, realmente con el hermano de mi mejor amigo, y aprendí mucho de él.  Es músico, y además de compartir amigos, para que mis noches de fin de semana no fueran nostálgicas y abruptas, me llevaba con él a todas partes.  Así una noche caí en el Larios.

Hacía frío, mucho frío.  El cubano se esconde cuando aprieta el frío, no sale, se escuda.  Aquí, en Miami, el cubano viejo, el de “antes” saca pieles y joyas, cambia su ropero con el solsticio de invierno, ridícula forma de ser ridículo, pero el cubano de Miami, ese que vino en los sesenta y setenta, es así.  Así que esa noche en el Larios, poca gente comiendo, poca gente escuchando, y los músicos, como pasa en esas ocasiones, empezaron a “descargar”

Evelio es una voz, una voz que recuerda al Benny y a Pablo Milanés, una voz que te rompe el alma a sonidos, que te deja lacio, pequeñito, una voz que envuelve y acaricia, cubana, perfecta. Con delicadeza te sonroja, afinando la perfección, y aunque intentes acompañarlo, en una tercera por debajo que sabe a poco, sientes todo el tiempo que te estremece.

Evelio canta y tiene el privilegio de transportarte.  Escucharlo es estar en La Habana Vieja, la Vana Vieja, como dice otro amigo. Escucharlo es viajar a olores que despedazan tus nostalgias, a una sencillez que te devuelve a lo que eres.

Así, en medio del frío y la nostalgia, creciendo el espacio, Evelio, seguido por todos, empieza a cantar como sólo cantan los que entregan su vida en cada acorde lento, muy profundo, “propongo disfrutar esta jornada, inquietando tu gusto en dos sentidos, una palma que bate en tus oídos, y un cocodrilo verde en tu mirada”

Poco a poco todos los músicos se fueron sumando. Uno tomo el bajo, otro, las congas, yo ataqué una guitarra, alguien improvisó con la flauta, el piano tejía inversiones bellas, y Evelio regalaba con su voz versos que estaban lejos, muy lejos, allá a esa distancia de noventa millas, las más largas millas de este mundo.

“Propongo que tu voz enamorada, se lance por caminos y veredas, anunciando; llegó la primavera, hagan suyo el crisol de esta morada”.

Y así, disfrutando como niños de la música y del inmenso compromiso cultural que desde la cubanía Pablo nos enseñaba, una señora, blanca, encartonada y maquillada con polvos que olían a guardado, se acercó a Evelio y le dijo “aquí en el Larios nadie canta canciones comunistas, o te callas o nos vamos todos”

No entendí, quedé perplejo y sin palabras.  Evelio sonrió y le dijo, “disculpa, pero esta canción no es comunista”, ella le dijo, “pero quien la canta sí”.

Ese día Evelio, una voz cubana que te hace cubano al escucharla, no pudo terminar Proposiciones. Detrás de mi guitarra, y haciendo de tripas corazón, le dije a la señora “pero Usted escucha a Pablo ¿no?, al menos sabe que este tema es de él” y todos me miraron como para callarme la boca a gaznatones, tal es, aquí, el poder de la mentira.

Ese día descubrí que Miami, además de una mentira, nunca sería mi sitio.  Ese día descubrí que venir a este pueblo sólo tenía como meta acercarme a la otra orilla, la auténtica, la mía.

Ese día, en el carro, regresando a casa, murmuraba triste los versos que la impotencia, la incultura, y el desamor le impidieron cantar a Evelio:

“Propongo compartir lo que es mi empeño, y el empeño de muchos que se afanan, propongo, en fin tu entrega apasionada, cual si fuera a cumplir mi último sueño”.

Sólo un beso…

por Jorge de Armas

super kiss painting

“No vengas con los besos exactos,

yo tengo cambio”

Se llamaba, pongamos que Nancy. Una chica de izquierdas, venezolana, con muchas ganas de comerse el mundo extirpándole a bocado limpio la esencia explotadora al capitalismo.  Para completar su educación en el anarco marxismo leninismo, se fue a Cuba a estudiar, pero como la izquierda también se piensa a sí misma como artista, sin voz para cantar, ni habilidad para el dibujo recaló en la Facultad de Artes y Letras, y dos asientos más allá del mío, estudió Historia del Arte.

En ella vi una posibilidad, nunca la amé, nunca me enamoré. Me atraía su tez amulatada, más cerca del cobrizo taíno que del afro, sus ojos, negros como el canario de Martí, y la pausa melancólica de su castellano. Me molestaba su pulcritud excesiva,  y que hablara mucho justo cuando despertábamos.  Me gustaban sus pezones oscuros y su espalda, pero en muchos aspectos, besarla era sabineramente hablando, besar la piel de sal de la mujer de Lot.

Hicimos cosas juntos, digo, más allá de hacer el amor, o acostarnos, más de una vez, más de las necesarias. Hicimos algún trabajo de clase juntos, un corto en la Escuela de Cine, fuimos a mil conciertos, le presenté a mucha gente, cenamos con Pablo Milanés (pero esa es otra historia), estuvimos con Fidel (esa también es otra historia) y me agarró muy fuerte de la mano cuando el profesor de Historia de América saco una pistola en el aula y amenazó con la muerte a todo el que saboteara la Revolución, en alusión a que Ronaldo Menéndez y yo le discutimos que no pensábamos que Estados Unidos consideraba una invasión a Cuba en aquel momento.

Llegó el momento de las despedidas, y aunque suene triste y calculado, aunque no la amé jamás, aunque nunca quise que me amara, mi ego masculino sí que quiso impresionarla.  Así las cosas, en una botellita muy linda heredada de mi abuela, escribí en un papel amarillo, como el canario de Martí, “este es mi beso, mi único beso” lo introduje en la botella y la selle con cera.

En una serpentina blanca, con cuidado escribí, a todo lo largo lo siguiente:

“Nancy, presiento que más nunca nos veremos, presiento que aquí se acaba todo. Aquí, dentro de esta botella te dejo mi beso, un solo beso, en él he puesto lo mejor de mí. Llegará un día en el que todo te parezca imposible, o estés sin fuerzas, o simplemente pienses que la vida ha perdido el encanto de las mañanas. Cuando así te sientas, úsalo, se cautelosa, es sólo un beso, no hay más”

Pasó el tiempo, y años después, conversando en Madrid, mi amigo Carlos, me comenta que Nancy estaba viviendo allí, me pasó su teléfono y quedamos.

Fue una tarde de primavera, Madrid es hermoso cuando puedes tomarte un café en una terraza, sin calor, sin frío, simplemente tomarte el café bajo la luz especial del entretiempo.

Quedamos en el Paseo de Recoletos, en el Café Gijón, por aquello de darle un tono literario a nuestro encuentro.  Me encantaba la idea de quedar en el café de las tertulias madrileñas, donde alguna vez estuvo Pérez Galdós, Ramón y Cajal, Cela, la mismísima Mata Hari o Truman Capote y George Sanders.

Estuvimos hablando durante dos horas de esas cosas que sólo hablan las personas que no tienen nada que decirse.  Dilatando hasta el máximo el segundo café, nos despedimos. Un beso al aire, mejilla con mejilla, sin sentimientos.

Quedé sentado viendo como se alejaba, el sonido de sus botas resonando en los adoquines, su pelo suelto, y mis nostalgias. De repente, se da la vuelta y regresa, me levanto y voy hacia ella, me agarra con furia la camisa y con lágrimas de rabia me dice, en un grito contenido:

–          Eres un hijo de puta, ¿sabes en todos estos años cuántas veces necesité tu beso?

Y tú sólo me dejaste uno, sólo uno…

Ella quería ser linda

ella quería ser linda

Por Jorge de Armas

Y para eso, años después, acorde con las modas, creó un blog.

Pero antes devoró cuanto libro de autoayuda se podía comprar, indagó en iglesias, sectas, conventos. Por pura inconsistencia trabajó en supermercados, fascinada por la sonrisa de cajeras horribles y sudadas que follaban sin parar tras las puertas del almacén y detenían las filas para atender sus teléfonos y sonreír otra vez.

Se enamoró de una manzana, blanca y pura, ajena a todo lo que era, mestiza de alma y carne, impura de sangre y raza. Una blanca manzana inalcanzable, tan suya y tan ajena, conjuntiva e irreal.

Devoró millas persiguiendo un sueño que jamás tuvo, calles que nunca visitó, y, en las que estuvo, murió de generosidad, dejó su alma a merced de los caníbales que de ella hicieron monumentos. Era ya linda, ¿para qué más?

La idea era sencilla, además de genial, un blog, mejor un sitio web. Fui su fan primero.

Quería una tetas, perfectas, como su manzana, y aceptaba donaciones vía PayPal. A cambio, nosotros, podíamos disfrutar, en usufructo, de esas tetas perfectas, en relación estricta y directamente proporcional al valor donado. Ni idea tenéis de cuanto gasté.

Fueron días tensos, febriles. Investigué cuanta clínica existiese, llamé a Miami, a Madrid, a Colombia. Hablé con cientos de mujeres implantadas, matriculé medicina, pagué cursos de cirugía estética y anatomía mamaria, en fin, recuerdo esos días como los más grises de mi vida, sin sueño, sin comer, dejado de mí mismo en mi ilusión.

Meses después vino el milagro. Según mis cuentas y las suyas, después de saldar su deuda con los otros que aportaron, mi crédito de tetas era ilimitado, eran mías, totalmente mías.

Llegó el día. Adolescente afeitado con cortada en las patillas llego yo, y de repente lo vi todo.

Allí estaban, al alcance de mi mano, para siempre, sus tetas y su sueño. En base a ese contrato todo ella era ya mío, y no soy nadie, así, que por no arrancar de cuajo su sonrisa, de reojo recorrí el perfil que proponía, y salí, dejando intacto el alma que aún vacila en sus rojos zapatos de tacón.

(Justo al terminar, le mando el texto por mail, y me responde, “No Jorge, ella quiere ser linda”)