Porque no hayan Jornadas contra la Homofobia

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Nunca he tenido una experiencia homosexual, ni un roce descuidado en una ducha común, ni un beso accidental, ni un juego de manos extendido. La verdad, no he sentido, ni siquiera en la adolescencia, el más mínimo interés por los hombres.

Sí he sido en cambio, un creyente en los derechos individuales y en la necesidad de que las sociedades, a todos los niveles, acepten las múltiples maneras que tiene para expresarse la identidad humana. A mí sencillamente no me preocupa en lo absoluto si a una persona le gusta el sexo sadomaso, el golf, si es abakuá o judío, si prefiere vestirse con sayas y pintarse las uñas porque a pesar de ser biológicamente masculino no se siente como tal. A mí quienes me preocupan son los que no se inmutan con el cotidiano y sistemático genocidio del hambre y los conflictos locales, los que tiran la lata de cerveza al piso teniendo un cesto de basura a 20 metros, los que maltratan a los animales, los que arrancan una planta porque sí, los que miran a las personas y las clasifican en estrechos estereotipos y los juzgan y tratan a partir de estos. Me preocupa la gente que cuestiona el hecho de que coincidan en Cuba el Día del campesino y el Día contra la Homofobia y la Transfobia.

Pensar en erradicar la homofobia, esa enfermedad socialmente extendida, es casi imposible. Casi imposible por sus infinitas maneras de manifestarse; desde el abierto rechazo al derecho de las personas a interesarse por otras de su mismo sexo, hasta el más sutil y poderosísimo reclamo de heteronormatividad apelando a la moral, las buenas costumbres, la decencia y todos esos derivados de la hipocresía. El universo de mutaciones de la homofobia es una casa de espejos de la que no creo salgamos pronto.

Pero hace unos días, leía una frase que Julio César Guanche gusta repetir, y es acerca de la importancia que tienen las luchas en pos de la utopía, no para llegar a algún destino preciso, sino porque a través de esos procesos se logran las reivindicaciones de una suma de derechos. Por eso son ineludibles jornadas contra la homofobia, por el encanto romántico de pensar que un buen día no será necesario una fecha para recordarle al mundo que la diferencia también es un derecho.