Jaime Sarusky Miller, un judío se aleja de La Habana

jaime saruskyFoto: Roberto Suárez

Recuerdo un encuentro en un aula de la aséptica facultad. Éramos un puñado de estudiantes de periodismo escuchando a aquel veterano hablar de sus correrías por toda Cuba, reportando de zafras y rumiando una tremenda crónica sobre los fantasmas de Omaja. Recuerdo cómo habló de las porosas fronteras de la ficción y el periodismo en la redacción de su texto Galuber Rocha en La Habana. Recuerdo que pensé que era de los pocos periodistas preocupados en contar algo que quedaban en Cuba.

Jaime Sarusky Miller no volverá a investigar por la historia de los suecos en Cuba, ni desmontará mitos y verdades del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Ahora está recostado en la funeraria de Zanja y Belascoaín, probablemente con la luz de una vela alumbrando su rostro de hombre de otra época, un rostro de rasgos patricios y extraños para este siglo XXI. A las tres de la tarde sus huesos judíos irán a dar en el Cementerio Hebreo de Guanabacoa. Quizás descanse, o quizás se decida a hacer un perfil de Abraham o un gran reportaje sobre el éxodo israelí y el cruce del Mar Rojo con Moisés de protagonista. Con hombre tan inquieto nunca se sabe.

Nota: Justo ahora que ha muerto, descubrí este blog sobre su obra. Para los interesados: http://jaimesarusky.wordpress.com

La muerte

Se murió como se muere casi todo el mundo. De viejo, del  corazón, internado y cuidado a pesar de estar preso.
 
Se murió como se muere casi todo el mundo. Salvo aquellos a los que se persigue, se tortura, se mata, se desaparece.

Su muerte es una más. Muerte de 87 años, muerte lúcida y tranquila. Se entra en un sueño del que no se vuelve. Y después la nada, la nada entera para quien tuvo en sus manos la llave que desconecta la vida. Las vidas. Las treinta mil como un número vivo. La mano en la llave, la mano de Videla. Como un ícono vivo. Continente de todo lo demás. De los buenos vecinos con picana en la mesa de luz. De la prensa canalla. Del carnicero delator. Del oficinista informante. De los altares cómplices. De los empresarios ideólogos. Todos detrás de su rostro paradigma, flaco, enhiesto, pulgar en alto en el Monumental, bigote profuso, los dedos firmes en la sien, la gorra perfecta, Astiz, los niños muertos, los niños secuestrados, Etchecolatz, los que no saben quiénes son, los que nunca sabrán quiénes son, Colores, los huesitos de los que quedaron en quién sabe qué tierras o en quién sabe qué mares sin playa, el Turco Julián, los que no volvieron nunca, Von Wernich, los que no volverán jamás, la historia cortada como cables y un apagón larguísimo que nunca se volvió a encender del todo . Nunca.
Se murió igual que se muere la buena gente. En una cama calentita con sábanas blancas y un té con leche y tostadas que estaba por llegar. Eran las seis y media de la mañana.

Nuestros hermanos y los huesos de nuestros hermanos y los dientes de nuestros hermanos se quedaron sembrando la tierra. Con sangre y dolor y grito y carne quemada. Solitos en el aire, cayendo en la furia oceánica. Solitos en oquedades sin nombre. Envueltos en raíces, en hormigueros eternos, en grillos y lombrices. Solos, en la soledad de lo oscuro y del miedo atroz.

(Tomade de APe)

Pésame

Por Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

-¿Qué cosas lo aburren?

-El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

Roberto Bolaño.

viva chávez

Para mí, la noticia de la muerte de Chávez iba a tomar dimensiones notables, casi tan notables como la reciente eliminación del equipo al cual pertenezco del campeonato de fútbol universitario (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), pero la alharaca de mis contemporáneos en Facebook hizo que de golpe se apagara la impresión: un jarro de cerveza sobre los tizones del fuego.

Tuve que salir de Internet, irme para casa del viejo –mi viejo es un derroche de sinceridad-conversar un rato en la sala, escuchar la voz de Mercedes Sosa, mirar un poco de imágenes, y solo así empezar a tantear, con cierta nitidez, el cuerpo detrás de la abstracción que es la muerte de una persona. Y más. Detrás de la abstracción que es la muerte de un político.

El hemisferio de La Habana dista kilómetros del cacerolazo y las polémicas públicas en Buenos Aires, o de la agitación perenne en Caracas, o de los rafagazos estudiantiles en Santiago, o de los mítines en Quito, propio de las revoluciones que se inician, felizmente inocentes y hermosas. Cuando La Habana mira a Chávez no descubre nunca al Chávez prócer, al nuevo estandarte de la integración latinoamericana, es incapaz de construir o de apostar por semejante imagen. Ese es el credo de La Habana histórica, no de La Habana concreta, que se preocupa por el Chávez suministrador de petróleo y, más importante aún, por el Chávez sujeto, por el simple individuo.

Cuando dieron la noticia, la mujer que estaba a mi lado se largó a llorar. Luego dijo que estábamos jodidos. La mujer lloraba al líder carismático por el que los cubanos sienten, a fuerza de tiempo y cercanía, cierta propiedad y mucho afecto. No lloraba por la pérdida del sucesor de Bolívar. Nadie puede llorar por eso.

Lloraba, además, por inexperiencia infantil, impresionada ante el maligno. Los cubanos nos creemos acostumbrados a merodear el borde del huracán, un huracán, por cierto, translúcido, pero no nos sucede nada estremecedor desde hace siglos. Por tanto, nadie se tomó en serio la posibilidad de que Chávez falleciera. Una actitud comprensible si tenemos en cuenta que a Cuba no se le muere alguien lo suficientemente legendario desde 1967.

Sin embargo, en otro orden no menos perentorio, la mujer solo atinó a decir que estábamos jodidos porque aún tenemos bien marcado en la paciencia las largas horas de apagones y nuestra búsqueda incesante de las escurridizas fuentes de energía. Si los continuadores de Chávez no logran reelegirse en Venezuela, los cubanos se imaginan, desde ya, sentados en los portales, con abanicos y periódicos en las manos, espantando mosquitos y ahuyentando el calor, un folclor que nadie quiere rescatar.

En Facebook, por su parte, yo presencié de todo. Expresiones muy sinceras, contorsiones de profundo pesar ante el suceso, y gente lagrimeando con el lenguaje de los comunicados oficiales. Reconocer que les preocupó la ausencia del Chávez generoso les pareció mezquino, algo bajo y rastrero. Declarar que lamentaron la pérdida de un hombre les pareció poco, muestra bastante insuficiente de los deberes revolucionarios.

Hubo quien dijo, carajo, que nadie diera un paso atrás, que aquí en La Habana, atrincherados, ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Si el momento no hubiese sido lo suficientemente grave, yo le habría respondido lo que un amigo me sugirió. “Sí, ya sabemos lo que tenemos que hacer: buscar el pollo de dieta”. No lo hice, porque habría quedado como un pedante, y en nuestra experiencia histórica oficial el humor no tiene cabida.

Esa gente debe aprender, cuanto antes, algo esencial, y no repetir el discurso de barricada que le han instaurado en la cabeza, a riesgo de parecer francamente ridículos. Hay un problema de claridad, pero también de forma.  No sabemos condolernos por la muerte de un líder, aun cuando la sintamos, como si el líder fuera casi un familiar. No sabemos situarlo a la altura de nuestros conflictos personales, que es la altura más decente posible.

Hemos olvidado, en política, el dolor real. O  mejor: su manifestación. Ahora, por ejemplo, sentimos dolor real, es palpable, pero ignoramos cómo sacarlo. Copados por el maquillaje retórico, hemos desenfundado el pañuelo negro del duelo tremendista. Los medios siguen inundados de simulación, el único método que conocemos. Simulamos hasta cuando no queremos simular. Uno sabe de la conmoción porque sale a la calle, porque habla a lo corto con las personas, pero no porque descubra en el empaque de las letras cifradas la pesadumbre del país.

La sublimación del sentimiento épico es el mayor mal de la nación. Yo pensé, para qué negarlo, que la muerte de Chávez me haría disfrutar un tanto menos el Clásico de Béisbol (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), y pensé que ese hombre no iba a ver ahora los batazos de Miguel Cabrera o Pablo Sandoval, para quienes tuvo en varias ocasiones palabras de elogio.

Es decir, pensé lo que siempre pienso cuando la muerte me empieza a rondar -delante de los ojos- en formas y gestos definitivos. Ya no hay manera de que Chávez se tome un café, o de que siga intentado las empresas que formaban su rutina diaria. Unir Latinoamérica. Eliminar la pobreza. Solventar a Cuba. Pienso en Gustavo Cerati, por ejemplo, ingresado en un hospital de Buenos Aires, con un coma prolongado, que no sabe lo que pasa en el mundo desde el 2010, o sea, no funciona, no canta, no compone, pero aunque jamás vaya a recuperarse, le deja a uno la impresión de que sigue ahí, en una sola pieza, sin descomponerse (es una metáfora, ya sabemos que Chávez no se descompondrá).

Lo singular de la muerte es su contundencia, la manera en que volatiliza el cuerpo y resquebraja lo que antes era una unidad. He ahí un eslogan, por si lo quieren: la muerte es como el imperialismo. Pero algo se aprende. Algo he aprendido yo de las muertes que me han impresionado -las de mis dos abuelos y la de Félix Hangelini, un desconocido poeta cubano asesinado el año pasado en el DF. Se pasa de la consternación al aturdimiento, del aturdimiento a la inconsciencia y de la incosciencia a un vacío pausado que se ensancha con los meses, como el agua derramada sobre la mesa.

Algo se aprende, también, en el manejo de los héroes y las figuras públicas. Hay que tratarlos con recelo, dejar que el tiempo los lave (uno debiera, en verdad, dejar que el tiempo lo lave todo), y aunque no creo que sea el caso de Chávez, más de un pueblo se ha perdido detrás de la euforia pasajera, o del dolor general y las vestiduras rasgadas, o del encubrimiento, por parte del poder, de deslices y trampas imperdonables. Pablo de Rokha llegó a componerle una oda a Stalin. Pound hizo proselitismo para el Eje. Y Guillén le dedicó unos versos a Pavón.

La pérdida de Chávez me parece lamentable. No creo que, en lo adelante, su impronta decepcione, sino que, sea cual fuere los resultados y el destino de la más inmediata Venezuela, le ocurrirá la gracia que le ocurre a los líderes que fallecen al inicio de sus gestas. Lo exonerarán de culpas, y si algo sale mal habrá sido porque Chávez no estaba.

Yo sigo creyendo que esa es otra tendencia desacertada, de abierto germen fanático, un tanto vulgar y ahistórica, pero he de reconocer que hay también una dosis de mito en las muertes de héroes que con frecuencia puedo tocar: la de un niño cualquiera, la del Che Guevara, y más recientemente, en ocasiones, la de Martí.

Quisiera entender, de igual manera, la muerte de Espartaco y la muerte de Cristo, pero me faltan un par cosas esenciales para la supervivencia en este mundo: cultura antigua, referencias latinas, y esperanza y fe en la religión.