So long, Leonard

so long, leonard.jpg

Para Claudia, para que no pierda la esperanza de encontrárselo en algún café de Montreal.

Leer Más

Gema Corredera, ese pañuelo nuestro

gema en casa. foto carla valdes leon
Gema en Casa. Foto: Carla Valdés Leon.

Tendría 18 años y estaría en el servicio militar. En esa época buena parte de mi servicio militar iba de unos largos viajes del Vedado al reparto Bahía, montado en rutas como la 20, la 8, el P-11. Por entonces tenía (léase le había incautado a mi padre) un raro reproductor mp4, probablemente de facturación china, que pretendía emular con las funcionalidades de un iPod –y fracasaba estrepitosamente en el intento. Pero a través de los audífonos de aquel trasto que se reseteaba constantemente y perdía la carga enseguida comencé a tomar cabal conciencia de lo que era Gema y Pavel, que son –por si queda algún despistado que no se haya enterado aún– mucho más que un dúo. Leer Más

Unas viejas piedras recorren La Habana

anuncio concierto stones

Primero fueron los rumores, los desmentidos a medias, los sí pero no, las griterías en las redes sociales enfrentadas al mutismo habitual del aparato institucional cubano. Luego, como si fuera lo más normal del mundo, salió de su botella un funcionario del Instituto Cubano de la Música y dijo lo que todos sabíamos desde hacía rato pero que ellos en su esquizofrenia consideraban un secreto de estado: que Cuba sería la parada final del Olé Tour de The Rolling Stones.

Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood y Charlie Watts aterrizaron en La Habana el 24 de marzo con el sol que a Barack Obama, el presidente del todopoderoso Estados Unidos de América, le fue negado cuatro días antes. Las cámaras captaron una cuarteta de señores que bien podrían haber bajado de alguno de los cruceros que ahora no cesan de abordar la bahía de La Habana; si hubieran llegado en el MSC Opera cargando sus camaritas, sus sticks selfies, sus cremas, sus camisas hawianas, sus guías inservibles y sus dólares para la Bodeguita del Medio y los souvenirs, pocos hubieran reparado en su presencia.

Pero se han encargado de recordarnos –ahora, cuando ya no importa, cuando son una pieza digna de figurar en una sala de cualquier museo de historia natural– que son parte de la realeza del rock, que sus canciones han ayudado a moldear la forma de la música contemporánea, o lo que es lo mismo, nuestra manera de entender el mundo.

Ahí comenzó la alharaca, la repetición en modo consigna –que, si no fueran los Stones hubiera aplastado el mensaje– de que seríamos los afortunados espectadores de un concierto que no nos costaría nada y al que iríamos “con el entusiasmo y la disciplina que nos caracterizan”. Y entonces, como somos adalides de la cultura y las cifras asombrosas, comenzamos a elucubrar sobre los records de asistencia que batiríamos, y los 400 mil espectadores esperados en un inicio se convirtieron en más de un millón por obra y gracia de la matemática tropical. Y ya se sabe que cuando en la prensa cubana decimos que un millón de personas irán a un lugar, un millón de personas van a ese lugar. Aunque haya que recolectar hasta el último cederista y turista desprevenido que ande intentando comprar tabacos en los alrededores de la fábrica y al que no le importa ni el rock ni los planes quinquenales.

***

El escenario preparado en la Ciudad Deportiva para el concierto de The Rolling Stones en La Habana. Foto: Raúl Abreu/El País.
El escenario preparado en la Ciudad Deportiva para el concierto de The Rolling Stones en La Habana. Foto: Raúl Abreu/El País.

El día antes del concierto de The Rolling Stones, al pasar el P2 frente a la Ciudad Deportiva, un centenar de miradas se afanaron en desentrañar el significado de esas monstruosas estructuras que les daban la espalda, unas bestias nunca antes vistas en esta ciudad, traídas de todo el continente para hacer el “espectáculo más grande que se haya visto en La Habana”.

En lo personal, ni siquiera me llaman demasiado la atención los Stones. Si no fuera por un par de temas que me remontan al blues y a las canciones tradicionales inglesas, si no fuera por Keith Richards y su vida total, si no fuera por el magnetismo del joven Jagger, si no fuera por el mito truncado de Brian Jones, si no fuera por Juan Villoro, para mí los Stones no pasarían de ser una carpeta más en mi biblioteca. Hubiera preferido ser testigo del virtuosismo quedo de Jaco Pastorious, de la voz insondable de Sarah Vaughan arropada por Bebo Valdés y el Negro Vivar, preferiría incluso volver a vivir ese verano de 2010 con Residente y Visitante haciendo tambalearse los límites de la cordura de los comisarios culturales cubanos.

Pero lo pasado, pasado está, y no me queda más remedio que sumarme a la manada para poder decir “I was there in 2016 when The Rolling Stones broke the wall” (porque, no lo duden, cuando los de siempre hagan el cuento, en inglés, y digan que acá también cayeron muros, este concierto será uno de esos hallmark de los que hablaremos).

También, no puedo negarlo, me intriga un poco saber la manera en que reaccionará la ciudad al llamado de sus satánicas y avejentadas majestades. ¿Qué significa para los cubanos un concierto de The Rolling Stones? ¿Una fiesta? ¿Un motivo para reunirse a bailar en la cueva? ¿El fastidioso cierre de las calles? ¿Una torpe pero agradecible disculpa histórica con todos esos enfermitos que no supieron estar a la altura de la épica del hombre nuevo? ¿La oportunidad de asomarse a un mundo del espectáculo que no hemos tenido la oportunidad de palpar? ¿Nada? ¿Todo?

***

La prensa cubana -que como el resto del país, nunca ha probado en carne propia el hierro del negocio del entretenimiento- no entendía cómo era posible que el acceso al proceso de montaje se redujera a una rápida visita guiada y unas breves declaraciones del productor del concierto, que los involucrados en la producción no pudieran hablar so pena de violar un acuerdo de confidencialidad previamente firmado, que las contadas credenciales se dieran el mismo día del concierto y que les hubieran leído una cartilla que especificaba que las tomas audiovisuales solo podrían ser hechas en los dos primeros temas del concierto. Si quieren más, compren el DVD en iTunes.

Yo, que soy un paria de la prensa, que no tengo refugio ni en los medios estatales ni en los nuevos empeños privados como Oncuba y Vistar, quedé varado en una tierra de nadie que en realidad no me molesta -me lo he buscado, después de todo- pero que me puso al nivel del más sencillo de los espectadores.

Y caigo en la cuenta que debo dar otra vez las gracias. Que tengo la oportunidad de pararme en el medio del caos y ver qué sale de todo esto, que no tengo que ponerme un disfraz para camuflarme y enterarme qué piensa la gente porque, je, yo soy la gente.

Yo, que llegaré a alguna hora moderadamente temprana y haré una cola que me lanzará a algún rincón de la Ciudad Deportiva.

Yo, que comprobaré de la mejor manera si efectivamente el sistema de audio que tanto han promocionado es lo efectivo que dicen que es.

Yo, que lo más cerca que estaré de los Stones es la pantalla gigante que me los mostrará en una explosión de píxeles y arrugas en alta resolución.

Yo, que no estrecharé sus manos emocionado, ni posaré para la foto que no enseñaré a mis hijos.

Yo, que no les daré las gracias por este hermoso concierto gratuito para el pueblo de Cuba.

Yo que no le haré un chiste inteligente sobre Borges a Mick ni le pediré a Keith que me pase algunas de sus buenas yerbas.

Yo, que en materia de rock la única pregunta significativa que me hago para este 2016 es si finalmente son ciertos los rumores de que Radiohead sacará un nuevo disco.

Los integrantes de The Rolling Stones a su llegada a La Habana, el 24 de marzo de 2016. Foto: Yander Zamora/Granma.
Los integrantes de The Rolling Stones a su llegada a La Habana, el 24 de marzo de 2016. Foto: Yander Zamora/Granma.

Tres conciertos, tres mujeres, tres países

Quiso la casualidad que el pasado fin de semana se sucedieran en La Habana tres conciertos singulares protagonizados por mujeres, una triada que sin proponérselo bien pudiera servirnos de termómetro de la escena musical cubana, y algo más. Aquí les dejo tres modestos frisos, unas instantáneas imperfectas del caleidoscopio que fue y es la música -que es decir el arte, que es decir nosotros mismos- un día de diciembre en la Cuba de 2015.

1

Concierto de Diana Fuentes. Foto: R.R/Vistar Magazine
Concierto de Diana Fuentes. Foto: R.R/Vistar Magazine

Cuando dieron las 8.30 de la noche el pasado viernes 11 de diciembre, pensé que la sala Avellaneda del Teatro Nacional se le había quedado demasiado grande a Diana Fuentes, después de tantos años de estar alejada del público cubano. Nada más lejos de la realidad. Media hora más tarde el teatro no solo estaba lleno, sino que cientos de jóvenes coreaban y vitoreaban a Diana como solo saben hacerlo los seguidores de un artista verdaderamente pop, en el mejor sentido del término. El concierto fue una confirmación de lo que ya sabemos: que Diana Fuentes es una cantante muy bien dotada, que tiene un público fiel, que su disco Planeta planetario es un compendio de temas que no acaban de cuajar, pero que a pesar de todo sabemos que ella tiene bastante que ofrecer, especialmente cuando acude a lo mejor de su repertorio.

Con un hermosa y dinámica escenografía de fondo (y un desastroso sonido del teatro), Fuentes salió en defensa de canciones de su más reciente producción, acompañada por una banda de diez músicos -incluida una prescindible sección de metales- con los que dio forma a un concierto que intentó ser sofisticado, y que en la práctica alcanzó sus momentos más destacables precisamente en los instantes que eludió el artificio. Fue en su íntima interpretación de Decirte cosas de amor, y no con Será sol o Malas lenguas, donde se vislumbró (o vislumbré) la promesa cierta de que Diana Fuentes guarda en sí un arte vivo.

2

Concierto de Olga Tañón. Foto: Alba León Infante
Concierto de Olga Tañón. Foto: Alba León Infante

Con el antecedente de un apoteósico recital en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba, donde reunió más de un cuarto de millón de personas, el concierto en la Tribuna Antimperialista de la puertorriqueña Olga Tañón se anunciaba como el gran acontecimiento cultural de la semana. Y lo fue sin dudas, sobre todo si tenemos en cuenta el inusual despliegue logístico que generó; desde cierres de vías y rutas reforzadas hasta una transmisión en vivo por la televisión cubana, un suceso raro considerando la tradicional cautela de ese medio en lo que a eventos en tiempo real se refiere.

Fue un concierto espectacular, con todo el bombo y platillo que muchas veces se extraña en producciones con una calidad estética tan o más valiosas que esta, en el que la Tañón mostró sus dotes de artista curtida (y aplausos extras por cumplir su promesa de volver a Cuba y entregar sus canciones a un pueblo que la quiere como suya). En algo más de una hora, la cantante supo echarse en un bolsillo a los miles de asistentes a la Tribuna, que bailaron, cantaron y gozaron con ese montón de hits que han acompañado a la inmensa mayoría de los latinos en los últimos 20 años.

Del concierto hubo un momento, extramusical si se quiere, pero cargado de un simbolismo que me llamó poderosamente la atención. Fue ese instante en que Olga Tañón, rodeada de público mientras cantaba en una plataforma, comenzó a lanzar rosarios. Visualicen y guarden esa escena: una mediática estrella pop latinoamericana (¿norteamericana?) lanzando rosarios a los cubanos en el medio de la Tribuna Antimperialista. No creo que haya una metáfora más poderosa y efectiva de la Cuba post 17D.

3

Concierto de Haydée Milanés. Foto: Luz Escobar/14ymedio
Concierto de Haydée Milanés. Foto: Luz Escobar/14ymedio

¿Qué siente Marta Valdés cuando escucha su voz a través de otra voz? La pregunta me la hacía mientras espiaba a la compositora, sentada un par de filas detrás de mí en el concierto de Haydée Milanés. Porque tal vez muchos no se enteraron, pero en la noche del sábado, mientras Olga Tañón acaparaba todas las cámaras y micrófonos, Haydée Milanés realizó el segundo de una serie de dos conciertos para “cantar a la felicidad”. Quienes pudieron asistir a alguna de las presentaciones pueden considerarse unos verdaderos elegidos; porque si hay una artista en estado de gracia en este minuto en Cuba, esa es Haydée.

Después de atravesar el fuego, después de parecer que se diluía sin encontrar su camino, Milanés retornó triunfalmente en este 2015 con una serie de alegrías que quiso compartir.

En la complicidad de ese refugio natural de lo mejor del jazz y la canción que es teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, un puñado de afortunados fue testigo de un recorrido hacia la raíz, desde temas de su disco A la felicidad, que se reeditó este año, hasta llegar a las que quizás sean sus canciones de cuna, las de su padre Pablo Milanés, al que finalmente se ha atrevido a interpretar y con el que se encuentra grabando un disco. El gran protagonista de la noche fue, por supuesto, el grandísimo Palabras, con las canciones de Marta Valdés, el que tal vez sea (con el perdón del criterio de los jurados de Cubadisco) el mejor disco publicado en Cuba este año.

Un poco de todo eso salió en las noches del viernes y el sábado, en que, acompañada por una guardia suiza difícil de superar (Enrique Plá en la batería, Jorge Reyes al bajo, Raúl Verdecia en las guitarras) y ella misma al piano, Milanés regaló uno de los conciertos más hermosos que ha vivido la ciudad en el 2015.

Parafraseando a Marta Valdés, es una dicha que los compositores hagan canciones para que Haydée las cante, para que las convierta en esa maravilla que más que música, es la vida entrando por los oídos y anidándose en el corazón.

Serenata pospuesta de Jorge Drexler para ti

Concierto de Jorge Drexler en La Habana, Cuba. Foto: Gabriel G. Bianchini / Encuentro de Voces Populares.
Foto: Gabriel G. Bianchini / Encuentro de Voces Populares.

Escribo esto por dos razones. La primera es porque olvidé coger la cámara (sorpresa, soy un desastre). La otra es porque el concierto de Jorge Drexler debió ser tuyo. Y lo fue, de alguna manera.

Cuando me acomodé en el asiento me invadió esa sensación angustiosa y familiar de ser una isla, de ver al mundo pasar y saludar y seguir de largo mientras yo permanezco. Algo de lo que solo me podrías salvar tú, porque esta noche debía ser contigo, y ni todos los amigos ni amantes del mundo podrían arreglarlo. Se sentía un poco extraño presenciar un concierto semejante sabiendo que no iba cubrirlo para nadie, por eso decidí cubrirlo para ti. Como no estabas, me tocó poner a dormir mis prejuicios y ver a Drexler con tus ojos, con tus oídos; emocionarme con las canciones que tan dentro llevas; evocar esos recuerdos que no conozco pero sé que existen porque los he visto reflejado en tus pupilas cuando lo escuchas.

Lo bueno de no tener expectativas es que puedes vivir limpiamente la experiencia de un espectáculo. Y cuando él apareció en el escenario de la sala Avellaneda y se puso a guitarrear y conversar bajo una solitaria luz cenital como si fuera un amigo de toda la vida, comencé a sospechar que esta podía ser una buena noche. Y fue así que en algún momento me descubrí tarareando esos temas que he escuchado tantas veces sin que hagan huella en mí, pero que en esta ocasión me estaban diciendo algo, como si llegaran en el instante preciso.

Me gustó Drexler, su falta de acento “uruguacho”; su sonrisa amplia, inocente; su capacidad de transmitir complicidad a un auditorio de cientos de personas. Lo hubieras amado, como al parecer lo amaron un muchacho parapléjico que –quiero pensar– llevaron al concierto porque sus melodías le hacen sentirse algo más vivo; o una chica negra que se paraba a bailar con una energía fascinante sin importarle las miradas reprobatorias de los aburridos a su alrededor.

¡Si hubieras visto lo que hizo Alexis Díaz Pimienta! Drexler lo invitó a subir al escenario para improvisar a partir de su canción Que el soneto nos tome por sorpresa, y vaya que nos sorprendió. Le bastaron un par de minutos para entrar en calor y echarse la sala en un bolsillo con su rima rápida, ocurrente, imprevista, con esa sabiduría repentista que parece cosa de otro mundo.
Fueron más de dos horas en las que no faltó ni sobró nada, en las que los temas de su último disco Bailar en la cueva compartieron con algunos de sus clásicos (sobre todo de Ecos, creo que tiene algún fetiche con ese álbum), y algún que otro placer culpable del propio Drexler. Dos horas que colmaron las expectativas de la mayoría y dejaron sembrada la semilla de las ganas de una próxima vez, como deben hacer los buenos conciertos.

Ya entrada la madrugada, en la soledad del cuarto me descubrí poniendo su música y tomando la guitarra para repasar sus tablaturas, intentando compensar lo que preciso con la mitad que tenía a mano. No te sientas mal por no haber podido estar; prometió volver, y tiene cara de ser un tipo que cumple sus promesas. Y ahí estaremos nosotros.

PS: Si quieres más detalles pregúntale a Diana, creo que lo disfrutó tanto como lo habrías disfrutado tú.