Instrucciones para cruzar la vía (#ViernesDePoesía)

 

Destesto las intersecciones, esas múltiples posibilidades de la muerte en cada esquina. Por desgracia no hay otra manera de vivir que no sea cruzando miedos (a veces con tan poca suerte que uno se descubre exitoso ante de los treinta o baldeando el piso con las mismas palabras después de medio siglo). No hay otro modo de sobrevivir que no implique besar ciertas estatuas, atrapar ciertas liebres, soñar ciertas pesadillas; pequeñas y necesarias maneras de combatir la suerte. Pero de qué vida estamos hablando si no metemos la cabeza bajo el agua.
Lo que importa, lo que verdaderamente importa, es patear la piedra, es no dejarla quieta ni un instante, desmenuzarla hasta convertirla en guijarros que podamos almacenar en los bolsillos, guijarros que estratégicamente dejados en el camino nos salven del abismo.
Y mirar a los lados. Y no dejar que el inevitable choque –siempre hay un inevitable choque- nos aplaste.

Profecía (fragmentos) #ViernesDePoesía


Dibujo: Gordon Punt

Alguna vez escupiré tu nombre en otro orgasmo

y una mirada de odio intentara inútilmente aniquilar el placer.

Alguna vez estos ojos y esos ojos se encontrarán

en un combate cuerpo a cuerpo

con esa misma fuerza con que estallan las estrellas,

porque no puede ser de otra manera

porque el mundo es demasiado redondo

y nada puede escapar a las concéntricas aguas del deseo.

El cuerpo de letras de Aleyda Quevedo

Esta conversación con Aleyda Quevedo, pactada hace semanas gracia a las redes sociales, en rigor debía versar sobre la obra poética de la autora quiteña. Pero al adentrarnos en la Feria empecé a descubrir el nombre de Aleyda lo mismo de presentadora de una novela, que en las palabras de agradecimiento de un escritor, que en una lectura de poesía. Así que cuando nos encontramos finalmente, antes de llegar a sus textos, comenzamos hablando un poco sobre su intensa actividad de promoción cultural:
“De profesión soy comunicadora y gestora de proyectos culturales. Siempre había estado promocionando a diversos colegas, porque creo que Ecuador es una nacióncon grandes escritores —hay una gran tradición poética y de destacados escritores dentro de la narrativa—. Lo que hace falta, me parece, es una política de difusión de la literatura ecuatoriana ya que no hemos tenido grandes editoriales.
“No hemos podido difundir a los grandes nombres como Jorge Carrera Andrade o Pablo Palacio, y tampoco a los jóvenes. Me he empeñado mucho en curar antologías que permitan poner a la literatura ecuatoriana en comunicación con el continente. Cuba me ha permitido desplazarme en un escenario de afectos y conexiones, de juntar a los escritores que disfruto y que me gusta acercar al público por ese empeño de comunicadora.
“El periodismo cultural tiene necesariamente que hacer ese trabajo de conectar a los autores con sus lectores y viceversa; de lo contrario vamos a perder el público de la poesía. Siempre estoy imaginando formas creativas de cómo hacer que a la gente le resulte interesante, porque creo que la poesía tiene muchas respuestas que dar. A veces es agotador; eso me obliga alejarme de mi propia promoción. Me toca separarme y desdoblarme en esa parte de gestora cultural que es tan necesaria para nuestros países, y luego ocuparme un poco más de lo mío”.
Hablando de lo tuyo; en tu obra se destaca la presencia constante de la sensualidad. Incluso en poemas que no tienen necesariamente un tema erótico se desliza. ¿Qué hay en esa insistencia en la búsqueda de la belleza?
Para mí la poesía es una forma de conocimiento, de mirar el mundo. Cuando empecé a escribir a los 13 años, llegué de manera natural al erotismo y la sensualidad. Me parece que en este mundo globalizado y de contradicciones infinitas nombrar el cuerpo sigue siendo necesario porque la gente no está reconciliada con su propio cuerpo.
En mis últimos libros está el goce, el placer, pero también está ese cuerpo que se enferma, que es afectado por el dolor y la soledad. Trato de poner ese cuerpo no necesariamente femenino, porque pienso como Virginia Wolf que un escritor tiene que ser un poco andrógino, porque al final es un ser humano contando algo. Por supuesto, hay una visión femenina, pero también trabajo desde algunas voces que son más andróginas —que no masculinas—, y lo que he tratado es construir un proyecto literario a partir de esos ejes: el cuerpo, el erotismo, la sexualidad, el amor, el no-amor, la soledad; tratar de ir encadenando una serie de discursos, de apropiarme de una serie de canales que me permitan comunicar todo eso. He intentado no repetirme pero mantener un hilo constante: escribir del cuerpo y cómo nombrarlo.
Mi último libro, Jardín de dagas, que se presentará próximamente en México, es un escenario en el que la poesía es un jardín, y donde empleo varios recursos donde las dagas se convierten en palabras. Es una propuesta más conceptual, pero no me alejo del goce que permite el idioma. A mí me parece que las palabras son lo más sensual que existe, el escenario ideal para conectar.
¿Cómo llega Aleyda Quevedo a la literatura cubana y qué importancia tiene en su formación como escritora y ser humano?
Empecé a leer poesía a los 11 años, cuando mi papá me obligó a leer a César Vallejo y a otros poetas peruanos. A los 15 entré a un taller de literatura, y uno de los autores que más leímos fue Lezama Lima, que es muy complejo leerlo a esa edad —y sigue siendo un reto—. Siempre estuve alimentada por otros cubanos como Dulce María Loynaz y Virgilio Piñera.
Una escritora que admiraba mucho, incluso había comprado libros suyos en Buenos Aires y España, era Reina María Rodríguez, y a la que las primeras veces que vine a Cuba no pude conocer. La admiraba muchísimo no solo por su poesía sino por lo que las personas me contaban de ella. Me hablaban de una mujer de una sensibilidad súperespecial, de su terraza en la que se suscitaban encuentros, de los libros cosidos, de la Torre de Letras; era como ir armando un mito. Hace dos años nos conocimos y me conmovió un afecto que parece venido de vidas pasadas, y me sentí muy halagada por eso. Cuando ella presentó una antología de mis poemas aquí fue un gran honor.
El hecho de que tenga amigos escritores en la Isla como Reina María Rodríguez yLeonardo Padura, con los que puedo tomarme un trago de ron o una taza de té, me pone en una relación muy estrecha con esta tierra. Relacionarme con autores jóvenes me alucina; estoy viendo registros súperinteresantes como es el de Jamila Medina, por poner un ejemplo.
A cada rato descubro nuevos autores, y eso me lleva a pensar que Cuba no es solo una potencia musical, o un símbolo del socialismo que pervive, sino que sigue siendo una isla que escribe, con unos referentes potentes que nos lleva a estar en contacto permanente con ella. Por suerte, los lazos con Ecuador se han ido consolidando; esta misma ventana que es la Feria del Libro me parece una oportunidad excelente para que nos leamos los unos a otros.
(Tomado de La Jiribilla)

Estoy condenada…

Estoy condenada
a amar a un ojo gris
a punto de quemarme
quemarme la lengua
con la saliva bendita por tus dedos
que hechizan mi espacio
cada vez que humedeces el goce  
Es imposible no sepultarme
en esta angustia
de no verte pegado a mi almohada
Visto de negro
porque me siento poseída
por tu sombra
alrededor de mi sexo  
Tu sexo haciendo circuito
con este tejido difuso
donde he aprendido
a susurrar acertijos
que son tu nombre
de grillo húmedo  
Soy la esclava perfecta
perfecto
este instante  
No se parece a ti
ni el mar más salado
ése que me hunde en el lunar
negrísimo de tu pecho  
Te muerdo los labios
perro blanco
amor mío
no llegas a ser mío
para ser mío
hay que alborotar
la danza nocturna de mis sábanas
poner de cabeza
mi colegio
encontrarte hasta en la sopa
sopa remojada por la gente que nos mira

mira lo que pienso para atraparte.
Si estoy está
Mi esposo con sus manos tibias
baña mi cuerpo dolorido
con raíces y hojas de menta
Mientras duermo me mira respirar
Si me alejo
entre las violetas
él me sigue
si estoy está conmigo
Es madero en alta mar
al que me abrazo con amor

Grabado no. 1


Pedaleo entre las cuadras de un barrio de mi infancia buscando un cementerio
me pierdo en pasajes, trillos,
cruzo puentes que no recuerdo
esquivo con precisión milimétrica los autos con que me tropiezo.
En los ojos de los choferes distingo asombro y odio a partes iguales
asombro de verse sobrepasados por un tipo flaco casi invisible montado en un bicicleta
que ni sabe a dónde va
odio de ceder el paso a otro que llegará primero
otro que se tomará su agua fresca
y le hará el amor a su mujer
y sus hijos le dirán papá.
Pero esos choferes no saben nada no entienden
que yo solo estoy pedaleando para hallar un cementerio
aunque no sepa exactamente por qué
¿Se habrá muerto mi padre
habré perdido esa última conexión con mi otro continente
y ni siquiera me di cuenta?
¿Qué me espera en ese otro barrio,
una multitud de caras severas
una procesión de dolor ajeno
que nunca
-por más que lo intento-
puedo compartir?
Freno ante un árbol que ha nacido en medio de una callejuela
el árbol ocupa todo el espacio
como si alguien se hubiese propuesto dominar el mundo desde él
o cuando menos eliminar cualquier rastro de calle.
En una rama descubro sentada a una muchacha
le pregunto por el cementerio y no responde.
Bajo de la bicicleta e intento trepar al árbol
la piel del árbol tiene la textura de la carne podrida
de las pesadillas
resbalo diecinueve veces pero lo consigo a la veinte
le pregunto por el cementerio a la muchacha del árbol y no responde
venciendo el asco me deslizo por la rama y toco su hombro
Mi mano queda adherida a una masa viscosa
que alguna vez fue un cuerpo
y hoy no es más que una ilusión para distraer a ciclistas perdidos.
Aquí no hallaré respuestas.
Monto mi bicicleta y sigo buscando
atravieso avenidas, callejones sin salida ni gente,
otros cementerios o lugares que parecen cementerios que no son el que busco.
Subo hasta la loma más alta con la esperanza
de distinguir una cruz reveladora
un osario epifánica
una puerta inconfundible.
Pero en este barrio ya nada me habla
las señales han sido escritas por otras manos para otros ojos
todo se me confunde
y se me borra
y se me escapa.
Sigo pedaleando sin rumbo pero con destino,
como la flecha lanzada por el ciego,
que viaja más movida por la fe que por la fuerza de su brazo.
En alguna parte de este barrio
un muerto clama por mí.
Vedado, 28 de enero de 2014