Pillerías

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El día más largo del año (II)

(Lea la primera parte aquí)

4.31 pm

El conductor mira a los ojos a los agónicos aspirantes a pasajeros que estamos apostados a lo largo de la cuadra. En su cara, una mueca indescifrable nos advierte de algo terrible que ni yo, que tanto he pasado este día, interpreto. Con parsimonia, el P1 se pasea impávido ante nuestra vista, indeciso sobre en qué lugar abrir sus puertas. No para, estira su esqueleto como felino dominante que se sabe en lo más alto de la cadena alimenticia. Seguir leyendo

El día más largo del año (I)

4.30 pm

Esto parece (tiene que ser) un chiste. En mis ojos se empezaba a delinear inevitable la desesperanza de una hora de espera cuando apareció en la esquina de J, mitad espejismo, mitad premonición, el segundo P-1. Lentamente, majestuosamente, el infernal carro dobló en la céntrica calle. Los náufragos que éramos entonces, disminuidos tras 50 minutos de bombardeo de un sol vulgar, empezamos a movernos con sigilo, calculando las miles de posibilidades en las que se puede manifestar la parada de una guagua. Seguir leyendo

Cochero pare, pare cochero

Sucede que a veces me despierto con ganas de penetrar lánguidamente en mi ciudad -como esos haikus  otoñales que hablan de apacibles hojas caídas- y esta me recibe en una desenfrenada orgía de ruidos. Nótese que digo ruidos y no sonidos; no pretendo que la cosmopolita dama sea un bucólico remanso. Es más, entiendo perfectamente que los autos, el denso rumor de la muchedumbre y la música de algún vecino demasiado generoso  se superpongan para conformar esa pieza simpar que es la sinfonía urbana. Pero mis torturados oídos se resisten a asimilar la idea de que el transporte urbano sea una extensión altoparlante de las preferencias musicales de sus choferes.

En esos días un tanto pálidos fantaseo con la idea de subir a alguna guagua y descubrir un relajante instrumental. Sin ofender, pero no es precisamente CMBF o Radio Enciclopedia lo que se escucha a bordo de nuestros ómnibus. Vamos, que ya que me imponen la música, por qué no dejan descansar a Gente de Zona y Los 4 y ponen en su lugar un poco de jazz, los Van Van o Matamoros, qué se yo. Pero no, me acogen las mismas canciones de las discotecas, de la radio, de la televisión, de los mp3; los mismos 10 temas de siempre me machacan el cerebro con su odiosa ubicuidad.

Reconozco que tengo cierto vicio de hallar conspiraciones en todo, pero tras escuchar ese repertorio, la sospecha de un acuerdo entre reguetoneros y  conductores no me parece una idea tan descabellada, algo como “te doy 5 cuc por cada viaje que des con mi disco puesto”.

Más allá de mis recelos, pareciera que la Dirección Provincial de Metrobús, orientada por quién sabe qué oscuro departamento, distribuye a sus choferes una compilación con las canciones del momento. Y ay del que no lo ponga. Ay del que se descubra que estaba oyendo Segunda Cita en lugar del Pa-pa-namericano (sic tal cual lo entienden mis oídos). Si por alguna razón justificadísima, el chofer no anima a sus pasajeros con la música (el pobre, los mira con pena, como disculpándose por no promocionar lo último de Osmany García), siempre hay dos o tres bocinas ambulantes que salen en su ayuda. Para que nadie sufra del insoportable silencio, estos DJ’s Sin Fronteras se apostan a lo largo de la guagua. Con su contribución, podemos escuchar en una ventanilla “chupa que te queda” y junto a la puerta “páfata, esto es un palo por la cara”. ETECSA debiera subsidiar los audífonos de celulares, antes de que estos personajillos terminen por desquiciarnos.

En la ciudad, con su ajetreada vida, es normal que nuestros sentidos se emboten. Gracias a esta bien implementada campaña contra el silencio, ahora también se embota el intelecto.

¿Quedará algún inspector vivo, o descansan todos en el panteón de la prehistoria, junto a las buenas costumbres y los muñequitos rusos? me pregunto en esos días.


A falta de algún video de reguetón sobre el tema, les dejo este de los muchachones de Zeus