Entrar (voluntariamente) en fuera de juego


El 24 de enero inauguré el blog Cuba y la noche. Un blog en el que, como reza su lema, se puede encontrar casi cualquier cosa de literatura, música y cine . No es solamente un blog donde exorcizar mis demonios del periodismo cultural; también lo creé con la intención de publicar trabajos de otras publicaciones que me parecieran interesantes dentro de ese amplio espectro temático que me propuse. Mis amigos, que tienen por costumbre sumarse a estas ideas, no dejaron de seguirme. Dos semanas más tarde ya había caído un post de Javier, y un poco más tarde se estrenó David (solo falta que Carlos Manuel aparezca para tener otra temporada de Ediciones Martes). Volviendo al blog, navegando un día entre el montón de páginas que hay dedicadas a estos temas encontré una crónica con el escueto nombre de 10.6 segundos. Cuando me atreví a dar clic sobre el enlace no sabía que estaba a punto de pasar página en mi vida intelectual.

Resulta que 10.6 segundos es lo más cercano a la crónica definitiva que ha caído en mis manos, una narración quitalientos del mejor gol del mundo (el segundo gol de Maradona a Inglaterra en México ‘86 para los no iniciados) firmada por un tal Hernán Casciari. No pude resistirme a googlear “Hernan Casciari” y rápidamente di con una cosa llamada Orsai. Y digo cosa porque Orsai fue/es blog-revista-editorial-bar-universidad y cuanto pase por las cabezas del Jorge y el Chiri, ese par de locos que, sin haber cruzado una palabra con ellos, en semanas se han convertido en una suerte de tíos geniales que espero para que me cuenten las peripecias de sus viajes.

Me atrevo a decir que el resto del piquete quedó tan deslumbrado como yo cuando compartí  mi hallazgo. Desde el 2011, en alguna parte de este mundo hispanoparlante, hay unos pirados haciendo una revista de literatura, de 200 páginas, con textos de excelentes escritores, sin publicidad, distribuida directamente a los libreros, con un precio alrededor de los 12 dólares y que –para que tengan una idea- en el año 2013 ha vendido 16903 ejemplares, al momento que escribía este post. Demasiado para mí.

Fascinado, conversé con Iroko para que me descargara los once números que encontré disponibles en la página. Ese fin de semana, quedé solo en casa. “Te dejo el Kindle”, me dijo mi novia al tiempo que se iba a trabajar. El paraíso se abrió ante mí. Copié el primer número de la revista en el aparato, acallé la voz interior que me reclamaba atendiera mi atrasada tesis de licenciatura, puse como banda sonora de la exploración a Orsai no. 1 unas canciones de los chicos pijos de Blur que tenía pendiente escuchar hace siglos, me acomodé en la cama y estuve toda la mañana y buena parte de la tarde pegado a sus páginas virtuales.

La primera sorpresa vino cuando encontré en la crónica inicial unas ilustraciones cuyo trazo me resultó demasiado familiar. Miré al pie de una de ellas y ahí estaba: Ares. “¡Coño, Ares ilustrando el número 1 de esta revista!”; mi costado cubanochovinista saltó de emoción por semejante descubrimiento. Seguí leyendo; uno tras otro se sucedían un montón de textos que evito clasificar para evitar los gritos al cielo de filólogos y el resto de los clasificadores académicos, textos que acaso su único denominador común sea la eficacia narrativa y un marcado acento individual.

Fútbol amateur en Brooklyn, gordos pajeros, viajes alrededor del mundo en silla de ruedas, penes inmensos, qué deben leer los niños, deportados argentinos, descubridores de México en Cartago (o al revés), ontología de la fotografía, pinturas y una novela de quince mil páginas sobre niñas con penes diminutos, obsesiones de una gorda, conflicto vazco, la reivindicación de los blogs como el hogar de una generación literaria, vendedores de religiones, los hombres (y mujeres) de la Avenida Madison, como no ser un guionista… periodismo y ficción burlando barricadas como los buenos de Mickey y Mallory. Gustos personales apartes, encontré en las 200 páginas –más allá de los relatos- la señal que estaba buscando; para el periodismo es la hora de las historias bien contadas, y los límites temáticos están dados solo por la habilidad de los autores (descubrir el agua tibia es uno de los pocos placeres que la cultura moderna nos deja, así que chitón).

Por espacio de unas horas volví a ser aquel niño que leía sin despegarse del libro, ajeno a todo. Olvidé comer, olvidé fregar los platos del desayuno, olvidé lavarme la boca, olvidé tomar café, olvidé incluso los partidos del Clásico Mundial de Béisbol que estoy siguiendo con un fanatismo que no sabía albergaba.

Quien entre al sitio web podrá encontrar muchísimas más cosas que lo publicado en la revista, verá que ese proyecto cultural desbordado ya ha sufrido varias mutaciones saludables; al punto de que acaban de lanzar una convocatoria para unos cursos con destacados escritores a golpe de cervezasy comidas del bar (mi Buenos Aires querido, tan lejano). Sí quisiera hacerle un señalamiento al proyecto; Casciari señala cómo fuera de los centros editoriales (México, Argentina, España) es difícil hacerse con literatura contemporánea, pero su revista que ya llega a 31 países, aún no ha recalado en el nuestro. Valdría la pena hacer una petición colectiva para que hagan llegar a este trozo de tierra desconectada algunos packs de diez revistas, estoy seguro que podemos vendérnoslas; después de todo, gastar 12 dólares cada tres meses en semejante pedazo de cultura no es una inversión (demasiado) costosa.

Orsai surgió, en palabras de su creador, porque querían demostrar que era posible hacer literatura en tiempos de crisis y sobrevivir. Si se me ocurre en Cuba decir que estoy fuera de juego al momento se prenden las alarmas. Todavía están abiertas las heridas post Padilla en esta tierra y semejante declaración sería despertar dragones que aún no mueren, o cuando menos sería asumida como un intento snob por llamar la atención. Pero la idea de Casciari no me deja tranquilo. Javier, que es dueño de un pragmatismo demoledor, le cayó a tiros a las palomas que yo lanzaba al viento diciéndome que una empresa semejante es imposible en Cuba. Quizás tenga razón. Pero en mi cabeza comienza a formarse, inevitable, la peligrosa y dulce idea de situarme fuera de juego.

PD: Cuando empecé a leer el número 2 de la revista descubrí que allí fue publicado originalmente Mujica, el presidente imposible, de Josefina Licitra, texto que encontré en la web (gloria eterna a Crónicas periodísticas) en el 2011 y que ya es sin dudas todo un clásico del perfil periodístico. El mundo es un pañuelo y todo cierra, dice el Jorge, y vaya qué tiene razón.

Diario de Alcalá (fragmentos)

Aquí les dejo trozos de una deliciosa crónica de Leila Guerriero sobre sus días en la añeja universidad de Alcalá de Henares, en el año 2010. Colección de viñetas memorables de una de las maestras del género en el continente.



«No conozco Madrid. Conozco una ciudad que para mí es Madrid y que está hecha con trozos de Chueca, Lavapiés, algo de la Gran Vía y la puerta del Sol, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, Salamanca, Ventas. No conozco Argüelles, no recuerdo la plaza de toros, aunque sé que estuve. Madrid empieza a ser, como Bogotá, como DF, una ciudad que no conozco con rincones que conozco bien: una ciudad inventada. Como todas.»

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«Un día entiendo qué es lo que pasa con los viejos: uno no espera encontrar a estos viejos en España. Estos viejos —austeros donde reina el consumo, antiguos donde manda el diseño— no son viejos de acá. Son viejos que vienen de un pasado que no existe. De un pasado que, hoy parece, nunca existió.»

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«Por primera vez, desde que estoy en España, hablo con un tipo que está, de verdad, en crisis. Es el guardia que cuida la entrada de la residencia y, aunque ahora trabaja en una empresa de seguridad, tuvo una financiera y lo pasó muy bien hasta que 2009 —la crisis— acabó con su vida tal como la había conocido. Me dice que, de todos modos, en dos años podrá dejar este trabajo, poner una consultora, y entonces todo volverá a ser como antes. Yo pienso en lo que nosotros, en la Argentina, llamamos crisis —esa cosa que te hunde de una vez y para siempre, a vos y a tus hijos y a los hijos de tus hijos— mientras el tipo sigue contando que tiene su casa y su autito y que nunca dejó de tomarse vacaciones en la costa porque vivir no se vive dos veces, y yo pienso que en la Argentina vivir, lo que se dice vivir, a veces ni siquiera una.»

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«Cené en una parrilla argentina. La mesa de al lado estaba ocupada por dos checos, una checa, niños. La mesera argentina, amabilísima, empezó a darles consejos acerca de cómo conseguir trabajo y fue un momento intensamente triste porque todos la miraban —a ella— con esperanza.»

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«Ayer en la noche, caminando hacia la estación, una vieja viejísima, encorvada, del bracete de la que debía ser su hija, dijo:

—Con todo eso que han puesto, los satélites y no sé qué leches.
Y se rió, con una picardía de quince años.»

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«Ya sé qué pasa con los viejos: se dejan ver. En Buenos Aires los viejos no quedan con amigos, ni pasean del bracete con su esposa, ni toman helados o café. En Buenos Aires los viejos no salen de su casa. No tienen con qué.»

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«Una escena desde la ventana de mi cuarto: tres autos detenidos, esperando detrás de un camión que carga containers de basura. Nadie grita, nadie se queja, nadie toca bocina. El conductor de uno de los autos baja las ventanillas, pone música, enciende un cigarro. Cuando los operarios terminan, el camión se pone en marcha y los autos retoman su camino. El asunto ha tomado más de quince minutos. Quizás veinte. Será eso la civilización: una cierta paciencia.»

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«Caminando por la calle, luego de un almuerzo, uno de los profesores de la universidad dice que él no cree en nacionalidades. “Yo solo creo en los barrios.” Es una de esas frases que querría haber dicho (pensado) yo.»

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«Lo más desconcertante de estar en una ciudad extraña es que, a ciertas horas, todo el mundo parece saber a dónde va. Menos uno.»

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«En Madrid, con los taxistas, el tema suele ser la crisis. En un trayecto entre el diario El País y Atocha un taxista me dice cosas como “Es que cuando no hay trabajo, no hay trabajo”. “Es que cuando no se puede pagar la hipoteca, no se puede pagar la hipoteca.” Me divierte esa tozudez que no deja espacio para rebatir. “Es que cuando aquí llueve, aquí llueve”, dice, cuando ya bajo.»

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«En el tren a Madrid un nene llora. Se tapa la cara con las manos y grita, con total desesperación, por qué por qué por qué por qué. Me dan ganas de decirle que no se gaste, que nadie sabe por qué.

Por la noche ceno en un restaurante argentino que se llama El churrasquito. Los meseros son argentinos, el tipo de la caja es argentino, pero el ruido es el volumen universal del español: ocho grados por encima del grito. En una mesa hay dos parejas. Una de las mujeres dice, indignada, que parte de la crisis se debe a que los inmigrantes tienen más derecho que los españoles. Qué coraje, me digo, venir a hablar de eso en territorio enemigo.»

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«Miro la televisión. Anuncian el estreno del documental más caro de la historia, quinientos millones de euros. Muestran imágenes de ballenas, de morsas y morsitas, de tiburones. Después, el eslogan: “Queremos conocer las galaxias, y aún no conocemos bien nuestro planeta”. Yo no había leído todo Dostoievsky cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Kafka. Y no había leído todo Kafka cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Irving. ¿No es ese discurso una negación de lo que mueve las obras de los hombres: la curiosidad? Los ecológicos. Un grupo de gente desinfectada, caminando orgullosa hacia un futuro sin riesgos.»

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«El ruido que tiene el poder no es el de las trompetas, ni el de los bombos, ni el del aplauso. El ruido que tiene el poder es el que producen cientos de culos vestidos con ropa cara, levantándose de sus asientos en el exacto momento en que entra una majestad.»

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«La gran noticia, hoy, es el escándalo: el escándalo de la gente escandalizada con Zapatero, que mintió, y que, en vez de decir que los desempleados eran 4.700.000, como son, dijo que eran 4.200.000, como no eran.
Qué difícil.»

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«Una noche regreso caminando a Lavapiés y veo, frente a la catedral de San Isidro, un papel pegado en el piso, enmarcado con cinta scotch, que dice “Colombiano pinta uñas de pies y manos: prolijo”. Hay un teléfono y el papel tiene tiras que pueden arrancarse para llevar. Un tipo que descubrió que la gente camina mirando el piso más que ninguna otra cosa es, además de un genio, un sobreviviente implacable. A lo mejor tienen razón en tener miedo.»

(Tomado de Revista Orsai)


Juan Gelman, "es muy difícil pescar a la señora esta de la poesía"

Hace unos días, en la Feria del Libro, en uno de esos montones de libros que llegan a Cuba desde Venezuela y de repente nos regalan joyas como Los detectives salvajes en 30 pesos cubanos, conseguí una antología de poemas de Juan Gelman, el errante poeta argentino. Hoy, gracias a @golfemia encontré esta entrevista que le hicieran en el diario El País a finales del año pasado. Magníficas respuestas en las que encontramos a un hombre de ideas lúcidas brillando en la oscuridad de la noche.


Juan Gelman ha escrito 1.300 páginas de poemas. Son las que tiene el colosal volumen de su Poesía reunida, recién publicado por Seix Barral en formato adoquín. Desde los primeros versos de Violín y otras cuestiones, de 1956, hasta El emperrado corazón amora, de 2010, todo está allí: 29 libros. Él, sin embargo, está ya en otra cosa: acaba de cerrar un nuevo poemario titulado escuetamente Hoy. “Ahora lo dejo en reposo”, dice. “Un rato. Luego lo vuelvo a leer. Hay que crear distancia”. Espera publicarlo el año que viene.
Argentino de 82 años y afincado en México después de recorrer medio mundo de exilio en exilio, Gelman pasó por León para recoger el Premio Leteo. Allí le acompañó su amigo Antonio Gamoneda, al que en 2007 sucedió en el palmarés del Premio Cervantes. Ambos coincidieron en sendos actos. En uno de ellos se habló de la poesía y la vida. En el otro, el poeta leonés glosó al poeta argentino, que, abrumado, dio las gracias por el homenaje y se limitó a leer Confianzas, uno de sus poemas más populares: “se sienta a la mesa y escribe / ‘con este poema no tomarás el poder’ dice / ‘con estos versos no harás la Revolución’ dice / ‘ni con miles de versos harás la Revolución’ dice // y más: esos versos no han de servirle para / que peones maestros hacheros vivan mejor / coman mejor o él mismo coma viva mejor / ni para enamorar a una le servirán // no ganará plata con ellos / no entrará al cine gratis con ellos / no le darán ropa por ellos / no conseguirá tabaco o vino por ellos // ni papagayos ni bufandas ni barcos / ni toros ni paraguas conseguirá por ellos / si por ellos fuera la lluvia lo mojará / no alcanzará perdón o gracia por ellos // ‘con este poema no tomarás el poder’ dice / ‘con estos versos no harás la Revolución’ dice / ‘ni con miles de versos harás la Revolución’ dice / se sienta a la mesa y escribe”.
Silencio. Aplausos. Gelman: “Yo creo que ya está”. Como el público que llenaba el salón de actos no parecía estar de acuerdo, el poeta respondió a una pregunta sobre la capacidad de intervención social de su oficio, la famosa utilidad de la escritura. Respuesta: “Hay cosas que no se le deben pedir a la poesía. Hay que pedírselas a la gente: que defienda sus derechos, por ejemplo”. Antes de ese coloquio en verso y prosa, sentado ante un vaso de agua en el Hostal de San Marcos —cárcel durante la Guerra Civil y hoy Parador de Turismo—, el autor de Cólera buey habla con parsimonia.
PREGUNTA. La pregunta más tópica para un escritor es por qué escribe, pero visto el millar de páginas de su poesía reunida y sabiendo que tiene nuevo libro, la que se impone es: ¿por qué sigue escribiendo?
RESPUESTA. Siempre hay una insatisfacción. Es muy difícil pescar a la señora esta de la poesía. ¿Por qué insistir? Para tratar de ver si finalmente puedo. Hay gente que se cansa en el camino, yo todavía no.
P. ¿Insatisfacción hacia lo ya escrito o hacia lo que quiere escribir?
R. Con lo escrito. Al menos en mi caso. John Donne tenía esa imagen de la belleza como un compás. Decía: “Yo empiezo donde termino”. Sor Juana Inés de la Cruz, sin embargo, tenía otra visión. A ella le parecía una espiral cada vez más abarcadora, sujeta a los vientos de la época. En realidad se escribe sobre pocos temas, pero a medida que pasa el tiempo, a medida que se vive más, se lee más, se aprende más, cada uno de esos temas se ve desde ese punto diferente. Y ese punto nuevo exige su propia expresión, que no puede ser ninguna de las anteriores.La insatisfacción nace de ahí.
P. Muchas veces usted descoyunta la gramática y convierte en verbo un sustantivo. De mundo crea mundar, por ejemplo. ¿El lenguaje se le queda pequeño?
R. En el fondo, de Cervantes a la fecha, siempre se ha dicho eso. Cervantes se inventa neologismos y defiende la necesidad de reinventar la lengua. En mi caso es un intento de pasar los límites.
P. ¿Y qué dicen sus traductores?
R. [Se ríe] Creo que he logrado que salgan de su lógica. He tenido la suerte de tener excelentes traductores. Rompen sus propias lenguas para hacer el intento, aunque no siempre es posible.
P. Hay quien dice que poesía es justo lo que se pierde en la traducción de poesía. ¿Está de acuerdo?
R. Depende del traductor, y cada lengua tiene su lógica. Bien decía Pavese que para hacer una buena traducción de una lengua a otra no basta con conocer las dos: hay que conocer las dos culturas… Yo creo que traducir poesía es más difícil que escribirla. Yo mismo empecé traduciendo y me fue mal.
P. ¿A quién tradujo?
R. Traduje a… ¿cómo se llama este? Usted perdone: hay gente que tiene lagunas en la memoria, yo tengo el golfo de México… Evtuchenko, el ruso. También algunas cosas de Bertolt Brecht. Y a Cavalcanti, el maestro de Dante. Tiene unos poemas extraordinarios: “¿quién es esta que viene y todos miran / y hace temblar de claridad el aire?”. El segundo verso no es difícil de traducir: che fa tremar di chiaritate l’are. Ningún problema. Pero el primero —chi è questa che vèn, ch’ogni’om la mira—. Que todos los hombres miran… Con el todos más o menos me salvo, pero el todos en castellano también incluye a todas.
P. ¿Habla ruso, lo digo por Evtuchenko?
R. Algo, sí.
P. Sus padres llegaron a Argentina desde Ucrania. ¿El hecho de vivir de una familia que hablaba en otro idioma y de exiliarse luego ha influido en su manera de ver el lenguaje?
R. Yo creo que sí. En casa se hablaban cuatro lenguas: yídish, ruso, ucraniano y castellano. Nuestros padres nos decían que habláramos en castellano, pero vivíamos en el barrio de Villa Crespo, de modo que en la calle me encontraba con el ruso, el polaco, el árabe, el rumano… De esa multitud de sonidos algo debió quedar.
P. Tradicionalmente, la poesía que tiene un fondo crítico suele tener una forma clara. Su caso ha sido el contrario. Su revolución empieza por el lenguaje. ¿Es algo consciente?
R. Es difícil contestar porque de algún modo todo eso hace presión sobre uno y la rebeldía surge. Pero no es una propuesta voluntaria, nunca puede serlo. Como una vez me dijo un amigo… Le cuento: yo volvía de Italia, donde había conocido a Pasolini, que había publicado su primer libro, Le ceneri di Gramsci [Las cenizas de Gramsci]. Este amigo me preguntaba: “¿Cómo es él?”. Y yo: “Bueno, no es muy alto, tiene una mandíbula saliente…”. Y mi amigo: “¿Una mandíbula saliente? Eso es señal de voluntad”. Pero la voluntad en la poesía sirve para nada. Creo que por eso se dedicó al cine. En poesía la voluntad sirve menos todavía que la mandíbula. Mire, yo no quiero fingir una ingenuidad que no tengo, pero tampoco quiero fingir que sé lo que no sé.
P. ¿La rebeldía debe expresarse con un lenguaje común a todos o con uno completamente distinto?
R. Uno con la poesía no se puede proponer nada. Recuerdo que en los años cincuenta se desató la guerra de Corea. Por supuesto, todos los poetas comunistas, entre ellos los franceses, escribieron poemas denostando el imperialismo. El único que no lo hizo fue Paul Éluard. Los compañeros le dijeron: “¿Cómo es que no escribes un poema sobre esto, que es tan grave?”. Y él dijo: “Yo solo escribo sobre estas cosas cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia interior”. Eso es aplicable a todo.
P. Hablando con Antonio Gamoneda dijo usted que la civilización se va al demonio. ¿No hay modelos que seguir?
R. No lo veo. Pero hay que distinguir entre civilización y cultura. La civilización occidental persigue el desarrollo extremo, y mire a dónde llegó la cosa. En general era la política la que regía la economía. Hace años que no es así, pero ahora de un modo descarado: los jefes de Estado se reúnen para cumplir las órdenes del FMI. Eso me parece extraordinario. No sé cómo el capitalismo mismo va a salir de esta. Seguramente, a costa de millones, y no de dólares precisamente.
P. ¿Qué hacer? ¿Cómo ve su propio país, Argentina?
R. Lo que están haciendo en Argentina es tratar de volver al capitalismo clásico, que ya es un avance, porque se basa en la producción, no en la jugada financiera. ¿Cómo puede ser que un país como Grecia esté al borde de la quiebra? Un país no es una empresa.
P. ¿La política puede tomar las riendas sin caer en el populismo? Es la acusación que suele hacerse al Gobierno argentino.
R. Para el FMI, populismo es no hacer lo que ellos quieren. Son definiciones muy imprecisas. Argentina busca el regreso a un capitalismo donde los medios más importantes —el petróleo, etcétera— están en manos del Estado. El mundo lo domina la libertad de comercio, sí, libertad, menos para millones y millones. Es un escándalo.
P. ¿Y las críticas a Cristina Fernández? ¿Las acusaciones de querer controlar a la prensa?
R. Nunca ha habido una libertad de prensa como ahora. Si uno se entera de esas críticas es porque cada uno dice lo que quiere. No es que este Gobierno carezca de errores. Menem, también peronista, lo único que no pudo vender es el aire, porque no hay forma de envasarlo. Las calificadoras le bajan la calificación a Argentina porque va contra la corriente.
P. ¿No hay un cierto culto a la personalidad? También eso es muy peronista.
R. Esto pasa en todos los países donde hay líderes.
P. ¿Le parece bien?
R. Me parece una cuestión de hecho.
P. Hay cosas de hecho contra las que nos rebelamos.
R. Cuando digo que es un hecho me refiero a que, por ejemplo, a mí no me gusta Chávez, pero tanto tirarse contra él y resulta que el hombre saca los votos. Hay algo sociológico entre líder y liderado. En Masa y poder [de Elias Canetti] se explica bien.
P. Hablando de masas y minorías, usted siempre ha dicho que la poesía es una forma de resistencia por el mero hecho de existir. ¿Puede haber resistencia sin gran presencia social, sin muchos lectores?
R. Es su mera existencia, la poesía, el arte, todo aquello que enriquece al ser humano es una forma de resistencia. Con la poesía no vas a poder comer ni vas a hacer la revolución, pero enriquece interiormente a aquel que alguna vez se le acerca. El hecho es que en Internet aparecen una cantidad de poetas a los que nunca antes se podía acceder. En todas las lenguas, grandes poetas… y muchos espontáneos.
P. También usted empezó como espontáneo, enviando poemas a una revista.
R. Cierto. Y trabajé mucho tiempo como periodista. Vivía de la poesía y comía del periodismo.
P. Siempre ha tenido las palabras como materia prima. ¿Nunca se bloqueó? ¿Cómo sentarse a escribir, por ejemplo, después de la desaparición de su hijo y su nuera?
R. Me deja usted pensando… No lo sé, la verdad. Yo sé que después de todo esto que pasó no puedo volver a escribir como antes. Eso sí lo sé. No pude volver a escribir como antes. ¿Recuerda a aquel señor que dijo que no se podía escribir poesía lírica después de Auschwitz? Pues ahí está Paul Celan.
P. ¿El hecho de que la víctima y el verdugo usen las mismas palabras es un problema para un escritor?
R. Mire, las palabras son como el aire: son de todo el mundo. El problema no es la palabra sino el tono, el conjunto del que forma parte, a dónde va esa palabra, en compañía de quién. Claro que asesinos y asesinados usan las mismas palabras, pero yo no leí nunca en los epítetos policiales la palabra utopía, ni belleza, ni ternura. ¿Usted sabe que la dictadura militar argentina quemó El Principito? Y yo le doy la razón. No porque no ame al Principito sino porque es un libro tan lleno de ternura que daña a cualquier dictadura.
P. Juan José Saer contaba que un general quiso prohibir la ley de la gravedad.
R. Y se quemaron libros de matemáticas modernas. Ya conoce el chiste del almirante uruguayo que durante la dictadura dijo: “Estábamos frente al abismo y dimos un giro de 360 grados”.
P. ¿Después del exilio no pensó en volver a vivir en Argentina?
R. No. Elegí vivir en México y por primera vez pude elegir, no que me echaran de un sitio y tuviera que irme a otro. Eso sí, viajo todos los años a Argentina. Piso el aeropuerto de Buenos Aires y me siento muy contento… porque sé que me voy a los 10 o 15 días. Tengo una hija, un nieto. Amigos quedan muy pocos, pero hay.
P. ¿Cree que en Argentina se ha resuelto bien el tema de la memoria histórica? Como sabe, en España el debate sigue abierto.
R. En el caso argentino había una herencia de impunidad espantosa. Cambió cuando Néstor Kirchner anuló las mal llamadas leyes del perdón. Mal llamadas porque no conozco ninguna víctima que haya delegado en terceros la capacidad de perdonar. Al cambiar esas leyes se han podido iniciar y concluir juicios contra represores. Aunque no están todos los que fueron. En mi caso, en el caso de mi hijo, mi nuera, mi nieta, le dieron perpetua a un general y a cuatro agentes de los servicios de inteligencia que estuvieron en la cosa. Pero en la cosa estuvieron más de 20 personas. La posibilidad de que la justicia se extienda es difícil. Pero el hecho es que hay más de 300 militares presos. Es un proceso lento y difícil. A los 35 años del asesinato de mi hijo fue castigado a prisión perpetua el general responsable, que entonces era capitán. Los mexicanos tienen un dicho: justicia tardada, justicia negada. Pero entre eso y la impunidad hay una enorme diferencia.
(Tomado de El País)

Liliana Herrero: una montaña alimenta su voz (+ Video)

Texto: Rafael González Escalona. Fotos: Kaloian

Concierto de Liliana Herrero en el Centro Pablo. La Habana, Cuba. Foto: Kaloian
Concierto de Liliana Herrero en el Centro Pablo. La Habana, Cuba. Foto: Kaloian

Tenía una deuda pendiente con Liliana Herrero. Una noche de alcoholes y canciones, un borracho entrañable me dijo “Cuando la escuches, vas a entender un par de cosas de la música”.

En su anterior visita no pude arrimarme a su canto, pero no olvidé lo que dijo mi amigo. Por eso cuando supe de su retorno decidí posponer todo para encontrarme con Liliana y su voz en esa guarida de la canción que es Muralla 63.

Hacía mucho que no iba al Centro Pablo. No reconocí ese mural que estaba a mi derecha, no reconocí las caras que me rodeaban; con mucho esfuerzo, distinguí un par de rostros familiares que me convencieron de que no había perdido el rumbo y estaba en el lugar correcto.

La tardanza es el sino del cubano, tarde nos independizamos, tarde reconocimos los errores del modelo soviético, y tarde comenzó el concierto. Sueño con un día en el que alemanes y japoneses, asqueados del frío y los mojitos mal preparados, emigren masivamente hacia Cuba y nos impregnen de su consabido sentido del tiempo. Mientras, no nos queda otra que esperar sentados por que finalmente empiecen los conciertos.

A mi lado, por todas partes, flotaban sensuales las voces de argentin@s que habían acudido a ver a su compatriota. Verdad que son lind@s, si hasta dan ganas de que pierdan otra vez en el Mundial de Fútbol para tener qué reprocharles.

La tarde cedía terreno cuando Liliana y los chicos de la banda + nueva aparecieron en escena. De habérmela cruzado por la calle hubiera jurado que era una de esas doñas con cara de matriarca que pueblan nuestras tierras, esas que rigen los destinos de las familias y protagonizan no pocas novelas del continente. Pero ahí, frente a mí, apenas bastó que entonara la primera canción para que esa imagen se viera atropellada por otra imagen profunda, la imagen de una voz que se cuela por la más mínima hendija y se adueña de tu alma, y la lleva a viajar por caminos hermosos y desconocidos.

¿Y dónde había estado yo estos 23 años, y dónde había estado Liliana Herrero? ¿En qué mundos absurdamente paralelos vivía esa voz que me devolvió un par de certezas que había perdido, dónde habitaba esta mujer que quiero llevarme a todas partes como un amuleto para los días duros y dulces?

De entrar en ese momento al Patio de las Yagrumas, un visitante hubiera visto sobre el público físico a sus hipnotizados espíritus ante la música mística de la Herrero. Ir a un concierto de Liliana Herrrero no es sentarse cómodamente a escuchar a una excepcional intérprete, es un acto de comunión en el que a veces los momentos más emotivos pueden llegar en ese diálogo permanente que establece con la audiencia.

Y yo, desde mi asiento, miraba sobrecogido a aquella mujer vibrante para la que un concierto nunca es una fría disertación, y por eso se interrumpe a sí misma para conversar entre y durante las canciones, interpela al público, se despeina, ríe, baila, llora, pierde la voz, vive el concierto.

Ensimismado como andaba, no me percaté en qué momento un montón de argentinos odiosamente hermosos aguaron mis ojos cuando entonaron esa estrofa de la intensa Oración del remanso que dice “Cristo de las redes, no nos abandones, y en los espineles, déjanos tus dones”. Allí, emocionado con una canción al Remanso Valerio, el hogar del Cristo de las redes, una canción ajena y entrañable, entendí las palabras de mi amigo.

“Yo tiendo a desarmar las cosas”, confesaba la cantante en algún momento. Como Chavela Vargas, como Omara Portuondo, para suerte nuestra Liliana toma las canciones y las hace inconfundiblemente suyas. “Cuando uno hace estallar una tradición, uno encuentra en ese estallido voces fundamentales que nos demuestran que esas voces todavía tienen algo que decirnos, y si no las usamos, estamos haciendo simplemente covers” dijo  En esta perspicaz frase se encuentra su secreto, el secreto de la canción auténtica, la invención que no es un acto de creación a partir de la nada sino el hallazgo -dentro del magma de la memoria colectiva – de las claves para una canción verdadera, irrepetible.

Escuchándola cantar (y hablar), uno detecta las lecciones de Violeta Parra, de Mercedes Sosa, esa lectura paciente de las raíces del continente que no es el aprendizaje académico que devuelve un producto pintoresco. Con Liliana Herrero cada canción parece salida de alguna región bien adentro al sur, de algún punto profundamente nuestro de la geografía del continente.

Sin afectación, Liliana dejaba salir su condición de maestra filósofa a través de sencillas lecciones. “Hay que comprender tantas cosas para comprender un país. Y aquí cantando, suceden un montón de cosas pequeñas como el canto de los pájaros, o las hojas de los árboles cayendo. En esas cosas pequeñas se descubre un país” decía, suavemente, con la voz tranquila con que se dicen las grandes verdades.

“Me parece a mí, o estoy bastante lúcida, será el vino que me dio María?” decía Liliana mientras la noche oscurecía el Patio de las Yagrumas. Y sí cantora, estabas lucídísima, estabas recordándonos a través de tu canto el sueño eterno que es la Revolución.

(Tomado de Cubadebate)

Rayuela, a medio siglo

El nicaragüense Sergio Ramírez (el mismo que nos regalara esa disfrutable novela que es Margarita está linda la mar) recuerda que una de las grandes obras de la literatura universal cumple cincuenta años de publicada. El escritor publicó en Elfaro este texto un tanto nostálgico, pero que no deja de ser un pertinente llamado de atención sobre un libro que bajo ningún concepto podemos olvidar. Aquí se los dejo.

Este mes de febrero se cumple medio siglo de la aparición de Rayuela, publicada en Buenos Aires por la Editorial Sudamericana. Julio Cortázar, que ya el año que viene alcanza el siglo, tenía entonces cincuenta años de edad, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom, fue la obra de un viejo que nunca dejó de crecer, siempre de atrás hacia delante, botando años por el camino hasta quedarse en una figura de adolescente que se va haciendo niño, como aquel personaje de William Faulkner en Desciende, Moisés.

Para los nostálgicos del Club de la Serpiente, que aprendimos en las páginas de Rayuela a despreciar el orden establecido y a ver el mal gusto delictivo que había en apretar el tubo de pasta dentífrica desde abajo, no deja de ser una ofensa el silencio casi completo que se cierne sobre este aniversario. He contado en Internet las referencias que hay sobre artículos de prensa para recordar el fasto, y no pasan de cinco o seis. ¿Será que envejeció Rayuela junto con todos nosotros? Supongo que no, y me consuelo diciendo que a lo mejor se trata más bien de otro clásico olvidado.
Extraño los congresos de escritores y especialistas para celebrar el cumpleaños, las ediciones críticas especiales, los suplementos literarios dedicados a examinar la obra, a medir su vigencia, a explorar sus consecuencias en la literatura contemporánea, a indagar entre los escritores jóvenes qué piensan de su atrevido sentido de ruptura, la escritura como una aventura siempre al borde del abismo, es alternancia perturbadora entre lo cómico, la inefable Berthe Trépat, y lo trágico, la muerte del niño Rocamadour en el sórdido amanecer de París mientras sesiona en el Club de la Serpiente, que es una de las escenas sentimentales mejor escritas de nuestra literatura.
Lo experimental, lo que parece desmedido porque rompe las reglas o se burla de ellas, se vuelve corriente un día porque ya es clásico, y viene a convertirse en un modelo que se cuela de manera imperceptible en la escritura del futuro. Y entonces, apagado el ruido de la novedad de los capítulos intercambiables, o suprimibles, el léala como quiera y pueda, lo que queda es la majestad de la prosa, la belleza, en fin, que es la que de verdad hace sobrevivir un libro a través de las edades.
“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua….” De los libros inolvidables uno aprende de memoria el primer párrafo, o esa lectura nunca existió, se la llevó el agua del tiempo en su fluir incesante donde tantos libros van a parar a la mar, que es el morir. ¿Encontraría a la Maga? Ese párrafo puede leerse ya, pasado medio siglo, créanme, como el de cualquier otro de los grandes libros que vuelven siempre a la memoria envueltos en su propio resplandor, esas epifanías de la lectura que nos reencuentran con el milagro.
He discutido el tema Cortázar con escritores muy jóvenes que se abren camino en este siglo veintiuno de tan pocas certezas y demasiadas incertidumbres, y alguno me ha dicho que lo que pasa es que Rayuela fue a mi generación lo que Los detectives salvajes es a las nuevas, una biblia laica de enseñanzas acerca de cómo romper todos los platos de la alacena con el mayor escándalo posible. Puede ser que también sea eso. Pero en la literatura que no perece hay necesariamente bastante más.
Rayuela, nuestra biblia de tapas negras, que yo recuerde no contenía propuestas políticas en aquellos años sesenta donde lo que había era precisamente propuestas políticas, los movimientos de liberación, el fin de los régimen coloniales, la primavera del 68 en Francia y la masacre de Tlatelolco en México, la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos. Pero contenía una propuesta ética, una propuesta para vivir.
Enseñaba formas de inconformidad y rebeldía en contra del statu quo. Aquellos despreocupados ácratas, Oliveira a la cabeza, que hablaban de todo y venían de todas partes, entraban por su cuenta en el paisaje de inconformidad general donde Rayuela cabía junto a los ruidos que aún no se apagan del concierto de Woodstock, los gritos de histeria que recibían a los Beatles en los escenarios, las protestas por la guerra de Vietnam, las marchas encabezas por Martin Luther King. No eran tiempos de sosiego, y Rayuela tampoco era una novela tranquila que se pudiera leer en un par de días y luego meter en un estante y olvidarla.
Y entre dictaduras militares y mediocridad cultural, gobiernos corruptos y malos escritores, opresión económica y opresión cultural, no había diferencias perceptibles para quienes velábamos nuestras armas entonces. Y Rayuela ofrecía reglas útiles para quienes en aquellos años fervorosos empezábamos a la vez el camino de la acción política y el de la acción literaria. Entre ambos, no podíamos percibir muchas diferencias, desde luego que la palabra compromiso y la palabras causa hacían de la acción política y de la acción literaria una sola acción.
Cortázar colocó cargas de dinamita en toda aquella armazón fosilizada. Y no era solamente un asunto de melenas largas, alpargatas, y boinas de fieltro con una estrella solitaria. Todos queríamos ser cronopios, nos burlábamos de los esperanzas y repudiábamos a los famas. Y a los cronopios tocaba intentar las revoluciones, en nuestras propias vidas y en la vida de todo lo que nos rodeaba.
Un libro de iniciación que igual que su autor seguirá botando años por el camino. Sólo hay que leerlo, o volver a leerlo empezando, eso sí, por el primer capítulo. Allí comienza su eternidad.
Masatepe, enero 2013.