Mis putas (I)

Dialogando sobre cierto suceso del que escribiré en estos días, un amigo contó esta historia en Facebook y no pude menos que pedírsela para dejarla acá. Él, que me ha nombrado extraoficialmente su albacea literario, quizás se embulle a seguir confesándose con nosotros por acá.

por Jorge de Armas

the whore paintedSiempre ha habido putas, digámosle putas a aquellas a las que Frank Delgado les dice “lo llevas en la sangre”. Sin mal rollo, sin nada peyorativo, hasta con un pelín de admiración lo digo.

Siempre ha habido putas, siempre, eso de que es el oficio más antiguo del mundo es cierto, tiene que serlo.

Mi escuela primaria (no diré cual) era una vieja casona convertida en Escuela, con un patio central, corredores a ambos lados, un salón inmenso adaptado para comedor, y mil vericuetos entre antiguas cocinas cubiertos por anaqueles de caoba que ocultaban escaleras de servicio, puertas semi ocultas que se convirtieron en la delicia de ese espíritu aventurero que Emilio Salgari desarrolló en mi.

A todas estas, la masculinidad del alumno de primaria si bien no estaba fundamentada en nada práctico, si se expresaba en mil historias todas falsas. Todos teníamos o una prima, o una vecina o una fulana imaginaria con la que lo habíamos hecho todo. Normal, la curiosidad no sólo nacía de Sandokan.

Así las cosas, no recuerdo bien si fue sexto o quinto, Eduardo se me acerca y me dice:

 

– ¿Tienes dinero?

– Sí, le respondo

– ¿Cuánto tienes?

– No sé, dos pesos, y menudo

– Perfecto, vamos

– ¿a dónde? Pregunto yo

– Pues detrás del comedor, en la escalera de madera, Miosotis y Belkis se dejan tocar las nalgas y las tetas por diez kilos, y el bollo por una peseta.

 

Y allá fuimos, curiosos y engreídos, a tocar, de verdad, para después contarlo por supuesto, nuestras primeras nalgas y tetas.

No recuerdo cómo acabó aquello. A Belkis, digamos que se llama así, no la vi más, y a Miosotis me la encontré aquí, en Miami, muy, pero muy linda, y nos reconocimos en ese instante justo en el que confluyen los recuerdos, y nos echamos a reir.

Tengo su teléfono, pero jamás la he llamado, como no recuerdo su apellido, en su contacto aparece, “Miosotis, diez centavos”