Cuentos para niños malos

A finales de año encontramos este tremendo texto de Santiago Roncagliolo que deberíamos enmarcar y recordar siempre que nos toque educar a un niño. Mi hija leerá a Lewis Carrol, y a Roald Dahl, y a Perrault sin censura. Y hará las preguntas adecuadas.
por Santiago Roncagliolo
Esta Navidad pienso regalar cuentos infantiles. Pero sólo cuentos políticamente incorrectos.
Mi autor infantil favorito, Roald Dahl, es uno de los más irreverentes. Su cuento Matilda, con el que Danny DeVito hizo una película, es un alegato contra la familia y el colegio. El padre de Matilda es repulsivo. Odia la lectura y ama la televisión. Se dedica a las estafas de poca monta. Y cuando tiene que huir de la policía, no le importa abandonar a su hija. Pero mucho peor es la directora de la escuela, la temible señorita Trunchbull, que simplemente odia a los niños y dedica su institución a torturarlos.
Otro cuento de Dahl, Las brujas, aterrorizaría a cualquier chico, y a muchos de sus padres. Las brujas son calvas, tienen garras en vez de manos, y se organizan en un siniestro sindicato internacional para eliminar a los niños de la faz de la tierra. Y en el más popular de sus libros, Charlie y la fábrica de chocolate, Dahl pinta castigos horrendos e irreversibles para los niños que se portan mal.
Los autores de libros infantiles sabemos que hoy día no se puede escribir nada de esto. Los editores están en guardia contra cualquier sospecha de valores inadecuados. Los libros infantiles no son considerados objetos de placer o entretenimiento, sino modelos de conducta. Las familias descritas deben ser agradables, y las profesoras, atentas. Los niños no deben recibir castigos, sino aprender la lección mediante el diálogo. Y los malos tienen que perder miserablemente, aunque sin violencia.
Todos esos principios son muy loables, pero pueden producir libros aburridos. Por el contrario, a lo largo de la historia, los cuentos infantiles han sido bastante irreverentes, incluso crueles. Pulgarcito, por ejemplo, debe ser la pesadilla de un educador. Sus padres lo abandonan en medio del bosque para no tener que alimentarlo, y él engaña al ogro para que decapite a su vez a sus propios hijos. Finalmente, Pulgarcito le roba sus tesoros al ogro. Y sólo gracias al botín, sus padres lo vuelven a recibir en casa, porque el niño ya sale rentable.
Con notable frecuencia, estos cuentos son censurados y reescritos. Hace un par de años compré un ejemplar en el que Pulgarcito no era abandonado, sino que se perdía en el bosque. Por su parte, el ogro no tenía familia y moría por accidente. Así, el botín de Pulgarcito ya no era producto de un robo, sino, digamos, de haberse encontrado un tesoro sin dueño tirado por ahí.
Pero los “malos ejemplos” están por todas partes: ¿Qué hacemos con la bruja antropófaga que muere quemada en Hansel y Gretel? Podríamos ponerla vegetariana, y matarla de una neumonía. ¿Y los valores sexistas de los cuentos de princesas? Quizá en vez de princesas deberíamos poner ejecutivas de transnacionales. ¿Y qué hay del prejuicio contra las familias modernas en Cenicienta? A lo mejor, en vez de madrastra, la mala debe ser “una amiga de la familia”. Así nos aseguraríamos de transmitir valores sanos… Y cuentos insoportables.
Pensemos qué pasaría en la gran literatura si tuviese que limitarse a las lecciones edificantes. A lo mejor debemos cambiar al pederasta de Lolitapor una tía cariñosa. Y darle a Madame Bovary una vida sexual sana y satisfactoria. Y en vez del ejecutivo asesino en serie de American psycho, tendríamos que poner a un jardinero macrobiótico. ¿Absurdo? ¿Y por qué no es absurdo con los niños? ¿No confiamos en ellos?
No. No confiamos en nosotros mismos.
El férreo control de contenidos editoriales infantiles no protege a los niños, sino a los padres. Tenemos miedo de las preguntas incómodas. Nos asusta ser incapaces de explicar por qué esos padres abandonan a sus hijos o esas madrastras son malas (aunque durante siglos ha bastado la frase “porque es un cuento, hijo”). En suma, tenemos miedo de hablar con nuestros propios hijos. Pero precisamente para eso se hacen los libros: para pensar, imaginar y discutir.
Si eliminamos de los libros todo lo que nos parezca inapropiado, no salvaremos a nuestros hijos de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas. Lo que sí lograremos es que los chicos abandonen la lectura y se entreguen a la PlayStation, donde pueden matar a un montón de gente sin que nadie se queje.

(Tomado de El País)

Carta primera de Laura Bahía al director (fragmentos)


(…) Yo sé cosas. Cosas que a mi edad no debería saber, pero las sé con la minuciosa certeza con que otros reconocen las huellas de los pájaros.

La causa que yo sepa está por determinarse. Mi abuela no vio una mariposa entrar en la boca de un gato que bostezaba y no la vio salir después como por milagro. Si usted o yo creyéramos en el prodigio sería más fácil. Si viéramos señales donde hay azar sería más fácil. Si la pequeña herida que me hice cuando niña en la cabeza fuera un aviso, fuera una indicación de que yo no tengo en verdad veintiocho años sino ochenta y dos, entonces tendría motivos para saber. No tengo motivos y sin embargo yo conozco adónde van a parar los sueños que se sueñan despierto aunque a veces se tengan los ojos cerrados.


(…)

Usted quiere el temblor para sus sueños y yo he de darle el temblor pero también le voy a hacer preguntas. ¿Qué me dice,  pongamos, de la papiroflexia?
A lo mejor usted pasó por una vitrina donde había un manual de papiroflexia. Y se vio comprándolo. Y se vio convertido en una de esas personas que poseen el arte y la habilidad de dar un trozo de papel la figura de determinados objetos o seres. O acaso usted una buena mañana decidiera aprenderse los nombres de las plantas, las formas de las hojas de los árboles. Algunos lo consiguen. Algunos se convierten en hombres y mujeres serenísimos. Algunos, pero ni usted ni yo (…) No compre el manual o el libro de botánica. Confórmese con conocer los rudimentos del barco de papel y que los abetos tienen hojas aciculares. No llegará más lejos. Hace tiempo que hemos iniciado un camino sin esperanza.


Brevísima crítica sobre "El Cosmonauta"

Ya vi la película “El cosmonauta”, o al menos la parte que dura una hora y 39 minutos aproximadamente porque ya sabemos que la película es mucho más que eso. Apenas leí el último crédito quise buscar las críticas y reacciones del público en general para comparar criterios. Pensé incluso en preparar una especie de dossier con las mejores críticas. Quizás lo haga, cuando termine la tesis (oh, maldita…) y con la ayuda de unos cuantos amigos.
Antes quiero dar las gracias a los realizadores. No bastaba con cambiar el mundo del cine (para pesar de muchos) con todos los inventos transmediáticos que le incorporaron a la historia, inventos que presiento no tenían detrás una mente maestra experta en todos estos temas sino que se basaron fundamentalmente en la intuición y tuvieron mucha suerte en las redes sociales, sino que además hicieron una BUENA película. Y lo escribo en altas, sí, un filme bien realizado y con una historia simple pero maravillosamente contada.
Quienes me conocen saben que no critico a Hollywood demasiado y que prefiero aprender primero de sus éxitos y tantos valores antes de publicar críticas contra “la gran industria del dinero”, pero no niego que un filme distinto a los que veo cada día no es mala idea. Tampoco se imaginen que “El cosmonauta” es la decimoctava gata del pato ni mucho menos en cuanto a cine se refiere, pero sí estamos en presencia de un filme distinto, con montaje atrevido y excelente, con banda sonora en su conjunto en función de la historia y con una fotografía que lejos de bonita o alardosa se pone en función de la trama, como debiera ser siempre pero lamentablemente no es.
Tiene elementos que no me gustan, por supuesto, como la primera escena con el monólogo que ya anuncia por dónde viene la cosa. Demasiado teatral para mi gusto con ápices de muy mala actuación.
Por otra parte mi única preocupación se encuentra en el gran público y la aceptación que pueda tener el filme. Presiento que es un tin metratrancoso (cuando menos) para el gran público y pongo en duda el éxito económico del proyecto a partir de ahora.
No obstante, no importa lo que suceda con “El Cosmonauta”, ya sus realizadores triunfaron, ya demostraron que puede haber un cine otro, que no niega de la sala oscura, del 35mm y de todo lo que hasta ahora se conoce como el séptimo arte, sino que incluye nuevas maneras con posibilidades infinitas para contar las historias y, mejor aún, con la participación directa y real de nosotros, los espectadores. Solo por eso, gracias. 

Junot Díaz vs Amazon (entrevista en El País)

Junot Díaz, un monstruo literario que ha revuelto las aguas de la escritura en Estados Unidos desde hace unos años, fue entrevistado por El País -intercambiará con los lectores el 1ro de mayo a las 6 pm, hora local- y dejó un montón de ideas brillantez y controvertidas que quisimos compartir. 


Por Eduardo Lago

Junot Díaz nació en Villa Juana, una barriada pobre de Santo Domingo, el 31 de diciembre de 1968. Tenía nueve años cuando su familia se trasladó a una zona industrial de Nueva Jersey. Su padre, policía durante la dictadura de Rafael Trujillo, había emigrado a Estados Unidos unos años antes, manteniéndose considerablemente alejado de los suyos durante todo aquel tiempo. Díaz descubrió el milagro de los libros por su cuenta. Recorría a pie las cuatro millas que separaban su casa de la biblioteca pública, donde una funcionaria guio sus primeros pasos como lector. A punto de entrar en los Marine, recibió una carta en la que se le comunicaba que había sido admitido en una modesta universidad. Su infancia y adolescencia estuvieron presididas por el signo de la pobreza y las duras condiciones de trabajo que tenían que arrostrar los miembros de su comunidad. Es de eso de lo que escribe. La publicación de su primer libro, Los boys, un volumen de cuentos, señaló la aparición de una voz como jamás se había dado antes en la tradición literaria norteamericana. Tardó 11 años en publicar su siguiente libro, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, novela que fue galardonada con el Pulitzer en 2007. Su tercer libro, Así es como la pierdes (Mondadori), se publica en España el 2 de mayo.

PREGUNTA: ¿Cómo ha pasado el día?
RESPUESTA: Leyendo manuscritos de los finalistas del Premio Pulitzer, que se anunciarán mañana.
P: ¿Ha sido alto el nivel de calidad de este año?
R: Altísimo, los miembros del jurado estamos de acuerdo en que ha sido un año muy potente.
R: No entre quienes ya conocían mi obra, pero el prestigio del premio ha proyectado mi nombre a otra dimensión. Por lo que se refiere a la escritura en sí, sigue siendo tan jodidamente difícil como siempre.
P: Su lengua materna es el español, pero escribe en inglés. ¿Cuál es su relación con los dos idiomas?
R: Cuando llegué a este país perdí el español y de adulto dediqué un gran esfuerzo a intentar recuperarlo. La sensación de pérdida es muy aguda y dolorosa. El inglés siempre ha sido una sombra gigantesca que se cernía sobre el español, pero también es cierto lo contrario. La sombra del español se cierne sobre el inglés. Para mí, hablar bien español siempre ha sido una obsesión, pero lo cierto es que mi español es mediocre, cosa que genera en mí un enorme sentimiento de culpa. Por otra parte, cuando hablo español soy otro, mi personalidad es distinta, más ligera.
P: ¿Qué pasaba en la cabeza y el corazón del niño que era cuando llegó a este país?
R: Me dio la sensación de haber llegado a otro planeta. La expresión choque de civilizaciones cobra pleno sen­tido si se aplica al contraste entre el noreste de Estados Unidos y el Caribe. El recibimiento que se nos dio fue muy hostil. Lo que más recuerdo es el odio. Odiaba tener que ir a la escuela, odiaba salir de casa y encontrarme en América. Todo me daba miedo. Miraba a mi alrededor y me parecía estar en un país de locos, y me decía: ya sé que nosotros llegamos aquí para mejorar nuestras vidas, pero, coño, esto es demasiado.
P: Sus historias levantan testimonio del sufrimiento de su comunidad. Me viene a la cabeza la escena de Otra vida, otra vez en la que un trabajador muere aplastado entre los engranajes de una máquina y todo el mundo trata de borrar las huellas del accidente.
R: Incluso dentro de la comunidad latina a la que pertenezco hay una considerable ignorancia de esas cosas. La generación de mi madre padeció todo aquello. El sufrimiento de esa generación es algo que no se ha explorado nunca. Piense en lo difícil que tuvo que ser para un niño vivir algo que solo ahora como adulto alcanzo a comprender someramente.
P: ¿Cómo era su entorno familiar?
R: Ultraconservador. Mi padre era policía militar y le parecía bien la dictadura de Trujillo. En mi familia casi todo el mundo tenía algo que ver con el ejército. Mi hermana mayor se casó con un tanquista, mi hermano estuvo en el ejército hasta que el cáncer lo apartó del servicio activo. Mi hermano el pequeño y dos sobrinos son marines y han combatido en Afganistán e Irak. Yo me libré de milagro. Entre los marines que venían a reclutar chicos a mi colegio había uno con el que me entrevisté como cuarenta veces. Me salvó la carta de una universidad en la que me comunicaban que me habían aceptado.
P: ¿Recuerda sus primeras lecturas?
R: Cuando tenía siete u ocho años cayó en mis manos una serie de biografías de los grandes iconos de la nación norteamericana, gente como Abraham Lincoln o Thomas Edison. Solo había tres mujeres. Lo que me más me impactó de aquellas biografías fue el trasfondo violento del país. Todo remitía a alguna guerra. Había una mitología bélica que lo presidía todo y que a mí me perturbaba profundamente. Luego hubo otro tipo de lecturas que ejercieron una influencia muy profunda en mí, como los primeros libros de Arthur Conan Doyle y las novelas de ciencia ficción de H. G. Wells.
P: Su afición por ciertas formas de la literatura popular, el cine y el cómic son muy importantes en su manera de entender la escritura.
R: Me encantan los llamados subgéneros, las novelas de terror, de ciencia ficción, el género romántico, aunque lo que más me gusta leer son los libros de historia. Como jurado delos Pulitzer, es esa la categoría en la que soy más combativo. Sobre todo me interesan los recodos más ocultos de la historia y sus manifestaciones más extremas, las situaciones excepcionales. Se da una conexión entre lo que ocurre en esos momentos históricos excepcionales y la importancia de los subgéneros literarios, que exploran los aspectos menos conocidos de una manera que no está al alcance de la literatura realista.
P: ¿Puede profundizar en esa idea?
R: La llamada literatura realista es muy limitada a la hora de explorar ciertos problemas. En mi opinión, el realismo, como estrategia narrativa, falla miserablemente a la hora de explicar circunstancias como, pongamos por caso, una guerra civil, situación en la que se destruye el tejido cívico de la sociedad. Por la herida que deja abierta una guerra civil se escapan emanaciones fantasmagóricas muy difíciles de atrapar. El realismo no sabe qué hacer con eso. Es incapaz de captar las dimensiones más sutiles de todo un entramado de emociones fugitivas, sentimientos espectrales que se producen en situaciones históricas extremas. Lo mismo ocurre con las novelas de dictadores. Si se escriben en clave realista, no logran atrapar el fondo de terror, lo más problemático de las heridas que abren las dictaduras.
P: ¿Es esa la razón por la que abordó en clave no realista la historia del trujillato en La maravillosa vida breve de Óscar Wao?
R: Es que de otra manera habría sido imposible. En eso consiste el fallo de La fiesta del Chivo, que por lo demás es una excelente novela.Vargas Llosa fracasa en el intento de llegar al fondo de la historia de un episodio muy importante de la historia de mi país. No consigue capturar en modo alguno los matices más sutiles de lo que significa vivir en una sociedad secuestrada como lo fue aquella.
P: ¿Qué opinión le merece la manera de abordar la dictadura de Trujillo que lleva a cabo Julia Álvarez, escritora latina de origen dominicano que escribe en inglés, igual que usted, en En el tiempo de las mariposas?
R: Me parece mucho más lograda, en el sentido de que consigue llegar al corazón de un asunto sumamente turbio y misterioso. Julia Álvarez cuenta la historia aterradora del secuestro, violación y asesinato de las hermanas Mirabal, realizando un retrato de las prácticas de Trujillo como depredador sexual en clave de feminismo gótico, lo cual le da una enorme agilidad a su narración. Hacer de mi país una suerte de territorio fantasmagórico, cuyo centro de gravedad es el motivo de las violaciones, la brutalidad de las transgresiones sexuales perpetradas por el dictador. Así revive un tropo muy característico de la literatura gótica escrita por mujeres. Julia Álvarez aborda con suma inteligencia una situación en la que toda una sociedad enloquece febrilmente ante el poder del cuerpo femenino. Llega así mucho más lejos que llevando a cabo una servil narración de los hechos.
P: ¿Cuáles son sus referentes literarios?
R: En mi caso, quienes mejor me han ayudado a entender el verdadero ser de este país son las escritoras negras. Siempre he pensado que si alguien comprende a un nivel profundo por qué ocurren ciertas cosas son ellas. Les debo lo que soy como escritor. Mi pasado, mi presente y mi futuro lo explica perfectamente alguien como Toni Morrison.
P: ¿Qué opinión le merecen Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, Don DeLillo o Philip Roth, todos ellos varones de raza blanca?
R: Son los mejores escritores vivos de Estados Unidos. Hablar de alguien como Jonathan Franzen, pongamos por caso, no tiene el menor interés, pero hablar de Cormac McCarthy sí. McCarthy ha entendido el verda­dero ser de América como muy pocos. Comprende las terribles raíces apocalípticas que llevan a la locura inenarrable, carismática, escatológica, que subyace a la realidad del país, y que de repente explota en las noticias que nos sorprenden en los periódicos como una bofetada. ¿Y qué quiere que le diga de Philip Roth? Yo soy de Nueva Jersey, y no es posible escribir sobre Nueva Jersey sin tener en cuenta a Philip Roth. Es un narrador formidable, formalmente muy interesante. Cierto que sus personajes femeninos son para darle de bofetadas, pero sus panoramas novelísticos son fascinantes. No, no, no… Cormac McCarthy es muy importante para mí. Philip Roth es muy importante para mí.
P: ¿Y Don DeLillo?
R: Inconmensurable. De hecho, creo que a pesar del reconocimiento de que goza, no se le ha valorado suficientemente. La deuda de la literatura norteamericana para con Don DeLillo es inmensa. Y lo mismo vale para Doctorow.
P: ¿Y qué hacemos con alguien tan difícil e inclasificable como Thomas Pynchon?
R: Pynchon es lo máximo. Es necesario decir que esa generación hizo los deberes con nota, man. Hay mucho que reconocer y emular en el trabajo de esos tigres. Cuando lees a Pynchon por primera vez es como si te hubiera dado un calambre. No sabes lo que ha pasado, pero luego te das cuenta del milagro. Jamás se me ocurrió pensar que fuera posible escribir una literatura tan delirante que se puede decir que raya en la locura y, sin embargo, al final todo encaja perfectamente.
P: ¿Qué opinión le merece Annie Proulx?
R: Me encanta Annie. Es tan jodidamente buena que resulta ridículo. Sus novelas son joyas, pero sus cuentos son todavía mejores. Es una de las grandes cuentistas de este país.
P: ¿No cree que se podría escribir la historia de la narrativa norteamericana hablando solo de los cuentistas?
R: Sin duda, una de las mayores aportaciones de la literatura norteamericana al resto del mundo es la tradición del relato breve. Hay verdadero fervor por este estilo, y no lo digo solo por los creadores. Hay revistas especializadas dedicadas exclusivamente a ello, así como un gran público lector que es devoto del género, siempre lo ha habido.
P: Aunque usted ha sido muy crítico con él, considera que la llegada de alguien como Obama a la Casa Blanca es un hito en la historia reciente de este país.
R: Para mí, la elección de Obama es un ejemplo más de la voz de los jóvenes que están hartos de cómo se están llevando las cosas a escala mundial. La misma inquietud que instaló a un negro en la Casa Blanca es la que sacudió en su día la plaza de Tahrir en El Cairo o los indignados de Wall Street.
Todo eso no es más que el principio de un vasto movimiento que recorre todo el mundo. Es algo subterráneo que está poniendo en relación un montón de fuerzas aparentemente inconexas, a los jóvenes con las fuerzas progresistas díscolas que hay en las maquinarias de los partidos, todo al margen de las estructuras de poder establecido. Estamos atravesando un momento histórico cuyas consecuencias apenas hemos empezado a vislumbrar. La presencia de Obama en la Casa Blanca, con todos los fallos y decepciones de su gestión, no es más que un síntoma. Que Estados Unidos pudiera tener un presidente negro era algo inimaginable hace muy poco tiempo, pero lo más importante es repetir hasta la saciedad que el motor de todos esos cambios es la frustración de las nuevas generaciones, que han comprendido que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. Asuntos como el matrimonio gay o la presencia de gais en ciertas instituciones son también síntoma de la misma necesidad de cambio. Y no estamos más que al principio. Creo que la historia nos deparará a todos una sorpresa gigantesca pronto.
R: Estamos atrapados en los engranajes de la maquinaria aterradora de los servicios de inmigración, que ataca no solo a los sin papeles, sino incluso a los inmigrantes legales. El desencadenante fueron los atentados del 11 de septiembre de 2001. El ataque se convirtió en una especie de referéndum que dio lugar a un pogromo contra los latinos. Es un odio tóxico que no sé muy bien cómo describir, una especie de movimiento xenófobo que se ha extendido por todo el país. Me causa un placer inmenso ver a los republicanos atrapados en una situación de la que no se pueden zafar. La reforma de la ley de inmigración se va a aprobar, vamos a tener algo mucho mejor de lo que hay ahora, y más vale que se den prisa para hacerlo antes de que Hillary Clinton se presente a las próximas elecciones, que según las predicciones va a ganar. Les va a doler más que una estaca clavada en el corazón de un vampiro, pero no tienen otro remedio.
P: ¿Cuál es la raíz de ese miedo?
R: La resistencia a modificar la estructura del poder político. A fin de conservar su su­premacía, la mejor estrategia es demonizar a un sector concitando el odio de los electores contra él. Y mientras tanto, abandonan por completo a sus bases, al electorado constituido por los blancos pobres, cuyo voto nunca les falla. No mejoran sus condiciones, recortan los programas sociales, pero a cambio les dan una compensación psicológica, haciéndoles creer que son unos privilegiados por no ser negros o hispanos, sino miembros de la raza superior. A sus hijos los mandan a las guerras que tienen por todo el mundo como carne de cañón. Resulta increíble que un nacionalismo supremacista tan extremo funcione, pero es así.
P: Usted es profesor de escritura creativa en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). ¿Sus estudiantes leen?
R: No. Están todo el día enganchados a sus maquinitas, pendientes de las redes sociales. MIT es un lugar muy sofisticado. Los estudiantes inventan aplicaciones con la misma facilidad con la que hacemos café.
P: ¿Y no puede ser que hayamos llegado a un punto de la historia de la cultura en la que la lectura ha dejado de ser relevante?
R: Sinceramente, no lo creo. Todavía tiene que venir alguien capaz de demostrarme que existe un espacio de deliberación y pensamiento mejor que un libro.
P: Pero usted mismo me acaba de decir que sus estudiantes no leen.
R: Creo que habría que situar esto en un contexto más amplio. La Universidad como institución ha dejado atrás los valores de la educación para sustituirlos por un modelo de negocios. Mis estudiantes creen que están allí para conseguir un puesto de trabajo.
P: ¿Qué sentido tiene que estudien escritura creativa?
R: La mayoría de los que se matriculan lo hacen por motivaciones narcisistas. Además que creen que escribir bien es algo que está al alcance de cualquiera, a diferencia de lo que puede ocurrir con oficios que exigen un serio esfuerzo y dedicación como la danza o la música, pongamos por caso. Da la sensación de que se matriculan porque hay una terrible demanda de escritores, como si todo el mundo leyera un promedio de 500 libros al año y no hubiera suficientes títulos para saciar la increíble sed de los lectores, cuando la situación real es la contraria. Nadie lee, pero anda el diablo, hay un maldito reguero de escritores sueltos por ahí. La realidad es que la literatura es una tarta cada vez más pequeña que hay que repartir entre muchos.
P: ¿Por qué es cada vez más pequeña?
R: Porque las corporaciones invierten miles de millones de dólares para asegurarse de que sea así. En 1983, cuando yo era todavía un adolescente, el Gobierno federal imponía severas restricciones a la publicidad destinada a los jóvenes. Había franjas horarias y medidas precautorias destinadas a proteger a la gente joven. Hoy día son víctimas de un ataque masivo. Cada joven es un objetivo ambulante sobre el que las corporaciones se lanzan despiadadamente a fin de asegurarse que no les queda un solo momento libre. Para cada instante de ocio hay un artilugio de consumo al que son adictos. Los jóvenes son consumidores a quienes no se deja en paz un solo instante. ¿Cómo van a desarrollar la capacidad necesaria para disfrutar el arte con la tranquilidad que exige la contemplación estética cuando los están bombardeando con productos edulcorados de bajísimo valor nutritivo, entretenimiento basura? El problema de Estados Unidos es que el país está enganchado al consumo de bazofia cultural, por la sencilla razón de que es lo que las corporaciones necesitan para seguir ganando dinero de manera incontrolada. Piénselo bien: cada vez que un joven abre un libro es tiempo que pasa sin pulsar botones, sin entrar en Facebook, sin pedir papel higiénico por Amazon. Si a una chica o a un chico les da por leer poesía, se salen de la cadena de producción de dinero y obtención de beneficios. A las corporaciones les resulta insoportable la idea de que nadie le dedique a una novela las 20 o 30 horas que exige su lectura. Las multinacionales han secuestrado la imaginación de los jóvenes y no les van a dejar volver a la lectura. No. Fucking. Way.
P: ¿Cómo ve la situación de la industria editorial?
R: Hay un tiburón en la bañera que amenaza con devorarlo todo; me refiero a Amazon. Yo escribo muy despacio. Cuando publiqué mi primer libro, en 1996, las cosas no se hacían por Internet. Los manuscritos me llegaban por correo, los revisaba y los devolvía. En 2007, cuando publiqué Óscar Wao, Amazon ya formaba parte del panorama, aunque no era el monstruo insaciable de ahora. Todavía existía Borders, pero aún no había redes sociales. La gente no sabía qué era un tuit. Y ahora publico Así es como la pierdes y todo es a través de las redes sociales. Barnes and Noble está en sus últimos estertores, Amazon es una bestia negra de dimensiones incalculables y todo el mundo lee en Internet. No quiero pensar en cómo serán las cosas cuando publique mi próximo libro. Y no es todo: con cada cambio de modelo tecnológico, la cosa empeora para el autor. Cada avance parece tener como objetivo perjudicar al creador. Scott Turow publicó un editorial en The New York Times denunciando la situación: los escritores ganan cada vez menos pese a que los beneficios que generan son cada vez mayores.
(Tomado de El País)

Tocayos

Mi amigo Rafael G. Escalona me regaló hace varios meses un poemario que todavía no he leído, ni creo que lo vaya a hacer. Tiene título surrealista, como de cuadro de Dalí, o de Chirico. Se llama La campana y el martillo pagan el caballo blanco, y fue publicado en 1977, por una enigmática editorial Ayuso. También, ahora que lo pienso, tiene título de cuaderno infantil, pero el libro es naranja, y la ilustración de la portada es una máscara negra y forzuda, a las claras la máscara de un antihéroe de la Cartoon Network. Nada que enamore a un muchacho sensible.

Como se supone, no es este un poemario que alguien se llevaría a casa, al menos no yo, que soy excesivamente previsor, y no leo si no es recomendado. Pero ha caído en mis manos, con una dedicatoria, además, muy sugestiva, porque el autor, un español olvidado por la historiografía literaria de Hispanoamérica, se llama justamente Carlos Álvarez.
Este señor Álvarez nació en Jerez de la Frontera, un 27 de diciembre, hará ahora ochenta años. Yo nací, casi me pego un susto, también en diciembre, pero no el 27, sino el 25. Y aunque Carlos Álvarez se fue tan joven a Madrid como yo a La Habana, no se tomó en serio su vocación literaria hasta 1960. Es decir, cuando contaba con veintisiete. Yo, por mi parte, me la tomé tan en serio desde los dieciséis que ya con veintitrés no valgo un céntimo. Uno se agota de regar la tierra.
Pero sigamos. Los versos de la contratapa son realmente flojos. Hablan de talismanes y de nieblas y de mendigos con una literalidad mosqueada. Parece demasiado ingenuo este poeta. Como si no supiera que los poetas deben cuidarse de los otros poetas, es decir, cuidarse ellos mismos, y no a la poesía, que sabe cuidarse sola. En la poesía pernoctan, como en ningún otro lugar, los asteroides más inverosímiles, las verdades más hondas y rectas, los vértigos más irresistibles, pero también los patanes de toda clase, los farsantes más encumbrados y siniestros.
Si uno aprieta la tuerca y no trata el tema con esa debilidad del hijo pródigo, si uno exprime la ropa hasta dejar el centro, si uno enciende el mechero debajo de la herida, verá salir huyendo de la poesía, ridículos y sin rumbo, terriblemente asustados, a todos esos escribidores de tertulias (tan abundantes en Cuba), agazapados bajo el verso como las cucarachas bajo la alfombra.
No digo que Carlos Álvarez pertenezca a esa especie, o a alguna otra, porque no lo he leído, y  no se puede juzgar a un poeta por una pieza. Más cuando se tiene la idea que tengo yo de la literatura. He llegado a creer que incluso hasta los grandes libros adquieren plena justificación en una frase, en una línea escondida, disimulada en el maremágnum de la obra. O sea, el libro como la catedral que guarda una piedra pequeña. Una catedral que se ha construido no para sí, sino para que esa piedra cobre sentido, tal como un hombre cobra sentido en la extensión del universo, mientras el universo, a su vez, solo se explica por la presencia de ese hombre.
Dostoievski relató la historia de los Karamazov, a lo largo de mil páginas, para que Maxímov, un personaje, por demás, muy secundario, dijera así, como al azar, que lo habían agarrado y le habían dado de azotes. “Pero ¿por qué, por qué?”, le preguntó Mitia, descompuesto. Entonces Maxímov respondió: “pues por mi cultura. ¿Es poco eso para que le peguen a uno?” Lo sabemos. No es poco, es mucho, es una de las golpizas más grandes que le provoca el hombre moderno a sus iguales, y una de las condenas más perspicaces.
Uno lee un poema, pero como la poesía nos pone en evidencia todo el tiempo, solemos decirnos que no son más que versos. Hacemos como que nos lo tomamos en serio, pero solo unos pocos entre millones son capaces de tomárselo en serio desde los dieciséis o los veintisiete hasta el final. Yo he visto gente destrozada por la lectura: famélicos, histéricos, desnudos.
No pienso, pues, leer un autor con mi nombre, no pienso entrar en ese hueco. A Fabián Casas, uno de mis poetas actuales predilectos, le abrieron hace par de semanas un perfil apócrifo en Facebook. Acometieron el fraude con tanta eficacia que mostraron fotos de la infancia de Casas, fotos de Casas con sus amigos, citas de filósofos que Casas citaría y también escribieron poemas, he aquí lo tenebroso, que Casas fácilmente escribiría.
Obvio, Fabián Casas desmintió la treta, aclaró que ese no era él, y que no le interesaban las redes sociales. Todo el mundo le ha creído. A mí me han tomado mi nombre, mis datos, mis fotos con Víctor Mesa o con amigos, mis excentricidades, mis criterios sentenciosos, y los han colgado en Facebook también, casi diariamente, con inexplicable naturalidad. Me han hecho quedar en ridículo, demasiado expuesto, pero lo han hecho tan bien que no tengo forma de desmentir el truco, y de aclarar que ese muchacho virtual no soy yo. No han subido mis poemas, porque a eso no tiene acceso nadie, y porque ya sería demasiado, algo poco propio de los juegos que se reconocen como tal.
Pero qué pasaría, digo, si uno no es lo que cree ser sino su apariencia. Qué pasaría si en verdad uno es toda la debilidad y la catástrofe y la impudicia que muestra y no la persona que creemos mantener oculta, tan oculta que ni siquiera nos tomamos el trabajo de mirar de vez en cuando para ver si todavía sigue ahí (la mía ha echado a correr, cansada de la oscuridad, despavorida). Qué pasaría si en definitiva Fabián Casas sí fuera el Fabián Casas de Facebook y estuviese doblándole a todo el mundo por tercera no en las redes sociales, sino en sus declaraciones. Qué pasaría si lo apócrifo fuese, en realidad, lo verdadero.
Leopoldo María Panero, un esquizofrénico catalán, tomó un poema de Beckett, un breve diálogo titulado Electroshock, y lo tradujo al español. Luego lo publicó como si fuera suyo. Lo publicó como si fuera suyo sencillamente porque era suyo. Panero había vivido ese poema desde la primera línea y no tenía por qué escribir lo que Beckett ya había escrito antes, sin que por eso le perteneciese más. Uno mira la vida de Beckett y la vida de Panero y siente que el poema pertenece a este último.
No hay manera entonces, con el perdón de mi amigo Escalona, de que abra ese libro naranja de la Editorial Ayuso, no vaya a ser que Carlos Álvarez, nacido en Jerez de la Frontera, hacia 1933, haya publicado dos años después de la muerte de Franco los poemas que ahora estoy escribiendo yo.
(Tomado de OnCuba)