Otra perspectiva de la historia relatada en La cara oculta de FCOM

Este es un texto largo que, lamentablemente pocos leerán. Pocos leerán porque estamos a las puertas del verano y la gente deja de conectarse, porque ya Lázaro Carrasco y su defensa de tesis dejó de ser trending topic en FCOM e Internet, porque M.B.S. no tiene el séquito de fans de mi amigo Carlos, porque es un texto casi alemán en su intención filosófica y pocos tienen tiempo y ganas para la filosofía por estas fechas. Ojalá me equivoque, porque si se tiene paciencia, si se sortean algunos escollos y espejismos, se pueden sacar un par de grandes lecciones de este texto. 

por M.B.S.

Advertencia

Mis reacciones iban dirigidas a Rafael, pues por una serie de descuidos pensé que él era el autor de La cara oculta de FCOM. En el diálogo inevitable que empecé a sostener con el texto conforme lo leía, me lo figuraba a Rafael como probable destinatario de lo que estaba segura terminaría escribiendo. No al Rafael que desencontraba a ratos entre las líneas que transcurría, sino al que leyera en otras ocasiones, lo suficiente para poder identificar su voz. En la escritura hay voces inconfundibles. Estados anímicos que delatan a los autores si honestos, determinantes de que la realidad se interprete y relate de una forma específica y no de otra.

Presumo que Rafael debe compartir la verdad que propone La cara oculta de FCOM, o al menos, valorar el acto de expresarla –como también yo lo valoro-. Pero la distancia entre su identidad literaria y la otra que evidencia la crónica publicada resulta notoria. No por mejor ni peor -esa discusión se superó hace mucho tiempo en algún libro de historia de la literatura-. Es por la diferencia. Quizás el indicador menos utilizado en la costumbre de evaluar. Así que yo le iba a escribir al no Rafael, al que en un arranque legítimo había dejado de ser o sido alguien más. Quedaba la posibilidad de que se hubiera metamorfoseado. Pero nadie cambia tan drásticamente. Menos en el escribir. Por eso cuando encontré que otro nombre firmaba el post, entendí las razones de mi desconcierto. No había ocurrido ni metamorfosis ni dejares de ser. Rafael continuaba siendo Rafael. Sin dudas el diálogo cambiaría, porque el receptor media el mensaje y demás blablerías, pero no igual mis cuestionamientos, dirigidos no a personas sino a ideas.

El imaginar

Primero lo primero. No por primero sino por esencial: ¿qué es la imaginación? Convengamos en que nadie podría ofrecer una respuesta universal. Engañaría al mundo si lo intentara y el mundo demostraría una incapacidad tremenda para imaginar. Porque la imaginación se significa para cada persona conforme la ha vivenciado. O utilizado. No obstante, cuando leí que la Facultad de Comunicación –del 2013, valga- no permite la imaginación, no pude evitar detenerme a diseccionar esa idea. ¿Será que la imaginación necesita ser permitida? ¿Será que la imaginación necesita permiso? ¿Será que la imaginación puede ser impedida?

Enseguida me acordé de Cervantes, Gramsci, Pablo de la Torriente, Miguel Hernández, Rodolfo Walsh, Ana Frank, Julius Fucik. Todos y más con sus respectivas obras. Creadas en condiciones donde “no permitían” la imaginación. Cierto tipo de imaginación. ¿Será que el Quijote pudo ser impedido? Una cárcel, la soledad, el ruido, un brazo. ¿Será que el ingenioso hidalgo hubiera existido en la serenidad contemplativa? No creo. Cada historia, personaje, palabra, es resultado de quienes somos en una combinación irrepetible de espacio y tiempo. Lo que suscitó el Quijote –incluyamos a Sancho, Dulcinea, los desventurados gigantes- fue precisamente su realidad. Mientras más hostiles las circunstancias, más voraz la imaginación. La imaginación es una compuerta al infinito. Ofrece la fuga. La salvación de lo real. Su superación. La rebelión contra lo real. Non plus ultra de la rebeldía. La única posibilidad de liberarse cuando lo convencional y socialmente establecido oprime, desespera, insatisface, aburre. Las limitaciones existentes en la vida no son más que propulsores infalibles de la imaginación. Para quien se la permita, claro. Cervantes tuvo a bien demostrar a la humanidad hace siglos que las circunstancias median el acto de imaginar, pero no lo impiden si esa es la voluntad del individuo. Cervantes, al igual que tantas otras y otros, antes y después de él, como corroboraría cualquier historiador de arte o de ciencia.

Ahora, no propongo que se conviertan en cárceles las aulas de las universidades para que los estudiantes puedan imaginar mejor y con más frecuencia. Como mismo las limitaciones de un contexto no impiden la imaginación, la ausencia de las mismas tampoco. Creer que existen situaciones o personas con el poder de impedirla es la principal limitación para imaginar. Lo que sí se puede impedir, sin dudas, es la expresión y realización de lo imaginado. Pero imaginar nunca. Eso solo se lo podría impedir uno mismo.

La facultad nuestra

Concuerdo en que hay ciertas lógicas académicas de la Facultad de Comunicación que no resultan excitantes, más cuando se asumen sin compartirlas o creer en ellas. Como sucede en toda academia heredera de los paradigmas de educación y construcción del conocimiento colonizadores. Que no Calibanizan sus Arieles con constancia. Esa es una deficiencia nuestra. No institucional sino mental. ¿Qué conforma una institución sino estructuras mentales que producen relaciones de poder que reproducen esas estructuras mentales? Hay mucho por revolucionar. Nuestra facultad no es más que un micropaís donde se pueden encontrar contradicciones similares a las que nos muestra la sociedad. Los problemas de un sistema son transversales a los sistemas que lo integran. Se retroalimentan y sustentan. “Los culpables” en el relato no son los miembros del tribunal, aunque a simple vista pudiera parecer que sí, aunque carguen con parte de “la culpa”. Buscar culpables puede conducirnos al mismo callejón donde creemos que en la facultad no permiten imaginar. Prefiero hablar de responsabilidad, que no corresponde solo a quienes otorgan calificaciones sino a los calificados, quienes aparentemente están predestinados a aceptar las calificaciones, o decisiones, de quienes califican, de quienes deciden. Tiene que ver con como uno se percibe, como sujeto sobre el cual deciden, pasivo, o como sujeto que decide, y no porque se lo permitan sino porque decide, aunque sea recurriendo a la desobediencia.

Confieso que yo durante el primer año estudiando Periodismo quise agarrarme a un paraguas y desaparecer de la facultad. Me creí una buena para nada. Olvidé cómo escribir, cuando intentaba aprender a hacerlo. Las palabras se me atascaron. Mi voz se enredó en alguna regla gramatical y un manual de estilo quiso servirle de mortaja. Me enterré viva sin darme cuenta. Algo me asfixiaba pero no sabía que era yo misma. Que debajo de tanta tierra continuaba respirando. Mi realidad me pareció imposible. No por la realidad en sí, porque había personas que se movían por ella sin conflictos, sino por mi manera de ser. ¿Debía adaptarme entonces a moldes donde no cabía? Estuve como tres años intentándolo. Y no fui la única en mi grupo. En algún momento, cuando entendimos que no teníamos que demostrarnos nada –no todos-, nos enteramos de que la mayoría habíamos pensado en abandonar por creer que nunca seríamos periodistas. Que no encajábamos, que no pertenecíamos. Hasta que poco a poco, más hasta donde pudimos que hasta donde nos permitieron, encontramos vías para crear un lugar nuestro en esa lógica de formación.

Es cierto que una carrera universitaria, al menos como yo la concibo, debería ser un reto inspirador y no intimidante ni coercitivo. Debería ser participativa en la definición de los contenidos, potenciar su transformación, parecerse a los estudiantes, a su época. Una carrera universitaria, una facultad, una universidad cubana, debería ser mil cosas más. En eso precisamente consiste revolucionar. Pero no creo que lo vaya a ser, ni una facultad ni un país, a base de consentimientos, de permisos. Eso sería entonces burocratismo contrarrevolucionario. No abogo por rupturas absolutas, pues a veces en la juventud por ingenuidad terminamos negándolo todo, creyendo que vamos a inventar el mundo y desperdiciando valores que podrían contribuir a hacer más sólidos nuestros propósitos de cambio. La irreverencia desmesurada no es más que un síntoma de demasiada reverencia hacia uno mismo. Puro narcisismo. Que impide ver más lejos de la propia nariz. Hay lógicas de la facultad que yo decidí asumir porque hacían más efectivas y fructíferas mis propias lógicas. No podría precisar si fueron más las descartadas que las incorporadas, pero sí que fueron suficientes. Negar es una manera de afirmarse. El problema no son las negaciones ni las afirmaciones sino su aprehensión acrítica y los excesos.

Pero mis aprendizajes sí fueron mayores que las enseñanzas y no provinieron de “la institución” sino de las personas que la conformaban. Uno de los indispensables es que yo soy la principal responsable tanto de lo que ignoro como de lo que conozco. No se va a la universidad a que te llenen la cabeza de datos. Más bien se va para que te espantes por todo lo que ignoras. Te presentan mundos cognoscitivos –no todos los profesores, aclaro- y después arréglatelas como puedas, si te atreves a entrar. Te presentan verdades y las asumes o las cuestionas. “Cuando te quedes sin preguntas lánzate del balcón”, recuerdo que nos dijo en una clase de teoría Nora Gámez. Se me podrán olvidar algún día las disfunciones narcotizantes, pero jamás eso. Las disfunciones con una lectura se recuperan. Lo otro nunca tendrás que recuperarlo porque te atormentará por siempre.

No se si fue suerte de mi año, o de mi grupo, pero del 2007 al 2012 encontré en la Facultad a más de 10 profesores, adjuntos y no adjuntos, que me atormentarán por siempre. No les voy a mencionar para no pecar por omisión, pero sería injusta si dijera que fueron menos de diez, contando solamente los que me dieron clases en alguna ocasión, porque había –y hay- otros que nunca llegaron a mi grupo, pero de haberlo hecho hubieran sumado.

Por supuesto, a Julio sí debo mencionarlo. Me dio clases en dos oportunidades. Y en ambas fui inconstante. Cuando no consigo concentrarme para escuchar a un profesor empiezo a salir, entrar y salir del aula. Más si hay un balcón cerca. Me distraigo fácilmente. Muy fácilmente. Y Julio era un comunicador extraordinario, con una ternura inacabable y un gran dominio de cada tema que abordaba, pero mi intranquilidad fue mayor, por más que la controlara. No obstante, lo fundamental que aprendí de nuestro decano no fue en las aulas. Aparte de que el periodista no debe escribir con cinismo, que necesita aprender a contenerse y encontrar un equilibrio en sus emociones, la mayor lección que recibí fue su humildad. Con su muerte esa certeza se tornó aun más contundente. A pesar de haber dejado una obra periodística inmensa, varios premios y una investigación sobre la prensa hasta hoy insuperada, lo primero que siempre decía la gente cuando se enteraba de la noticia, era algo relativo a su generosidad. Tuvo que ser alguien descomunal para que sus cualidades humanas desplazaran a un nivel inferior su trayectoria profesional. De esa gente aparece muy poca, tanto en el periodismo como en la vida.

Pensando en Julio, se me ocurre que lo que falta en nuestra prensa no es coraje para decir la verdad. Lo que nos falta es ética periodística, consciencia social, compromiso con la historia. Porque hoy cualquiera hace una catarsis, escribe par de líneas agresivas y se convierte en héroe o heroína. La censura se ha vuelto una distinción. Ser marginado, contrariado, excluido, incomprendido. Cualquiera puede hacerse de un nombre a golpe, o a mimos, de la censura. Se hace difícil discernir entre quienes de veras desafiaron el poder y quienes ni siquiera le hicieron cosquillas. He optado por creer más en las personas que han sabido eludir la censura con destreza, o no la exhiben como condecoración sino que la asumen con una discreción tremenda.

En el caso de la tesis en cuestión, en tanto no la he leído y faltan argumentos que la validen, lo que me hace confiar en que no se trata de un aficionado más de la censura que la entendiera como fin y no como consecuencia posible, que se trata de un estudiante que indagó en zonas espinosas de nuestra sociedad por interés humano y no por vanidad, es la presencia de Jesús Arencibia como tutor. A Lázaro no lo conozco ni he leído. Ni presencié su defensa de tesis. Además, faltan en el texto-denuncia elementos claves para entender y apoyar a Lázaro, que no implicarían arremeter contra el tribunal, ni contra la facultad.

De temas y transgresiones

Lo que falta en el texto son argumentos que expliquen la radicalidad –en el sentido de ir a las raíces- del tema. Su simple enunciación no basta para estimarlo de radical, novedoso o transgresor. Un tema per se no es transgresor. No si el enfoque a ese tema-problema no abarca su complejidad, no alcanza su intrincada esencia, no advierte su significación social. He consultado tesis con temas en apariencia inofensivos e insustanciales, que luego cuando las revisas con detenimiento descubres que no lo son ni en una sola de sus páginas; como mismo he consultado tesis con temas innovadores que se desmoronan bien pronto en su tratamiento. Una tesis no puede valorarse –como transgresora ni como ninguna otra cosa- solo a partir de la mención de su tema-problema. Si el discurso de verdad que presenta no es sólido, si sus pilares teóricos y metodológicos no son coherentes con sus resultados, si sus resultados son superficiales, nunca habrá transgredido nada, porque, en primer orden, ni siquiera habrá alcanzado los límites de la comprensión-expresión del problema.

Forma y contenido ciertamente son inseparables. Pero hay que saber identificar cuando la hojalata se pretende acero porque le imita su forma. Las ideas también reclaman belleza. Hay muchas maneras lindas y diversas de decir que la Tierra es achatada por los polos y abultada por el Ecuador, pero si nos quedamos ahí no habremos transformado ningún saber científico.

No creo tampoco que una intención merezca cinco puntos. Una intención, per se, no es mérito. Bajo ese criterio mejor no hacemos defensas de tesis, ni siquiera hacemos tesis, ni estudiamos en la universidad, ni nada. O en este mismo instante voy a buscar un título de licenciada en física y otro en filología por mis tamañas intenciones de estudiar esas carreras. O nos dejamos de rodeos y vamos de una vez a Suecia a exigir el Nobel. Da igual si es de física, porque ya me habrán dado antes el título, porque incluso habré descubierto la máquina del tiempo y la ecuación para la teletransportación humana instantánea.

Por suerte el mundo no funciona con intenciones. La historia está plagada de personas anónimas que entregaron sus vidas a investigar algo que les colocó en un laberinto sin salida. Peor. Plagada de personas que sí encontraron salidas y nadie premió sus resultados, qué decir de reconocer sus esfuerzos o sus intenciones.

Las intenciones hay que materializarlas. Demostrarlas. Pues casi siempre la realidad las supera. Es cierto que unos se esfuerzan más que otros sin obtener resultados, que otros obtienen resultados sin esfuerzos, pero la perversión de los resultados no nos puede conducir a renegar su valor. Una nota no es el resultado de una tesis. Y menos lo es un título, que ni siquiera es el resultado de cinco años de estudios. Porque haya estudiantes que obtienen cinco puntos con ejercicios de tesis deficientes –no con temas-, con un recorrido estudiantil regido por la pereza, no significa que esos sean referentes para reconocer ejercicios de tesis o recorridos estudiantiles. Valorar a partir de lo mal hecho nos revolvería perennemente en lo mal hecho.

La tesis de Lázaro requiere defenderse por sus propias virtudes, imperfecciones y resultados. No apelando a que se ha premiado la chapucería. Porque, además, premiar la chapucería no ha sido norma en nuestra facultad, al menos en el período que yo viví. Habrá seguro algunos casos, pero no son norma. Con analizar las investigaciones producidas durante un año nos daremos cuenta de eso. En mi curso, en ambos grupos de Periodismo, hubo tesis transgresoras en muchos sentidos. Al igual que en años anteriores. Tesis que han trascendido su intención inicial, como es el caso de la de Rodolfo, que devino en Escaramujo, y me parece que es la que más impacto social ha tenido en la última década –quizás más o menos-, no solo por lo que intenta transformar y transforma en la sociedad cubana sino por su capacidad movilizadora y articuladora y los sentidos de vida que promueve.

Aunque lo cierto es que los temas-problemas en apariencia “menos conflictivos”, también son pertinentes y aportan a la comprensión de nuestra sociedad. Que alguien analice el discurso de un medio extranjero hacia Cuba no me resulta demeritorio si lo hace con rigurosidad. Eso es lo primordial. Si aplaudimos solo temas e intenciones nos convertiríamos en un fetiche. Seríamos más prejuiciosos aún, que lo que fuera el tribunal, según lo que declaran.

En mi año hubo una tesis que estudiaba las rutinas productivas de los periódicos de Mayabeque y Artemisa, o algo similar, y una de sus conclusiones fue que en los medios analizados el ejercicio periodístico estaba subordinado de distintas maneras al Partido. No fue la tesis más transgresora. A la autora no le preocupaba serlo. Sencillamente fue honesta con lo que encontró en la realidad. Pero en años anteriores sí hay varias que explicitan mejor la subordinación –parcial, porque no podemos reducir la prensa a Granma– al Estado y al Partido. Lo que es prensa en Cuba requiere redefiniciones, al igual que el periodismo contrahegemónico, que desconocerlo implica aceptar las leyes del juego hegemónicas. Habría también que repensar la hegemonía en Cuba, qué tan hegemónico es el Partido o que tan contrahegemónicas son las contrahegemonías.

Poder aparte. Aparte formal. Para decir que considero que si se explica con más profundidad la trascendencia social del tema de Lázaro no es necesario apelar a tesis intrascendentes. Buscar el reconocimiento de su trabajo cuestionando la autenticidad de otras tesis no autentifica la suya. La casa de tía* debe legitimarse por sí misma como producto comunicativo sustentado en una investigación. ¿Qué significa que hoy en Cuba existan sitios donde los homosexuales practiquen sexo en público y en colectivo? Yo podría arrojar algunas respuestas. Puedo intuir qué significa. Pero nunca como Lázaro, que dedicó meses a investigar ese fenómeno, aunque ni siquiera habiéndolo investigado serían iguales nuestras respuestas, nuestro enfoque ético-periodístico, nuestra manera de contarlo. Supongo que sus productos comunicativos no son eminentemente descriptivos o antropológicos, que existe una interpretación de esa realidad, pues de lo contrario regresamos a la trampa de la objetividad. Por eso quiero saber qué conmocionó humanamente a Lázaro, quiero saber qué siente y piensa sobre el cruising, quiero saber qué distingue la relación que estableció con esa realidad de la que hubiera establecido otra persona. Quiero concluir yo que su tesis es transgresora, que fue osado, que ameritaba la máxima calificación… visto que su historia se ha situado en la esfera pública.

Y sí creo, de ser que lograra sustentar su visión mediante un discurso organizado, que la tesis sería transgresora. Que en Ibiza o Ámsterdam no lo consideren así es comprensible. Pero sucede que Lázaro produjo desde Cuba y para Cuba. Lo que determina si un texto periodístico es transgresor o no es su contexto. Que en Estados Unidos la homosexualidad no resulte un “tema transgresor”, no significa que en Arabia Saudita no lo sea. No creo que Lázaro intentara ser transgresor para España investigando en Cuba. No creo que el cruising funcione igual en todas partes. Aunque, quizás, si con sus palabras escarbó bien hondo en esa realidad resulta posible que Lázaro tenga algo significativo que decir a los españoles, algo que importe a la humanidad. Igual, decir algo que importe a Cuba sería bastante.

Defensas de tesis

Respecto al acto de defensa de tesis, encuentro varios elementos curiosos. El primero es que Lázaro no defendiera su tesis ante los cuestionamientos del tribunal. Que se arrebujara en su silla, se asustara, quedara sin fuerzas, cuando le correspondía defender su trabajo de meses, una parte de su vida. ¿Qué es una defensa de tesis? Entiendo que los nervios pueden enclaustrar la razón, aturdir, pasmar palabras. Pero cuando provocamos tempestades hay que prepararse para enfrentarlas, más si las anticipan truenos. Y a veces son más impetuosas de lo que calculábamos.

La facultad, como institución que se integra a una institución mayor, siempre va a tener una posición ética, política, comunicativa, social, estética, ante distintas realidades problémicas. Sería ingenuo esperar que nos consienta cualquier osadía. Pero nuestra facultad, en mi experiencia, lo que sí permite es la confrontación. La tesis de Lázaro no es la primera que encuentra un tribunal no difícil sino hostil. Tampoco es la primera que pierde los cinco puntos en la defensa. Un oponente siempre actuará como oponente. Si se respeta a sí y al estudiante no caerá en condescendencias. Tiene el derecho-deber de cuestionarte, el estudiante tiene el derecho-deber de defenderse.

Desde luego, hay oponentes buenos y malos. Los primeros –ya lo escribí en alguna parte- desafían a transgredir los límites de la tesis. Identifican las debilidades de su estructura y justo ahí disparan sin clemencia. No con el afán de demolerte sino de que vuelvas más fuerte la estructura. Sus preguntas dan ganas de responderlas. Aunque bueno, si las debilidades predominan, lo más probable es que te extienda una escoba. Los segundos, disparan en todas las direcciones porque no saben hacia dónde disparar. Con tumbar una maceta de una ventana o agujerear la puerta son felices, aunque sueñen con demoliciones. Por lo general, tienen un alto concepto de sí. Son medio ególatras y se creen que la defensa es su gran momento –como cualquier otro donde haya un poco de gente obligada a atender lo que diga-. Pero si la estructura de la tesis es sólida y el estudiante la defiende con astucia, inevitablemente el oponente quedará en ridículo. El grado del ridículo dependerá de cuán compasivo sea el estudiante. Una vez hubo dos estudiantes tan compasivas que hasta salvaron del ridículo a su oponente. Claro, nunca pretendió regatearles la nota.

Así que sistematizando las defensas de tesis de nuestra facultad en las que he estado (incluyendo la mía,obvio), lo más frecuente ha sido encontrar oponentes del tipo primero y no del segundo. No se qué calificaciones han sido más frecuentes en casos de tribunales hostiles que conducen la discusión hasta el paroxismo intelectual, pero sí he visto estudiantes resistir horas defendiendo su tesis sin desfallecer un instante. Receptivos con las críticas sin transigir en sus verdades. Se puede decir que el cielo se despedazará en cien días y conoceremos el tope del mundo, si elegimos con sapiencia los argumentos para defender esa idea. Si la creemos, antes de intentar que otros la crean. Cualquier disparate es defendible. ¿Cómo no serlo una tesis transgresora? Claro que hay transgresiones más graves que disparates, pero lo que no perdona un tribunal que ha sido provocado es que bajen la guardia en la defensa. A mí también lo injusto me ha paralizado y he temblado de impotencia. No en mi defensa de tesis sino en otras circunstancias. Y entendí que hay que aprender a defender lo que uno cree, incluso si parece un disparate ante los ojos de alguien más.

Recuerdo de mi año la defensa de una estudiante con Mario Masvidal como oponente y con otra profesora del ISA muy inquisitiva en el tribunal. Jessica nunca tuvo el ánimo demasiado propenso a la polémica. Sin embargo, ese día supo crecerse para defender un documental audiovisual. Aunque su diabetes le dificultaba la situación, se mantuvo segura y encontró las maneras de enfrentar los cuestionamientos, que iban desde lo semiótico hasta definir qué es periodismo. Cuestionaron los valores periodísticos de su tema, cuestionaron el tratamiento, cuestionaron que los estudiantes de la facultad produjeran documentales, cuestionaron hasta que se graduara. Y claro que la roían los nervios, pero resistió y obtuvo la nota que merecía.

Calificación

Yo sí considero que “la nota” es importante, aunque simbólica. Porque lo que califican son tus criterios, tu visión ante un tema, ante la vida, y claro, la forma en que lo expresas. Por eso no se discuten notas sino ideas. A quien reproduzca ideas ajenas mansamente o no se haya esforzado produciendo pensamiento, tal vez le de lo mismo tres, cuatro o cinco. Pero ninguna persona que entregue tiempo, sueño y vida en crear algo, permanece indiferente cuando alguien autorizado va a determinar en una escala del dos al cinco qué tan bien lo hizo. Que no nos ofusque el cliché del estudiante despreocupado, etéreo, chévere, incomprendido, que deambula por los pasillos, ni el otro del estudiante que desespera con cada seminario, devora las lecturas que le orientan, escribe de más en los exámenes y le colocan un sellito dorado en el título. Todos deambulamos por la facultad más de la cuenta. A todos nos desveló una calificación. Unos se aproximaron más al modelo de estudiante de pasillos. Otros, al modelo de estudiante del sellito. Pero no son excluyentes entre sí ni incompatibles. En lo particular, tuve un poco de ambos, no por el sellito ni por parecer etérea sino porque así era. Lo difícil es ser fiel a uno. Complacer a la gente es fácil.

En lo que concierne a la lógica de calificación de tesis asumida por la facultad, de acuerdo con su tendencia –no formalizada en documento oficial o cosa semejante-, el tribunal evalúa el producto resultante a partir de las capacidades y características de cada estudiante, y considerando, además, su evolución profesional durante los años de la carrera. Aunque se utilicen parámetros generales, cada calificación suele tener razones propias. Todas las personas no se pueden evaluar de la misma manera porque todas las personas tienen capacidades diferentes. Lo que se debe evaluar –y he visto que se evalúa en muchas ocasiones- es si la tesis se corresponde con las capacidades y posibilidades del estudiante, si expresa o no su máximo potencial.

Periodismo y literatura

No obstante, presiento –el texto publicado apenas “me permite” presentimientos en este aspecto- que el ojo del huracán estuvo en el gran dilema periodismo-literatura, como si fueran antagonistas de una telenovela. Un dilema que, por los referentes del hecho, no ocupó la discusión lo suficiente. Quizá la historia fuera distinta si el acto de defensa-oposición hubiera apostado por ese camino, que sin dudas es bastante peligroso, pues identificar la frontera entre periodismo y literatura sería algo así como encontrar un unicornio alado. Yo por lo menos estoy absolutamente en contra de hablar sobre periodismo literario, como para conferirle mayores atributos a un texto. Nunca he escuchado hablar de literatura periodística con la misma insistencia. ¿Por qué cuando se escribe bien una historia hay que pedirle prestado un género a la literatura, como non fiction novel (A sangre fría), cuando la narración es sobresaliente, o como ensayo, cuando lo sobresaliente es la profundidad reflexiva e investigativa (Las venas abiertas de América Latina)? ¿Por qué gran reportaje solo por ser largo? Hay muchas cosas en que desacuerdo. Al periodismo le basta con ser periodismo. A la literatura le basta con ser literatura. Son autosuficientes. Lo que sí hay que aprender a lidiar con la chatarra literaria, con la chatarra periodística. Las fronteras entre uno y otra se desdibujan en cada caso. Que sean amantes y compartan recursos expresivos, como una pareja compartiría el cepillo de dientes –sea por emergencia o hábito-, no significa que sean siameses ni enemigos. Lo más claro es que en la literatura puedes mentir todo lo que quieras para decir una verdad, siempre que las mentiras sean verosímiles, y en el periodismo se miente menos, solo cuando la mentira ayuda a hacer la verdad más verdadera. Por si acaso se recomienda no mentir porque trabajar con mentiras en el periodismo es un riesgo enorme. Pasa que con las mentiras se empieza y después no se sabe para cuando acabar. Parar de inventar exige una fuerza de voluntad excepcional. Y si te embriagas de mentiras, un reportaje termina convertido en un cuento. No así el cuento, que aunque sea muy cierto, no corre el riesgo de volverse reportaje si se pretendió siempre cuento, ni aunque si se disfrazara de reportaje. Para saber mentir en el periodismo sin sobrepasarse hay que ser experto, o experta, con un sentido de la ética clarísimo que impida hacerlo por facilismo, y haber permanecido en abstinencia un tiempo. Que no se confunda la mentira casual con la construcción de la realidad subjetivada, que no es mentir, aunque en ocasiones pueda resultar la más infame de las mentiras, cuando descuida su compromiso con la sociedad.

Lenguaje

Y en ese compartir el cepillo de dientes entre el periodismo y la literatura surge entonces la discusión sobre el uso del lenguaje. La literatura admite felices atrocidades como el Ulises de Joyce, que lo ha leído completo una ínfima parte de la humanidad –incluida la que descansa en paz- y una más ínfima aún lo ha comprendido; mientras, el periodismo no admite no comunicar. Tampoco se trata de aspirar a que te comprendan cada uno de los lectores de una nación, ni siquiera de una ciudad, pero debe procurarse la comunicación. Y comunicar no supone conformarse con bagatelas, renunciar a la originalidad, menos a la poesía. Porque también hay que aprender a comunicar sentimientos, en conjunto con las ideas. Sin embargo, la selección de las palabras debe ser tan estricta como en la literatura, y no por las mismas razones. Las palabras no son únicamente términos bonitos o feos, que entonan o desentonan. Las palabras son sentidos con formas específicas. Trabajar con ellas implica conocer el sentido de cada una, así como los sentidos que crean en relación con otras, en relación con una época, en relación con un contexto, en relación con quienes van a leerlas, en relación con quien se las atribuye. Ninguna palabra es inofensiva. Por eso cada una, en el periodismo, necesita justificarse en la integralidad de un texto. La “vulgaridad”, en mi opinión, es válida siempre que demuestre su necesidad. Como mismo tendría que justificarse la mojigatería. Es decir, cualquier estética en el lenguaje. Utilizar lo grotesco en periodismo no es un pecado capital si lo grotesco se logra sostener con una realidad que sea eminentemente grotesca. Lo cual habría que manejar con extremada cautela para no caer en lo vulgar. Vulgar no como las palabras “malas”, que escandalizan precisamente por sus sentidos, sino vulgar como carente de belleza. De lo convencionalmente feo también puede emanar belleza.

Utilidad

No se si a Lázaro le sirva de algo tanta marejada de palabras. No podemos cambiar el pasado. No sé si se pueda revertir la situación. Si existan recursos de apelación para predefensas. Tampoco conozco la versión del tribunal, sus argumentos para la decisión que tomaron. Pero sí creo útil la socialización de lo que ocurrió. No tanto para Lázaro como para próximos estudiantes y tribunales de nuestra facultad que continuarán enfrentándose en tesis genuinamente transgresoras o que pretendan serlo. Si hubiera más discusiones acerca de lo que ocurre en nuestra facultad, de lo injusto y lo justo, porque ninguna persona está libre de actuar injustamente, quizás Lázaro hubiera enfrentado la defensa de otra manera, quizá el tribunal hubiera enfrentado la tesis de otra manera. Quizá lo que toca es exactamente imaginar nuevos métodos para defender tesis y evaluarlas, que conjuguen mejor con las tesis que se realizan. Ojala entonces sirviera lo ocurrido para eso, para imaginar.

 

*Es el título de la Tesis de Lázaro Jorge Carrasco

Anuncios

Tesis

Portada de tesis sobre la relación de los intelectuales con la prensa en Cuba
En momentos como este me alegro de tener cerca a Klau KSP, ante quien doblo el lomo por haber hecho este dibujo a mouse, ella que es manca sin su wacom. Algún día nuestra Orsai contará con ella en sus orgullosas filas.

Ayer, finalmente, quedó impresa una tesis. Todavía queda la puesta en escena del viernes, las malas caras de los amigos hacia el oponente y el tribunal, los aplausos tras la nota y mi indecisa cara de no saber que hacer cuando todo acaba. Pero eso es el viernes y por otra parte es puro teatro, La Lupe dixit. Lo cierto es que ese documento que dará vueltas por la Facultad hasta llenarse de polvo o perderse sin remedio es la prueba física de una investigación que me dejó un sabor extraño, toda vez que pequé de inconsistente, uno de los pocos defectos que no debe tener un investigador. Pero mejor dejo algo para los miembros del tribunal, que si no será un viernes muy aburrido. Nos vemos del otro lado.

Agradecimientos

Lo tuve claro desde el inicio, no quería escribir agradecimientos en mi tesis. Le debo demasiado a tanta gente que sería una grosería impresa, amarrada a la circunstancia y la desmemoria. Y el estudiante que pudiera revisar mi tesis en algún improbable futuro vería un par de nombres que quizás no signifiquen nada para entonces.

Así que decidí hacer lo que me gusta, un post en el que irán cayendo los agradecimientos en la medida en que mis malas neuronas hagan sinapsis, y así estarán todos, y nadie se pondrá bravo. Excepto los que desaparezcan ocasionalmente, pero bueno, eso será porque no quedaron.

Pongámonos bonitos y dediquemos:

A mis padres por el engendro y los otros tumbos

A La Coronela y su gente, por la infancia

A mi hermana, por las primeras letras y por el pan de cada día

A los libros, por ser mi refugio en las noches de miedo, por abrirme la puerta

A Elba, mi otra madre

A Gaby Saker, un pedazo de mí en San Juan

A Dariel, el hermano que la biología no me dio

A la Lenin, aun no sé bien por qué

Al mejor comité de amigos (Indira, Gaby, Juanca, Bryan, Merlis, Inima, Mery)

A Javier, por la cinefilia y la amistad

A David, mi otro brazo periodístico

A Carlos Manuel, por la amistad inconfesable

A los otros amigos, los que no creí que haría en un aula (Nelson, Tony, Alba, Cynthia, Tony, Darío, Katy). Algún día abriremos la botella con nuestros mensajes!!

A Karla, por el refugio de los primeros días (y por darme la razón, no importa que tomara cinco años)

A los profesores de la Facultad de Comunicación, especialmente a los jóvenes

A Raúl Garcés, por traer orden al caos

A Daniel Salas, amigo y tutor

A Liliam Marrero, por la fe

A Elaine Díaz, por las bloguerías y la amistad

A Abel Somohano, por las preguntas y la poesía de Barbero

A Yohanka León, por provocarnos siempre a romper las barreras del sentido común

A Rosa Muñoz, por los oportunos rescates bibliográficos

A Rosa Miriam Elizalde, madrina sin bautizo

A la Televisión Serrana, por descubrirme otro mundo

A los blogueros que se hicieron amigos (Yesi, Leydi, Alejo, Tunie…), por demostrar que la redes sociales lo son efectivamente.

A Marian, por la alegría y el dolor

A mis entrevistados, especialmente a Ambrosio Fornet, Julio César Guanche, Helmo Hernández y Fernando Martínez Heredia

A los que no fueron entrevistados, ellos también me ayudaron a comprender los entresijos de mi tema de investigación

A Hernán Casciari y la revista Orsai, por darme otra razón para pensar un periodismo diferente made in Cuba

A Liliana Herrero, por confiarme cosas que siempre llevo conmigo.

A Yon, por la mejor presentación del mundo.

A Karla María, por las fotos, por la impertinencia, por la dulzura

(En construcción)

El olor del pdf

Un extraño virus se esparce en La Habana: la Orsaifilia. Acá les dejó lo que provocó en David la lectura del primer número de la revista.




Sábado, 12:10 de la noche. Acabo de terminar el primer corte o borrador o como quieran llamarlo del guion del documental de mi tesis. Por un breve momento odio menos la tesis, el documental y la facultad. Por un breve momento me imaginé tomando un vaso de whisky y fumando un pitico de mariguana, pero lo primero en Cuba es muy caro, lo segundo, no solo es caro sino más que mariguana es césped del parque de 5ta Ave. No vale la pena.

¿Qué hago entonces antes de dormir? Ya no tengo series, ni películas, las vi todas. Tampoco tengo ganas de ver porno. Dios mío ya tengo 80 gb, cuando le copie lo que le prometí a un amigo hago una limpieza, me quedo solo con lo mejor, con los bien hechos. De todas formas sigo sin saber qué hacer.

Recuerdo entonces a Rafa y la carpeta que me copió con los pdf de las revistas de Orsai. El proyecto me atrae por lo que vi de un gordito que no paraba de temblar explicando entre chistes cómo su blog se convirtió en una revista, una editorial, tres bares y una Universidad. Pero hasta este momento solo he leído pequeñas cosas.

Abro el pdf de la revista No.1 y leo lo imposible, el editorial. Será que me mal acostumbré a los bodrios del Granma (entiéndase Granma como una metáfora de la prensa cubana entera y no solo del peor y más oficial de los diarios nacionales) que se hacen llamar editoriales, no sé. Quizás empecé por ahí por vagancia a seguir dando clic o usar el scroll y adentrarme en los textos.

Suerte la mía. ¡Qué bienvenida más agradable! Por primera vez me encuentro con un texto de presentación que sí me da ganas de consumir el producto entero. Y lo mejor, nos pide que lo primero que hagamos cuando tengamos la revista en nuestras manos sea olerla. Sí, olerla.
Ahora nadie me va a creer, todos pensarán que es un invento mío. Pero por mis locuras les juro que eso es lo que yo hago siempre que tengo un texto impreso en mis manos: lo huelo. Puedo incluso aceptar un libro solo por su olor. Varias veces se han burlado de mí por llegar a una librería, tomar un libro y, sin mirar el título, el autor, el precio, sin mirar nada, abro una página al azar y zambullo mi nariz hasta el fondo. Luego, quizás, veo lo demás.

Solo por eso ya me gusta Orsai. Además, reconozco que el olor del pdf es agradable. Gracias Hernán Casciari.