Monterey, 18 de junio de 1967. The Jimi Hendrix Experience y el sacrificio de la guitarra

“quemar mi guitarra fue como un sacrificio. Tu sacrificas las cosas que amas. Yo amo mi guitarra”.

Jimi Hendrix

Después de ver Jimi: All by my side (diga lo que diga RS, un olvidable biopic sobre los años del despegue de Jimi Hendrix) me entraron ganas de volver a ver su antológica quema de la “transition” Fiesta Red 1965 Fender Stratocaster, rebautizada a partir de entonces como Monterey Strat, en el Festival Monterey de 1967.

Jimi Hendrix burning the Monterey Strat, at Monterey Pop Festival, in Monterey, June 18th 1967. Photo: Jim Marshall
Foto: Jim Marshall

Al parecer, la idea del incendio de la guitarra rondaba la cabeza de Hendrix con insistencia desde hacía un tiempo, en una suerte de acto místico, sensorial y contestatario, muy propio de la era Acuario y el movimiento hippie. Unos meses antes, en marzo del 67, en London Astoria, intentó incendiarla y se llevó unas buenas quemaduras como resultado. Al parecer para junio había perfeccionado su acto, y el domingo 18 los asistentes al Monterey Pop Festival pudieron disfrutar no solo de un Jimi en estado de gracia sino de uno de los pasajes más icónicos de la época dorada del rock (inmortalizado, para suerte de nuestras generaciones, en las fotografías de Jim Marshall y en las imágenes del documental Monterey Pop).

Jimi Hendrix burning the Monterey Strat, at Monterey Pop Festival, in Monterey, June 18th 1967. Photo: Jim Marshall
Foto: Jim Marshall

De esa escena, que habré visto una decena de veces, me encantan varias cosas. El ritual, por supuesto, en especial el momento en que Jimi monta la guitarra, o mejor dicho, tiene sexo, lasciva y poderosamente, con ella. Lo otro es el rostro de la muchacha que aparece en el minuto 1:56, esa mezcla de terror, fascinación y sorpresa ante un acto inexplicable y seductor, como si volviéramos a los tiempos tribales en los que la liturgia, el misterio y el fuego devorando la oscuridad controlaban la vida de hombres y mujeres.

Un vestido y una guitarra eléctrica

Ana Popovic Big Bull LR WM-3978-2

Ayer, en una conjunción casi imposible, por lo improbable, encendí el televisor y me encontré con A Capella, el programa que para más de una generación de cubanos significó uno de los pocos acercamientos al universo del rock. Resulta que A Capella ha visto pasar sus días de gloria, no porque haya disminuido la calidad de su propuesta o sea menos importante en la formación cultural de las personas, sino porque la simpar inteligencia de los programadores de la televisión cubana lo han sepultado progresivamente en diversos horarios antiestelares para encontrarse hoy relegado a los jueves sobre las 7 de la noche… en el Canal Educativo 2.

Pero bueno, a lo que iba. Resulta que me encuentro en A Capella a una rubia casi temba, de cabellos revueltos, una flaca de nariz alargada y dedos poderosos, que, con vestido y guitarra eléctrica en mano, respondía al nombre de Ana Popovic. Yo no sé al resto de ustedes, pero para mí la vida consiste esencialmente en perseguir un fetiche tras otro -llámese revolución, llámese vida digna, llámese esa mujer-, y si alguna imagen tengo guardada entre mis vicios es la de una una mujer músico tocando con un vestido. Quizá todo empezó con aquella segunda violinista de la Sinfónica Nacional que descubrí cuando siendo un adolescente me mudé a unas cuadras del lamentablemente fallecido -¡¡¡OTRA VEZ!!!- Auditorium Amadeo Roldán. O quizá empezó antes, con las novelas de Mario Conde y aquella saxofonista desnuda de la que hablaba Padura y me produjo no pocas erecciones. Lo cierto es que ayer tuve que poner en pausa el mundo, dejar a D hablando sola y concentrar todos mis sentidos en aquella mujer que lo daba todo en el escenario. Y valió la pena seguir mis bajos instintos, porque aquello no solo era un regalo para uno de mis más queridos placeres culpables, sino que fueron unos 15 minutos de un blues inesperado y bien hecho.

Y como aquella mujer de vestido y guitara se quedó atravesada en la garganta tuve que buscar su biografía y me encontré que Ana Popovic es una blueswoman serbia que desde el año 1995 viene dando que hacer, primero en su Yugoslavia natal, y desde comienzos del siglo XXI en medio mundo. “La Popó” (como la llama despectivamente D porque desde ayer no le hago demasiado caso) se me descubrió como una blusera con la tarea más que hecha, con un fino trabajo armónico, que se desplaza y coquetea fluidamente con múltiples géneros sin abandonar nunca los cauces del blues. En una escena tan competitiva y patriarcal como la de la guitarra eléctrica, Ana Popovic ha sabido abrirse paso y sin lugar a dudas es un nombre al que deberíamos prestar atención los amantes del género.

Y después de esta charla, el plato fuerte. Con ustedes, la rubia más odiada por D en este minuto:

Ana Popovic LR WM-2990

Grolsch Blues Festival Schoppingen (D)

ana_popovic_official_hr_wm-9636

Veinte años

por Jorge de Armas

(Para Rafael González Escalona)

 

Llora por los amores viejos
que se quedaron lejos
y que tal vez añoras.

 

Foto: KMVL/ Progreso Semanal
Foto: KMVL/ Progreso Semanal

Nacer en los setenta tiene la desventaja de lo ajeno.

Para mi generación, la cubanía vino de la mano de la pertenencia a un proyecto, de vivir un sueño, de no disimular nuestra contrariedad ante todo aquel que intentase socavar nuestra esencia. Mi cubanía nació del orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”, a un “territorio libre de analfabetismo” o a ese pueblo viril, que llora para hacer temblar cualquier injusticia.

Pero no era yo cubano por mi música.

Mi generación vibró con Los Beatles, porque eran lo prohibido. Escuchábamos a Queens, y nos acariciaba el coro de cuatro voces que sonaban como mil, o esas escaleras que Led Zeppelin nos hizo subir una y otra vez, o Deep Purple, Rush, en fin, demasiados contrastes del rock, del heavy al punk, pero siempre rock.

Mi generación, que pudo disfrutar todavía de Joseíto Fernández, de Los Compadres, del Septeto Nacional, prefirió hacer de unos (yo) rockeros y, de otros, amantes de Julio Iglesias, Roberto Carlos o Nelson Ned. Mi generación lo sufrió todo, a los prohibidos y los profetas.

Mi generación perdió la posibilidad de heredar, en vida, la Cuba que nos negaron, y de saber que para nuestro futuro, esos del pasado eran lo mejor de nosotros mismos. Nos perdimos a Omara, a Elena, a Moraima; nos perdimos al Benny, a Miguelito, a Peyo, a Pacho; nos perdimos a tantos de esos que, de tan nuestros, no hace falta, ni siquiera, decir su apellido.

Mi generación descubrió la música cubana a través del baile.  Un programa de la tele Para Bailar, en 1978, rescató para nosotros lo que somos, y nunca se lo hemos agradecido lo suficiente.  Ya es hora. Gracias al Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes, en la época en que Cuba se dejó en sus sueños soviéticos y latinoamericanos, el cubanito de a pie bailó sin complejos su orgullo, y el curioso que fui indagó en aquello que se le escapaba, por snob, por intentar ser diferente, cuando lo importante era ser uno mismo.

Mi generación se dividió, a partir de entonces, en rockeros y bailadores de casino. Unos se despeñaban aprendiendo vueltas, mientras nosotros dejábamos el cuello en el parqueo de Coppelia. Incluso en esto hubo un matiz racista, o racial, pero sí que hubo diferencias basadas en el color de la piel. “Blanquitos rockeros” nos llamó un día el teniente aquel que nos detuvo, apenas con doce años en el Pabellón Cuba. Pero este es otro tema.

En mi casa de Industria, en Centro Habana, mi madre desandaba todas las tardes su jornada escuchando jazz; mi abuela, música clásica; mientras yo, en Guanabacoa, destrozaba las canciones de Los Beatles, copiando cada acorde, emulando cada armonía. Nada cubano se me daba, no existía, vaya mierda.

Pero se impuso la cordura y como algo natural busqué al Benny en mis raíces, a Sindo, a Corona, a la Trova santiaguera, a Jorrín, a Faz, a la Revé, a los trovadores trinitarios, a Omara, a Helena, a Moraima, a la señora Maria Teresa Vera, y por supuestísimo, a Doña Marta Valdés.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo sabe, o hasta que lo tiene.

Hoy sin complejos, hablar de Cuba, y de su música, no significa estar ausente, o discurrir por la derrota de los complejos. Hoy disfrutar de Cuba es hablar en mayúsculas. Hoy la pertenencia a Cuba viene de la mano de su cultura, y no de la pertenencia a sus ideas, aunque también ¿por qué no, por qué cojones no?

Por suerte, hoy la música cubana se mira sin complejos, sin ese prurito vergonzoso al escuchar a Vicentico Valdés, o a Tito Gómez, con miedo a que te diga cheo, antiguo, o algo peor. Por suerte mi generación ha sido superada por el sentido de lo hermoso, reconocerse en una cultura, en una estética, en un modo no ya sólo de hacer música, también de escucharla.

Hoy, hablar de Cuba, es hablar de Doña Marta Valdés.

A quién no pude, mira que lo intenté, pero no pude nunca, llegar a comprender con el tino que ayer Rafa, (el Rafa que me apoya y me da aliento) describió su sentimiento en un texto, que más que escrito, fue confesión.

Nada que decir, salvo que a veces, en el medio del tedio y del absurdo, siempre alguien te recuerda quien has sido y lo que eres. Esta vez fue Rafael González Escalona, a través de Marta Valdés, quien me recordó lo que soy, lo que no dejé de ser en el olvido.

Siempre que hablo de Cuba, digo que hay gente que te devuelve lo que eres: Bebo Valdés, Paquito D´Rivera, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Marta Valdés. Y tú también, Rafa, y tú también.

No sé si te das cuenta, pero este texto, estas cuatro palabras hilvanadas sin calma ni sosiego, es la única manera que encontrado para decirte gracias.