De por qué el malecón es mucho más que un muro

A la blogosfera cubana, cuya marea me trajo a Disamis y Alejandro U.

Ayer era uno de esos días en los que se toca fondo. Un día en el que toda la mierda del mundo se confabula con los vientos de tu zona para terminar en tu cara. Un día bueno para ponerse una barba grande, pelarse, hacerse un pasaporte falso e ir a dar con tus huesos a algún puerto de Singapur o cualquier otro lugar que suene terriblemente lejano. Pero nada, estaba aquí, en La Habana, incapacitado para escapar. Y recordé entonces que aún quedaba media botella de vino que debió ser vaciada cierta noche, y que andaban aquellos dos con más penas que las mías y decidí invitarlos a matar la media botella y si teníamos suerte, las penas.

Llegamos a casa pero enseguida nos dimos cuenta que aquello no se quitaba si no era en el Malecón. Y al Malecón nos fuimos dos hombres y una mujer, cargados de media botella de vino, una guitarra y una misérrima porción de rositas de maíz y galletas dulces. Tuvimos para nosotros un Malecón en calma, extrañamente vacío considerando que era la primera tarde fresca y sin olas en casi una semana. Allí, de pie, acostados, sentados, tumbados, acurrucados, hablamos de la belleza, de los fetiches, de los límites de lo posible, de Raúl Díaz Argüelles, de Silvio en Chile, de Videla, de Pavón, de Bonasso, de Pablo de la Torriente Brau, de los problemas de escribir la historia, de la UMAP, Pablo Milanés y Juan Almeida y tantas otras cosas misteriosamente conectadas.

En algún punto se esfumaron las penas, el vino, el hambre, la tarde. En algún punto me descubrí mirando una estrella y otras casi imperceptibles a su alrededor.* Recordé aquel mapa de Elaine, ese otro cielo lleno de estrellas, de asociaciones impensadas, de constelaciones casi invisibles. Y sonreí al entender un par de cosas.

Mapa de la bloosfera cubana por Elaine Díaz

*(Nota mental para mí: Cuando uno descubre constelaciones invisibles acostado en el malecón sabe que ha encontrado la paz).

Habana, a tus pies

MALECON NOCHE BW

Como casi siempre mi andar acelerado me llevó demasiado temprano al lugar. Me acomodé en el muro, cerca de donde ocurre la monótona pero entrañable ceremonia del cañonazo.

¿Cuántas veces he hecho esto?, ¿tres, cinco, una docena? No recuerdo, pero la atracción es enorme, el placer de recostarme en el muro y recorrer en una sola mirada el litoral de mi ciudad –perdonen el sacrilegio, pero mi ciudad mide lo que este fragmento; mi ciudad va del torreón de La Chorrera a la Terminal de Trenes, esa delgada franja que atraviesa tres municipios, unos cientos de miles de vidas y no sé cuántas clases sociales-.

Pensé en ella, en qué estaría haciendo, tan lejos y yo con unas ganas impertinentes de escuchar su voz.

Frente, justo frente a mí, el sol del atardecer. El sol del atardecer es un sol noble, que se deja tocar por los ojos de los que se atreven y se acuerdan de mirarlo. Es un sol de un naranja mortecino, casi rosáceo, que atraviesa el telón del horizonte con una calma que los seres humanos -que contamos el tiempo en horas, semanas y meses- jamás entenderemos. El sol del atardecer deja un rastro pálido en las aguas de la bahía, un trazo vago que se desdibuja bajo el aliento del aire que susurra en la superficie del agua.

Intento como otras tantas veces seguir su recorrido. No importa cuán precisos sean mis instrumentos, el instante en que el sol desaparece por completo en el mar es un segundo inapresable, un momento vasto y eterno.

Luego me entretuve en la conversación y para cuando me fijé había anochecido. Volví a mirar a mi ciudad. A esa hora asoma su rostro nocturno, un rostro excitante de luces y sombras, un rostro que convida a cruzar cuanto antes el túnel y sumergirse en ella hasta el delirio.

PD: La buena de Rosy me regaló estas fotos para acompañar el post,aquí se las dejo:

Del otro lado de la ventana

Estoy parado sobre el muro del Malecón. Indeciso. Vacilante. Las olas rompen contra el diente de perro y se desparraman en gigantescas cortinas líquidas que llegan más allá de la avenida. Solamente a un tipo tan jodido como yo se le ocurre venir aquí. Seguir leyendo

Añorado (re)encuentro

Hasta aquí, me dije. No soporto un día más sin pasear por el Malecón, vieja costumbre adquirida hace muchos años y que reforcé cuando emigré hacia el Vedado.

Salgo dispuesto a caminar. Sin rumbo, sin destino, sin tiempo. A reencontrarme con todos esos seres entrañables y familiares: vendedores sin fortuna, pescadores de orilla, parejas felices, parejas infelices, borrachos de muro, solitarios incurables, músicos de sonrisa tan triste como el payaso de Benedetti, la inocente sensación del viento soplando en contra, retumbando en mis oídos. Seguir leyendo