Por debajo de la mesa

AVISO: Si eres mojigato, o tienes una conciencia frágil, o no sabes qué cosas son palabras como “hentai” o “Bangross”, mejor no sigas leyendo. De aquí en adelante estás por tu cuenta.

hysterical literature

Olvídense de los videos pornos, olvídense de esas carpetas ocultas dentro de aburridos informes, olvídense de The Black Bible, olvídense (por un par de horas solamente) de Nalgas y Libros. Si eres amante de la literatura y el arte, o de la eroticidad retorcida, o de ambas cosas, no debes perderte estas joyitas. Resulta que hay un artista llamado Clayton Cubitt que le ha dado por explorar el placer femenino y para ello ha puesto a leer, correctamente sentadas a la mesa a -hasta ahora- ocho mujeres. Todo bien y sin sobresaltos hasta aquí, ¿no? Pues resulta que bajo la mesa, un esmerado asalariado (¿o lo hará gratis?) se afana por provocarle un orgasmo a las atentas lectoras. Si ven estos videos en su centro laboral, les extiendo la recomendación hecha por In the air de ponerse un par de audífonos porque las risas y chillidos de estas chicas son absolutamente XXX.  Cómo y cuando se distraen es el centro (dice) de interés de la serie.

La serie, nombrada Hysterical literature, ha sido muy viral y ha logrado más de 18 millones de vistas en cerca de 200 países. Imagino por qué. Para nosotros (yo), vouyeristas natos, es un placer disfrutar el placer de estas mujeres lectoras. Sospecho que si estos materiales se distribuyeran como material complementario en la misión Yo si puedo, sus resultados podrían ser aún más extraordinarios de lo que ya son. Veré que me dicen en el Ministerio de Educación.

Para ver los videos, pinche aquí

PS. Si no puedes ver estos videos, o lo que es lo mismo, si vives en Cuba, te los paso vía USB.

PPS. La persona que me llevó hasta estos videos tendrá en un futuro próximo un post, porque se lo merece, por esto y mucho más.

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Economía Social y Solidaria: La esperanza de otra economía

En el principio era la economía privada y la economía pública, pero vinieron Eric Leenson, Rafael Betancourt, Pamela Ríos, ANEC, Víctor Viñuales y otros locos, y lanzaron la semilla de un seminario de Economía Social y Solidaria en Jibacoa. Y vieron que era bueno.

Asistentes al Seminario Internacional de Economía Social y Solidaria: Su inserción en la Economía Internacional, Jibacoa, provincia Mayabeque, Cuba

En momentos en los que el mundo tal parece que no es más que la sucesiva y caótica continuación de unas crisis de todo tipo, unas personas se ha reunido para decir que una economía otra no solo es posible, sino que acontece.

Partiendo de las premisas de la responsabilidad social -o la militancia, como apuntara oportunamente Susana Hentzie– y de la idea de que no es necesaria la acumulación de riquezas ni la destrucción de la Naturaleza para tener una vida plena, fueron a parar a Jibacoa (aproximadamente 60 kilómetros al este de La Habana) un grupo de locos cuerdos compuesto básicamente por investigadores, profesores universitarios, miembros de organizaciones de cooperación para el desarrollo y personas involucradas en experiencias económicas contrahegemónicas. Vaya, lo que se dice una verdadera arca de Noé económica. Habían sido convocados para el seminario La Economía Social y Solidaria: Enfoques para su inserción en la Economía Internacional, un título largo y rimbombante que a fin de cuentas de lo que habla es de una de las pocas alternativas que tiene el ser humano si quiere seguir viviendo en este planeta.

Invitado por sus organizadores, me colé como buen polizón; por mucho el más joven y por mucho el más ignorante pero tengo el defecto incurable de no saber negarme cuando me invitan a formar parte de una empresa que sospecho tiene algo de bondad. Me monté en el ómnibus sin tener demasiado claro que era todo aquello, teniendo como única referencia un artículo que descargué de internet unos días antes y que leí apresuradamente mientras llegábamos al lugar.

En Jibacoa nos recibió un aguacero que nunca se fue del todo. Estábamos en Villa Trópico, una instalación que recordaba haber mirado con envidia en mis tiempos de campista adolescente que se encaramaba en la loma de Jibacoa. Nos engancharon una manilla, nos dieron una credencial y nos recomendaron correr a las habitaciones antes que comenzara la tormenta.

Mi compañero de cuarto fue Carlos Martínez, un artesano de Centro Habana que trabaja el bambú. Carlos es un mulato conversador, que en una hora me contó todo lo que se puede saber sobre las propiedades y usos del bambú. Carlos quiere crear una cooperativa, o tal vez no; Carlos quiere algo que contribuya al desarrollo de su localidad y le dé para vivir dignamente. Carlos está rozando la economía social y solidaria, pero todavía no lo sabe.

Hay un montón de gente interesante en este seminario. En un recuento anárquico y personal:

Felipe Arango, colombiano con el que conversé del uso social de las nuevas tecnologías en países en desarrollo;

– Gabriel Domínguez, un guajiro santiaguero que cuando se hablaba de las trabas para la implementación de soluciones económicas en nuestro país resumió en su sabiduría popular el asunto al comentar “la mujer pare a los nueve meses, y si no, se revienta”;

Hugo Jácome, ecuatoriano llano que habla sobre la necesidad de que la economía vuelva a ser una ciencia social;

– Eduardo Iglesias, cubano que se empeña en llevar adelante una cooperativa de incubadora de cooperativas, y que sospecha que la principal traba para el desarrollo de esta está en la ignorancia;

Jeff Furman, presidente de Ben & Jerry’s, esa compañía de -dicen- riquísimos helados que apostó y ganó por la decencia como un valor corporativo;

– Roberto Sánchez, trabajador de la Fundación Antonio Núñez Jiménez que clama porque el desarrollo de los nuevos –y de los viejos- productores sea no solo eficiente, sino también ambientalmente sustentable;

– Susana Hintze, profesora argentina que trae a cuestas un pasado de larga militancia política del que no puede ni quiere desprenderse y que me actualizó sobre el futuro del kichnerismo;

Pamela Ríos, chilena y una de las culpables del evento desde la Fundación Avina, que no solo recita poemas punk sino que comparte mi vicio por Orsai;

Richard Feinberg, gringo loco que me invitó a despertarme a las cinco de la mañana para subir la loma que está frente a la villa, porque dice que le gusta empezar el día con una meta vencida.

Está este seminario lleno de Felipes, Gabrieles, Eduardos, Jeffs y Hugos, de Robertos, Susanas, Pamelas y Richards. Y me encanta.

Una tarde, en la playa, en la que compartíamos canciones de los respectivos países de origen Erick Leenson, ese gringo bueno que lleva medio siglo comprometido con la justicia y el desarrollo del continente latinoamericano, entonó una canción de la guerra civil española. Ahí me enteré que ese señor canoso, promotor del encuentro y que siempre anda con una sonrisa a cuestas fue amigo de Víctor Jara y vivió en el Chile de Allende. “Jara me pidió una opinión sobre una canción, y yo para no parecer ignorante aunque no tenía idea de música le dije “cambia esto y aquello”, y es lo que salió es eso que dice te recuerdo Amanda, / la calle mojada corriendo a la fábrica/ donde trabajaba Manuel”, nos dijo. Uno nunca está preparado para encontrarse con un pedazo de la historia viva así, bañándose en la playa, creyendo que solo va a escuchar hablar de indicadores macroeconómicos, emprendimientos y tasas impositivas.

Durante estos días los vacacionistas de Villa Trópico en Jibacoa deben haberse extrañado de la  turba de gente que no paraba de hablar –no importa si en el salón de conferencias, en la playa o en el restaurante- de responsabilidad empresarial, mapa empresarial cubano, lineamientos económicos, tasa de mortalidad de las cooperativas, economía compartida, empresas B y comercio justo. Trago en mano y chapoteando en la orilla fui testigo de varias de las más brillantes discusiones que presencié en el seminario, una demostración de que no hay escenario malo para la idea oportuna.

El evento no pudo tener mejor cierre. Divididos en equipos realizamos un ejercicio de reflexión sobre propuestas para la comisión de implementación de los lineamientos en torno a cómo Cuba puede hacer más coherente una práctica que le es consustancial al sistema político –la economía social y solidaria-. El seminario acabó, pero las ideas compartidas comienzan a desperdigarse por todo el archipiélago como dientes de león; esperemos que afinquen en tierra fértil e infecten la sociedad cubana.

Fue un espacio para ver desplegados multiplicidad de criterios, de caracteres; una verdadera feria de la diversidad. En el seminario fue posible escuchar juicios proteccionistas, liberales, marxistas, heterodoxos, un gran collage  que conforma uno de los posibles –y deseables- futuros económicos del país y que, afortunadamente, está signado por la responsabilidad social  y los principios de la economía social y solidaria.

La mala noticia es que no pudimos disfrutar de una tarde de verano como dios manda. La buena noticia es que mientras medio mundo asocia los días grises con la tristeza, después de aquellas 72 horas de debates sobre una economía otra yo les encuentro un no sé qué de esperanza.

(Publicado originalmente en Trabajadores.cu)

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

Demoledora confesión. Diego Fonseca agradece por algo tan sencillo y ajeno a nosotros los seres de este mundo como es el acto de conmoción. Pido permiso a Diego y comparto este post en mi blog, pensando en todos aquellos anónimos que desaparecieron, y no tuvieron una red como esta que armamos para salvarlos del silencio de la frontera. Los comentarios al post siguen, torrenca, solidarios, y me hacen sospechar que la solidaridad no es una palabra guardada en los diccionarios.

 

Edgar, joven inmigrante guatemalteco

Orfilia, joven inmigrante guatemalteca

 

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

Ayer, muchos de ustedes me ayudaron a dar con el paradero de Orfilia, una muchacha guatemalteca que llevaba casi una semana perdida en el hueco negro de Farfulias, en Texas. Orfilia fue detenida el martes por la Border Patrol y ahora está siendo procesada para deportación.

Es la primera vez en mi vida que me alivia que alguien que no es criminal esté preso. Cuando llamé a Ingrid para avisarle de que su hermana estaba en manos de la policía —o sea, viva—, ella llevaba una semana sin dormir. Tiene dos medialunas grises cavadas bajo los ojos. Anoche pegó un ojo: dejó el otro abierto para esperar por Edgar, su sobrino, el compañero de viaje de Orfilia.

—Don Diego —me dijo—, me sacó las ganas de llorar.

El que lloró fui yo.

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

Hoy, el consulado de Guatemala en McAllen, la ciudad que se espeja en la mexicana Reynosa, me informaron que Edgar también había sido detenido. Orfilia y Edgar fueron atrapados cuando intentaban escapar de la patrulla. Otros que viajaban con ellos se escondieron en casas. Ahora esperaban el regreso del pollero para echar otra suerte a la ruleta: le pagarían 500 dólares más a cambio de volver a la frontera y probar otro cruce.

A Orfilia y a Edgar los atraparon porque iban juntos: no se puede huir bien si corres de la mano.

¿A quién pertenece una vida, si alguien?

Orfilia venía a Washington DC a trabajar: su hermana había ahorrado para traerla por un camino distinto al de ella, esquivando Matamoros, saltando por Reynosa, evitando Brownsville, eligiendo el vallado de McAllen. Ingrid me dijo que había patrullas cada dos brazadas y que cruzar sería difícil, pero si ella lo había logrado, no había por qué dudar de la determinación de alguien más joven.

Edgar llegó a la frontera escapando de lo que escapamos todos: la muerte. La suya, claro, no tenía la comodidad de la muerte vieja. Su padre, otro Edgar, había sido asesinado por la espalda frente a la puerta de una iglesia. Él cambió de casa y de pueblo con su hermana y su madre por un año. Un hermanastro del padre los extorsionaba por teléfono: si le daban plata, él les daba vida.

Edgar eligió la vida, pero no aquella, que es morirse de a poco. Eligió correr por la vida, jugársela a la ruleta del cálculo probabilístico: era mejor arriesgarse a perderla en un camino del desierto texano que perderla seguro por una bala en el trópico chapín de Izabal.

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

Soy malo para los agradecimientos. Memoria de agua, los hechos vueltos humo. Si no anoto, pierdo el registro del mundo. Pero recuerdo a muchos de ustedes, y va lo mismo para quienes no registre aquí: ya tengo el cuero duro pero me han ayudado a descubrir que aun me quedan poros para que se me filtre la conmoción. Gracias por todo lo que hicieron. Gracias por movilizar a sus familias en el norte de México, por conectar a organizaciones fronterizas y de ayuda a inmigrantes en Texas, Los Angeles, NYC y Washington. Gracias por los teléfonos y los correos de abogados. Gracias por hacer algo tan simple como conmoverse. Es tan fácil, tan difícil.

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

Ayer, cuando hablaba con la cónsul de Guatemala en McAllen le dije lo que Ingrid dijo de su hermana: que estaba *perdida* en la zona de Farfulias. Luego cambié: la segunda vez que hablé del tema ya usé un término más indefinidamente claro: Orfilia, dije, estaba *desaparecida*. Un desaparecido es alguien que no se ha ido nunca, que está destinado a flotar en un limbo que le niega toda entidad.

La cónsul tuvo la delicada brutalidad de las certezas.

—Cuando uno se pierde en Farfulias —me dijo—, no se pierde: se muere.

Las vidas apresadas de Orfilia y Edgar, hoy, al menos, son vidas. Queda ver qué libertades les quedan en la deportación, en el regreso al lugar del que escapaban, de la pobreza o de la muerte.

¿A quién pertenece una vida, si a alguien?

A orillas del Al-Urdunn (a propósito de otro ataque a Gaza)

Este relato lo escribí en el 2008, cuando Israel desarrolló la operación conocida como Plomo Fundido, en la que bombardeó sistemáticamente la franja de Gaza durante varios días. En dicha operación, las Fuerzas de Defensa Israelí, con el sempiterno móvil de destruir los bastiones de Hamás, provocaron una auténtica carnicería que en medio mundo fue conocida como la Masacre de Gaza. Ahora que vuelven los aires de conflicto, les dejo este pequeño cuento, más por el motivo que por su dudosa calidad.

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1

Un pájaro refugia su vuelo en milenarias ráfagas de aire, y a través de sus pájaros ojos vislumbra los restos de una ciudad marchita. Recuerda que salió temprano en busca de alimento. El otrora visitado parque, al que acudían muchas familias que se divertían dando de comer a las aves, ahora es un terreno baldío en el que algunos árboles desafían las posibilidades de supervivencia y el fósforo blanco.

Con la mirada inquieta busca la rama que acoge su nido, esa donde sus pichones esperan indiferentes a todo; a los peligros que acechan, a la desertificación y al cambio climático, al bombardeo implacable que comenzó mucho antes de su nacimiento y forma  parte de sus sonidos ambientales.

2

En uno de los árboles del parque, un olmo añejo que podría contar la historia reciente del suelo palestino,  se instaló hace tiempo con su pareja, a la espera de los huevos que los millones de años de evolución les anunciaban que vendrían.

Una mañana el gorrión padre salió a buscar comida y no regresó. La gorrión; sometida por el hambre, voló a buscar restos de cualquier cosa comestible. Un par de metros más tarde encontró los despojos de su pareja atravesados por una bala que debió ser para un militante de Hamas o para un soldado israelita; el resultado era el mismo, un gorrión menos en el parque y una madre que en lo adelante tendría que salir para dar de comer a sus hijos.

Así empezaron las semanas de vuelos clandestinos, entre descanso y descanso de los otros pájaros aterrorizantes, que tapan el sol y cuando tocan tierra destrozan parques, edificios y familias; pájaros de vuelo impreciso y víctimas seguras que viven tranquilos en la cima de la cadena alimenticia.

3

Una vez fue capturada. Aunque le extrañó de encontrar un trozo de pan en la alameda desierta, no quiso desaprovechar la oportunidad. Su instinto animal reaccionó lentamente, apenas pudo moverse cuando los chicos la atraparon. En sus ojos de niños se percibía la malicia de los sobrevivientes de la guerra. El terror tiende a hacer esas cosas, a naturalizarse en las vidas de las víctimas y quien mejor que los niños para convertirse en sus huéspedes cotidianos.

Jugaron al fusilamiento, donde le quebraron un ala; jugaron a la tortura y perdió parte de sus plumas. Se disponían a seguir la diversión cuando encontraron un artefacto cilíndrico de aspecto brillante que atrapó toda su atención. La gorrión fue tirada a un lado del camino y los chicos, curiosos, comenzaron a trastear el aparato. La explosión repentina impidió que la sonrisa escapara de los rostros; apenas quedaron algunos restos irreconocibles de carne humana y su recuerdo en la memoria de un pájaro herido. De alguna manera llegó a su nido, donde sus pichones se distraían con un gusano que tuvo el mal tino de enrumbarse hacia esa rama. Con tristeza reconoció en los ojos de sus hijos el familiar brillo de la muerte.

4

Las semanas transcurrieron y la partida de sus crías se hacía notoria. Su afán de protección duró lo que la paciencia de sus hijos. El ansia de conocer más allá del árbol los desbordaba; ejercitaron sus alas, se dejaron caer del olmo para ver maravillados como su cuerpo se sostenía flotando. Su partida era cuestión de días.

5

Al llegar al lugar donde por décadas creció el árbol que le dio cobijo, al encontrar en lugar de su rama cenizas y tizones de madera encendidos, la gorrión se limitó a acomodar sus plumas y mirar a todos lados. Atardece en Cisjordania. Comienzan los llamados del al-mu´addin a la mezquita. Es viernes, y ni las agresiones ni  otra circunstancia pueden impedir la realización de la plegaria. Piensa que tiene que buscar otro gorrión, otro árbol, otra rama. Extiende sus alas y se lanza al cielo.