El Cañonazo 2015 II (corte del director)

Día 2

Otro día entregando con buen tiempo. Y sigo sin acostumbrarme. No sé, me parece que somos como esos tripulantes de primera clase en el Titanic que derrochaban la vida y sus lujos sin saber que ese, su enésimo viaje transoceánico, sería el último. Pero hasta ahora el mar está en calma y el horizonte es hermoso y el champaña espumea como nunca.

Hoy fue nuestro primer reencuentro, y desde temprano afloraron las viejas rencillas, las inevitables fricciones. La principal causa de nuestros males, el espacio. Es prácticamente imposible que 13 personas puedan, no ya trabajar, sino siquiera cohabitar en 10 metros cuadrados. Si dicen que en toda pequeña población es posible encontrar todas las glorias y miserias humanas, imaginen si la concentramos en un cubículo de esas dimensiones.

La verdad es que, si de mí dependiera, conseguiría un local lo bastante decente como para albergar a esa pandilla de locos que me secundan y me ayudan a jugar a ser profesionalmente feliz durante diez días. Sinceramente espero que los roces no nos pasen la cuenta como colectivo.

Hoy Disamis se apareció con Libros peligrosos, un volumen en el que Juan Tallón desembarca con un centenar de reseñas sobre libros que le han gustado. Estuvo torturándome un rato, pero finalmente me lo prestó. Creo que esta madrugada la dedicaré a leerlo. En las páginas que he adelantado, Tallón, con su habitual estilo agridulce, se las arregla para pasar por esos libros y dejar en mis dientes el frío rechinar que los enganchados tan bien conocemos.

Aunque siempre estuvieron ahí, mal disimuladas entre mis intentos periodísticos, las mangas largas y las horas dedicadas a Internet y los cacharros electrónicos, los tentadores llamados de Tallón me arrancaron de mi largo período de abstinencia.

Lo confieso. Mi nombre es Rafael y soy un adicto. No aguanto las ganas de leer. De leer como -Dios manda. 10, 12 horas seguidas. Apostado en la cama o en alguna butaca. Yendo a orinar con el libro en una mano y embarrándome la otra. Confundiendo el día, la tarde y la madrugada. Porque lo que verdaderamente importa está contenido en esas palabras que se suceden y son mi mejor chutazo. Gracias a la Disa y Juan Tallón, dealers queridos que me han mandado de cabeza a mi más viejo placer.

De la Feria, en materia de vivencias personales, no sé mucho. Por primera vez en 10 años no tengo dinero para comprar libros así que me ahorro la tortura y no voy a los pabellones de venta. Pabellones qué, por lo que veo en el programa, no tienen muchas cosas nuevas que mostrar.

Un ejemplar de Jot Down en La Habana

jot down en la habana

Juan:

Aún no sé cuál de los dos la descubrió primero, si Javier o yo. Pero de repente leer Jot Down se convirtió en uno de nuestros vicios más queridos (precisamente en uno de sus artículos, en el perfil de Alberto Juantorena, fue que descubrí tu nombre). Desde entonces no pasa semana en la que no nos metamos a discutir sobre cualquiera de los trabajos que aparecen en esa publicación en su versión digital. Es como una mesa sueca (creo que ustedes le dicen bufet) interminable, en la que lo mismo encontramos una reseña de un videojuego, que una entrevista a un físico ocular, que la crónica de un pueblo costero abandonado, que una disección de The Wire, que un repaso a la discografía de Funkadelic/Parliament, que un ensayo sobre la representación de España en las viñetas periodísticas. Y a pesar de esforzarnos por encontrarle sus huecos, la mayoría clasifican de disfrutable para arriba. Javier y yo (y otros amigos – Diana, Lorena, Disamis…- que han ido cayendo de a poco) formamos parte de una hinchada sin carnet de la que considero la mejor revista cultural de habla hispana (con el perdón de El Malpensante, Anfibia, et al.) tanto por el desenfado de sus textos como por su apuesta a escribir de casi cualquier cosa. Y hacerlo bien.

Pero nuestra experiencia es, como te explicaba, digital. Acá en Cuba no hay acceso al mercado editorial hispanoamericano a no ser a través de algún amigo viajero o por lo que algún expositor decida traer a la efímera Feria Internacional del Libro de La Habana (en la que encontrarás toneladas, literalmente, de bestsellers de Ediciones B, pero casi nada de Anagrama, ni Alfaguara, no digamos de alguna editorial independiente en español). Probablemente sea culpa del bloqueo norteamericano a Cuba, o de la miopía de los empresarios de aquí y de allá que no perciben a Cuba como una pequeña librería con un puñado de lectores dispuestos a lo que sea con tal de tener a la mano el ejemplar que están buscando. Lo cierto es que nos pasamos la vida soñando con un puesto de revistas -que no parece que vaya a llegar pronto- en el que podamos manosear lo último de Rolling Stone, The Atlantic y Playboy. O Jot Down.

Así que te imaginarás el brinco que di cuando Emma, la vieja amabilísima de mi cuadra que tuvo a bien recibir el paquete de manos del cartero , me entregó anoche un sobre que tenía en la esquina una calcomanía con la palabra Jot Down. Ya sé que habíamos hablado de eso, y ya me habías demostrado con nuestros pequeños intercambios en las redes sociales (un acto que no tienes idea de lo que ha significado para mí en su rotunda sencillez) que eras un tipo que se interesaba en serio por lo que conversábamos, pero la verdad es que no tenía demasiadas esperanzas en ver llegar a mi casa un ejemplar de la revista. Y apenas unas semanas más tarde, aquí está.

Supongo que así es como se deba sentir un niño que crece bajo la leyenda de la navidad si en la mañana del 25 de diciembre se le aparece Santa en persona con su regalo debajo del brazo. Porque, para ponerlo más folletinescamente rosado, pasado mañana es mi cumpleaños. Y yo creía que estaba completo con el concierto que ese mismo día dará ZZ Top en La Habana (¡ZZ Top en La Habana!, ¿te lo crees? yo todavía no lo acabo de procesar). Y sucede esto. Vamos, que empiezo a sospechar que algo de bondad he traído a este mundo para que tantas buenas coincidencias se amontonen.

La revista, tal y como me pediste, pasará por las manos de esos amigos de vicio, que la leerán con el placer que se leen las cosas increíbles. Y será otro ladrillo en ese edificio que algún día tomará forma y será nuestra propia publicación de periodismo literario. Sé que algún día lo lograremos. Acá en Cuba sobra materia prima y capacidad escritural para conseguirlo. Nos faltan los dineros y la dosis exacta de locura como para creernos que es posible. Pero eso llegará. Y ten por seguro que el número 8 (septiembre 2014) de la revista Jot Down reposará en algún estante de nuestra redacción.

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