Cronistas: la banda de los testarudos

Cuenta Juan José Hoyos que, en sus primeros tiempos como cronista de un importante periódico colombiano, sufrió muchos desengaños por la falta de espacio para publicar sus historias. En realidad no era que escaseara el espacio, sino que se lo negaban con el argumento de que al público le producían tedio las crónicas. El país estaba en crisis – le decían – y por eso el mejor camino para acceder al lector era informar escuetamente sobre lo urgente.

Para sortear el escollo, Juan José apeló a dos cualidades de las que nunca se habla en las escuelas de periodismo: resistencia y malicia indígena. Lo primero le sirvió para aguantar los desencantos sin pensar en retirarse y sin contemplar la opción de arrojarse por la ventana.

Y lo segundo para descubrir la única luz posible en medio de aquella oscuridad. Había — ¡Eureka! – una manera de publicar sus crónicas cada semana: el truco consistía en mandarlas a la redacción los jueves por la tarde, que era cuando los editores salían del periódico hacia el club a jugar golf.

Conviene que muchos jóvenes que andan por ahí con ganas de publicar crónicas vayan tomando nota de este inesperado requerimiento: para sobrevivir no basta con aguzar el ojo y cultivar la voz personal: hay que blindarse contra las inclemencias del entorno, alinearse sin titubeos en el bando de los testarudos.

Sin esa terquedad será imposible sobrevivir a la tiranía de ciertos medios que confunden lo urgente con lo importante, y no necesariamente por desorientados sino porque están más interesados en las cuentas que en los cuentos.

Y sin duda por eso – como bien lo observa el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez – prefieren una forma telegráfica fácil de digerir, cuyos componentes básicos son los datos, el sensacionalismo y el lenguaje universal de los números. “Bajo esa forma”, añade Vásquez, “el suceso es: ‘Asesinados acaudalado granjero y 3 familiares’; bajo la forma de Capote es A sangre fría”.

Ciertamente, un gran sector del periodismo de nuestros países sigue creyendo que solo se consiguen noticias de interés poniendo una grabadora al frente de los poderosos que necesitan hacer sus anuncios o deshacer sus entuertos. También es cierto que hoy se privilegia lo que puede funcionar como espectáculo.

Bienvenido a la realidad: te vas a topar con ella tarde o temprano. Como es muy posible que la situación persista durante el resto de tu vida, más te vale que no pierdas el tiempo quejándote.

Te propongo que, en vez de convertirte en un profesional resentido que vive refunfuñando contra el medio en el cual trabaja, esperes pacientemente la llegada de tu Jueves Santo para publicar, a hurtadillas, esa crónica que te ha quitado el sueño. Revisa el ejemplo de Juan José Hoyos.

Me dirás que no estudiaste para sentarte a esperar que tu editor vaya a jugar golf sino para hacer periodismo narrativo. Entonces me estás entendiendo mal: el punto aquí no son las partidas de tu jefe sino la manera en que asumas tu propio compromiso.

(Tomado de El Puerco Espín)

Sobre la prensa en Cuba

por Guillermo Rodríguez Rivera  (Tomado del Blog Segunda Cita)

Los amigos de Espacio laical(*) me han distinguido llamándome, otra vez, para tomar parte en un dossier de esos que pueden contribuir a aclarar algunas cosas que hace mucha falta aclarar. Quieren mi opinión para que se incluya en lo que, sin duda, será un debate sobre la prensa en general y, específicamente, sobre la prensa en Cuba.

Quisiera empezar por decir que alguna vez, allá en mi ya lejana adolescencia, acaricié el propósito de ser periodista. Nunca llegué a matricular en la Escuela de Periodismo que existía en Santiago de Cuba, la ciudad donde nací y crecí. Y cuando, casi al triunfo de la Revolución mi familia decidió mudarse a La Habana –donde ya vivían mis hermanos médicos– , tampoco quise estudiarlo porque, leyendo las crónicas del mayor de los periodistas que ha dado Cuba, José Martí, y que nunca había estudiado periodismo, comprendí que el periodismo no era un saber sino una habilidad, un oficio que hay que desarrollar desde una formación humanística. Hacer una crónica o un reportaje (más aún un artículo de opinión) se aprende a hacer leyendo a los maestros y, ante todo, escribiendo. Claro, si uno tiene la capacidad para hacerlo. Seguir leyendo

La universidad, los planes de estudio y el alfabeto

No tengo la menor duda de que las transformaciones –al menos las hechas con buena fe- que sufren los planes de estudios son con la intención de ajustar la formación profesional a la realidad circundante, para garantizar que el futuro graduado logre insertarse con los conocimientos necesarios en un posible entorno laboral. Por eso pienso que el llamado “Plan D” es superior al “C”, como mismo lo será el “E” en unos años. Lo que sucede es que de repente la espada de la pregonada semipresencialidad ha comenzado a soltarse y está a punto de cortar más de una cabeza. Seguir leyendo

Ocho años de duelo contra la quietud

La casualidad -y una buena profesora y amiga- me trajo hasta Cubadebate una mañana a comienzos de este año. Llegué a una mediana oficina en la que tres escritorios ocupan la mayoría del espacio disponible. “Esto es Cubadebate”, nos dijeron tras las presentaciones de rigor. “¡¿Esto es Cubadebate?!”, pensé para mis adentros, y en la cara de David descubrí un sentimiento similar. Seguir leyendo

El dilema inacabable del periodismo en Cuba

Hace ya varios días leí este comentario oportunísimo sobre algo que trasciende su pretexto inicial -la ausencia, aún no bien explicada, de tres jugadores estelares del equipo nacional de voleibol masculino- y se suma a un debate que a ratos reemergue en la web y en la calle (nunca en los medios, lamentablemente nunca en los medios). Estamos necesitados de trabajos como este, que quieren saber, que piden razones lúcidamente no a través de editoriales retóricos, esos que ponen el dedo en una llaga que a ratos -por meses, por años- parece incurable. Seguir leyendo