La parábola del continuo agresor

bombing for pace is like fucking for virginity

Lo volverán a hacer. Como esos guiones de los mejores bodrios del cine comercial, en los que ni se molestan por cambiar una coma de la trama, y a veces -como es el caso- ni los actores. El gobierno de Estados Unidos y sus compañeros de ruta se lanzarán otra vez sin el consentimiento de su pueblo (ni el de ningún otro pueblo) en una guerra que seguirá sumando muertos a la lista interminable, que enriquecerá al 1% mientras el resto pone la crisis, los ataúdes y los muertos que van en ellos.

Ahora es el turno de Siria y la trama se desarrolla según lo planificado: un escenario de una inestabilidad política extrema, una ola de levantamientos populares, un ejército de rebeldes que luchan contra la dictadura, un ataque químico de dudosa procedencia pero que será imputado al gobierno hasta en los libros de historia, un aumento de la palabrería patriotera y la retórica belicista por parte de los voceros del Eje del Bien.

Qué importa que la ONU esté o no de acuerdo, qué importa que Rusia y China movilicen tropas –pura pantomima, actores de relleno, figurantes sin derecho a un hueco en los créditos-, qué importa que la opinión internacional condene la agresión; el gobierno de Estados Unidos continuará rodando la 3ra Guerra Mundial en su nuevo set –sí, la 3ra Guerra Mundial; ¿qué cosa es sino eso que empezó en 2001, que ha involucrado a más de medio centenar de países, que ha tenido un costo superior a los 4 trillones de dólares (solamente para Estados Unidos) y 300 mil muertos, y con unas consecuencias económicas y políticas incalculables?-. Claro que, como las bombas no destruyen la lacónica Londres ni el toque de queda es en París, una parte del mundo apoya sin cargos de conciencia la cabeza en la almohada.

Mientras, en la soleada California, el séptimo mayor fuego en la historia del estado sigue imparable su rumbo, devorando hectáreas de bosque en el Parque Yosemite. Para enfrentar –es un eufemismo, apenas ha logrado detener el 20 %- semejante desastre, el gobierno de Estados Unidos destina solo 4 mil bomberos. No sé ustedes, pero veo algo de parábola bíblica en todo esto.

Para los interesados, algunos datos sobre la guerra contra el terrorismo:  http://costsofwar.org/

Gay Talese: "Una buena historia nunca muere"

El periodismo deportivo, género en el que Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) brilla a la altura de los más grandes, no es más que una de sus facetas, pero la verdad es que en él se encierra el ADN de su escritura: “En el Estado de Nueva York, a unos noventa kilómetros de Manhattan en dirección norte, al pie de una montaña, hay un antiguo club social abandonado. La pista de baile está cubierta de polvo; los taburetes del bar, patas arriba, y nadie recuerda cuándo fue la última vez que se afinó el piano…”. Así comienza El perdedor, uno de los 37 artículos que escribió Gay Talese sobre Floyd Patterson y recoge El silencio del héroe, la antología de crónicas deportivas de este autor que ahora publica en español Alfaguara. Al escritor no le interesan los momentos de gloria que aureolan el pasado del campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia, sino las heridas que dejó en su alma el sabor de la derrota. “El deporte”, dejó escrito Talese, “trata de gente que pierde, vuelve a perder y pierde una vez más. Se pierden encuentros; después se pierde el trabajo. Puede resultar muy intrigante”. Sí, ya lo sabemos, fue uno de los padres del nuevo periodismo. No es que la etiqueta esté gastada, sino que no vale a la hora de calibrar la estatura de este italo-americano de 81 años, autor de crónicas y libros memorables sobre la más diversa variedad de temas que quepa imaginar (las interioridades de la redacción de The New York Times, la Mafia, los estándares sexuales de los estadounidenses, la construcción del puente de Verrazano o las Torres Gemelas, la grandeza del anonimato en contraste con las pequeñeces de la fama). Vital, generoso, de conversación amena y desbordante, antes de iniciar la charla, Talese insiste en bajar unos momentos al búnker, como denomina al sótano plagado de cajas de cartón donde conserva las decenas de millares de notas y documentos que integran su archivo. Hijo de un sastre y una modista, obsesionado por los trajes de otra época, casado con Nan Talese, una de las editoras más reconocidas del mundo literario neoyorquino, con quien tiene dos hijas, si hay una palabra que resume todo lo que Gay Talese es y representa, basta con decir que es escritor. Sin adjetivos.

PREGUNTA: ¿Cuál fue su primer trabajo?
RESPUESTA: Chico de los recados en la sede de The New York Times,en la calle 43. Mi trabajo consistía en llevar café y sándwiches a los redactores y en llevar mensajes de un despacho a otro. Es el trabajo más importante que he tenido jamás, porque me permitía ver los entresijos del periódico sin que nadie reparara en mí. Era un edificio de 14 plantas que yo subía y bajaba sin cesar. Tenía acceso a todas las secciones: circulación, ventas, anuncios clasificados, el suplemento dominical, la revista de libros. La torre de marfil estaba en el último piso. Allí tenían sus suites los altos cargos y los propietarios, la familia Sulzberger. Conocí a todo el mundo: editores, redactores jefes, operarios, linotipistas, impresores, los conductores de los camiones de reparto. Fui testigo de rivalidades, de luchas por el poder, huelgas, piquetes, todos los cambios que experimentó el periódico a lo largo de una década.
P: Sus años en The New York Times quedaron reflejados en El reino y el poder. ¿Cómo fue el proceso de gestación del libro?
R: Hay un momento imborrable que lo cifra todo, la primera vez que puse un pie en la redacción, en 1953. Ante mí se abría el espacio gigantesco de la tercera planta, más de 400 personas, hombres y mujeres, tecleando frenéticamente en sus máquinas de escribir, fumando sin parar, en medio de los timbrazos de docenas y docenas de teléfonos. Lo primero que pensé fue que aquel era el lugar con menos mentirosos por metro cuadrado de todo Nueva York. En Wall Street, en la Junta de Educación, en el Ayuntamiento, en la Iglesia hay mentirosos a patadas, pensé, pero aquí no. Dos años después, cuando se cumplió mi sueño de ser reportero, sentí que pasaba a engrosar las filas de una profesión noble cuya máxima aspiración es ser fiel a la verdad. No digo que siempre se consiga, pero ese es el ideal que da sentido a una institución como el Times. El periodismo es una profesión honorable, y no estoy de acuerdo con quienes nos pronostican un futuro tenebroso, porque no hay nada más importante que la verdad. ¿Y quién se ocupa de decirla? Los Gobiernos no, ciertamente. El presidente miente; no este, todos. Siempre encuentran excusas para hacerlo: la seguridad ciudadana, la defensa nacional; no podemos decir qué estamos haciendo. Resulta irónico ver a Obama compungido porque el Senado no ha aprobado una ley que limite el uso de armas, cuando al mismo tiempo se dedica a enviar drones que sueltan bombas que causan la muerte de niños en numerosas partes del planeta. Si los periódicos no vigilan las acciones del Gobierno, ¿quién lo va a hacer?
P: ¿Por qué dejó The New York Times?
R: Sigo sintiéndome parte del periódico. Tengo allí muchos amigos, tanto de los viejos tiempos, aunque muchos han muerto, como entre los más jóvenes. Dejé de trabajar allí al cabo de más de una década, porque había llegado al máximo de mis posibilidades como reportero de plantilla. Lo que yo quería escribir necesitaba más espacio y más tiempo, y eso es algo que no es posible hacer en un periódico. El tipo de reportaje que me interesaba escribir solo se podía realizar en cierto tipo de revistas, y así fue como empecé a colaborar con Esquire, aunque irónicamente el primer trabajo que hice para ellos tenía que ver con The New York Times. Escribí un perfil sobre el periodista encargado de redactar los obituarios, un personaje anónimo, que son los que más me han atraído siempre. El artículo se titulaba Mr. Bad News. Por aquel entonces también colaboraba con Esquire Tom Wolfe. Fueron nuestros primeros pasos en una nueva forma de entender el periodismo.
P: Otra gran institución neoyorquina para la que nunca ha dejado de escribir es The New Yorker.
R: Publican cosas que ninguna otra revista se atrevería a sacar. Siempre he colaborado con ellos. Cuando hace años nombraron a su director actual, David Remnick, un joven periodista a quien profeso un enorme respeto, me llamó para decirme que contaba conmigo. Escribí un reportaje sobre los trabajadores que habían participado en la construcción del puente Verrazano, que une Brooklyn con Staten Island.
P: ¿Qué le llevó a volver sobre un asunto al que había dedicado un libro hacía casi 40 años?
R: En mi opinión, aunque se publique, nunca se llega a cerrar realmente ninguna historia. Siempre quedan resquicios que desembocan en otras historias. Si uno vuelve a algo escrito hace 10, 20, 30 años, siempre descubre cosas sorprendentes, y eso es lo que me ocurrió con esta historia. Publiqué El puente en 1964, cuando todavía trabajaba para el Times.Tenía dos días libres a la semana y los dedicaba a recopilar material para el libro. Iba al lugar donde se estaban llevando a cabo los trabajos de construcción, muchas veces por la noche. Usted ha visto cómo es el búnker, como llamo a mi estudio. Ahí lo tengo todo archivado en cajas. Una tarde, sería el año 2002, me fijé en la etiqueta que dice El puente y me pregunté qué habría sido de los trabajadores que construyeron el Verrazano, con quienes me había entrevistado tantas veces. Abrí la caja, me puse a repasar las notas y decidí hacer algunas llamadas telefónicas. ¿Qué habían hecho una vez concluida la construcción? Resulta que a muchos los habían contratado para la construcción del World Trade Center. Estoy hablando de especialistas en la construcción de estructuras metálicas a grandes alturas. Pertenecen a un sindicato que se ocupa de su contratación en obras públicas de gran envergadura. ¿Y qué sintieron cuando vieron que el resultado de su trabajo se había desvanecido en apenas unas horas cuando tuvieron lugar los atentados de septiembre de 2001? Su respuesta me desarmó. La destrucción no les había causado la menor sorpresa. ¿Pero cómo es posible?, les pregunté. ¿Qué quieren decir con eso? Sabíamos que aquello no valía para nada, no era una estructura sólida, las torres estaban hechas de aire, eran jaulas para pájaros. Nada que ver con la estructura formidable del Verrazano o de rascacielos como los de antes, el Empire State por ejemplo. Esas estructuras habrían aguantado el impacto de un avión, pero cuando erigimos las Torres Gemelas sabíamos que aquello era muy distinto. No se trata solo de que el arquitecto no fuera muy bueno, sino de la filosofía sobre la que se sustentaba la idea del World Trade Center. Lo único que querían hacer los promotores era maximizar el espacio, rentabilizándolo a fin de obtener el mayor margen de beneficio, alquilando la mayor cantidad de superficie posible. Así que cuando los aviones se estrellaron contra las torres, las atravesaron de lado a lado y antes de ponerse el sol se habían derrumbado, convertidas en columnas de ceniza y humo.
P: Ahora que lo dice, es cierto que en una ocasión se estrelló un avión contra el Empire State.
R: Exacto, y rebotó.
P: ¿Cuál es su estilo ideal?
R: Me gustan las frases largas, melodiosas, de estructura compleja, con elementos subordi­­na­­dos, como las que escribían Scott Fitzgerald o John Fowles, un gran escritor, hoy olvidado. Mi modelo son los grandes maestros de la frase larga.
P: Lo que usted hace no es ficción, pero su visión de la escritura no está muy alejada de la del novelista.
R: Creo que es legítimo escribir reportajes con las armas propias del contador de historias. Yo aspiro a ser un buen contador de historias,con un matiz importante, y es que no me aparto de los hechos y solo utilizo nombres reales. Hay grandes novelistas que han sido magníficos reporteros, como Graham Greene, John O’Hara o Hemingway. Yo escribo reportajes, y un reportaje no es ficción. Hay que poner mucho cuidado en no imaginar absolutamente nada. Que imagine el novelista. El escritor de no ficción tiene que trabajar el interior del personaje, su entorno, la atmósfera en que existe. Todo eso le da a la crónica un aire de ficción, pero hay diferencias y matices. En un buen reportaje, los hechos se han de subordinar al personaje, no al revés.
P: ¿En qué está trabajando ahora mismo?
R: Estoy haciendo un perfil para The New Yorker que cuenta la historia de un voyeur. En 1980, poco después de la publicación de La mujer de tu prójimo, mi libro sobre las costumbres sexuales de los americanos, recibí una carta anónima, remitida desde un apartado de correos de Denver, Colorado. Lástima no haberle conocido antes, decía, le habría contado algo de interés para su libro. Si alguna vez pasa por Denver, póngase en contacto conmigo. Todavía estaba haciendo la promoción del libro y le dije que podía hacer escala en la ciudad camino de California. Nos citamos en el aeropuerto. Si dispone de unas horas, me gustaría que viera algo. Decidí coger otro vuelo y me subí a su coche. Durante el camino me explicó que era millonario y que tenía muchos bienes raíces en Denver. Llegamos a un motel de su propiedad, donde me presentó a su mujer y me explicó que había 21 habitaciones, de las cuales 12 tenían un techo falso. Puedo ver y oír todo lo que hacen y dicen los clientes, dijo. Santo cielo, ¿y si se dan cuenta? No es posible, venga conmigo, quiero que lo vea por sí mismo. Me dijo que llevaba 15 años haciendo aquello. Tomaba notas de todo lo que veía y las conservaba en un archivo que puso a mi disposición. La única condición es que no podía decir su nombre, porque lo llevarían a los tribunales. Le dije que se lo agradecía, pero no podía hacer nada, porque en mis historias tenían que figurar los nombres reales de los personajes. A lo largo de los años, nunca hemos perdido el contacto. Nos escribíamos, hablábamos por teléfono. Su mujer falleció, se volvió a casar, y su segunda mujer se involucró aún más en la cuestión del voyeurismo, hasta el punto de que cuando llegaban nuevos clientes decidían en qué habitación alojarlos, como si fuera un casting. Por fin, el año pasado le dije: “Usted tiene 79 años y yo 80. No nos queda mucho tiempo. Si no me da permiso para utilizar su nombre, esta historia jamás saldrá. Se mostró de acuerdo y me autoriza a revelar su nombre cuando el artículo esté listo.
P: ¿Cuándo será eso?
R: No lo sé.
P: Creo que lo que procede ahora sería hablar del libro que dio lugar a la historia que me acaba de contar, La mujer de tu prójimo.
R: Ese libro estuvo a punto de costarme mi matrimonio. Surgió como una indagación acerca de la percepción que se tiene en la sociedad de lo que es obsceno, pornográfico o pecaminoso, asunto que puede tener consecuencias legales. Cuando aún trabajaba para The New York Times, tuve que cubrir algunos juicios por obscenidad. Recuerdo cuando un juez invalidó la acusación de obscenidad que pesa­­ba sobre El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence. De repente podía publicarse legalmen­­te. También recuerdo cuan­­do la homosexualidad era un delito que se podía castigar con la cárcel. En algunos Estados también se penaba con prisión el adulterio o si alguien de raza blanca mantenía relaciones sexuales con una persona de raza negra. Una noche, después de cenar con mi mujer en P. J. Clarke’s, un restaurante que queda a unas manzanas de aquí, vi que habían puesto un letrero luminoso que decía “Modelos desnudas”, y le propuse a mi mujer que subiéramos a investigar. Vete tú, me dijo. Estaban cerrando, pero volví al día siguiente. Las chicas que trabajaban allí eran muy jóvenes y casi todas tenían estudios universitarios. Me puse a indagar en sus vidas y a través de aquello vi lo mucho que había cambiado la actitud de mis compatriotas hacia el sexo. Era un negocio totalmente abierto al público y legal. Me puse de acuerdo con el dueño y durante un tiempo hice de mánager de aquel local. Las chicas trabajaban para mí, obteniendo información de los clientes y escribiéndola. Alguna escribía muy bien. Hice eso en varios locales. Completé mi estudio pasando una temporada en Sandstone, una colonia donde se practicaba el sexo libre en California. Los fines de semana podía haber hasta 200 matrimonios que participaban en fiestas donde se practicaba el intercambio de pareja. Cuando por fin publiqué el libro, no solo había puesto en peligro mi matrimonio, sino que mi reputación cayó por los suelos. No es que las reseñas fueran negativas; eran venenosas, salvo dos, una de un catedrático de Harvard y otra de Virginia Johnson, una de las autoras del famoso informe sobre la sexualidad de Masters y Johnson. Viví una situación con muchas facetas: por una parte, el libro tuvo ventas millonarias; por otra, tardé mucho en recuperar la respetabilidad.
P: Se presenta ahora en español El silencio del héroe, recopilación de sus mejores crónicas de periodismo deportivo. ¿Qué representa ese libro en su carrera?
R: Es un recorrido histórico por una de las facetas más relevantes de mi trayectoria como reportero. Hay piezas de cuando estaba en secundaria, de cuando estaba en la universidad y de mis primeros años como periodista deportivo en The New York Times hasta mis trabajos más recientes, como el perfil sobre Joe Girardi, el mánager de los Yankees, que es mi última colaboración para The New Yorker y que no estaba en la edición americana y yo he querido que se incluya en la española.
P: El libro recoge perfiles y reportajes que no se habían publicado anteriormente en ninguna revista.
R: Pasa a veces. En eso, el escritor comparte el destino del atleta: a veces se gana, pero también hay muchas veces que se pierde. Lo importante es no amilanarse nunca. He escrito historias que los editores después han rechazado, y luego las recupero en libros como este.
P: ¿De qué piezas guarda mejor recuerdo entre las antologadas en este volumen?
R: Yo diría que Alí en La Habana. Muchas veces me han dicho que esa crónica y Frank Sinatra está resfriado, que no es un reportaje deportivo, obviamente, son mis mejores trabajos. Tuve muchos problemas para publicar Alí en La Habana. Fue un encargo que me hizo The Nation, que tenía mucho interés porque cubriera el viaje de Alí a Cuba. Cuando lo entregué, me dijeron que habían decidido no publicarlo porque era demasiado largo. Entonces se lo ofrecí a The New Yorker, pero también lo rechazó. Pensándolo bien, la lista de rechazos es espectacular:Rolling Stone, G.Q., Esquire y Commentary tampoco lo quisieron. El problema era que lo que contaba en el artículo no era noticia. La noticia era que yo seguía los pasos de Mohamed Alí. Pero luego hubo un acto de justicia poética, y es que el artículo fue elegido entre los mejores ensayos del año 1997. Fue una pequeña venganza. En ese sentido encaja perfectamente con el espíritu de El silencio del héroe. Los protagonistas son ídolos caídos, héroes que han dejado de serlo. Floyd Patterson, disfrazándose para que nadie lo reconozca después de que lo dejaran fuera de combate, arrebatándole la corona mundial. Joe Di Maggio, el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos, entrado en años y hundido para siempre en el recuerdo de Marilyn Monroe,tratando de agarrar con precisión un bate. Creo que las mejores crónicas del libro son la de Di Maggio y la de Patterson.
P: ¿Y el retrato que hace de Joe Louiscuando es ya un hombre de mediana edad?
R: Según dicen, cuando Tom Wolfe leyó esa crónica, acuñó la expresiónnuevo periodismo. No sé. Según Tom, la lectura de esa pieza le permitió descubrir los engranajes de mi técnica, pero la verdad es que yo ya llevaba años escribiendo así.
P: Da la sensación de que la idea que sustenta su forma de entender el reportaje es la de permanencia. Le repugna la idea de escribir cosas destinadas al olvido. Se niega a que sus textos acaben en la papelera al día siguiente de ser publicados.
R: En mi opinión, una buena historia nunca muere.
P: ¿Se mantiene en contacto con Tom Wolfe?
R: Cené con él hace un par de semanas. Por cierto, vamos a aparecer juntos en una recopilación de artículos sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy que va a publicar Life Books. La historia es muy interesante. El día en que asesinaron al presidente Kennedy me encargaron que saliera a la calle para observar las reacciones de la gente. Me puse a dar vueltas por la ciudad y al cabo de no mucho tiempo me di de narices con Tom Wolfe. ¡Tom! ¿Qué haces? El reportero jefe me ha pedido que me dé una vuelta por Manhattan para ver cómo reacciona la gente al atentado de Dallas. Pues a mí me han pedido la misma historia. ¿Qué te parece si cogemos un taxi a medias y compartimos gastos? Estuvimos cuatro o cinco horas juntos. Fuimos a Chinatown, Little Italy, Wall Street, el Upper West Side, Broadway, y en ningún lugar vimos nada digno de mención. Nadie saltó por la ventana, no había gente tirada en el asfalto llorando. El ambiente de la calle era de total normalidad. Nos despedimos. Cuando volví al periódico, le dije a mi editor que me gustaría escribir acerca de la falta de emoción de la gente ante una noticia de tal calibre. Mejor déjalo, me respondió. Al día siguiente, lo primero que hice nada más levantarme fue comprar elHerald Tribune para ver qué había escrito Tom. Miré el periódico de arriba abajo y tampoco encontré nada. Ni rastro de nuestro paseo por la ciudad el día anterior. De modo que a los supuestos gigantes del llamado nuevo periodismo les habían encargado escribir acerca de algo tan potente como el asesinato de JFK y ninguno de los dos consiguió colocar su reportaje. El otro día, cenando con él, lo recordamos. Dos viejos sabuesos evocando los tiempos en que éramos unos jovenzuelos pletóricos de energía que cuando entregaron su crónica sobre el magnicidio de Dallas se la tumbaron. Y ahora que Life va a publicar un volumen con motivo del 50º aniversario del crimen, por fin van a ver la luz.
P: Mirando hacia atrás, ¿se arrepiente de algo?
R: No.
P: ¿Quién ha sido su mejor amigo?
R: David Halberstam [premio Pulitzer de periodismo en 1964]. Tuvo mucho éxito en vida, pero lo que le envidio es el éxito que tuvo en la muerte. Murió en 2007 en un accidente de coche, en California, cuando se dirigía a hacer una entrevista. Ojalá yo tenga una muerte así. No quisiera acabar mis días tirado en la cama de un hospital o en una silla de ruedas o con alzhéimer. Si supiera que me espera una muerte así, me saltaría la tapa de los sesos.
(Tomado de El País)

Junot Díaz vs Amazon (entrevista en El País)

Junot Díaz, un monstruo literario que ha revuelto las aguas de la escritura en Estados Unidos desde hace unos años, fue entrevistado por El País -intercambiará con los lectores el 1ro de mayo a las 6 pm, hora local- y dejó un montón de ideas brillantez y controvertidas que quisimos compartir. 


Por Eduardo Lago

Junot Díaz nació en Villa Juana, una barriada pobre de Santo Domingo, el 31 de diciembre de 1968. Tenía nueve años cuando su familia se trasladó a una zona industrial de Nueva Jersey. Su padre, policía durante la dictadura de Rafael Trujillo, había emigrado a Estados Unidos unos años antes, manteniéndose considerablemente alejado de los suyos durante todo aquel tiempo. Díaz descubrió el milagro de los libros por su cuenta. Recorría a pie las cuatro millas que separaban su casa de la biblioteca pública, donde una funcionaria guio sus primeros pasos como lector. A punto de entrar en los Marine, recibió una carta en la que se le comunicaba que había sido admitido en una modesta universidad. Su infancia y adolescencia estuvieron presididas por el signo de la pobreza y las duras condiciones de trabajo que tenían que arrostrar los miembros de su comunidad. Es de eso de lo que escribe. La publicación de su primer libro, Los boys, un volumen de cuentos, señaló la aparición de una voz como jamás se había dado antes en la tradición literaria norteamericana. Tardó 11 años en publicar su siguiente libro, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, novela que fue galardonada con el Pulitzer en 2007. Su tercer libro, Así es como la pierdes (Mondadori), se publica en España el 2 de mayo.

PREGUNTA: ¿Cómo ha pasado el día?
RESPUESTA: Leyendo manuscritos de los finalistas del Premio Pulitzer, que se anunciarán mañana.
P: ¿Ha sido alto el nivel de calidad de este año?
R: Altísimo, los miembros del jurado estamos de acuerdo en que ha sido un año muy potente.
R: No entre quienes ya conocían mi obra, pero el prestigio del premio ha proyectado mi nombre a otra dimensión. Por lo que se refiere a la escritura en sí, sigue siendo tan jodidamente difícil como siempre.
P: Su lengua materna es el español, pero escribe en inglés. ¿Cuál es su relación con los dos idiomas?
R: Cuando llegué a este país perdí el español y de adulto dediqué un gran esfuerzo a intentar recuperarlo. La sensación de pérdida es muy aguda y dolorosa. El inglés siempre ha sido una sombra gigantesca que se cernía sobre el español, pero también es cierto lo contrario. La sombra del español se cierne sobre el inglés. Para mí, hablar bien español siempre ha sido una obsesión, pero lo cierto es que mi español es mediocre, cosa que genera en mí un enorme sentimiento de culpa. Por otra parte, cuando hablo español soy otro, mi personalidad es distinta, más ligera.
P: ¿Qué pasaba en la cabeza y el corazón del niño que era cuando llegó a este país?
R: Me dio la sensación de haber llegado a otro planeta. La expresión choque de civilizaciones cobra pleno sen­tido si se aplica al contraste entre el noreste de Estados Unidos y el Caribe. El recibimiento que se nos dio fue muy hostil. Lo que más recuerdo es el odio. Odiaba tener que ir a la escuela, odiaba salir de casa y encontrarme en América. Todo me daba miedo. Miraba a mi alrededor y me parecía estar en un país de locos, y me decía: ya sé que nosotros llegamos aquí para mejorar nuestras vidas, pero, coño, esto es demasiado.
P: Sus historias levantan testimonio del sufrimiento de su comunidad. Me viene a la cabeza la escena de Otra vida, otra vez en la que un trabajador muere aplastado entre los engranajes de una máquina y todo el mundo trata de borrar las huellas del accidente.
R: Incluso dentro de la comunidad latina a la que pertenezco hay una considerable ignorancia de esas cosas. La generación de mi madre padeció todo aquello. El sufrimiento de esa generación es algo que no se ha explorado nunca. Piense en lo difícil que tuvo que ser para un niño vivir algo que solo ahora como adulto alcanzo a comprender someramente.
P: ¿Cómo era su entorno familiar?
R: Ultraconservador. Mi padre era policía militar y le parecía bien la dictadura de Trujillo. En mi familia casi todo el mundo tenía algo que ver con el ejército. Mi hermana mayor se casó con un tanquista, mi hermano estuvo en el ejército hasta que el cáncer lo apartó del servicio activo. Mi hermano el pequeño y dos sobrinos son marines y han combatido en Afganistán e Irak. Yo me libré de milagro. Entre los marines que venían a reclutar chicos a mi colegio había uno con el que me entrevisté como cuarenta veces. Me salvó la carta de una universidad en la que me comunicaban que me habían aceptado.
P: ¿Recuerda sus primeras lecturas?
R: Cuando tenía siete u ocho años cayó en mis manos una serie de biografías de los grandes iconos de la nación norteamericana, gente como Abraham Lincoln o Thomas Edison. Solo había tres mujeres. Lo que me más me impactó de aquellas biografías fue el trasfondo violento del país. Todo remitía a alguna guerra. Había una mitología bélica que lo presidía todo y que a mí me perturbaba profundamente. Luego hubo otro tipo de lecturas que ejercieron una influencia muy profunda en mí, como los primeros libros de Arthur Conan Doyle y las novelas de ciencia ficción de H. G. Wells.
P: Su afición por ciertas formas de la literatura popular, el cine y el cómic son muy importantes en su manera de entender la escritura.
R: Me encantan los llamados subgéneros, las novelas de terror, de ciencia ficción, el género romántico, aunque lo que más me gusta leer son los libros de historia. Como jurado delos Pulitzer, es esa la categoría en la que soy más combativo. Sobre todo me interesan los recodos más ocultos de la historia y sus manifestaciones más extremas, las situaciones excepcionales. Se da una conexión entre lo que ocurre en esos momentos históricos excepcionales y la importancia de los subgéneros literarios, que exploran los aspectos menos conocidos de una manera que no está al alcance de la literatura realista.
P: ¿Puede profundizar en esa idea?
R: La llamada literatura realista es muy limitada a la hora de explorar ciertos problemas. En mi opinión, el realismo, como estrategia narrativa, falla miserablemente a la hora de explicar circunstancias como, pongamos por caso, una guerra civil, situación en la que se destruye el tejido cívico de la sociedad. Por la herida que deja abierta una guerra civil se escapan emanaciones fantasmagóricas muy difíciles de atrapar. El realismo no sabe qué hacer con eso. Es incapaz de captar las dimensiones más sutiles de todo un entramado de emociones fugitivas, sentimientos espectrales que se producen en situaciones históricas extremas. Lo mismo ocurre con las novelas de dictadores. Si se escriben en clave realista, no logran atrapar el fondo de terror, lo más problemático de las heridas que abren las dictaduras.
P: ¿Es esa la razón por la que abordó en clave no realista la historia del trujillato en La maravillosa vida breve de Óscar Wao?
R: Es que de otra manera habría sido imposible. En eso consiste el fallo de La fiesta del Chivo, que por lo demás es una excelente novela.Vargas Llosa fracasa en el intento de llegar al fondo de la historia de un episodio muy importante de la historia de mi país. No consigue capturar en modo alguno los matices más sutiles de lo que significa vivir en una sociedad secuestrada como lo fue aquella.
P: ¿Qué opinión le merece la manera de abordar la dictadura de Trujillo que lleva a cabo Julia Álvarez, escritora latina de origen dominicano que escribe en inglés, igual que usted, en En el tiempo de las mariposas?
R: Me parece mucho más lograda, en el sentido de que consigue llegar al corazón de un asunto sumamente turbio y misterioso. Julia Álvarez cuenta la historia aterradora del secuestro, violación y asesinato de las hermanas Mirabal, realizando un retrato de las prácticas de Trujillo como depredador sexual en clave de feminismo gótico, lo cual le da una enorme agilidad a su narración. Hacer de mi país una suerte de territorio fantasmagórico, cuyo centro de gravedad es el motivo de las violaciones, la brutalidad de las transgresiones sexuales perpetradas por el dictador. Así revive un tropo muy característico de la literatura gótica escrita por mujeres. Julia Álvarez aborda con suma inteligencia una situación en la que toda una sociedad enloquece febrilmente ante el poder del cuerpo femenino. Llega así mucho más lejos que llevando a cabo una servil narración de los hechos.
P: ¿Cuáles son sus referentes literarios?
R: En mi caso, quienes mejor me han ayudado a entender el verdadero ser de este país son las escritoras negras. Siempre he pensado que si alguien comprende a un nivel profundo por qué ocurren ciertas cosas son ellas. Les debo lo que soy como escritor. Mi pasado, mi presente y mi futuro lo explica perfectamente alguien como Toni Morrison.
P: ¿Qué opinión le merecen Cormac McCarthy, Thomas Pynchon, Don DeLillo o Philip Roth, todos ellos varones de raza blanca?
R: Son los mejores escritores vivos de Estados Unidos. Hablar de alguien como Jonathan Franzen, pongamos por caso, no tiene el menor interés, pero hablar de Cormac McCarthy sí. McCarthy ha entendido el verda­dero ser de América como muy pocos. Comprende las terribles raíces apocalípticas que llevan a la locura inenarrable, carismática, escatológica, que subyace a la realidad del país, y que de repente explota en las noticias que nos sorprenden en los periódicos como una bofetada. ¿Y qué quiere que le diga de Philip Roth? Yo soy de Nueva Jersey, y no es posible escribir sobre Nueva Jersey sin tener en cuenta a Philip Roth. Es un narrador formidable, formalmente muy interesante. Cierto que sus personajes femeninos son para darle de bofetadas, pero sus panoramas novelísticos son fascinantes. No, no, no… Cormac McCarthy es muy importante para mí. Philip Roth es muy importante para mí.
P: ¿Y Don DeLillo?
R: Inconmensurable. De hecho, creo que a pesar del reconocimiento de que goza, no se le ha valorado suficientemente. La deuda de la literatura norteamericana para con Don DeLillo es inmensa. Y lo mismo vale para Doctorow.
P: ¿Y qué hacemos con alguien tan difícil e inclasificable como Thomas Pynchon?
R: Pynchon es lo máximo. Es necesario decir que esa generación hizo los deberes con nota, man. Hay mucho que reconocer y emular en el trabajo de esos tigres. Cuando lees a Pynchon por primera vez es como si te hubiera dado un calambre. No sabes lo que ha pasado, pero luego te das cuenta del milagro. Jamás se me ocurrió pensar que fuera posible escribir una literatura tan delirante que se puede decir que raya en la locura y, sin embargo, al final todo encaja perfectamente.
P: ¿Qué opinión le merece Annie Proulx?
R: Me encanta Annie. Es tan jodidamente buena que resulta ridículo. Sus novelas son joyas, pero sus cuentos son todavía mejores. Es una de las grandes cuentistas de este país.
P: ¿No cree que se podría escribir la historia de la narrativa norteamericana hablando solo de los cuentistas?
R: Sin duda, una de las mayores aportaciones de la literatura norteamericana al resto del mundo es la tradición del relato breve. Hay verdadero fervor por este estilo, y no lo digo solo por los creadores. Hay revistas especializadas dedicadas exclusivamente a ello, así como un gran público lector que es devoto del género, siempre lo ha habido.
P: Aunque usted ha sido muy crítico con él, considera que la llegada de alguien como Obama a la Casa Blanca es un hito en la historia reciente de este país.
R: Para mí, la elección de Obama es un ejemplo más de la voz de los jóvenes que están hartos de cómo se están llevando las cosas a escala mundial. La misma inquietud que instaló a un negro en la Casa Blanca es la que sacudió en su día la plaza de Tahrir en El Cairo o los indignados de Wall Street.
Todo eso no es más que el principio de un vasto movimiento que recorre todo el mundo. Es algo subterráneo que está poniendo en relación un montón de fuerzas aparentemente inconexas, a los jóvenes con las fuerzas progresistas díscolas que hay en las maquinarias de los partidos, todo al margen de las estructuras de poder establecido. Estamos atravesando un momento histórico cuyas consecuencias apenas hemos empezado a vislumbrar. La presencia de Obama en la Casa Blanca, con todos los fallos y decepciones de su gestión, no es más que un síntoma. Que Estados Unidos pudiera tener un presidente negro era algo inimaginable hace muy poco tiempo, pero lo más importante es repetir hasta la saciedad que el motor de todos esos cambios es la frustración de las nuevas generaciones, que han comprendido que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. Asuntos como el matrimonio gay o la presencia de gais en ciertas instituciones son también síntoma de la misma necesidad de cambio. Y no estamos más que al principio. Creo que la historia nos deparará a todos una sorpresa gigantesca pronto.
R: Estamos atrapados en los engranajes de la maquinaria aterradora de los servicios de inmigración, que ataca no solo a los sin papeles, sino incluso a los inmigrantes legales. El desencadenante fueron los atentados del 11 de septiembre de 2001. El ataque se convirtió en una especie de referéndum que dio lugar a un pogromo contra los latinos. Es un odio tóxico que no sé muy bien cómo describir, una especie de movimiento xenófobo que se ha extendido por todo el país. Me causa un placer inmenso ver a los republicanos atrapados en una situación de la que no se pueden zafar. La reforma de la ley de inmigración se va a aprobar, vamos a tener algo mucho mejor de lo que hay ahora, y más vale que se den prisa para hacerlo antes de que Hillary Clinton se presente a las próximas elecciones, que según las predicciones va a ganar. Les va a doler más que una estaca clavada en el corazón de un vampiro, pero no tienen otro remedio.
P: ¿Cuál es la raíz de ese miedo?
R: La resistencia a modificar la estructura del poder político. A fin de conservar su su­premacía, la mejor estrategia es demonizar a un sector concitando el odio de los electores contra él. Y mientras tanto, abandonan por completo a sus bases, al electorado constituido por los blancos pobres, cuyo voto nunca les falla. No mejoran sus condiciones, recortan los programas sociales, pero a cambio les dan una compensación psicológica, haciéndoles creer que son unos privilegiados por no ser negros o hispanos, sino miembros de la raza superior. A sus hijos los mandan a las guerras que tienen por todo el mundo como carne de cañón. Resulta increíble que un nacionalismo supremacista tan extremo funcione, pero es así.
P: Usted es profesor de escritura creativa en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). ¿Sus estudiantes leen?
R: No. Están todo el día enganchados a sus maquinitas, pendientes de las redes sociales. MIT es un lugar muy sofisticado. Los estudiantes inventan aplicaciones con la misma facilidad con la que hacemos café.
P: ¿Y no puede ser que hayamos llegado a un punto de la historia de la cultura en la que la lectura ha dejado de ser relevante?
R: Sinceramente, no lo creo. Todavía tiene que venir alguien capaz de demostrarme que existe un espacio de deliberación y pensamiento mejor que un libro.
P: Pero usted mismo me acaba de decir que sus estudiantes no leen.
R: Creo que habría que situar esto en un contexto más amplio. La Universidad como institución ha dejado atrás los valores de la educación para sustituirlos por un modelo de negocios. Mis estudiantes creen que están allí para conseguir un puesto de trabajo.
P: ¿Qué sentido tiene que estudien escritura creativa?
R: La mayoría de los que se matriculan lo hacen por motivaciones narcisistas. Además que creen que escribir bien es algo que está al alcance de cualquiera, a diferencia de lo que puede ocurrir con oficios que exigen un serio esfuerzo y dedicación como la danza o la música, pongamos por caso. Da la sensación de que se matriculan porque hay una terrible demanda de escritores, como si todo el mundo leyera un promedio de 500 libros al año y no hubiera suficientes títulos para saciar la increíble sed de los lectores, cuando la situación real es la contraria. Nadie lee, pero anda el diablo, hay un maldito reguero de escritores sueltos por ahí. La realidad es que la literatura es una tarta cada vez más pequeña que hay que repartir entre muchos.
P: ¿Por qué es cada vez más pequeña?
R: Porque las corporaciones invierten miles de millones de dólares para asegurarse de que sea así. En 1983, cuando yo era todavía un adolescente, el Gobierno federal imponía severas restricciones a la publicidad destinada a los jóvenes. Había franjas horarias y medidas precautorias destinadas a proteger a la gente joven. Hoy día son víctimas de un ataque masivo. Cada joven es un objetivo ambulante sobre el que las corporaciones se lanzan despiadadamente a fin de asegurarse que no les queda un solo momento libre. Para cada instante de ocio hay un artilugio de consumo al que son adictos. Los jóvenes son consumidores a quienes no se deja en paz un solo instante. ¿Cómo van a desarrollar la capacidad necesaria para disfrutar el arte con la tranquilidad que exige la contemplación estética cuando los están bombardeando con productos edulcorados de bajísimo valor nutritivo, entretenimiento basura? El problema de Estados Unidos es que el país está enganchado al consumo de bazofia cultural, por la sencilla razón de que es lo que las corporaciones necesitan para seguir ganando dinero de manera incontrolada. Piénselo bien: cada vez que un joven abre un libro es tiempo que pasa sin pulsar botones, sin entrar en Facebook, sin pedir papel higiénico por Amazon. Si a una chica o a un chico les da por leer poesía, se salen de la cadena de producción de dinero y obtención de beneficios. A las corporaciones les resulta insoportable la idea de que nadie le dedique a una novela las 20 o 30 horas que exige su lectura. Las multinacionales han secuestrado la imaginación de los jóvenes y no les van a dejar volver a la lectura. No. Fucking. Way.
P: ¿Cómo ve la situación de la industria editorial?
R: Hay un tiburón en la bañera que amenaza con devorarlo todo; me refiero a Amazon. Yo escribo muy despacio. Cuando publiqué mi primer libro, en 1996, las cosas no se hacían por Internet. Los manuscritos me llegaban por correo, los revisaba y los devolvía. En 2007, cuando publiqué Óscar Wao, Amazon ya formaba parte del panorama, aunque no era el monstruo insaciable de ahora. Todavía existía Borders, pero aún no había redes sociales. La gente no sabía qué era un tuit. Y ahora publico Así es como la pierdes y todo es a través de las redes sociales. Barnes and Noble está en sus últimos estertores, Amazon es una bestia negra de dimensiones incalculables y todo el mundo lee en Internet. No quiero pensar en cómo serán las cosas cuando publique mi próximo libro. Y no es todo: con cada cambio de modelo tecnológico, la cosa empeora para el autor. Cada avance parece tener como objetivo perjudicar al creador. Scott Turow publicó un editorial en The New York Times denunciando la situación: los escritores ganan cada vez menos pese a que los beneficios que generan son cada vez mayores.
(Tomado de El País)

Lincoln


Por Rolando Pérez Betancourt, (Tomado de Granma)

Lincoln de estreno. El Lincoln de Spielberg, sin intención peyorativa, que ya se sabe que hay tantos Napoleón como directores empeñados en asumir el personaje, y lo mismo sucede con cuanta figura histórica cobre vida en pantalla.

Para bien y para mal, Lincoln ha estado en la boca de muchos. Mientras algunos le aplauden sus virtudes técnicas, otros le critican, esencialmente, su tono didáctico (que lo hay) y su desarrollo bastante denso, muy lejos del cine de Steven Spielberg.

Lincoln fue una de las películas más publicitadas del pasado año y obtuvo 12 nominaciones al Oscar. Pero a medida que transcurrieron los meses fue perdiendo fuerza y solo obtuvo dos de esos galardones, el principal, el Oscar al mejor actor (indiscutible) que obtuvo el inglés Daniel Day Lewis por su desempeño como el décimo sexto presidente de Estados Unidos, un político que procuró evitar la disgregación de la Unión durante la Guerra Civil, que abolió la esclavitud y que sin duda es recordado en el imaginario público por su honestidad y fortaleza de espíritu.

Spielberg no realiza un biopic tradicional que abarque desde el nacimiento hasta la muerte de Lincoln ––que esa biografía la hizo de manera un tanto simplista David Griffith en el año 1930––, sino una historia que centra la acción en los últimos cuatro meses de la vida del presidente, el periodo durante el cual se abolió la esclavitud y terminó la Guerra Civil. En ese tiempo se confecciona un retrato íntimo del hombre y del político y se centra el interés dramático en el debate de la famosa décimo tercera enmienda propuesta por Lincoln a favor de otorgarles la libertad a los esclavos.

Política, politiquería, maniobras de todo tipo —delante y detrás de las bambalinas—, con tal de obtener cada bando en disputa lo que se propone: los republicanos de Lincoln, que se apruebe la enmienda antes de finalizar oficialmente la guerra ––que ya estaba a favor de ellos––, y la dirigencia de los demócratas, impedir ese beneplácito al precio que sea.

Minucioso trabajo de reconstrucción en el que se destacan el espíritu de la época, las expectativas de los esclavos, el peso de la guerra ––a manera de telón de fondo–– y como sostén, la figura de Abraham Lincoln, a la que el director se acerca con respeto para presentarlo como un hábil estadista moviéndose en un escenario tortuoso, incluyendo la vida en familia.

Spielberg evita en buena medida el Lincoln santificado en monumentos y demuestra que, cuando fue necesario, se apoyó en métodos poco ortodoxos con tal de ir ganando, voto a voto, la pelea que se traía entre mano. Sin embargo, hacia los finales, no puede sustraerse de recursos poéticos de subrayada dulzura (ese Lincoln surgiendo de la luz de un candelabro), con lo cual vuelve a demostrar su tendencia al sentimentalismo. Su filme pretende objetividad, y debe haberla, pero resalta demasiado el tratamiento simpático que hace de los republicanos de Lincoln “los muchachos buenos” de la historia, y de los demócratas envueltos en la discusión del Parlamento, una cuadrilla de malvados rompe huesos. En tal sentido, faltan sutilezas artísticas y sobran maniqueísmos.

Lincoln recaba de atención para disfrutar de su trama y de sus aciertos artísticos, como ese interés de cambiar el ojo de la cámara y centrarlo a ratos en lo que parece menos importante para contar desde allí lo trascendente.
El hecho de centrarse el filme en solo cuatro meses, hace que muchos aspectos polémicos vinculados a la figura del presidente queden fuera, entre ellos las grandes diferencias económicas entre el Norte y el Sur (esclavitud de por medio), la evolución social de Lincoln al paso de los años ––que no fue siempre él un convencido de darle la libertad a los esclavos—, las simpatías, hacia el final de su vida, por los socialistas utópicos alemanes, y hasta la corta correspondencia que sostuvo con Carlos Marx, cuando este le escribió para felicitarlo por lo que estaba haciendo.


Un Lincoln que también sería la mar de interesante, pero el que Spielberg ––que no es él ni Costa-Gavras ni Oliver Stone–– jamás filmaría.

Sinister: el fracaso del intergénero


Por Javier Montenegro

Cuando uno se enfrenta a una película de fantasmas, de monstruos y demás cosas fantásticas, casi nunca le entra al asunto de espalda y enjabonado. La carpeta con la película siempre viene con un póster o uno hace la tarea y se lee la sinopsis; todo esto provoca un pacto: cuando nos sentamos (también puede quedarse de pie o acostado) a ver la cinta, corremos ciertos límites que por lo general son inadmisibles. El ejemplo más sencillo es el de los asiáticos voladores: si no estamos acostumbrados o aceptamos de antemano la ligereza kilográmica de los japoneses, chinos y compañía, se nos hace imposible disfrutar la historia.


En el caso del cine de terror,las fórmulas y clichés están bien definidos e intentar saltárselos es muy peligroso. Para mezclar géneros se necesita mucho talento o mucha experiencia. En Sinister, la combinación entre el suspense-thriller-policiaco y los fantasmas fracasa de manera estrepitosa. De un inicio las cartas en la mesa nos señalan a un hombre de carne y hueso, un asesino en serie metódico, y aunque se respira un aire espectral a ratos, la cuestión no sobrepasa los sustos. El problema real en este tipo de cine es el momento mágico del cambio de género. Cuando vi un Cuento de Fantasma, de Kenji Misumi, el autor ya nos anunciaba desde el título la presencia de los muertos y por eso el cambio brusco no molestaba tanto, más bien se disfrutaban los recursos empleados por el autor.

En Sinister falla. La idea no es mala: el investigador que no cree en nada paranormal se muda a la casa de los asesinatos para estar bien cerca de los hechos; por su mente jamás pasó la existencia de un ente legendario que controlase a sus víctimas. Eso está muy bien, pero cuando uno da el salto entre un mundo real y otro desconocidoel manejo de los hilos es esencial, no puede aparecer de pronto el rostro de un fantasma cuando todo apuntaba a un sicópata. Ahí se derrumba todo. En Los otros o en Sospechosos habituales (esta no es de fantasmas pero el ejemplo del final inesperado es válido) los cambios bruscos son efectivos porque las escenasmás impactantes de la cinta nos sirven como punto de viraje, son válidas para ambas historias, la que creíamos real en un inicio y la nueva verdad; además, ambas se guardaron el último golpe para el final; ese es otro de los fallos en Sinister, a mediados del metraje ya conocemos cómo terminará. Si vas a violar el pacto realizado en un inicio con el espectador, debes prepararlo y mostrarle el camino con algunas pistas, no pegarle un jab en la mandíbula cuando menos se lo espera, porque si se recupera del conteo de protección, tira la toalla y apaga el televisor, o como mínimo, se predispone por el resto de la cinta.