El Cañonazo 2015 VIII y final (corte del director)

Día 9 y 10

Mi última reunión en el Comité Organizador de la Feria. Esto casi se acaba. No sé por qué, pero estoy extrañamente descansado. Y eso que me acosté a la una de la mañana leyendo esas joyas en miniatura que son los poemas de Eugenio Montale reunidos en Cuaderno de cuatro años (tengo que cazar y entrevistar cuanto antes a los culpables que están detrás del maravilloso trabajo de la colección Ático). El caso es que saqué del fondo del refrigerador dos cápsulas de estimulantes, y ando fresco como turco salido del baño.

A pesar de las largas jornadas, a pesar del stress diario, a pesar del desgaste y de las consecuencias del desgaste, voy a extrañar esto. La selección de un equipo con ganas de trabajar. La planificación de una cobertura capaz de informar y reflexionar en el mínimo espacio que permiten las cuatro páginas de un pequeño periódico. El trabajo de artesanos que cada noche hacemos Tamara, Disamis y yo. Esos minutos en que me siento detrás de la comandancia del Che a mirar La Habana encenderse mientras anochece.

Ya sé que se notan mis ganas de seguir haciendo esto, pero quién carajo logra algo así en Cuba todo el año. Nos vemos del otro lado de la bahía.

 

El Cañonazo 2015 VII (corte del director)

Día 7 y 8

Estoy cansado. Tanto que tuve que empatar un día con otro en este diario, y no por falta de tiempo para escribirlo, sino por falta de ganas y tranquilidad para darle un mínimo de coherencia a mis ideas. Estos eventos intensos que demandan iguales cuotas de esfuerzos diarios se asemejan a las carreras de medio fondo en las que hay que combinar rapidez y resistencia. Y ya llegamos al último tercio, donde el cuerpo es un manojo de huesos y músculos repletos de ácido lácteo, y uno no sabe si se mueve por sus propias fuerzas o por pura inercia del organismo.

Imperceptiblemente, se han espaciado los tiempos de entrega de los textos, las revisiones de Disamis y mías se distienden, Tamara termina de diseñar cada vez más tarde. Y no se le puede echar la culpa a nadie más que al tiempo transcurrido, a la progresiva acumulación de esfuerzo que como pesas de gimnasio van sumándose a nuestras espaldas.

Hay un par de imágenes que me recuerdan nuestro derrumbe. La primera es literaria, una frase de Lemebel en Tengo miedo torero, en la que la Loca del Frente dice de su casa –y parece hablar de nosotros– que era  “algo así como un campo de batalla sembrado de vacíos restos”.

La otra imagen se me repite cada noche en La Cabaña. Pasadas las nueve, después del cañonazo, cuando ya cerraron ambas ferias –la del libro y la otra, la del todo el año, la de las baratijas y souvenirs–, frente a la Sala de Prensa donde está nuestra guerrillera redacción se arremolinan un montón de bolsas plásticas y papeles en rumoroso tropel. Las huellas de una guerra en la que somos una suerte de estetas de la muerte, armadores de barcos cadavéricos que zarpan rumbo a la mañana, sin más bendición que la de una partida de muchachos felices.

El Cañonazo 2015 VI (corte del director)

Día 6

Ayer fue un día de luces y sombras, de fugaz visita de D. (compramos libros!!!) y posteriores recriminaciones justas, de cervezas y trabajos cancelados, de casi terminar temprano y acabar corrigiendo una fenomenal etarra en la portada. Vamos, lo que se dice una jornada cualquiera en El Cañonazo.

En conjunto creo que fue un buen día, D. y yo nos hicimos de unos cuantos libros valiosos y en la noche cerramos el número cantando canciones de Silvio, Serú Girán y viejos boleros acompañados por mi guitarra desafinada. Qué más se puede pedir.

Entre los libros que compramos está Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, la misma edición que esa mañana me había prestado Tamara. Cosas de la vida. Hay un pasaje, de los tantos pasajes memorables de la novela, en la que la Loca del Frente le ha preparado una fiesta sorpresa a Carlos. “¿Se parece a Cuba?”, le susurra cómplice y emocionada la Loca al estudiante, y tuve que parar la lectura.

Yo, que debo tener algo de alma de roto, me imaginé la pena dulce de ese chiquillo, me imaginé el esfuerzo de la vieja pájara enamorada por pintarle un pedazo de Cuba y una fiesta de cumpleaños de puros niños, de pobreza compartida, de cake subido cuatro pisos y ensalada fría y algún refresco y si había suerte un par de fotos que se revelaban quién sabe cuándo, y ahí estamos mi hermana y yo posando para la instantánea, y Yujen y Javier Méjica, y Cutú y Alexander, con los que me peleaba una vez al mes, y Nayara, la responsable de mis primeras fantasías eróticas, y yo no puedo seguir leyendo porque ese acto de patética belleza de la Loca del Frente me recuerda esa otra patética belleza de mi infancia Período Especial.

El Cañonazo 2015 V (corte del director)

Día 5

Llegamos al miércoles, a la mitad justa de la Feria. A pesar de algunos deslices –que más que erratas son etarras, porque nos las arreglamos para casi parezcan actos de terrorismo nuestras confusiones con los nombres de los políticos (shame on us, guys) – la cosa transcurre sin demasiados contratiempos. Parece que le cogimos el golpe al asunto. O no. Tal vez simplemente nos hemos vuelto más insensibles y cínicos. Tal vez lo que llaman experiencia es eso, una armadura que el tiempo construye para resistir los golpes que de manera inevitable siguen llegando. Lo cierto es que llegamos al sexto número de El Cañonazo y nuestro cuello sigue intacto.

Claro que esto no significa que estemos plenamente satisfechos; todavía no me convence cómo quedan las fotos impresas, y siempre hay una hora sobre las 3 de la tarde en que nos asalta la ligera angustia de que todos los trabajos no sean entregados.

Hablando de El Cañonazo ayer pasé unos minutos bastante entretenidos en el stand del ICRT. Me entrevistaron en el programa A buena hora, de la emisora Radio Taíno, a propósito de la dinámica del periódico de la Feria. De paso nos regalé al equipo un tema de Aretha Franklin (Respect) y Futuro Inmediato de Santi Feliú. La primera porque ha sido la banda sonora con la que Tamara ha terminado de diseñar El Cañonazo en los últimos días, y la otra porque al pensar en el cierre del diario recuerdo indefectiblemente la muerte de Feliú[1]. Así mismo lo solté en la radio, y creo que me equivoqué en un par de fechas, e imagino que más de un escucha no debe haber entendido lo que dije con mi mala dicción, pero igual me divertí contando un pedacito de nuestra historia.

[1] Supongo que así nacen los ritos, porque alguien cuenta una historia más o menos fortuita en un tono medio solemne y el resto de la humanidad asume que sí, que es una verdad que vale la pena repetir.

El Cañonazo 2015 IV (corte del director)

Día 4

Me gusta la sala Lezama. Es un buen lugar para estar sin hacer nada, sin causa aparente, dejando pasar el tiempo mientras se miran las grietas en sus superficies de madera, hierro y roca. Cuando La Cabaña se transmuta en sede de la FIL, y la fortaleza es un hormiguero de madres arrastrando sus pequeños miembros de la infantería de Atila, una sucesión de pandillas de jóvenes escandalosos intentando hablar más alto que sus escandalosos celulares en altavoz, de gente, en suma, con ganas de ver y tocar todo lo que se pueda ver y tocar, la sala Lezama viene a ser un refugio durante la tormenta.

La José Lezama Lima es –no podía ser de otra manera– la sala por antonomasia de la poesía. Esa discreta capilla que casi nunca alberga en sus presentaciones más de 30 personas es el lugar indicado para tomar aire un sábado al mediodía en la Feria. Y para cruzarte con Reina María Rodríguez. Y para escuchar a Eduardo Langagne leer sus poemas. Y para enamorarnos del silencio.

Porque en la Lezama y su reino de silencio las palabras caen de a poco, como el agua mana de los ríos nacientes, y uno puede tocarlas y jugar con ellas y hacer malabares. En una era en la que somos, en mayor o menor medida, súbditos del ruido en todas sus formas, es invaluable contar con un surtidor de silencio y palabras precisas para echárnoslos en los bolsillos, como esas estampas que llevan los soldados bajo la chaqueta para combatir los terrores de la guerra.