Enfundá la mandolina de José Zubiría Mansilla (#ViernesDePoesía)

Esta canción es uno de mis tangos favoritos intrepretados por Carlos Gardel. Su juego con el tiempo ya pasado -en ese lunfardo que es un idioma dentro de otro- es uno de los más logrado que he visto en canción alguna. Sin dudas Zubiría hubiera dado para gran poeta, lástima que no se decidiera a compilar sus versos. Por suerte Gardel lo dejó grabado en algunas composiciones como esta, que escucho con placer una y otra vez, a pesar de la mala calidad de la grabación. Aquí les dejo Enfundá la mandolina, que tengan un buen Viernes de Poesía.

Sosegate que ya es tiempo de archivar tus ilusiones,
dedicate a balconearla que pa’ vos ya se acabó
y es muy triste eso de verte esperando a la fulana
con la pinta de un mateo desalquilado y tristón.
No hay que hacerle, ya estás viejo, se acabaron los programas
y hacés gracia con tus locos berretines de gavión.
Ni te miran las muchachas y si alguna a vos te habla
es pa’ pedirte un consejo de baqueano en el amor.

Qué querés, Cipriano,
ya no das más jugo.
Son cincuenta abriles
que encima llevás.
Junto con el pelo
que fugó del mate
se te fue la pinta
que no vuelve más.

Dejá las pebetas
para los muchachos,
esos platos fuertes
no son para vos.
Piantá del sereno,
andate a la cama
que después, mañana,
andás con la tos.

Enfundá la mandolina, ya no estás pa’serenatas,
te aconseja la minusa que tenés en el bulín,
dibujándote en la boca la atrevida cruz pagana
con la punta perfumada de su lápiz de carmín…
Han caído tus acciones en la rueda de grisetas
y al compás del almanaque se deshoja tu ilusión,
y ya todo te convida pa’ganar cuartel de invierno
junto al tuego del recuerdo a la sombra de un rincón.

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Eduardo Falú: murió el músico que amarró la poesía al folclore argentino

Por Diego Jemio
“La canción es el camino más importante para difundir la poesía a grandes audiencias porque los libros se venden poco. La canción, en cambio, es muy directa, muy inmediata, y llega a mucha gente”. La definición de Eduardo Falú no puede ser más exacta. Y él no podría haberla honrado tanto como lo hizo en sus 90 años. El músico salteño, autor de algunas de las obras más bellas del último medio siglo del folclore, murió ayer en su casa en Capital Federal. No será velado y lo enterrarán hoy en el panteón de SADAIC del cementerio de la Chacarita.
Eduardo Yamil Falú nació el 7 de julio de 1923 en El Galpón (Salta), en una familia siria acomodada. Su padre era dueño de un almacén de ramos generales. La música era apenas uno de tantos entretenimientos en ese mundo criollo, lleno de gente que sabía pialar, marcar y trabajar el campo.
Algún día, un proveedor llevó una guitarra, que puso junto con los alimentos, el kerosene y los artículos de primera necesidad. No le llamó la atención. Al tiempo le picó la curiosidad, cuando escuchó el sonido de un vecino del barrio. Aprendió primero como autodidacta o copiando a su hermano, que sí tomaba clases.
A fines de los años ‘30, llegaron la mudanza a la ciudad de Salta y los estudios. Desde mediados de los ‘40, vivió en Buenos Aires. Con el tiempo surgieron las primeras actuaciones en la gran ciudad. Primero fue Radio El Mundo y después algunas peñas de la calle Lavalle, de dueños españoles.
Con los años, construiría uno de los cancioneros más notables del folclore argentino, junto a Cesar Perdiguero, León Benarós, Carlos Guastavino, Manuel J. Castilla y Hamlet Lima Quintana, entre muchos otros. Además, compuso obras épicas como Romance de la Muerte de Juan Lavalle, con Ernesto Sabato.
Pero la dupla imbatible, la que generó algunas de las más bellas zambas argentinas, fue la que hizo con su gran amigo Jaime Dávalos. Salteños los dos, bohemios y soñadores.
Vidala del nombradorVamos a la zafraZamba de un tristeLas golondrinasTonada del viejo amor fueron algunas de las canciones que hicieron en yunta. ¿Se escribirán en los próximos años versos tan dulces como “No tengo miedo al invierno/Con tu recuerdo lleno de sol” ? O una elegía al pago como La nostalgiosa. Esa dupla trajo la poesía más elevada del folclore al canto popular. Esas canciones sonaban a otra cosa, era algo distinto a lo que se venía escuchando en el folclore.
Jaime Dávalos recordó en un libro cómo nació La nostalgiosa en la española Avenida de Mayo. “Nos sentamos en un bar, en la vereda, y nos pedimos un jerez; un rayo de sol deslumbraba la copa mientras en un papelito que me dio el mozo comencé a garabatear aquel sentimiento vago de desgarramiento interior, de desposeído. La melancolía del trasplantado, del hombre del interior que viene a Buenos Aires no porque quiere sino porque sólo es la gran urbe. Siente que él es hijo del país, que mama su energía vital y por nostalgia vive selectivamente ese paisaje y esos hombres de su tierra, con la perspectiva crítica que da la ausencia”, dijo Dávalos. Mientras tanto, Eduardo silbaba y caminaba por esas calles junto a su entrañable amigo.
Mostró sus conocimientos de música clásica con sus Suites Argentinas, con ritmos folclóricos y altos momentos como intérprete de la guitarra, con dirección de Elías Khayat. Esa obra le valió el Konex de Platino en 1985. También tuvo un intenso trabajo como recopilador; uno de los rescates más recordados fue La cuartelera, nacida en el siglo XIX en los campos de batalla argentinos.
Con su voz de barítono y con su refinada guitarra –”me da su voz, la templo con cariño y mi caricia la quiere despertar”, escribió–, Falú alcanzó fama mundial. Tocó en escenarios variados de América, Europa, Japón y Rusia, entre otros destinos lejanos. Y lo hizo con zambas, carnavalitos, cuecas, bailecitos y melodías españolas, además de obras académicas.
Padre de dos hijos, tío del consagrado guitarrista Juan Falú y finísimo compositor, tenía la mirada clara, límpida, mezcla de criollo y sirio. En una de las últimas entrevistas con Clarín, confesó que le gustaba Pappo. “Tiene un lenguaje propio y muy creativo. Además, es un buen chico: lo conozco porque suele venir a verme a SADAIC (entidad donde fue vicepresidente). Pero no estoy ciento por ciento a favor de todo lo que produce el rock. En estos tiempos de crisis, la música contribuye a aliviar un poco la tensión y estimula el espíritu”, dijo. En aquella charla, elogió a Soledad y Los Nocheros. Pero exigió la defensa de los ritmos tradicionales. Y criticó a los que “confunden el arte con el circo”.
En la foto de esa nota, aparece con la mirada lejana y un sombrero negro, más propio de un tanguero que de un folclorista. Ahora, con su pérdida, es fácil imaginar la guitarra enfundada y recostada en algún rincón de su casa. Y recordar esos versos que le escribió: “ Guitarra oscura, mi compañera/En tu madera me quiero recostar/Tal vez un día cuando me muera/Sus cuerdas tensas me vengan a cantar ”.-

(Tomado de Clarín, Publicado el  10 de agosto de 2013)

La muerte

Se murió como se muere casi todo el mundo. De viejo, del  corazón, internado y cuidado a pesar de estar preso.
 
Se murió como se muere casi todo el mundo. Salvo aquellos a los que se persigue, se tortura, se mata, se desaparece.

Su muerte es una más. Muerte de 87 años, muerte lúcida y tranquila. Se entra en un sueño del que no se vuelve. Y después la nada, la nada entera para quien tuvo en sus manos la llave que desconecta la vida. Las vidas. Las treinta mil como un número vivo. La mano en la llave, la mano de Videla. Como un ícono vivo. Continente de todo lo demás. De los buenos vecinos con picana en la mesa de luz. De la prensa canalla. Del carnicero delator. Del oficinista informante. De los altares cómplices. De los empresarios ideólogos. Todos detrás de su rostro paradigma, flaco, enhiesto, pulgar en alto en el Monumental, bigote profuso, los dedos firmes en la sien, la gorra perfecta, Astiz, los niños muertos, los niños secuestrados, Etchecolatz, los que no saben quiénes son, los que nunca sabrán quiénes son, Colores, los huesitos de los que quedaron en quién sabe qué tierras o en quién sabe qué mares sin playa, el Turco Julián, los que no volvieron nunca, Von Wernich, los que no volverán jamás, la historia cortada como cables y un apagón larguísimo que nunca se volvió a encender del todo . Nunca.
Se murió igual que se muere la buena gente. En una cama calentita con sábanas blancas y un té con leche y tostadas que estaba por llegar. Eran las seis y media de la mañana.

Nuestros hermanos y los huesos de nuestros hermanos y los dientes de nuestros hermanos se quedaron sembrando la tierra. Con sangre y dolor y grito y carne quemada. Solitos en el aire, cayendo en la furia oceánica. Solitos en oquedades sin nombre. Envueltos en raíces, en hormigueros eternos, en grillos y lombrices. Solos, en la soledad de lo oscuro y del miedo atroz.

(Tomade de APe)

El olor del pdf

Un extraño virus se esparce en La Habana: la Orsaifilia. Acá les dejó lo que provocó en David la lectura del primer número de la revista.




Sábado, 12:10 de la noche. Acabo de terminar el primer corte o borrador o como quieran llamarlo del guion del documental de mi tesis. Por un breve momento odio menos la tesis, el documental y la facultad. Por un breve momento me imaginé tomando un vaso de whisky y fumando un pitico de mariguana, pero lo primero en Cuba es muy caro, lo segundo, no solo es caro sino más que mariguana es césped del parque de 5ta Ave. No vale la pena.

¿Qué hago entonces antes de dormir? Ya no tengo series, ni películas, las vi todas. Tampoco tengo ganas de ver porno. Dios mío ya tengo 80 gb, cuando le copie lo que le prometí a un amigo hago una limpieza, me quedo solo con lo mejor, con los bien hechos. De todas formas sigo sin saber qué hacer.

Recuerdo entonces a Rafa y la carpeta que me copió con los pdf de las revistas de Orsai. El proyecto me atrae por lo que vi de un gordito que no paraba de temblar explicando entre chistes cómo su blog se convirtió en una revista, una editorial, tres bares y una Universidad. Pero hasta este momento solo he leído pequeñas cosas.

Abro el pdf de la revista No.1 y leo lo imposible, el editorial. Será que me mal acostumbré a los bodrios del Granma (entiéndase Granma como una metáfora de la prensa cubana entera y no solo del peor y más oficial de los diarios nacionales) que se hacen llamar editoriales, no sé. Quizás empecé por ahí por vagancia a seguir dando clic o usar el scroll y adentrarme en los textos.

Suerte la mía. ¡Qué bienvenida más agradable! Por primera vez me encuentro con un texto de presentación que sí me da ganas de consumir el producto entero. Y lo mejor, nos pide que lo primero que hagamos cuando tengamos la revista en nuestras manos sea olerla. Sí, olerla.
Ahora nadie me va a creer, todos pensarán que es un invento mío. Pero por mis locuras les juro que eso es lo que yo hago siempre que tengo un texto impreso en mis manos: lo huelo. Puedo incluso aceptar un libro solo por su olor. Varias veces se han burlado de mí por llegar a una librería, tomar un libro y, sin mirar el título, el autor, el precio, sin mirar nada, abro una página al azar y zambullo mi nariz hasta el fondo. Luego, quizás, veo lo demás.

Solo por eso ya me gusta Orsai. Además, reconozco que el olor del pdf es agradable. Gracias Hernán Casciari.