Entrevista de Yadira Escobar a Julio César Guanche (transcripción casi exacta)

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Me encontré esta entrevista que le realizara Yadira Escobar a Julio César Guanche, un todoterreno que admiro por muchísimas razones, y me pareció un intercambio tan interesante que decidí aprovechar una madrugada de insomnio para transcribir sus palabras y compartirlas con todos aquellos que la conexión les impida ver el video en Youtube. Que les aproveche.

 

(…)

Yadira Escobar (YE): Recientemente usted estuvo en el encuentro, o en el debate, que se realizó en La Habana por la Archidiócesis y Espacio Laical y se habló, según lo que pudimos leer por Internet, de reformar la constitución. Exactamente, ¿qué es lo que usted cree que se debe reformar?

Julio César Guanche (JCG): La reforma es obligatoria por algunos cambios que se están haciendo. La constitución cubana actual, vigente, reformada en el 92 y después en el 2002, tiene una cláusula de reforma que establece varios indicadores de cuándo debe ser reformada, además, llevando a plebiscito popular los cambios que se hayan introducido en esa reforma. Si se cambia la estructura del estado cubano, y si se cambia la estructura de derechos de la ciudadanía, uno de esos dos cambios obligaría a una reforma constitucional que debe ser sometida a plebiscito popular.

Esos dos campos deben ser reformados en Cuba; ya están siendo reformados. Lo que se llama experimento en Artemisa y Mayabeque es una nueva forma de organización del estado que separa al gobierno del estado; eso no está previsto en la constitución. Debería para estar previsto ser objeto de una reforma. Eso me parece un cambio positivo, separar funciones; unas estatales representativas y otras gubernamentales, administrativas.

Eso por un lado; y por otro me parece muy importante ampliar, profundizar, multiplicar el catálogo de derechos y las garantías de la ciudadanía en Cuba. A la altura del 76, ese catálogo –visto con los pactos internacionales de derechos humanos– no estaba desactualizado; a la altura del 2014 está desactualizado, y tiene muchas carencias en el campo de las garantías, por ejemplo. No existe un control de constitucionalidad en Cuba; no existe un proceso de protección de derecho en materia constitucional; hay muchas garantías establecidas por ley que no funcionan en la práctica jurídica de Cuba, y eso debería ser plasmado en la reforma que venga.

También los cambios económicos deberían llevar una nueva remodelación del texto constitucional; son muchos los que se están haciendo. La propia posibilidad de contratar trabajo asalariado por parte de privados en Cuba –una posibilidad que no estaba concebida en el 92–, eso solo ya debería tener una atención en el nuevo texto constitucional.

La única pregunta que se hace en Cuba, y me parece que es importante, es si es una reforma lo que se está pensando o si es necesaria una nueva constitución. A mí me parece que por la magnitud de los cambios que se están haciendo, por la magnitud de los cambios que se deben hacer, y la magnitud de transformaciones que están en la base de este proceso debería ser una nueva constitución lo que salga de eso.

YE: ¿Cree entonces que se debe llevar a voto la elección del presidente?

JCG: (…) Con la estructura institucional actual es impensable. Si es positivo o no, es una discusión que también está en Cuba y fuera de Cuba. Las ventajas y desventajas son múltiples; el sistema parlamentario tiene varias ventajas a diferencia del presidencialismo. Una elección de voto directo significaría un cambio constitucional en Cuba hacia un presidencialismo que no está muy en el horizonte. A mí me gustan más los regímenes parlamentarios.

He apoyado alguna opinión [sobre] el voto directo, pero verdaderamente para mí no es [tan] importante el voto, quién vota por quién, como la función representativa de ese presidente, quién lo controla, cómo se debe a un parlamento, cómo funciona un parlamente. [Esas] me parecen preguntas más sustantivas que la de cómo se elige el presidente. No es que no sea importante, importante es, pero me parece que hay un campo de problemas que se quedan fuera cuando lo enfocas en la elección del presidente, que habría que considerar.

Uno de ellos sería una reformulación completa de las maneras en que funciona el parlamento cubano. Igual creo que verdaderamente funciona muy poco con sus sesiones, y debería funcionar siendo mucho más representativo de la pluralidad política que existe hoy y dándole voz a muchos de los actores políticos que existen hoy cuya voz y cuya conversación no aparece reflejada en el parlamento.

YE: En Cuba actualmente hay una gran diferencia entre algunos ricos y algunos pobres, pero esas personas siguen [siendo] tratados casi por iguales. Ahora, ya que no son iguales –el pobre necesita obviamente un poquito más de atención social, necesita que la electricidad, por ejemplo siga siendo subsidiada–, ¿sabes si se está hablando, hay algún debate sobre la posibilidad de ya tratar [de] diferenciar a los ricos de los pobres dentro de la sociedad cubana?

JCG: Bueno, diferenciados están, y siempre que se generan desigualdades se expresan también las desigualdades. Existen y no son nuevas, el nivel de pobreza en Cuba también ha subido de los noventa para acá, la investigación social que se hace en Cuba ha publicado muchas investigaciones sobre eso, se conocen los datos, se conocen los problemas de estratificación social que existen. No es una cosa desconocida para la mayor parte de los cubanos, primero la vemos, y segundo se tiene estudiada. A mí lo que me parece que está mal es tratar a los desiguales como iguales; hay que tener políticas fuertes de protección social a los que no estén incluidos positivamente, exitosamente en las reformas. Es imprescindible, entonces, tener una concepción del crecimiento, que es muy necesario y muy imprescindible para un país -el crecimiento económico estoy diciendo- pero siempre orientado por una visión social del desarrollo, y siempre orientado por una visión de inclusión social de ese crecimiento.

El programa de crecer, crecer, y crecer es un programa que algunos defienden, es un programa que yo podría defender porque entiendo su importancia, pero siempre que esté en paralelo, necesariamente, acompañado de un proyecto muy fuerte de justicia social con sucesivas implementaciones, no con un discurso sino con una suerte de políticas sucesivas que se encadenan entre sí, y se multiplican entre sí. Me parece que sí, que se reproduce desigualdad, que se reproduce diferencia.

Ahí hay que distinguir, el problema de la desigualdad, el problema de la diversidad, y el problema de la diferencia. Son palabras diferentes que remiten a universos diferentes. Somos diferentes pero no tenemos que ser desiguales, no tenemos por qué ser desiguales ante el acceso a la sociedad, no tenemos por qué ser desiguales ante el acceso a la política, no tenemos que ser desiguales ante el acceso a la economía, lo que sí somos diversos y esa diversidad hay que defenderla.

YE: Usted ha hablado de que hace falta, que sería muy positivo que se reconocieran las imperfecciones, los errores del sistema cubano. Ahora, dentro de Cuba se está fomentando el periodismo crítico, el periodismo muy audaz, pero siempre el periodista profesional debe tener un límite dentro de sí mismo, cuál es el límite ético, cuál es lo correcto [sic]. Ahora, ¿le daría algún consejito a esos periodistas que quieren criticar para construir pero no tampoco pasarse?

JCG: Yo respeto mucho el periodismo joven que se hace en Cuba, conozco bastante de sus principales exponentes, y de los que no son principales, digamos, sus exponentes. Los leo porque me interesa mucho la voz que expresan sobre Cuba, la imaginación que muestran. Me parece que Cuba tiene muchos problemas con la prensa y no son necesariamente de los periodistas, son problemas de un sistema de prensa que ya no funciona hace mucho tiempo, que no se ha cambiado, y me parece que tiene que haber muchas más garantías del debate de la expresión pública de los periodistas en Cuba, no solo en sus blogs individuales sino en los sistemas de comunicación públicos en Cuba, que deberían existir como sistemas de comunicación públicos no solo del estado y el gobierno.

Sí hay límites, pero también hay problemas que van más allá de ellos. Esos límites tendrían que ver siempre con sus propias convicciones, también tendrían que ver con lo que podemos plantear que puede ser un consenso nacional de ¿entornos opresivos? muy grande, algunos de los cuales te he comentado. A mí parece, y esto no tiene por qué parecer excluyente, que hay compromisos muy fuertes en Cuba, en la Cuba actual, que tienen que ver con la sociedad civil, con el pueblo cubano; que tienen que ver con un compromiso con la ampliación de la esfera pública, una esfera en la cual [los ciudadanos] participen más, se expresen más, discutan más; [un compromiso con] que las asimetrías al acceso a la esfera pública puedan ser disminuidas, que no haya tanta asimetría de información, que existe hoy. Me parece que los periodistas cumplen una función también con eso, que es política, que es moral, que es profesional.

Es bueno también pluralizar las sedes desde las cuales se habla, y tiene mucha fama y buena fama –y con razón– la blogosfera, pero [en] una sociedad como la cubana con el precario acceso a internet y la precaria conectividad no es lo más conocido, lo que hace falta es mucha más comunicación entre los distintos públicos en Cuba, y eso significa mucha más información ofrecida en los medios cubanos, medios que sean capaces de expresar la pluralidad.

Tu pregunta la reformularía. Para mí es un problema de límites siempre, pero límites tienen no solo los periodistas; todo el mundo debería tener límites éticos, de condiciones, e ideológicos también, pero no impuestos de una única manera de concebir las cosas y menos cuando son periodistas de medios públicos.

La sociedad cubana ha cambiado mucho. No he estado aquí en Miami, no conozco Miami, no hablo de lo que no sé; lo que conozco que es Cuba, La Habana y parte de su sociedad. Es una sociedad que se ha pluralizado mucho, que no nunca hay que verla en bloque, que hay muchas generaciones distintas que tienen mucha vida dinámica dentro del país –vida dinámica significa discusión conversaciones, debate–, y [se] empobrece mucho la sociedad cubana representada solo por un bloguero, un profesor o un investigador. Me parece que hay que atender a las maneras distintas que tiene ella [la sociedad cubana] de expresarse; la música cubana, el cine, el teatro, eso en el campo de la cultura, pero también escuchar a la gente, la gente habla cada vez más, y me parece que es muy bueno que hable cada vez más.

A mí no me gusta dar consejos, la verdad. Los periodistas son personas que ya tienen su formación, tienen su profesión, son personas, son ciudadanos. Sus límites serían la ética profesional, las leyes cubanas.

YE: ¿Bueno Guanche, me pudiera decir si usted cree que el nacionalismo revolucionario tiene futuro dentro de la Cuba de mañana?

JCG: ¿El nacionalismo?…

YE: ¿si pudiera tener éxito?

JCG: … ¿revolucionario? Es una discusión también que anda en Cuba y que anda fuera de ella. Es una palabra compleja; le han llamado nacionalismo revolucionario a algo que ha tenido otros nombres en la historia de Cuba, le han llamado nacionalismo radical, le han llamado nacionalismo popular. A mí me gusta mucho el nacionalismo cubano del 40, que fue un proyecto de inclusión nacional muy grande. Bajo el manto del nacionalismo hablaron todos los sectores cubanos en la época: hablaban los negros, hablaban las mujeres, hablaban los hijos que llamaban naturales en la época, hablaban los maestros que buscaban que le pagaran salario, hablaban los científicos que querían crear el Instituto de Medicina, hablaban los profesores, todo eso desde plataformas ideológicas muy diferentes, pero que podían concebirse con un manto nacionalista.

Ese nacionalismo, como siempre, era el proyecto de clases específicas de [sic] situarse dentro de Cuba después de una crisis del estado oligárquico cubano en los años treinta, básicamente en el 33, que no habían tenido espacio esas clases –burguesas, industriales no azucareras–, y que buscaron con la crisis de aquel estado del 33 después de la revolución popular del 30 una nueva fórmula política en Cuba. Esa fórmula política en Cuba llegó a la constitución del 40. A mí me parece que ha sido muy mal leída en Cuba en las últimas historiografías, salvo excepciones muy valiosas. Ha sido leída como un documento que no tuvo la gran importancia que realmente tuvo. Es el gran documento con el que cierra el ciclo revolucionario del 30 al 33; me parece que debemos recuperarla.

Y cuando me hablan de nacionalismo pienso en ese tipo de nacionalismo, un tipo de nacionalismo que pensaba, en los 40, en temas de independencia nacional, soberanía económica, en temas de antimperialismo. Ese es un nacionalismo que nunca renunció a la democracia política; la constitución del 40 es una constitución tanto democrática en lo social como en lo político. Entonces no hay que ver el nacionalismo como opuesto a democratizaciones políticas, ni como comunidades nacionales que se cierran sobre sí mismas, que excluyen a los que están fuera o tienen conflictos con los que están dentro. Una nación como un nacionalismo democratizador es una nación que se mira con un proceso que está en construcción permanente, que puede incorporar las diferencias que van surgiendo en el proceso de esa construcción; y a eso se le puede llamar también nacionalismo. Significa que no es una entidad histórica cerrada, un hecho que está aquí y que es el mismo que se ha ido desenvolviendo en la historia del tiempo. El nacionalismo del año 1912, por poner un ejemplo, es muy muy diferente al nacionalismo del 40, y probablemente sea muy diferente al nacionalismo de ahora, el que se puede defender ahora.

El que se puede defender ahora hay que defenderlo en condiciones de una Cuba muy transnacional, transnacionalizada, que significa con muchas diásporas en muchos lugares, no solo aquí en este país [EE.UU.], con lo cual me parece que se puede hacer una apuesta por el nacionalismo pero con esta cantidad de salvedades que te estoy haciendo, que no lo minimizan sino que lo empoderan porque lo democratizan, porque piden lealtad a cuestiones que pueden ser más trascendentales a los cubanos, que tengan que ver con su derecho de ciudadanía y también con los derechos de inclusión social y nacional. En ese sentido me parece que el nacionalismo es muy defendible, para no mencionarte todo el tema más espiritual de lo que llamamos la patria, que también, pero me gusta [no mencionarlo] porque podemos entender por patria cosas muy diferentes, y la patria históricamente ha sido cosas muy diferentes, no en Cuba, desde la antigüedad romana. Es mejor buscar pisos fuertes que puedan unificar, unificar quiere decir unir en una plataforma. Esa plataforma puede ser la ciudadanía, democratizada puede ser el nacionalismo, porque no creo que compitan entre sí. Creo que sí puede ser un proyecto que compartan cubanos.

YE: ¿Se siente optimista cuando piensa en el futuro cubano?, vamos a decir, una década; dentro de una década, ¿usted cree que se va a sentir bastante satisfecho con el rumbo que está tomando la nación actualmente, con todas estas reformas económicas, y quizás también como usted hablaba con una descentralización en otros aspectos de la sociedad? ¿Se siente optimista?

JCG: El optimismo a veces hace daño. También el pesimismo. Cuba cambió mucho en el siglo XX; cada treinta años cambió mucho. Cambió en 1901, cambió en 1930, cambió en 1959. Está cambiando ahora, está cambiando mucho, desde afuera quizá no se aprecie la calidad y la cantidad de los cambios. Cualquiera que vaya a Cuba sabe que no tiene nada que ver con los discursos típicos o históricos sobre Cuba.

Es una sociedad que se parece cada vez más al mundo; los cubanos se parecen cada vez más a cualquier ciudadano del mundo, comparten problemas con muchos países del mundo, tienen problemas propios, como en otros lugares tienen problemas propios. Esto significa que para mí está lejos ya, o cada vez se aleja más de ser aquella excepcionalidad que elogiaban para lo bueno y criticaban para lo malo. Me parece que sí tiene que cambiar. Y yo quisiera, ya por optimismo -que puede ser peligroso pero también es una tabla de salvación, porque también vivo en Cuba, mis hijos viven en Cuba-, pienso que es útil mirar con limpieza al futuro. Limpieza significa honestidad, significa mirar con esperanza, y significa confiar también en los cubanos que quiera apostar por ese futuro.

Norge Espinosa: “A mi manera, hice mi marcha hoy Rampa arriba, para saludar el 17 de mayo”

 Hoy, vía Darsi Fernández, me encontré estas palabras del escritor Norge Espinosa, al parecer subidas a Facebook el pasado sábado 17 de mayo, Día Internacional contra la homofobia y la transfobia, que coincide con el Día del Campesino cubano. Esta coincidencia no ha sido bien recibida en algunos sectores de la sociedad nuestra, y como prueba de ello alguien decidió “negociar” que la marcha contra la homofobia y la transfobia, que desde hace varios años viene realizándose en la capitalina Rampa, se trasladara hacia otro día “menos susceptible”. La terrible decisión muestra que el camino para erradicar estos males de la sociedad cubana aún es una cuesta arriba empedrada por las incomprensiones. Esperemos que algún día podamos salir de los compartimentos inútiles, y preocuparnos por cosas más esenciales que los prejuicios. Que bastantes problemas tenemos para construir un país desde el subdesarrollo para encima aferrarnos a semejantes lastres morales.dia internacional contra la homofobia y la transfobia

por Norge Espinosa Mendoza

Y hoy debíamos haber marchado, Rampa arriba, en saludo al Día Mundial de Lucha contra La Homofobia y la Transfobia. Reajustes siempre incómodos, y el rechazo de no pocos a celebrar este momento en la jornada que el calendario nacional dedica al campesinado, han hecho que cada vez, el 17 de mayo sea menos reconocido como lo que significa en muchas partes del planeta según la decisión de la OMS.

Esta vez, no ha sido menos, y ayer mismo me preguntaban varios amigos si la marcha sería hoy en la mañana, confundidos y con no poca excusa para ello, en este desplazamiento que, para no herir sensibilidades, padecemos cada año. A ver si tras la celebración del ILGALAC en Cuba, y tras su consiguiente efecto Varadero, que no permitió que en la UNEAC, por ejemplo, aparecieran los máximos responsables de esta campaña que el Cenesex orienta en Cuba, damos por claro que no estamos eligiendo este día para molestar a nadie, tal y como uno de los comentarios que aparecieron en Granma bajo la entrevista a la directora del Cenesex quiere hacer creer a muchos. El 17 de mayo fue elegido a partir de que en esa fecha se eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades, según decidió la Organización Mundial de la Salud. Hoy me despertó en la TV nacional un spot dedicado a la celebración de los 53 años del establecimiento en nuestro país del Día del Campesino. Del resto, nada.

Esos comentarios publicados bajo la entrevista de Granma dan fe de que la campaña nacional contra la homofobia tiene que ser aún más viva, inteligente, sutil, eficaz, no solo en transmitir mensajes de salud ni apostar por lo didáctico. Hay que ser más progresivos y comprender que la acción en un pos de una comprensión más amplia del asunto exige otras estrategias, otras políticas de cambio y diversidad no solo en lo sexual. Hay agujeros históricos que demandan repasos impostergables, como la UMAP, y que no se cubrirán fácilmente, porque el dolor ha pesado durante mucho tiempo y el silencio no lo cura todo. Pero también habría que hacer entender que se intenta equilibrar el empoderamiento de ciertos sectores de la sociedad para que ese mismo núcleo sea más respirable, y no en solo en lo concerniente con la sexualidad.

Ayer mismo Jazz Vila se vio casi obligado a retirar el cartel de su pieza Rascacielos, que ha molestado a tantos fundamentalistas de todo tipo al mostrar abiertamente en una esquina de la calle Línea a diversas parejas besándose: heteros, gays, lesbianas. El cartel ha sido atacado, vandalizado, y las mismas gentes que no se escandalizan ni se mueven con tanta rapidez ante actos reprobables que ocurren día a día ante sus ojos, han enviado cartas y protestas a diversos niveles. Sigue horrorizándonos el grado de independencia y libertad individual que algunos exponen en sus momentos más íntimos.

Mal vamos, desde ahí, si quisiéramos comprender lo que otras y otros quisieran expresar en espacios públicos mucho más grandes que cualquier escenario teatral. No marchamos hoy, sino en hora y día de un calendario que pareciera evitar ciertos roces. No acabamos de hacer llegar ciertas claves, más allá de la protección aparente que nos dan algunos espacios urbanos y capitalinos, a quienes las necesitan no solo para comprender o tolerar al gay, la lesbiana, el queer o las trans, sino para saberse más dueños de sí mismos y de sus destinos. No fui invitado a las conversaciones de ILGALAC en Varadero y me alegro de ello: en la Cuba de cada día donde ser homosexual sigue siendo un conflicto, me hallo mejor y más despierto que en la Cuba de fiesta y postal que acaso algunos se llevaron como recuerdo.

A mi manera, hice mi marcha hoy Rampa arriba, para saludar el 17 de mayo. No porque me lo dicten la OMS o el Cenesex, sino en solitario, porque me dio la gana. En este día que sirve para luchar contra la Homofobia, la Transfobia, tal y como sirve para que cualquier campesino cubano se pregunte por qué hoy tiene su fiesta en el calendario oficial (¿lo sabrán realmente todos?), o los noruegos celebren el Bicentenario de su Constitución, coincidiendo con el Día Mundial de la Información, el Día de la Marina Argentina, y el de la Literatura Gallega, entre muchas otras cosas a festejar.

Hace diez años, también, en Massachusetts, se legalizó el primer matrimonio entre personas del mismo sexo. Tal vez, junto a muchas y muchos de los que celebren otras tantos acontecimientos, podamos recordar ese día, todos estos días, desde un arco de diversidad en la que, marchando cada uno a su paso, tengamos bajo los pies un mundo más diverso, más respetuoso, más semejante al que quisiéramos legar a quienes heredarán esas fiestas, estos nombres, estos rostros, estas luchas.

El archipiélago en el bosque

Al final nos pasa lo que al oficial de investigaciones de la Kebushi, que por tener versiones de la película tenemos hasta la del muerto. Por eso ahora hasta las once mil vírgenes comentan sobre qué debemos hacer a propósito del enrumbe de la economía cubana. Y hay que joderse, porque eso significa hacer política, escuchar a las once mil vírgenes y luego sortear entre lo querible y lo posible. Y aceptar las críticas. Y reconocer los errores. Y aprender de todo eso. ¿Tan oyendo, querid@s dirigentes míos?

Abstract Painting. No.43. por Robert West
Abstract Painting. No.43. por Robert West

Breve charla con un discurso de Miguel Díaz-Canel

Foto: Roberto Morejón/AIN
Foto: Roberto Morejón/AIN

Los discursos son una pieza frágil pero esencial en la política. Muchas veces su carácter contingente impide se logre sintetizar en ellos un cuerpo de ideas que más tarde o más temprano no esté sujeto a críticas. Por eso no quiero ser demasiado absoluto a la hora de valorar las palabras de Miguel Díaz-Canel en la clausura del VIII Congreso de la UNEAC, sin embargo no quería dejar de hacer un par de comentarios al respecto.

De manera general, se concentró en los retos de la cultura cubana ante las prácticas homogeneizadoras de la industria cultural (aunque estuvo cargado de ideas asociadas al actual foco delirante del gobierno, la actualización del modelo económico). A lo largo del discurso Diaz-Canel llamó en reiteradas ocasiones a la unidad y a la discusión provechosa entre los intelectuales. Buen tanto.

Buen tanto que sin embargo se empaña cuando dice que la aplicación de la política cultural está reservada al estado y su red de instituciones, en franco desconocimiento de que el entramado de instancias que intervienen en la política cultural incluyen y tienen como actor decisivo al estado y sus instituciones, pero definitivamente los desborda. Semejante declaración no es solo contraproducente con el discurso que maneja el gobierno en materia de actualización del modelo económico, sino que deslegitima la labor de sujetos e instituciones que desde el ámbito privado están haciendo cultura, y no asumirlo sería un error cuya víctima principal seríamos nosotros mismos.

Ya en el plano más personal, no considero acertada la equivalencia que asocia la salvación de la cultura al socialismo. Una cosa es defender el proyecto cultural de un sistema social que busca la emancipación humana, y otra distinta es decir que ese sistema es la única vía para salvar la cultura, porque, nos guste o no, toda expresión humana es una forma de cultura, y hay tantas culturas como modos de vida posibles. En último caso, defender nuestro socialismo y su perfeccionamiento es la única alternativa para salvar la cultura socialista.

De la nostalgia y otras bendiciones

Claudia, a quien llegué virtualmente gracias a esa persona absolutamente única que es Mónica Baró, escribió este post que me removió algo demasiado hondo. Tanto que se lo leí a mi madre -algo que no suelo hacer-. Al terminar miro su rostro y lo encuentro lleno de lágrimas, marcado por esa luz del que se ha reencontrado con una verdad propia. Entre otro montón de cosas que me llevaré en mis cenizas, mi madre me dijo:

“Yo no sé decir esas cosas, pero así me siento cada vez que voy con tu hermana a México. Yo vivo dividida entre Morelia y La Habana, y no tienes idea lo que duele eso”.

Y pensé que este post que Claudia dejó en su blog también es un poco mío, aunque a mí me ahogue el eterno calor bochornoso de La Habana, aunque añore sin haberlas tenido las mil y dos cosas que ella ama de Toronto.

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De la nostalgia y otras bendiciones.

por Claudia

Posted on 9 marzo, 2014

“Más vale que no tengas que elegir
entre el olvido y la memoria
entre la nieve y el sudor.
Será mejor que aprendas a vivir
sobre la línea divisoria
que va del tedio a la razón.”
– Joaquin el grande Sabina

En unos meses, que en el fondo son una cadena de días, harán dos años de aquel Día de las Madres en qué dejé a mi vieja, con una fortaleza de Marianas Grajales, parada en la entrada de casa bajo la enredadera de Bugambilia morada, diciendo adiós con una sonrisa y el peso de mil muertes, mil entierros, en el pecho bravo.

“Te la estoy entregando viva. ¡Ella está viva!” Decía mi madre en jarana, parafraseando aquella dramática escena de la película Clandestinos, cuando un Luis Alberto García al borde del final, grita a todo pulmón que su Isabel Santos está viva, para que luego no haya equivocaciones cuando lleguen al cuartel a buscarla y nadie sepa de ella.

Mi amigo Leo y mi amigo David se ríen sin muchas ganas. Pero tienen que darle al menos eso a mi madre. Al menos la oportunidad de reírnos todos, como si no me estuvieran llevando al aeropuerto dónde, Pam! me pondrán el cuño de salida definitiva.

Ya la noche anterior, o más bien madrugada, habíamos vaciado todos juntos varias botellas de múltiples alcoholes. Habíamos cerrado en unos abrazos intensos el juramento innecesario de perpetuar nuestra amistad (ni falta que hacía si ya estaba perpetuada desde el primer día). Ya Mónica había hecho sus danzas incomparables, y aunque no nos complació con sus interpretaciones de Miriam, quedamos todos inmortalizados y destilando alcohol en las fotos que nunca veo. Las fotos, sí, las tengo escondidas, me lo recetó el doctor.

Harán dos años y yo sigo en el mismo lugar, de cierta manera. La Habana me queda chiquita cada vez que la visito, y Toronto me queda cada día más grande. Mientras más nado, más cerca me siento de la orilla. A cada rato me pasa un buque petrolero por el lado, yo le sonrío, me pregunta si necesito salvavidas, yo le digo que no, que yo soy de una isla del Caribe y mi vida es el agua. Pero me cansa nadar contra la corriente, con tanta agua fría, con tanto edificio gris, tanta gente ausente, tanto zombie en el metro, tantos conocidos que nunca pasan de ser eso… Me cansa. ¡A la puta te tendrías que haber ido a Madrid!

Mis recuerdos flotan conmigo a dónde quiera que nado. Si a favor o en contra, siempre están ahí, a veces para hundirme, a ratos para salvarme del delirio. Sueño despierta que subo a un avión, que me bajo en un lugar desconocido, y que en un café casi vacío, están todos ellos esperándome, todos a reventar de alegría por verme y por verse. Porque al final, siempre fuimos mejores cuándo nos vimos reflejados en los ojos de los otros. Porque con colas, largas esperas del P1, la censura y los mil demonios, siempre fuimos mejores cuando nos sentábamos a tocar temas intrascendentes o planear fugas perfectas en la terraza de 28.

¡Adáptate de una puta vez! Me gritan el sentido común y la razón ajena. Y yo trato. Créeme que trato. Pero nadie entiende que en este suelo mis raíces no cogen. No me doy. No crezco. Porque me falta un alma, un espíritu, un coger el teléfono y decirle a alguien “hazme la media a la tienda”. Me falta un sonar el timbre, y yo en paños menores, abrirle la puerta a cualquiera de los inoportunos estos que se pasaron la vida pasando por casa sin avisar. Que importa si yo andaba medio en cueros, ¡cuántas veces no me habrán visto en fachas peores! Y agarrar la sábana y taparte como puedas, sentarnos en el sofá y poner el Canal Educativo, y romper a hablar la misma mierda de siempre, porque nos encanta hablar basura, resolver los problemas del mundo, reformar el Partido, dictar las pautas para el hombre nuevo, dirigir películas mejor que Spielberg, escribir libros que ni García Márquez… Nos encanta sentarnos así, sin más preocupación que a quién le toca ir a buscar la botella de ron, y hablar hasta que las cuerdas vocales nos supliquen un break.

Trato de pasear por Toronto, sentir su alma. Me despeina un aire de ciudad moderna y olor a limpio cuando el metro entra a toda velocidad en la estación. Me deslumbran los carteles, las calles impecablemente limpias, la gente que tú tropiezas con ellos y te piden perdón a ti. Las meseras que te atienden con un amor como si les hubieses regalado tu primer hijo macho. Me encanta la internet a toda velocidad, en todas partes, a precios módicos. Me fascinan mil y dos cosas de esta sociedad nueva a la que nadie me mandó a venir, a la que nadie me pidió mudarme, a la que yo solita decidí hacer mi nueva morada. Pero no soporto el frío, ese que no tiene estación fija. No soporto ese frío inmenso en pleno verano, de no tener con quien hacer las cosas que te gusta hacer, de no conocer a nadie porque nadie se dirige la palabra a menos que ya se conozca. Ese aire fétido de gente que solo camina, robóticos, sin más espacio para ti. Gente a la que no le cabe una preocupación más, porque el índice de deuda en que vivimos todos acá es ridículo. Porque todos nos desvivimos por trabajar, por poder tener el dinero para pagar todas las cosas que “necesitamos”. Así las cosas, y yo sin adaptarme.

Pero no cojo lucha. No puedo. Ya cambiará algo. Ya dejará de torturarme este cerebro bilingüe que lo mismo piensa en inglés que en cubano. Este corazón que un día se infarta con el estado de la política de Ontario y al día siguiente llora con el precio de los carros en Cuba. Tengo fe en que algún día, así como de sorpresa, tal vez por mi cumpleaños, dejaré de estar encima de la cerca, o estar encima de la cerca dejará de ser un problema. Algún día no me tocará “elegir entre el olvido y la memoria, la nieve y el sudor”. Aspiro a ser ciudadana del mundo, y que nada humano me sea ajeno. Ya ese día me dará lo mismo si estoy en Cuba o en Canadá, o en Timbaktú. La bandera sí es un dilema, con la patria y la geografía. Ya dejaré de necesitar definirme con un himno y un idioma. Ya. Algún día. Tal vez mañana.

(Tomado de Los muchos caminos)