Thea Hjelmeland: Delirando con una voz del norte

Foto: Gregory Dominé
Foto: Gregory Dominé

Uno no está preparado para salir de un concierto de Lila Downs, creyendo que ya la noche lo dijo todo, y toparse con una Plaza de la Revolución mojada, indefensa, una plaza inofensiva de farolas amarillas con un tono de otoño que la engrandece. Tanto, que pierde la mayúscula y logra el ingreso a las filas de las hermosas plazas anónimas.

Uno no está preparado para llegar a un lugar cuyo mirador alinea a Camilo y al Che de un lado, y al Martí del memorial del otro; un mirador desde el que –si uno presta atención– se revela cierta poesía irónica: gracias a la magia del dinero puedes tener la ilusión de que el símbolo del poder político de Cuba está a tus pies.

Uno no está preparado para llegar a un lugar así y que aparezca una muchacha bonita, de cabellos casi blancos, con un vestido verde de lentejuelas que en otra podía molestar pero en ella se ve sencillo, casi –casi– inocente.  Uno no está preparado para que esa muchacha abra la boca y sin esperarlo te deje solo frente a la belleza.

Uno no está preparado para encontrarse con una voz que desnuda el alma y descubre secretos olvidados, sueños de la infancia y desgracias que aún no se anuncian. Una voz que desaparece mis preocupaciones –entre las más urgentes: estoy a punto de perder una muela, mi trabajo no me da para vivir, hay un camión de sábanas esperando que las lleve a la tintorería–. Una voz capaz de cantar las verdades del nacimiento y la muerte como lo que son, las puntas atadas de una misma cuerda. Una voz que me amedrenta y sitúa en el medio de la nada, sin más recurso que aferrarme a la voz y rezar una plegaria para que no se calle nunca. La vida, o por lo menos todo lo que importa de ella, debiera durar lo que dura una voz como esta.

Canción para Mariana

Guardarraya: 1. f. Ant. Linde de una heredad. 2. f. Cuba. Camino estrecho entre dos espacios cultivados, especialmente en un cañaveral, que permite el paso de personas, animales y vehículos y que sirve de línea divisoria en campos de cultivo.
«Los deseos no se eligen, nos toman al asalto»
Benjamín Prado
Nadie sabe cómo va a cruzarse con el misterio. Ahí, en el extremo derecho del blog, bien arriba, aparecen los seguidores que como cuentagotas va logrando ese intento por conjurar el bullicio, por hallar un espacio en el que se puedan conjugar nuestras dos patrias. Hace unos días se sumó Mariana, una cubana que el viento llevó hasta el límite del mundo y que en Oslo hace unos textos breves y gatunos, rotundamente personales. Desde que la encontré, ando adicto a sus letras, letras de una poesía cálida, que parecen hechas para combatir el frío del norte y de las que me apropio con un íntimo placer que hace tiempo no disfrutaba.
Sin apuro, como quien paladea un buen añejo mientras espera el atardecer en el Malecón, voy leyendo sus textos a ratos crónicas, a ratos cuentos, a ratos pensamientos libres, a ratos conversaciones que no logro desentrañar. En una carrera inversa, voy devorando recuperando inexorablemente el tiempo perdido hasta llegar a su blog. Juego a descubrir datos, pistas, piezas del puzzle que me ayuden a armar una silueta posible de Mariana. Sé que le gustan los gatos, Hemingway, el sexo, Nick Cave, el vino, los recuerdos, lo bue si bre si do ve bue, el café, el silencio (estos últimos son puro bluff, aún no he leído nada que lo confirme).  Así, un buen día –cercano por lo que veo; no paro de leerla– llegaré hasta el post primigenio, un post en el que seguramente hallaré una presentación que para entonces ya no me hará falta.

Mientras tanto, entre ocupación y ocupación (a veces faltando a ellas) me invento un pretexto para darme un salto hasta la guardarraya de la Siberia, ese lindero en el que me acurruco y leo, y pienso otra vez como Raúl Luis que el sitio existe, es hermoso.