El dulce y tenso arte de hacer estallar canciones

Liliana Herrero. Foto: Kaloian Santos Cabrera
Liliana Herrero. Foto: Kaloian Santos Cabrera

A mi tocayo, Hugo Chávez Frías, que sé le hubieran encantado las canciones de Liliana Más información

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¿Qué es el infinito?

Ouroboros, infinito
Los griegos representaban el infinito con el ouroboros

¿Qué es el infinito? Los griegos lo representaban con el ouroboros, la serpiente que muerde su cola, que ha llegado a nuestros días como símbolo matemático del infinito. Este es un infinito cíclico, al parecer asociamos la idea de lo infinito no a lo interminable si no a la repetición. No obstante, el hereje Heráclito dejó flotando la duda al declarar la imposibilidad de transitar por las mismas aguas en un río.

En la filosofía oriental el infinito es la hormiga y su presa, el campesino y su señor, es decir que más allá de la maquillante idea del cambio en la reencarnación, estamos ante un infinito inmutable, paradoja que se acerca a la idea griega.

En las tierras de América nuestros primeros padres hallaban el infinito en las montañas, en los ríos, en el viento. En Occidente, durante muchísimos siglos el infinito estuvo en la inefabilidad de Dios, pero un buen día el hombre se sintió demasiado orgulloso de su ignorancia y ubicó el infinito bien lejos de sí, en el espacio inabarcable, ¿junto a Dios quizás?

Borges que vivió obsesionado con la cuestión nos legó un infinito, que si bien concluyó que era imperfecto, aún lo consideró el más genial de todos, el Aleph. No contento con legarnos semejante monstruo, Borges también nos contó sobre senderos bifurcados, bibliotecas babélicas y hombres de memorias, sí, eso mismo, infinitas.

Cuando descubrí el apasionante mundo de los haikus, encontré una alusión al infinito en esa persistencia japonesa de retratar tan sobriamente las estaciones del año. Hoy, veo el infinito en cada una de las cosas pequeñas y fútiles que me acompañan, el café de todas las mañanas, la lectura de algún poema, mis puestas del sol en el Malecón. Hablando de Malecón, no quisiera terminar este post sin recordar a un amigo que ya no está, gracias al cual descubrí que el infinito también puede ser algo tan concreto como las noventa millas que separan a algunos de un sueño.

Esos locos bajitos

No me volteé a verlo. Me construí su imagen a partir de la voz que me llegaba desde el asiento trasero. Debe ser un Ernesto o un Maikel de unos ocho años. En la media hora que duró el viaje lo escuché hablar de historia, política y filosofía con el tono seguro y absoluto con que se manejan esos temas antes de que el  mundo venga a llenarnos la cabeza con ideas ajenas. Más información