La cara oculta de FCOM

portada tesis carrasco

Por: Carlos Manuel Álvarez

En su tesis de licenciatura, Lázaro Carrasco, estudiante de quinto año de periodismo, escribe gratuitamente, sin guía metodológica alguna que lo exija, una carta a Reinaldo Arenas donde revela, entre otras cosas, que en la Facultad de Comunicación del 2013 no dejan imaginar demasiado.

Como respuesta, su tribunal esgrimió el pasado martes 11 de junio, durante el ejercicio de defensa, un argumento que parecía irrebatible. Meses antes, el estudiante había propuesto su tema, la comisión pertinente lo había aprobado, y finalmente iba a graduarse con una serie de productos comunicativos bastante controversiales: crónicas y entrevistas sobre el cruising. Esto es: los sitios de La Habana donde los gay –con su tradición subversiva y periférica- practican el sexo abiertamente. Carrasco no tenía entonces por qué acusar a la institución, magnánima y tolerante, de literal y ortodoxa.

Que la Facultad de Comunicación aceptara semejante atrevimiento, y no censurase un ejercicio de búsqueda en zonas moralmente heréticas y políticamente incorrectas, era ya un privilegio insospechado que debía tener en cuenta, y, por tanto, no portarse demasiado mal. El tribunal nunca lo dijo, pero le reprochó su ingratitud e inconsciencia. Carrasco no debía olvidar que por cosas menores Arenas había ido a prisión, y que él estuviese allí, defendiendo su tesis, treinta y tantos años después, era una evidencia innegable de progreso.

Sin embargo, pagó demasiado caro el tema. Es preferible que la Facultad se siga reconociendo como lo que es, un escenario poco conflictivo, antes que fomente el riesgo y lo deje correr, para luego -pacata y prejuiciada- perpetrar en la hora final un acto de vejación francamente imperdonable. Si la confesión de Carrasco a Arenas no parecía a priori más que un mea culpa imposible de sostener con pruebas físicas, concluido su acto de defensa resultaba todo lo contrario: una dolorosa premonición. Al estudiante le otorgarían cuatro puntos justamente porque se había largado a imaginar, porque había metido las manos en lo sucio, y estaba en el sitio equivocado para ello.

Cuatro puntos no parecerá una nota muy alarmante para alguien que desconozca los mecanismos internos de FCOM, donde, al menos en periodismo, solo las tesis extremadamente defectuosas no terminan con la máxima calificación. Cada año, decenas de estudiantes reciben cinco puntos, casi porque sí, sin mucho preámbulo ni brete, con temas infames, temas inventados, investigaciones sin vida real, análisis de asuntos que no merecen un mínimo acercamiento por una sencilla razón: no existen.

Cada año, además, otra decena de estudiantes toma sus títulos, incluso con sellos de oro, solo por haberse adentrado en temáticas dóciles, o políticamente incentivadas, no sé, la cobertura de AP durante la Crisis de los Misiles, la campaña mediática de El País contra La Habana, el uso del lead en las noticias de agricultura, y nunca, por ningún lugar, el papel reaccionario del periódico Granma, o del Noticiero Nacional de la Televisión dentro de la sociedad cubana, no digamos ya la subordinación total de la prensa al Estado y al Partido. Nadie ve eso nunca (salvo Julio García Luis). La Facultad lava sus manos y acumula en su biblioteca tesis que solo serán referentes de otras tesis, y estas, a su vez, de otras tesis, sin aplicaciones de los resultados, estudios de la academia y para la academia, la seudo-teoría por la seudo-teoría, así hasta el infinito o hasta que venga el orden y mande a detener semejante cadáver.

Obviamente, si esta es la norma de los cinco puntos, resulta indiscutible que algunas malas notas suponen más mérito que cualquier congratulación. Como me dijera hace poco un maestro que ya se ha ido: “en mis tiempos era casi glorioso recibir cuatro puntos por una tesis dizque disidente”.

De ahí que el problema no sea la calificación final otorgada a Lázaro Carrasco. Su nota es más digna que cualquier cinco de mi año (incluido el mío, que, perdónenme, es un cinco muy digno). La verdadera injuria, desde mi punto de vista, fueron los métodos de la oponencia y la posición del tribunal.

No hagamos el cuento largo. Carrasco había asomado la cabeza en un sitio peligroso, donde no la asoma ninguno de los estudiantes ni de los periodistas cubanos de hoy. Había una intención y esa intención, que supera todos nuestros provincianos límites, merecía por sí sola cinco puntos, un reconocimiento al esfuerzo. Por si fuera poco, Carrasco escribió con arte, logró testimonios impactantes, husmeó, importunó, partió de cero y regresó con una trama, con una historia*.

No había un referente, un método o una experiencia anterior a la que pudiera asirse. En Cuba no existe el periodismo contrahegemónico, no hay nadie que lo haga, podemos pasar lista en nuestras redacciones y el resultado será nulo, todos acumularán una larga experiencia en coberturas protocolares. Carrasco improvisó, salió a flote, trajo algo para mostrar, y si hubo tal mención por parte de sus jueces, entre tantos errores metodológicos señalados, fue tan insignificante que seguramente ninguno de los presentes en su defensa la recordará.

Tras varios cambios inconcebibles, le designaron un oponente experto en sexualidad, pero sin mínima idea de periodismo literario. Seguimos creyendo que el contenido es una cosa y la forma otra. Seguimos creyendo que la forma es secundaria, por eso no tenemos contenido. Las negligencias y la injusticia fueron tantas que terminaron reprochándole cuestiones ridículas. Digamos: no devolverle a los entrevistados las grabaciones. Yo quisiera saber qué tradición periodística exige eso, porque ni siquiera la tradición de la Facultad.

Casi al final, Carrasco se arrebujó en su silla y respondió, asustado, sin fuerzas, las preguntas inquisidoras del oponente. La oponencia exigía que respondiera sí o no, con monosílabos, e iba mencionando leyes (¿cuántas leyes, me pregunto, habrá violado Gunter Walraff?**), una tras otra, casi imparablemente. Por un momento llegamos a pensar que Carrasco iría preso. Era mucho el tema, y es mucho el prejuicio de los que se reconocen desprejuiciados.

No asistieron, al acto de defensa, los contumaces blogueros de la Facultad, no tenían por qué estar allí. Sin embargo, la noticia, el chisme, se ha regado como pólvora por los pasillos de Bohemia. Ojalá me equivoque, pero ninguno de los estudiantes hablará, ninguno buscará a fondo e intentará reconocer las claves del incidente más allá del morbo. Ninguno describirá los rostros indignos que puede mostrar FCOM. Andan demasiado entretenidos con la ocupación en Siria, o con los post mal escritos de Yoani Sánchez. Hablan de vejación y no reconocen la vejación y el engaño delante de sus narices.

Pero no me alarma: mi principal problema con Cuba, lo inconcebible, no es que no me entienda con sus mayores, sino que no me entiendo un carajo con la gente de mi generación. Yo ya me gradué, en semanas me largo, y durante cinco años no hice casi nada por cambiar el sino de la Facultad. Me alejé de ella, la di por perdida, sus problemas me parecieron menores, pero este no ha sido un problema menor, y he creído imprescindible mencionarlo. Le entrego, con gusto, mi cinco, mi título y mis elogios a Lázaro Carrasco, todo a cambio de su cuatro, y seguro salgo ganando.

En la Facultad hay grandes profesores, hay grandes seres humanos, pero no hay una articulación determinante de sus fuerzas. Hay estudiantes que quieren decir, pero primero, antes de ganarse cualquier nombre, antes de contar los comentarios y las visitas a sus blogs, antes de creerse que están cambiando la realidad cubana, deberán denunciar los pequeños atracos de los cuales son víctimas sus colegas de oficio y generación. Yo he llegado a pensar, tristemente, que la inmensa mayoría de los estudiantes o los recién graduados de periodismo escriben para mirarse el ombligo, o para caerle en gracia a alguien.

Hay más que una Copa de Cultura o unos Juegos Caribe en la universidad. No se puede estar todo el tiempo mirando hacia los lados, distraídos con la floritura. Si la Facultad no redimiese lo sucedido el pasado 11 de junio, si sus profesores o sus dirigentes no llamasen a Lázaro Carrasco y revisasen el tema, si los estudiantes no se agruparan y protestaran, todos, absolutamente todos, nos habremos hundido un poco más. Decenas de graduados seguirán abandonando los periódicos, y los profesores valiosos –bien que los conozco- acabarán un tanto más frustrados.

Los reductos de luz que sobreviven en Bohemia, no debieran permitir que les arrebaten de sus manos las pocas tesis valiosas, ni que el atrevimiento parezca un pecado. Deberán, con arte y sutileza, luchar contra esa otra zona y reducirla, un cónclave poblado de personas que no saben siquiera que lo pueblan, los conciliadores en su peor versión: el conservadurismo que se cree revolucionario. Yo, con el perdón de mis amigos, o más bien en nombre de mis amigos, en nombre de los profesores que se quedan, y que se baten únicamente con fe, no puedo hacer otra cosa que desearles suerte para que ganen el pulso. Al menos desde septiembre de 2008, hasta junio de 2013, la ortodoxia fue la maza, y fue el poder.

*Lo acompañó en el trayecto, justo señalarlo, su tutor Jesús Arencibia.

**El bien de social de las investigaciones de Wallraff, bien lo dijo el sabio de Daniel Salas en las clases de periodismo investigativo, era mucho mayor que el mal de las violaciones legales, por lo que sus encubrimientos son, quién lo duda, éticamente permisibles e irreprochables.

Vergüenza AM

Y tú que has hecho. Ilustración: 99 estudio
Ilustración: 99 estudio.

“Chen, 50 dolares botados, beyonce no hizo nada, pero la seguridad estuvo tan terrible que yo termine en zapata y c magullado y con la rodilla pelada”. El sms del Mene a las tres de la mañana insinuaba una experiencia terrible. Tres horas más tarde, imagino que con lo que sobrevivió de su orgullo, escribió esto.

Olvídense de estilo, olvídense de las depuraciones y del buen decir. Esto es una post de Alejandro Menéndez Vega escrito desde la humillación, al final de una madrugada terrible que lo quiso poner de rodillas. Pero Ale se levantará, yo lo sé, amparado en su amor por la fotografía  y esa cosa indescifrable que es ser cubano.

Tengo tanta vergüenza que no puedo respirar, me siento ante una pantalla que no puede entender lo que muestra, a golpear un teclado que no tiene la culpa y es solo por compartir y dejar ir mi pena. Creo haber perdido mi capa esta noche, me siento desnudo y débil, pero quiero luchar. Tengo la vergüenza de lo que antes me ufanaba, me han humillado como al gato que no orina en su caja de arena. Me agarraron por el cuello, me gritaron, me arrastraron ante la vista de todos, me empujaron por el pecho, me obligaron a callar y a obedecer, me hicieron bajar la mirada y levantarla luego para ver mi cara lista al llanto. Me dijeron quién soy y qué seré sin preguntarme qué creo ser. Hoy regreso de la madrugada con la garganta, la rodilla y el alma lastimada. Hoy me sentí más corto que los otros. Hoy me pisotearon en español, en cubano. Lo hizo uno de mi suelo, uno que pudo ser de mi aula, uno al que le hablaron, como a mí, de Martí, de Villena. Uno que tuvo pañoleta azul y roja. Ese con el que compartí la merienda

¿Qué me hizo al vejarme? ¿Qué dañó? ¿Por qué no quiero saber de logros o victorias? ¿Por qué confundo a uno con todos y deseo señalar con el dedo? ¿Qué rompió que ahora odio y veo enemigos? ¿Qué me pasa que hoy no logro sentirme cubano? ¿Qué puedo hacer para olvidar la herida?

Me enseñaron un carné con solo tres letras y mi voz perdió fuerza, nada de lo que dije pareció tener sentido: soy fotógrafo, estudiante del ISA, pedí permiso, no pretendo ningún daño; todo en vano, ese carné es más poderoso que cualquier argumento. Eran 5 o 6, ninguno se detuvo a entender, a notar que nos corre la misma sangre por las venas, los mismos juegos de bolas, las mismas marchas, el mismo mar. Mi novia está adentro, pagué mucho dinero para entrar, vivo en frente. -ELIGE; O TE VAS O TE LLEVO PARA LA UNIDAD – Pero… -PERO NADA, YO CON LOS HOMBRES HABLO UNA SOLA VEZ Y YA CONTIGO HE HABLADO 3 VECES- Usted me falta el respeto, ha dicho que yo no soy hombre… Aquel tipo no pudo más y mientras me decía que yo era un muchacho bocón, un contestón, me agarró por el cuello con su brazo, me trabó mis manos y me arrastró de rodillas hasta cruzar la calle, mi cámara fue al piso y también mi orgullo, atiné a decir que yo era estudiante, que mi novia, que yo no, que yo solo… Me levantó al otro lado de Paseo y me empujó contra un lada blanco, me golpeó el pecho y aquel cubano, ese hermano mío, ese que entiende como yo todo la magia de vivir en esta isla me gritó e hizo saber a todos que él sí era hombre, que con él no se juega y que yo boconcito falta de respeto soy mucho menos que él y por tanto le debo mi obediencia. Lo debo haber mirado como un perro herido mira a quién le da otro puntapié, yo no entendí por qué solo sentí pena y escuché algo rasgarse. Tan peligroso soy que se necesitó 4 personas para llevarme a la policía; un chófer, un jefe y dos a mis lados, 4 hombres y un lada solo para llevar mi vergüenza a la unidad, 4 hombres y un lada para hacerme bien pequeño. Puse mis manos bajo mis muslos, miré a mi derecha y le pregunté con la calma del resignado al hombre que me custodiaba, a mi hermano, a mi compañero del aula su nombre;- OFICIAL DEL DTI ALEXIS-

Yo me creo más que cámara piel y huesos y amor, pero no me puedo librar de la pasión de obturar. Beyonce en la Habana era algo exquisito de fotografiar, aún pagando los exorbitantes 50 cuc de cóver para entrar a su concierto con la Charanga. Perdí el dinero, Beyonce no cantó y por unas pocas fotos de la charanga me llevé esta vergüenza que trato de dejar escapar sobre las letras. Estuve 3 horas en la policía con mi impotencia martillando cada átomo, aún hieren los impactos, pero quiero creer que pasará, que la rotura es temporal, que la confusión de disipará con el café de la mañana. Al amanecer volveré a mirar sin paranoia. No me quiero volver un enemigo, un odio con camisa (por mucho que ellos lo intenten). Mañana seré cubano y aunque la rodilla me duela trataré de hacer la foto que parchee el alma, que cure la pena. Me gustaría pensar que tendré el coraje para mañana llamar a mi amigo Alexis y compartir mi merienda con él, para invitarlo a tirar un trompo y a leer un poema de Martí.