Se fue Lemebel, el maricón magnífico

PEDRO-LEMEBEL-

No cabía, definitivamente no cabía en las etiquetas que necesitamos la mayoría de las personas para procesar el mundo. Y es por eso que nos tuvo tanto tiempo inquietándonos, bailando al borde de todo, del arte, de la literatura, de la militancia, de la vida. Lo queríamos nuestro, pero era un querer de conveniencia, de pedirle prestado el discurso, o el gesto, o el pañuelo, para decir que sí, que somos modernos, y estamos en la onda de las causas justas. Pero en el fondo, a esa hora en que el día se convierte en pesadilla, una parte de nosotros se revolcaba incómoda, porque no acababa de hallarse a gusto con este provocador.

Ahora, que murió, respiramos aliviados. Porque el mundo recupera algo de su normalidad. Porque la gente juega a ser distinta, pero es eso, solo un juego, un esparcimiento que sabemos terminará tarde o temprano. Porque el ser humano, no importa cuánto viaje, suele volver al redil.

Ya no tendremos esa sensación de inseguridad que nos embargaba cuando aparecía en escena con su poesía debordante, en cuatro dimensiones. Ahora podemos hacerle loas y decir que le extrañaremos y compartir sus crónicas y relatos y hablar de sus legendarios performance. Pero lo cierto es que el mundo es demasiado plano para contener un ser tan volumétrico. Se fue con con su cumbia a otra parte, con su rastro de yeguas, locas, adictas, marginadas e incomprendidas, a seguir trastocando el orden. Porque ese maricón magnífico sabe que la belleza está en la fractura de la norma, en la diferencia.

Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

NOTA:

Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.

(tomado del blog Pedro Lemebel)

Si llegaron hasta el final les dejo una entrevista a Lemebel en el sitio de Casa de las Américas, y una muy buena compilación de textos suyos y entrevistas que le realizaron.

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Tres caníbales, un cerrajero y el arte de contar historias

La hora de los canibales
La hora de los canibales

Hay ciertos tintes macabros en la música que acompaña a los protagonistas de La hora de los caníbales (Zeit der Kannibalen) que nos avisan que este cuento no va a tener un final feliz. Y sin embargo los minutos repletos de humor ácido que acompañan a estos seres nos hacen olvidarlo la mayor parte del tiempo. Johannes Naber demuestra que el cine es la comuníón de muchas partes, pero el eje de ese maravilloso mundo es la historia.

Una habitación de hotel, tres protagonistas y un puñado de extras le bastan al director alemán para asomarse al incomprensible universo que es la condición humana y de paso regalarnos una crítica finísima al sistema financiero capitalista y la globalización neoliberal (no se asuste, ninguno de esos sintagmas aparece nombrado a lo largo del filme).

La historia es maravillosamente sencilla. Öllers (Devid Stresow), Niederländer(Sebastian Blomberg) y Bianca März (Katharina Schüttler) son tres asesores financieros que viajan por el mundo sin verlo, enclaustrados en asépticas habitaciones de hotel desde las que imparten sus recetas económicas. En Lagos, Nigeria, los sorprende un cambio radical de la corporación para la que trabajan y la alteración del orden social de esa ciudad tercermundista en la que nunca ponen un pie. A pesar de su aparente disparidad, las situaciones en las que se ven envueltos nos los descubren como tres tonos de una misma nota, tres maneras diversas en las que se expresa este depredador que llamamos ser humano.

La manera en que soluciona la historia, la admirable economía de recursos y el permanente sabor agridulce de la sonrisa que nos saca a cada paso hacen de La hora… una verdadera joyita en este Festival, una de esas películas que bien valdría la pena tener a mano para repasar a cada rato y recordarnos por qué el cine es considerado arte.

***

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Mi amigo Javier Montenegro y yo, que ya pasamos el primer quinquenio de cinefilias compartidas, tenemos la superstición de que una vez que damos con una muy buena película debemos parar de ver filmes ese día. Pero ahora que somos miembros de la clase obrera y no podemos darnos el lujo de vagar de sala en sala como otros años, hacemos conceciones y vemos los filmes que podemos, a la hora que podemos.

Por eso rompimos conscientemente nuestra regla y seguimos del Riviera rumbo al cine Chaplin, a descubrir qué había tras esa historia que llevaba el críptico nombre de El cerrajero. Y vaya que nos pesó. Durante una hora y 17 minutos fuimos víctimas de un filme que se las arregla para recoger el tedioso tempo característico de cierto cine hecho en Latinoamérica y una historia que se debate entre el realismo mágico y una búsqueda existencial (sin que llegue a salvo a ninguna de las dos orillas).

Sebastián es un cerrajero con una inexplicada depresión que de repente descubre secretos de las personas que lo contratan cuando toca sus cerraduras. Ya. Personaje más personaje, personaje menos; intento de trama más, intento de trama menos, ese es todo el filme. Eso es lo malo de una zona bastante amplia del nuevo cine latinoamericano. Que a veces se pierde en los adjetivos y se lo olvida que lo más importante de todo es contar algo y hacerlo bien.

Chávez, “el único hombre por el que a Venezuela le dolía el corazón”

No puedo escribir. No sé (estoy bastante seguro) si soy un mal periodista por ello, pero el hecho irrebatible es que las palabras se me escurren en un momento como este. Y quiso la fortuna que un reportero en Caracas fuera uno de esos conocidos entrañables que uno espera el tiempo convierta en amigos, un tipo perfectamente incompleto, tan Adonis, y escribiera un texto que hago mío como si se lo hubieran susurrado los fantasmas de los cerros caraqueños, esos mismos que ahora me paralizan.

 Una noche con Chávez en la Plaza Bolívar de Caracas Seguir leyendo

Vindicación de la lágrima viva

Dejemos las cosas claras: a mí no me gustan las telenovelas. Ya sea por destino o voluntad propia siempre paso de esos angustiantes minutos en los que fingimos engañarnos con el nada es lo que parece. Sin embargo, nunca alejaría de nuestras pantallas dichos instantes de enajenación, como los llamara una querida profesora. Es que no me imagino este mundo sin telenovelas.

Nada define tan bien nuestro carácter como un novelón, uno de esos que ocupan más noches que las historias de Scherezada, mucho menos original, es cierto, pero dueño de ese inexplicable magnetismo que sienta a millones de personas frente a los amores imposibles hasta el último capítulo.

¿Qué hay en esa manía de contar la misma historia, al derecho y al revés, en descoserla y volverla enmendar hasta al infinito? Es un misterio. Los griots son maestros en el arte de narrar historias, pasan años contando un puñado de cuentos a los que exprimen toda la savia posible para atrapar la atención de los transeúntes. Como en las telenovelas.

A la búsqueda del Santo Grial del culebrón se han lanzado figuras de la talla de Jesús Martín Barbero y Reinaldo González, aunque yo me quedo con Carlos Monsivais, “el Monsi”, que llegó a afirmar en “Con la novedad de que ya soy mi telenovela” que vivimos en una realidad telenovelizada, lo que lleva a los poetas no a preguntarse cuáles son los límites del sueño, sino dónde termina la telenovela y dónde comienza la vida.

América Latina, tan sentimental, tan lágrima fácil, regaló al mundo antes de la existencia de la radio y la televisión un par de anuncios de lo que serían las telenovelas: el bolero y el tango (Borges, por cierto, que fue tildado de europeo y snob, acudió a los tangos y regaló a la literatura universal unas de sus más deliciosas coplas).

Esos amores pendencieros, repletos de alcohol, mujeres difíciles y hombres sin corazón, mitad ilusión y mitad desengaño, han sabido resumir la esencia de este Calibán nuestro. Es más, me atrevería a decir que el bolero y el tango, más que describir al ser latinoamericano, se han adherido a nuestros genes, forman parte de ese universo banal de lo cotidiano. Como las telenovelas.

Latinoamérica es así, incapaz de contenerse, exuberante en sensaciones. Nuestro humor se parece a esas selvas barrocas que describiera Carpentier, que no guardan nada para sí y todo lo ofrecen con el afán de desbordar unos sentidos que la mar de veces quedan agotados. Como las telenovelas.

Ahora que las series norteamericanas (y sus variantes inglesas, españolas, argentinas, colombianas y un larguísimo etcétera) parecen ganar más y más espacio en nuestra pantalla, me pregunto, ¿estaremos viviendo el fin de una era?, ¿nunca más llorarán millones de pantallas al mismo tiempo?, ¿sobre qué se conversará en las colas del futuro? Pero entonces miro a la sala, y veo a mi sobrina de 7 años atrapada en los vaivenes de la vida de la muchacha pobre de turno que no lo será más dentro de doscientos capítulos. Y continúo aliviado mi lectura.

El indio Rubén Darío cumple 144 años

Rubén Darío, quien obligó a la engreída Europa literaria a mirar hacia América Latina, está de cumpleaños hoy. Considero cualquier elogio de mi parte diminuto, así que prefiero dejar ese gran poema que es A Phocás, el campesino.

Phocás el campesino, hijo mío, Rubén Darío, príncipe de las letrasque tienes
en apenas escasos meses de vida, tantos
dolores en tus ojos que esperan tantos llantos
por el fatal pensar que revelan tus sienes…

Tarda a venir a este dolor adonde vienes,
a este mundo terrible en duelos y en espantos;
duerme bajo los Ángeles, sueña bajo los Santos,
que ya tendrás la Vida para que te envenenes…

Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas,
perdóname el fatal don de darte la vida
que yo hubiera querido de azul y rosas frescas;

pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida,
y te he de ver, en medio del triunfo que merezcas
renovando el fulgor de mi psique abolida.