Bacunayagua

Vía Blanca. Algún kilómetro entre Matanzas y La Habana. El sol piadoso de las siete de la noche acaricia el taxi en que viajamos. A mi lado duerme desparramado un viejo.


Extiendo la mano y acaricio el hombro de esa muchacha caprichosa como solo saben serlo las mujeres hermosas. Pienso sin querer en aquella otra muchacha que extrañaré siempre, tan lejana, tan imposible. Me acompaña Fito Páez, susurrándome que nada nos deja más en soledad que la alegría si se va.

Mientras el auto rueda divago entre ideas inconexas; mis 23 años, el sentido de trascendencia, una tesis a medio hacer que amenaza con venírseme encima, amigos que no merezco, un par de textos que valen la pena, las miles de palabras malgastadas.

En algún momento la sucesión interminable de lomas que flanquea la carretera se abre abruptamente. Aparece, deslumbrante, el vacío de Bacunayagua, la inmensurable ausencia de tierra, un monumento al aire, un santuario del viento.

Vamos cruzado el puente. Frente a mí -casi puedo tocarla- un aura tiñosa lucha por mantener el rumbo en ese rincón caótico que no respeta las leyes y lanza a las aves planeadoras a cualquier parte. Estiro el brazo, miro a los ojos al aura, quisiera ayudarla. Yo también entiendo de vacíos y corrientes extrañas.


Guía del viajero de provincia



Para adentrarse en un país es necesario un estado de ánimo especial. El viajero de provincia no mide el tiempo por relojes convencionales y debe ser insensible a la grisura habitual a las pequeñas estaciones de trenes y paradas de ómnibus. Ha de andar ligero de equipaje, o en su defecto muy atento a cualquier vibración del ambiente, a la más mínima oscilación que presuponga la llegada del transporte.

Las estaciones y paradas –el hábitat natural del viajero de provincia- son sitios desolados; incluso aquellas repletas de pasajeros, despiden el hálito de la impotencia propio de la espera. Esta espera poco tiene que ver con la de tipo esperanzada del enamorado; es más cercana a la espera del condenado a muerte, que éste sabe inevitable y aguarda aburrido.

No hay diferencia entre coche de caballos, ómnibus, tren o automóvil para el viajero de provincia; todos son prefiguraciones del futuro, instrumentos del tiempo que los llevan más adelante. La distancia recorrida es lo de menos, lo importante es ganarle la mano a la quietud.

Hay algo de sabio en los ojos del viajero de provincia, una luz opaca que habla de montones de kilómetros recorridos y esperas más allá de cualquier resentimiento. A estos viajeros, como a los maestros budistas, las preguntas sobre cuánto falta para llegar a tal lugar, o qué tan lejos queda este sitio nada le dicen; los mapas y los calendarios por los que se rigen –si es que efectivamente se rigen por alguno- son el ciclo del viento, el aullido ronco de los perros frente a las cercas en las noches cerradas, lo que tarda en crecerle la barba a los mendigos.

El viajero de provincia mira atento el paisaje porque conoce el valor de las paradas oportunas. Ya habrá tiempo para llegar a la meta; ahora lo que importa es escuchar a ese guitarrista manouche  que extiende su pañuelo a un costado de la estación, ahora lo trascendente es entrar a descubrir qué se esconde tras esa puerta anunciada con un cartel de neón rojo y lascivo, ahora es tiempo de conversar con la señora que cuenta leyendas al tiempo que tira las cartas a los paseantes crédulos.

Sin proponérselo, el viajero de provincia se convierte a fuerza de los kilómetros acumulados en un griot involuntario, una reserva absoluta de la fábula que rueda y rueda trasvasando historias por doquier.

Un día vendrá de la ciudad un equipo de tipos listos y uniformados, quienes se forrrarán impartiendo conferencias, seminarios, congresos y charlas a costa de una antología de cuentos de viajeros de provincia. Mientras, estos morirán con lo justo, conscientes de que lo otro -el dinero de las ventas del best-seller, el sexo en los cocteles y las portadas de las revistas-, es apenas el consuelo de tontos de los que no saben viajar.

Matanzas, 24 de marzo de 2013 4:06 pm