Sorpresiva lluvia

Me encanta el trabajo de periodista, porque como a los marinos, como a los mercaderes de antaño, como a los cascos azules, como a los repartidores de periódicos curiosos, nos permite entrar en contacto con montones de vidas diferentes, con escenarios emocionantes que usualmente no suelen llegar a la orilla de un trabajo de oficina. Acercarme a la Oficina Leo Brouwer, y hacer la consiguiente tarea de entender un poco la figura de Leo Brouwer, valorar al menos preliminarmente su trabajo, me llevó a descubrir Paisaje cubano con la lluvia, una maravillosa pieza para 4 guitarras compuesta por Brouwer, que en esta versión de la Orquesta de Guitarras de Barcelona que encontré navegando en Youtube él mismo dirige.

Confieso que no sé qué disfruté más; si la caricia minimalista de la composición -en la que efectivamente uno advierte la cadencia del agua caer, desigual, desbordante, sobre cosas vivas e inanimadas, y, ¡maravilla!, sobre Cuba-,  o el espectáculo visual que supone observar al compositor conducir la orquesta, ver como sus brazos y manos se retuercen y expanden, se contraen y suavizan, ver como su cuerpo convoca la calma y el aguacero, el trueno y arroyo al costado del camino, ver la humanidad de Leo Brouwer convertida en ese otro instrumento del que tantas veces oimos hablar pero que en pocas ocasiones sentimos como tal en un concierto.

Maravillas de la música. Esa noche que parecía impoluta, sin luna ni nubes,–Brouwer mediante– también vi llover, aunque tampoco estabas tú.

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Un vestido y una guitarra eléctrica

Ana Popovic Big Bull LR WM-3978-2

Ayer, en una conjunción casi imposible, por lo improbable, encendí el televisor y me encontré con A Capella, el programa que para más de una generación de cubanos significó uno de los pocos acercamientos al universo del rock. Resulta que A Capella ha visto pasar sus días de gloria, no porque haya disminuido la calidad de su propuesta o sea menos importante en la formación cultural de las personas, sino porque la simpar inteligencia de los programadores de la televisión cubana lo han sepultado progresivamente en diversos horarios antiestelares para encontrarse hoy relegado a los jueves sobre las 7 de la noche… en el Canal Educativo 2.

Pero bueno, a lo que iba. Resulta que me encuentro en A Capella a una rubia casi temba, de cabellos revueltos, una flaca de nariz alargada y dedos poderosos, que, con vestido y guitarra eléctrica en mano, respondía al nombre de Ana Popovic. Yo no sé al resto de ustedes, pero para mí la vida consiste esencialmente en perseguir un fetiche tras otro -llámese revolución, llámese vida digna, llámese esa mujer-, y si alguna imagen tengo guardada entre mis vicios es la de una una mujer músico tocando con un vestido. Quizá todo empezó con aquella segunda violinista de la Sinfónica Nacional que descubrí cuando siendo un adolescente me mudé a unas cuadras del lamentablemente fallecido -¡¡¡OTRA VEZ!!!- Auditorium Amadeo Roldán. O quizá empezó antes, con las novelas de Mario Conde y aquella saxofonista desnuda de la que hablaba Padura y me produjo no pocas erecciones. Lo cierto es que ayer tuve que poner en pausa el mundo, dejar a D hablando sola y concentrar todos mis sentidos en aquella mujer que lo daba todo en el escenario. Y valió la pena seguir mis bajos instintos, porque aquello no solo era un regalo para uno de mis más queridos placeres culpables, sino que fueron unos 15 minutos de un blues inesperado y bien hecho.

Y como aquella mujer de vestido y guitara se quedó atravesada en la garganta tuve que buscar su biografía y me encontré que Ana Popovic es una blueswoman serbia que desde el año 1995 viene dando que hacer, primero en su Yugoslavia natal, y desde comienzos del siglo XXI en medio mundo. “La Popó” (como la llama despectivamente D porque desde ayer no le hago demasiado caso) se me descubrió como una blusera con la tarea más que hecha, con un fino trabajo armónico, que se desplaza y coquetea fluidamente con múltiples géneros sin abandonar nunca los cauces del blues. En una escena tan competitiva y patriarcal como la de la guitarra eléctrica, Ana Popovic ha sabido abrirse paso y sin lugar a dudas es un nombre al que deberíamos prestar atención los amantes del género.

Y después de esta charla, el plato fuerte. Con ustedes, la rubia más odiada por D en este minuto:

Ana Popovic LR WM-2990

Grolsch Blues Festival Schoppingen (D)

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Caminado hasta el Teatro Martí

por Jorge de Armas
(Para Teresita Fernández)
A las cosas que son feas ponles un poco de amor
Y verás que la tristeza va cambiando de color…
Foto: Kaloian

Tuve el privilegio de estudiar mi dos primeros  años de primaria en una vieja casona del Paseo del Prado, quizás un marqués, o una prostituta de lujo viviese en ella, tan pegada al Barrio de Colón, sólo cabrían en ella la nobleza o las putas, que no es lo mismo pero es igual.
Los setenta, tan grises para la cultura cubana según algunos, para mí, un niño curioso que estudiaba en una casona hermosa del Paseo del Prado, fueron los años que me indujeron a todo; a leer;  a escuchar música; a conversar.
Me gustaba caminar por la acera derecha del Prado, de espaldas al mar, y pasar por los estudios del ICAIC a sentir el fuerte aire acondicionado de entre las rendijas de sus puertas. De allí vi salir a Silvio, a Pablo, a Sara, y a un grupo de rostros que no tuvieron nombre hasta años después.  En esa misma esquina de los estudios, si doblabas a la derecha, en Trocadero 162, podías a través de la ventana ver a José Lezama Lima, escribiendo su alma en blancos folios.
Pero los viernes, quiero decir, todos los viernes, lo que más disfrutaba era ir en doble fila, cogido de la mano con Yadira, una mulatita de sonrisa abierta, hasta el Teatro Martí, y allí, en su patio, reírme con los títeres del guiñol, y escuchar a Teresita Fernández regalarme su vida en cada nota.
La escuchaba mientras admiraba la belleza en ruinas del Teatro, rodeado por una verja verde que nos protegía del mundo exterior.  Allí adentro todo era paz y ella, todo era magia y ella, todo era, solamente, nosotros y ella.
No soy yo mismo si cada vez que llueve no me acuerdo de Tin tin, o si veo un gato y no le silbo Vinagrito, o si a la luz de la luna busco latas que brillen y me digan que la tristeza va cambiando de color.  No soy yo mismo si no busco de vez en cuando en mis recuerdos a Teresita, y me doy cuenta que parte de lo mejor de mi nació en aquellas tardes de viernes en el Teatro Martí.
Pasó el tiempo y pude conocerla en persona, y le conté esta historia.  Vivía en una casa en medio de un descampado, rodeada de gatos y un par de perros, y allí me cantó, para mí y para quien iba de mi mano, mil canciones que una vez más, sonaron a nuevas en mi cabeza, porque Teresita al cantar te contaba una historia con su escenografía, su atrezzo, su emoción, su llanto.
Cuando cantaba le brillaban los ojos, pero no tanto como cuando te hablaba de Martí. Varias veces tuve el privilegio de escucharla en palabras que destilaban devoción por el Apóstol. Detrás de ella, en las dos casas donde la visité, junto a la bandera cubana, nunca faltó un busto de Martí, bajo cuya sombra se cobijaba.
Ya, nunca más, he dejado de escucharla.
Donde quiera que estés, sólo te pido que no descanses, vaya mierda eso de descanse en paz, no descanses, mujer contestataria, sabia y valiente, tú sigue cantando, sigue incordiando al cobarde, sigue alentando mis sueños.
Nada hay más feo que la muerte, pero hoy, en la noche con luna de mi Habana, todas las latas en los basureros, brillaran para ti.

Eduardo Falú: murió el músico que amarró la poesía al folclore argentino

Por Diego Jemio
“La canción es el camino más importante para difundir la poesía a grandes audiencias porque los libros se venden poco. La canción, en cambio, es muy directa, muy inmediata, y llega a mucha gente”. La definición de Eduardo Falú no puede ser más exacta. Y él no podría haberla honrado tanto como lo hizo en sus 90 años. El músico salteño, autor de algunas de las obras más bellas del último medio siglo del folclore, murió ayer en su casa en Capital Federal. No será velado y lo enterrarán hoy en el panteón de SADAIC del cementerio de la Chacarita.
Eduardo Yamil Falú nació el 7 de julio de 1923 en El Galpón (Salta), en una familia siria acomodada. Su padre era dueño de un almacén de ramos generales. La música era apenas uno de tantos entretenimientos en ese mundo criollo, lleno de gente que sabía pialar, marcar y trabajar el campo.
Algún día, un proveedor llevó una guitarra, que puso junto con los alimentos, el kerosene y los artículos de primera necesidad. No le llamó la atención. Al tiempo le picó la curiosidad, cuando escuchó el sonido de un vecino del barrio. Aprendió primero como autodidacta o copiando a su hermano, que sí tomaba clases.
A fines de los años ‘30, llegaron la mudanza a la ciudad de Salta y los estudios. Desde mediados de los ‘40, vivió en Buenos Aires. Con el tiempo surgieron las primeras actuaciones en la gran ciudad. Primero fue Radio El Mundo y después algunas peñas de la calle Lavalle, de dueños españoles.
Con los años, construiría uno de los cancioneros más notables del folclore argentino, junto a Cesar Perdiguero, León Benarós, Carlos Guastavino, Manuel J. Castilla y Hamlet Lima Quintana, entre muchos otros. Además, compuso obras épicas como Romance de la Muerte de Juan Lavalle, con Ernesto Sabato.
Pero la dupla imbatible, la que generó algunas de las más bellas zambas argentinas, fue la que hizo con su gran amigo Jaime Dávalos. Salteños los dos, bohemios y soñadores.
Vidala del nombradorVamos a la zafraZamba de un tristeLas golondrinasTonada del viejo amor fueron algunas de las canciones que hicieron en yunta. ¿Se escribirán en los próximos años versos tan dulces como “No tengo miedo al invierno/Con tu recuerdo lleno de sol” ? O una elegía al pago como La nostalgiosa. Esa dupla trajo la poesía más elevada del folclore al canto popular. Esas canciones sonaban a otra cosa, era algo distinto a lo que se venía escuchando en el folclore.
Jaime Dávalos recordó en un libro cómo nació La nostalgiosa en la española Avenida de Mayo. “Nos sentamos en un bar, en la vereda, y nos pedimos un jerez; un rayo de sol deslumbraba la copa mientras en un papelito que me dio el mozo comencé a garabatear aquel sentimiento vago de desgarramiento interior, de desposeído. La melancolía del trasplantado, del hombre del interior que viene a Buenos Aires no porque quiere sino porque sólo es la gran urbe. Siente que él es hijo del país, que mama su energía vital y por nostalgia vive selectivamente ese paisaje y esos hombres de su tierra, con la perspectiva crítica que da la ausencia”, dijo Dávalos. Mientras tanto, Eduardo silbaba y caminaba por esas calles junto a su entrañable amigo.
Mostró sus conocimientos de música clásica con sus Suites Argentinas, con ritmos folclóricos y altos momentos como intérprete de la guitarra, con dirección de Elías Khayat. Esa obra le valió el Konex de Platino en 1985. También tuvo un intenso trabajo como recopilador; uno de los rescates más recordados fue La cuartelera, nacida en el siglo XIX en los campos de batalla argentinos.
Con su voz de barítono y con su refinada guitarra –”me da su voz, la templo con cariño y mi caricia la quiere despertar”, escribió–, Falú alcanzó fama mundial. Tocó en escenarios variados de América, Europa, Japón y Rusia, entre otros destinos lejanos. Y lo hizo con zambas, carnavalitos, cuecas, bailecitos y melodías españolas, además de obras académicas.
Padre de dos hijos, tío del consagrado guitarrista Juan Falú y finísimo compositor, tenía la mirada clara, límpida, mezcla de criollo y sirio. En una de las últimas entrevistas con Clarín, confesó que le gustaba Pappo. “Tiene un lenguaje propio y muy creativo. Además, es un buen chico: lo conozco porque suele venir a verme a SADAIC (entidad donde fue vicepresidente). Pero no estoy ciento por ciento a favor de todo lo que produce el rock. En estos tiempos de crisis, la música contribuye a aliviar un poco la tensión y estimula el espíritu”, dijo. En aquella charla, elogió a Soledad y Los Nocheros. Pero exigió la defensa de los ritmos tradicionales. Y criticó a los que “confunden el arte con el circo”.
En la foto de esa nota, aparece con la mirada lejana y un sombrero negro, más propio de un tanguero que de un folclorista. Ahora, con su pérdida, es fácil imaginar la guitarra enfundada y recostada en algún rincón de su casa. Y recordar esos versos que le escribió: “ Guitarra oscura, mi compañera/En tu madera me quiero recostar/Tal vez un día cuando me muera/Sus cuerdas tensas me vengan a cantar ”.-

(Tomado de Clarín, Publicado el  10 de agosto de 2013)

Escuchando a Chicoy en perspectiva

Esto quizás sea el homenaje a destiempo por los cuarenta años de vida artística de ese guitarrista insustituible en la música cubana que es Jorge Luis Valdés Chicoy. O a lo mejor no es nada, si acaso un ejemplo brillante de cómo me distraigo mientras hago la tesis.


Mientras hago lecturas de textos académicos, suelo poner música que lleve tiempo sin escuchar, un recurso que me permite relajarme y a la vez reinsertar en mi memoria auditiva melodías un tanto olvidadas. Hace unos días escogí para acompañar mis faenas de la tesis el disco que tengo titulado como Perspectiva (que en realidad es el nombre de la banda, no el de el disco, pero bueno, ese es el precio de la piratería digital) , de Jorge Luis Valdés Chicoy.

No recuerdo la primera vez que vi a Chicoy en persona, lo que sí recuerdo es lo absolutamente coherente que me pareció su pequeña imagen con el tipo de músico que es. Esas notas concentradas, precisas, son el complemento adecuado para ese señor pequeñito, de dedos ágiles pero puntuales, que parece estar  apenas ahora desarrollando su maña, pero todo es un truco; al terminar de escucharlo, sospechamos que es solo una trampa suya para dejarnos inquietos, intrigados, anhelantes de más armonías.

A Chicoy siempre le he entrado de costado, en su condición de guitarrista miembro de una banda de jazz, y sin desconocer su destreza musical, hasta hace poco pasaba prácticamente inadvertido para mí. Siempre preferí los tonos roqueros de Elmer Ferrer y Andrei García, los aires clásicos de Leo Brower y Rey Guerra, e incluso el virtuosismo ecléctico de trovadores como Pedro Luis Ferrer, Santiago Feliú o Pável Urquiza.

Pero de un tiempo a esta parte, me he dedicado a rastrear el desempeño de Chicoy en los discos que ha participado y se me ha revelado una verdad que no por perugrollada es menos excitante: Chicoy es uno de de los mejores (¿el mejor?guitarrista de jazz que ha tenido (que tiene) este país. Dueño de una técnica impecable, su habilidad para conseguir la sonoridad tan propia de la guitarra eléctrica del jazz lo hace un referente indiscutible de la ejecución del instrumento en Cuba, en el que este tipo de ejecuciones son escasas.

En algún punto de mi lectura, mi entendimiento sobre el texto escrito cedió paso involuntario, más bien fue suplantado por el arrollador disfrute de los temas que componen el disco. Diez tracks, poco más de cuarenta y cuatro minutos bastan para confirmar (si no lo hiciera su extensa y aclamada trayectoria con Irakere, y su colaboración en decenas de discos de monstruos musicales como Felipe Dulzaides, Chucho Valdés, Arturo Sandoval, Omara Portuondo…, la lista es larga) la excepcionalidad de Chicoy.

Músico contenido, detesta las estridencias. Si tuviéramos que buscarle un referente, pienso que es la antítesis de un Arturo Sandoval, que a la menor oportunidad suelta los demonios de su trompeta. Chicoy, da igual si acompaña o es solista, apenas entrega las notas justas para que el tema suene absolutamente redondo, para que no queden resquicios a través de los que se escape la música.

Maestro de numerosas generaciones de guitarristas cubanos, por alguna razón que se me escapa no ha podido transmitir su savia a sus hijos musicales. Por más que este país de músicos excepcionales, es para mí una rara y extraña alegría encontrar un guitarrista de jazz que me deje pensando en él una hora más tarde de haberlo escuchado. Será que el resto de las variantes guitarreras absorbe a los buenos, o sencillamente tendré que acogerme a la mística y poco científica hipótesis de que en Cuba no nacen buenos guitarristas de jazz.

Me cuenta mi socio Rafa Berlanga, un guitarrista que se disfraza de estudiante de Comunicación Social, que Chicoy posee una de las colecciones de guitarras eléctricas más grandes de Cuba. Y viendo el panorama de la guitarra eléctrica en Cuba, medio desolado y autista, pienso que se merece todas y cada una de ellas.