Regreso al cine

festival-internacional-del-nuevo-cine-latinoamericano-la-habana-cuba

Es temporada de Festival. Temporada de marcar en el diario las 100 películas que queremos ver, de galopar 23 arriba y 23 abajo desde las 9 de la mañana hasta pasada la medianoche, cumpliendo un cronograma que nos parecería imposible y ridículo si se tratara de cualquier otra cosa. Temporada de sacar vacaciones bajo la manga, de venir desde cualquier rincón del país para quedarse en casa de esa tía que solo vemos en esta época del año y que no nos cae demasiado bien, todo para poder disfrutar de diez días ininterrumpidos de gran pantalla. Temporada de comer pan con perro o de llevar tu refrigerio a cuestas, de dormir poco o casi nada, o de dormitar durante los filmes que no logran atraparnos (no conozco mejor calificador para una película que el nivel de sueño que provoca a un espectador en una sala). Temporada de cruzarse con las celebridades locales y extranjeras como si fuéramos una versión tropical y descafeinada de Cannes. Temporada de colas interminables e histeria colectiva para ver los filmes cubanos que luego se mosquean en todas las salas de barrio durante meses, al mismo tiempo que buena parte de la más destacada realización cinematográfica mundial del año pasa inadvertida para casi todos excepto para el puñado de fanáticos de siempre. Temporada de desempolvar las bufandas y ahogarse con ellas a pesar de los inexcusables –con mucha suerte– 25 grados de temperatura. Temporada de acabar el día en un bar Esperanza que a pesar del nombre que lleva siempre deja un sabor agridulce. Temporada de respirar, caminar, comer, conversar, amar, odiar, soñar en clave de cine.

Nos vemos en las butacas.

Anuncios

Tres caníbales, un cerrajero y el arte de contar historias

La hora de los canibales
La hora de los canibales

Hay ciertos tintes macabros en la música que acompaña a los protagonistas de La hora de los caníbales (Zeit der Kannibalen) que nos avisan que este cuento no va a tener un final feliz. Y sin embargo los minutos repletos de humor ácido que acompañan a estos seres nos hacen olvidarlo la mayor parte del tiempo. Johannes Naber demuestra que el cine es la comuníón de muchas partes, pero el eje de ese maravilloso mundo es la historia.

Una habitación de hotel, tres protagonistas y un puñado de extras le bastan al director alemán para asomarse al incomprensible universo que es la condición humana y de paso regalarnos una crítica finísima al sistema financiero capitalista y la globalización neoliberal (no se asuste, ninguno de esos sintagmas aparece nombrado a lo largo del filme).

La historia es maravillosamente sencilla. Öllers (Devid Stresow), Niederländer(Sebastian Blomberg) y Bianca März (Katharina Schüttler) son tres asesores financieros que viajan por el mundo sin verlo, enclaustrados en asépticas habitaciones de hotel desde las que imparten sus recetas económicas. En Lagos, Nigeria, los sorprende un cambio radical de la corporación para la que trabajan y la alteración del orden social de esa ciudad tercermundista en la que nunca ponen un pie. A pesar de su aparente disparidad, las situaciones en las que se ven envueltos nos los descubren como tres tonos de una misma nota, tres maneras diversas en las que se expresa este depredador que llamamos ser humano.

La manera en que soluciona la historia, la admirable economía de recursos y el permanente sabor agridulce de la sonrisa que nos saca a cada paso hacen de La hora… una verdadera joyita en este Festival, una de esas películas que bien valdría la pena tener a mano para repasar a cada rato y recordarnos por qué el cine es considerado arte.

***

El_cerrajero-700279657-large

Mi amigo Javier Montenegro y yo, que ya pasamos el primer quinquenio de cinefilias compartidas, tenemos la superstición de que una vez que damos con una muy buena película debemos parar de ver filmes ese día. Pero ahora que somos miembros de la clase obrera y no podemos darnos el lujo de vagar de sala en sala como otros años, hacemos conceciones y vemos los filmes que podemos, a la hora que podemos.

Por eso rompimos conscientemente nuestra regla y seguimos del Riviera rumbo al cine Chaplin, a descubrir qué había tras esa historia que llevaba el críptico nombre de El cerrajero. Y vaya que nos pesó. Durante una hora y 17 minutos fuimos víctimas de un filme que se las arregla para recoger el tedioso tempo característico de cierto cine hecho en Latinoamérica y una historia que se debate entre el realismo mágico y una búsqueda existencial (sin que llegue a salvo a ninguna de las dos orillas).

Sebastián es un cerrajero con una inexplicada depresión que de repente descubre secretos de las personas que lo contratan cuando toca sus cerraduras. Ya. Personaje más personaje, personaje menos; intento de trama más, intento de trama menos, ese es todo el filme. Eso es lo malo de una zona bastante amplia del nuevo cine latinoamericano. Que a veces se pierde en los adjetivos y se lo olvida que lo más importante de todo es contar algo y hacerlo bien.

El Festival de Cine, Cuba y la metáfora

El último día del Festival de Cine, cuando ya creía que había visto todo lo que me podría interesar; compré un diario del evento más por matar el tiempo que por otra cosa. Afortunadamente. Allí, al final de un manojo de olvidables papeles gaceta, encontré lo que considero una lección periodismo y escritura. Su autor, Liomán Lima, es uno de esos tipos a los que admiras y aunque no lo conoces lo suficiente, no dejas de sentir como propias sus victorias. Y estas, quién lo duda es una de ellas. Los dejo con la crónica.

El Festival de Cine, Cuba y la metáfora

Por Liomán Lima

No sé si pasará en otros lugares del mundo (el bloqueo y el mes que falta para el 14 de enero no me lo han permitido comprobar), pero al menos en Cuba, la proyección de cualquier película en el Festival de Cine se convierte en una exquisita metáfora del país y su Historia, como si toda la isla y sus años se resumieran en muchas horas y media, durante 10 días, cada diciembre.

Y si no me cree, fíjese hoy mismo cuando vaya a cualquiera de las tandas:

En los cines de Cuba, como en Cuba, hay gente que se va y gente que se queda. Hay quien prefiere ciegamente lo extranjero, y quien defiende, mambisamente, lo autóctono. Está el que habla cuando debe callar y el que calla cuando debe hablar. Quien no le gusta lo que ve y no lo dice, y quien tampoco le gusta y dice que le encanta. El que aguanta discursos de hora y media y mentiras mal contadas, y el que protesta y se levanta. Y está claro también, el que lo manda a hacer silencio…

En fin, que por haber, lo que se dice haber, está el que va a ver y que va a que lo vean, el que va a noviar, a disfrutar, a estudiar, llorar, reírse, conversar, socializar, fantasear, orinar, ligar, y en fin, a otras tantas, pero tantas cosas…

Volvamos al tema. Como les decía, las semejanzas entre Cuba y el Festival son incluso arquitectónicas: hay cines cuidados y pintados como barrios modernos, estilo Miramar (el Chaplin, Infanta); cines antiguos y reparados por partes, como La Habana Vieja (el Yara) y cines decadentes, onda Pogolotti o Los Pocitos (el Payret, el Riviera, sin aires acondicionados y con las puertas laterales abiertas por los olores a mono mojado).

Y es que llega tan lejos la semejanza que a veces parece la negación misma de la metáfora, como si el símbolo fuera sustituido o vencido por la propia realidad. Como si ir a ver una película en Cuba, durante el Festival, fuera como vivir en Cuba el resto del año, cuando no hay Festival: la gente se escapa de los trabajos… para ir el cine, hace colas… para ir al cine, pasa hambre… por el cine, y por el cine practica, sin salir del país, hasta las más nobles y desinteresadas fórmulas del internacionalismo proletario.

Pero no en todos son equivalentes. En algunos sentidos, son perfectamente opuestos Cuba y Festival: frente a los cines se forman grandes aglomeraciones, pero la gente se va de forma voluntaria; de los cines se puede salir sin permiso, pero para entrar se necesita un pasaporte (el pasaporte no lleva fotos ni sellos, se compra a precios módicos, pero debe actualizarse cada año y por el mismo valor); el cine ofrece una historia ya contada que no podemos cambiar, y Cuba, una historia que todavía se construye; en el cine somos espectadores y en Cuba deberíamos ser protagonistas…

En fin, que el Festival dura menos de medio diciembre y Cuba queda, en su trastornada realidad esperando que llegue nuevamente el último mes del año para reinventar la metáfora, para volver a verse en los cines de La Habana como frente a un espejo, es la imagen difusa de lo que es y de lo que pudiera llegar a ser.

Violeta se fue a los cielos, mi mejor apuesta en el Festival de Cine

Fotograma de Violeta se fue a los cielos, película de Andrés Wood concursante en el Festival de Cine
Fotograma de Violeta se fue a los cielos, película de Andrés Wood concursante en el Festival de Cine

Este es un texto a deshora. Una amiga me comentó que Violeta se fue a los cielos fue exhibida hace meses en nuestras salas. Aunque era una de las pocas películas que tenía seleccionada para ver desde un inicio, tardé una semana en dar con ella. Lástima. Seguir leyendo

Elefante blanco, ¿quiso Trapero abarcar mucho?

Cartel de la película Elenfante blanco, competidora en el Festival de Cine
Cartel de la película Elenfante blanco, competidora en el Festival de Cine

Pablo Trapero nos ha demostrado con su filmografía que no teme abordar acuciantes problemas de la sociedad argentina. Su Leonera y Carancho son cartas credenciales más que suficientes para afirmar que hay en él una necesidad vital de plantear las caras duras de la realidad. Seguir leyendo