La intrusa

Aquella chica parecía de otra historia, el resultado de un café accidentalmente deslizado sobre un borrador. Lo comprobé enseguida, cuando no encontré una sola línea refiriéndose a ella en la descripción de la casa del protagonista. La chica –nariz algo grande, ojos tristes, senos pequeños y largas piernas rematadas por un culo lleno de gracia-, miraba distraída la TV, preparando seguramente su primer parlamento en esta historia que vino a interrumpir.

Afortunadamente para ella, el escritor se ha tomado un descanso, por lo que puede permitirse alguna que otra reflexión que será tachada en las sucesivas correcciones de la obra. Le gusta eso de ser un personaje intruso en una historia que no es la de ella. Planea excursiones a las flores del mal, conversar con los fantasmas de Comala, participar en una orgía de Rocco Sifredi en la que quede desmadejada y cubierta del semen de diez hombres desconocidos.

Sonríe. Tiene, justo ahora lo descubro, un sonrisa hermosa. Antes de que vuelva el escritor, se alejan ella y su culo lleno de gracia, dejando tras sí un olor inquietante que buscará el inútilmente protagonista de la historia, encerrado en estas páginas.

Hay amores que matan (a la manera de JE Lage)


Yo, en un P-1 cualquiera rumbo a alguna parte. Ella, despidiéndose de una anomalía de la Matrix. De pronto colisión de mundos, ruptura de las cuerdas, cruce de miradas. 

Incomprensible, si se tiene en cuenta que yo leía una novela de inculto llamada Carbono 14 y ella repetía su rutina de vestal caída en desgracia. Yo, despojo de sacrificios de los dioses. 

Ella, bella, irrealmente diseñada para enloquecer a los poetas más cuerdos. No pude resistirme, extendí la mano para acariciar su trenza etrusca. Ella tampoco pudo resistirlo. Su cabeza rodó sin tropiezos sobre la acera de Infanta, enamorando a todos a su paso. Comprensible, si tenemos en cuenta que un P-1 a 50 kilómetros por hora y un brazo extendido son un verdadero filtro de amor. Para qué negarlo, está muerta conmigo.