Tres caníbales, un cerrajero y el arte de contar historias

La hora de los canibales
La hora de los canibales

Hay ciertos tintes macabros en la música que acompaña a los protagonistas de La hora de los caníbales (Zeit der Kannibalen) que nos avisan que este cuento no va a tener un final feliz. Y sin embargo los minutos repletos de humor ácido que acompañan a estos seres nos hacen olvidarlo la mayor parte del tiempo. Johannes Naber demuestra que el cine es la comuníón de muchas partes, pero el eje de ese maravilloso mundo es la historia.

Una habitación de hotel, tres protagonistas y un puñado de extras le bastan al director alemán para asomarse al incomprensible universo que es la condición humana y de paso regalarnos una crítica finísima al sistema financiero capitalista y la globalización neoliberal (no se asuste, ninguno de esos sintagmas aparece nombrado a lo largo del filme).

La historia es maravillosamente sencilla. Öllers (Devid Stresow), Niederländer(Sebastian Blomberg) y Bianca März (Katharina Schüttler) son tres asesores financieros que viajan por el mundo sin verlo, enclaustrados en asépticas habitaciones de hotel desde las que imparten sus recetas económicas. En Lagos, Nigeria, los sorprende un cambio radical de la corporación para la que trabajan y la alteración del orden social de esa ciudad tercermundista en la que nunca ponen un pie. A pesar de su aparente disparidad, las situaciones en las que se ven envueltos nos los descubren como tres tonos de una misma nota, tres maneras diversas en las que se expresa este depredador que llamamos ser humano.

La manera en que soluciona la historia, la admirable economía de recursos y el permanente sabor agridulce de la sonrisa que nos saca a cada paso hacen de La hora… una verdadera joyita en este Festival, una de esas películas que bien valdría la pena tener a mano para repasar a cada rato y recordarnos por qué el cine es considerado arte.

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Mi amigo Javier Montenegro y yo, que ya pasamos el primer quinquenio de cinefilias compartidas, tenemos la superstición de que una vez que damos con una muy buena película debemos parar de ver filmes ese día. Pero ahora que somos miembros de la clase obrera y no podemos darnos el lujo de vagar de sala en sala como otros años, hacemos conceciones y vemos los filmes que podemos, a la hora que podemos.

Por eso rompimos conscientemente nuestra regla y seguimos del Riviera rumbo al cine Chaplin, a descubrir qué había tras esa historia que llevaba el críptico nombre de El cerrajero. Y vaya que nos pesó. Durante una hora y 17 minutos fuimos víctimas de un filme que se las arregla para recoger el tedioso tempo característico de cierto cine hecho en Latinoamérica y una historia que se debate entre el realismo mágico y una búsqueda existencial (sin que llegue a salvo a ninguna de las dos orillas).

Sebastián es un cerrajero con una inexplicada depresión que de repente descubre secretos de las personas que lo contratan cuando toca sus cerraduras. Ya. Personaje más personaje, personaje menos; intento de trama más, intento de trama menos, ese es todo el filme. Eso es lo malo de una zona bastante amplia del nuevo cine latinoamericano. Que a veces se pierde en los adjetivos y se lo olvida que lo más importante de todo es contar algo y hacerlo bien.

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Peralejo



” La noticia apareció en el diario La Discusión el 17 de julio de 1915, al tercer día del hecho sangriento. Dos compadres que se disputaban una mujer, perdieron la vida con el mismo puñal en las márgenes de un arroyo mezquino en las inmediaciones de Bayamo. El torpe corresponsal no consigna el lugar el lugar exacto, evidencia de insensibilidad más que de olvido. El hombre se obstina en las repeticiones. El andaluz Veloso y el comarcano Torres escenificaban ese duelo final (por una mujer que no les pertenecía) como Santocildes el suyo frente a Maceo, justamente veinte años atrás.  ¿Qué extraña negligencia repite el fatigoso azar? ¿Qué curioso resorte moviliza los acontecimientos? Mi propósito no es referir una historia, sino mostrar las analogías, los símiles, las aproximaciones del incierto devenir de la existencia humana. Cuando hacia 1890 conversaron en la Acera del Louvre los generales Maceo y Santocildes, el español (respetuoso) había dicho: “Nos vemos en la manigua”. Los historiadores, al reproducir la anécdota, omiten una frase del gallardo mambí. (Yo quería leer, más bien escuchar, el pensamiento de Antonio Maceo). El general esbozó una leve sonrisa y, concluyendo el pronóstico de Santocildes, añadiría: “… como en San Ulpiano”.
En Peralejo (1895) se entablaría el singular combate. El choque se produjo por el  punto más débil de las fuerzas cubanas: la retaguardia. Alfonso Goulet cae gloriosamente defendiendo la  impedimenta (hombres desarmados, enfermos, mujeres y niños), pero el genio militar de Maceo reestablece la situación en pocos minutos. Un despliegue de infantería y una carga al machete y la columna española queda atrapada entre dos fuegos (esto habría que ejecutarlo, no escribirlo). Santocildes se enfrenta a esa situación con serenidad y valor. Una y otra vez rompe el cerco mambí (que vuelve a cerrarse) hasta que en la última fase de la batalla, ya en la sabana de Peralejo, cae muerto con tres balazos en el cuerpo. ¿La victoria de Peralejo prefiguraba la caída en San Pedro? Torres y Veloso, que protagonizaron la vasta discordia, no pudieron sustraerse a ese duelo mayor. Desde el anonimato de las relampagueantes cargas de caballería y las agitadas marchas a bayoneta calada, heredaron las cicatrices (que el tiempo no pudo borrar). El suceso encierra una dramática paradoja: la épica individual devorada por el olvido; el acto irracional en la primera plana de los diarios.

1916 “

Raúl Luis Castillo (Tamarindo, Ciego de Ávila, 1934). Poeta narrador y editor. Autor de una personalísima obra, ha llevado la creación de heterónimos a un nivel inimitable en Cuba. Su libro El cazador, del cual extraigo este texto, es la historia del grupo literario Yaguajay y su revista Caracol, reflejo oblicuo de una Cuba otra, pieza extraña  y memorable en el universo poético y narrativo cubano. 

Decálogo de la década (cacofonía intencional)

Hace unas semanas tengo esta idea dándome vueltas en la cabeza: ahora que se culmina la primera década del siglo XXI, ¿cuáles son los acontecimientos que las personas consideran más trascendentales en estos diez años transcurridos? En estos días armaré un decálogo con las respuestas recibidas al respecto, si quieren opinar, la mesa está servida.

Esos locos bajitos

No me volteé a verlo. Me construí su imagen a partir de la voz que me llegaba desde el asiento trasero. Debe ser un Ernesto o un Maikel de unos ocho años. En la media hora que duró el viaje lo escuché hablar de historia, política y filosofía con el tono seguro y absoluto con que se manejan esos temas antes de que el  mundo venga a llenarnos la cabeza con ideas ajenas. Seguir leyendo