Serenata pospuesta de Jorge Drexler para ti

Concierto de Jorge Drexler en La Habana, Cuba. Foto: Gabriel G. Bianchini / Encuentro de Voces Populares.
Foto: Gabriel G. Bianchini / Encuentro de Voces Populares.

Escribo esto por dos razones. La primera es porque olvidé coger la cámara (sorpresa, soy un desastre). La otra es porque el concierto de Jorge Drexler debió ser tuyo. Y lo fue, de alguna manera.

Cuando me acomodé en el asiento me invadió esa sensación angustiosa y familiar de ser una isla, de ver al mundo pasar y saludar y seguir de largo mientras yo permanezco. Algo de lo que solo me podrías salvar tú, porque esta noche debía ser contigo, y ni todos los amigos ni amantes del mundo podrían arreglarlo. Se sentía un poco extraño presenciar un concierto semejante sabiendo que no iba cubrirlo para nadie, por eso decidí cubrirlo para ti. Como no estabas, me tocó poner a dormir mis prejuicios y ver a Drexler con tus ojos, con tus oídos; emocionarme con las canciones que tan dentro llevas; evocar esos recuerdos que no conozco pero sé que existen porque los he visto reflejado en tus pupilas cuando lo escuchas.

Lo bueno de no tener expectativas es que puedes vivir limpiamente la experiencia de un espectáculo. Y cuando él apareció en el escenario de la sala Avellaneda y se puso a guitarrear y conversar bajo una solitaria luz cenital como si fuera un amigo de toda la vida, comencé a sospechar que esta podía ser una buena noche. Y fue así que en algún momento me descubrí tarareando esos temas que he escuchado tantas veces sin que hagan huella en mí, pero que en esta ocasión me estaban diciendo algo, como si llegaran en el instante preciso.

Me gustó Drexler, su falta de acento “uruguacho”; su sonrisa amplia, inocente; su capacidad de transmitir complicidad a un auditorio de cientos de personas. Lo hubieras amado, como al parecer lo amaron un muchacho parapléjico que –quiero pensar– llevaron al concierto porque sus melodías le hacen sentirse algo más vivo; o una chica negra que se paraba a bailar con una energía fascinante sin importarle las miradas reprobatorias de los aburridos a su alrededor.

¡Si hubieras visto lo que hizo Alexis Díaz Pimienta! Drexler lo invitó a subir al escenario para improvisar a partir de su canción Que el soneto nos tome por sorpresa, y vaya que nos sorprendió. Le bastaron un par de minutos para entrar en calor y echarse la sala en un bolsillo con su rima rápida, ocurrente, imprevista, con esa sabiduría repentista que parece cosa de otro mundo.
Fueron más de dos horas en las que no faltó ni sobró nada, en las que los temas de su último disco Bailar en la cueva compartieron con algunos de sus clásicos (sobre todo de Ecos, creo que tiene algún fetiche con ese álbum), y algún que otro placer culpable del propio Drexler. Dos horas que colmaron las expectativas de la mayoría y dejaron sembrada la semilla de las ganas de una próxima vez, como deben hacer los buenos conciertos.

Ya entrada la madrugada, en la soledad del cuarto me descubrí poniendo su música y tomando la guitarra para repasar sus tablaturas, intentando compensar lo que preciso con la mitad que tenía a mano. No te sientas mal por no haber podido estar; prometió volver, y tiene cara de ser un tipo que cumple sus promesas. Y ahí estaremos nosotros.

PS: Si quieres más detalles pregúntale a Diana, creo que lo disfrutó tanto como lo habrías disfrutado tú.

El oscuro placer de leer a Courtoisie

grabado erotico chino

China tiene sus arcanos

China tiene sus secretos

L. R. N.

 

La palabra muda, (…) de caderas chinas. Caderas chinas, no sé qué carajo significa eso; nunca he puesto unas curvas asiáticas sobre –o bajo- mi ecuador. Solo he visto caderas chinas en alguna que otra película de esas que premian en festivales europeos y que veo en las noches de insomnio y en las fotografías de grabados eróticos que te sorprenden al voltear las páginas de ciertos libros. Como se ve, no tengo la menor idea de que siente ante unas caderas chinas. Pero que fuerte, que poderosamente sensuales resuenan esas palabras. Qué genio el Courtoisie ese, caramba.

Rafael Courtoisie y su poética escalera real


Para el montevideano Rafael Courtoisie el mes de febrero empezó con una noticia inmejorable: recibió el Premio honorífico José Lezama Lima (Poesía) que otorga Casa de las Américas. A sus cincuenta y pocos años, tamaño reconocimiento es un espaldarazo saludable a una propuesta estética que se propone (y logra) violentar los márgenes de la tradición, que introduce lúcidas reflexiones filosóficas transmutadas en extraños cuerpos que se apropian de cuanto haya a su alcance.
Courtoise llega al siglo XXI y no teme hacer uso de todo el arsenal simbólico que ha acumulado este pedazo de la historia -desde el montón de Anónimos, pasando por Shakespeare y Vallejo, hasta llegar a nuestra encrucijada actual-, logrando algunas de las asociaciones más efectivas que he tenido el placer de leer, resonancias de una hondura solo posible por un verdadero maestro de la cábala, recreador de esas cinco palabras que se guarda de revelarnos en su letra simple.
Literatura comprometida con la vida humana, esa que, según sus palabras, sin ese espacio sin límites que permite la literatura.sería infinitamente más pobre y austera que la vida de las amebas.
Poesía y caracol
            “La poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua”. Estas palabras  húmedas, untuosas, lentas, provienen del poeta cubano José Lezama Lima.
            La imagen es convocada con harta frecuencia para explicar lo inexplicable, para dar cuenta de una extraña posesión. De tanto repetirlas el agua comienza a evaporarse y el caracol se fuga dentro de su misterio, se enquista.
            El rectángulo de agua queda seco.
            El caracol se va, desaparece.
            Si ese caracol nocturno llega a alguna parte es solamente a su centro, a su boca metafísica, que es desde donde partió.
            El caracol de la poesía, aunque se dirija a alguna parte en concreto, jamás se aleja de su lugar: el caparazón del universo.
            El caracol va al unísono con su saliva.
            Si es verdad que se trata del caracol nocturno en un rectángulo de agua, debe olvidarse por un momento al caracol, debe observarse la geometría líquida de la página de agua, su pátina abundante y plana sobre la superficie de todas las cosas.
            Es una página ambigua donde la mirada, sin el caracol oscuro, intenta escribir algo en vano, puesto que la misma sustancia abstracta del agua termina por borrar el rastro indeciso del caracol.
            Si se piensa el agua sin el caracol, lo que se piensa no es sonido, es nada más que una parte sin la forma.
            Son rocas del sentido, menudas partículas que cantan. Pedruscos que el caracol desliza y hace rodar a medida que avanza sin moverse, que se traslada en su sitio mediante la bizarra  cinética de su desempeño.
            Las motas, las esquirlas semánticas se hunden en el rectángulo de agua.
            Son sílabas mojadas, y nada más que tiempo.
El cuento claro
            Todos los objetos de este cuento son blancos: perlas hostias y pañuelos. Palabras de seda, sábanas de encaje, nubes. Sonidos blancos, como el sonido de la palabra
“leche”
como la espuma del mar, como la sal, como las cosquillas.
            Las cosquillas blancas y luminosas que hace una pluma, el color de la palabra dormir y el color de la palabra “antes”.
            Antes las novias se casaban de blanco, sus largos vestidos parecían espuma. Las novias parecían gaviotas. Iban a volar.
            En este cuento la sombra no tienen donde pararse, ni donde sentarse, ni donde acostarse. Está cansada la pobre, tirita, tiembla de miedo y de fatiga, pero se trata de un miedo lindo y de una fatiga blanca, clara, transparente, de un cansancio como de gotas de agua, de pulmones de gritos de alegría y de gritos de alma, gritos que se dan con el cuerpo, no con la boca, gritos que salen del río, de las nueces, gritos de avestruz, que grita de contenta, gritos del pelo de las abuelas que, como todo el mundo sabe es de seda blanca, gritos de amor sin amor sin sonido, sin una pizca, ni siquiera una puntita de oscuridad, gritos sin noche, donde todo es blanquísimo y alegre, en copos, en terrones, en cristales dulces, en pensamientos.
            Piensa en dos cosas al mismo tiempo: piensa en el otoño y en el azúcar.
            Las hojas de azúcar, las cucharadas de otoño dando vueltas, disueltas en el café con leche, dulces, invisibles en la boca.
Pirámides, manzanas
            Hacer un puente partiendo de la mitad exacta del río. Allí, suspendiendo la respiración sobre las aguas oscuras, colocar sobre el abismo el primer tramo que sostendrá la estructura. Apoyándose en el vacío construir hacia los lados con paciencia, con lentitud, como un funámbulo sin la cuerda, con fe, caminando simultáneamente hasta lograr posar los dos extremos en una tierra que nunca, jamás, será firme.
            Después, otros pasarán por el puente y creerán ver en él la servidumbre de ciertas leyes físicas, el efecto de una elocuente ingeniería, cuando en realidad se construyó sobre nada, usando nada y partiendo del sitio menos indicado: el centro.
            Con la respiración entrecortada, quienes conocen el secreto de la construcción saben que el mismo principio sostiene desde dentro las pirámides: Teotihuacán está construida sobre los mismos núcleos inasibles, inestables de poesía: posee centros confusos que inventan de lo deshecho su energía, su fuerza mística y permanente, esferas de escombro y tierra en medio de sus moles cubiertas con pieles de piedra, definitivamente blandas e inestables ante el avance de la erosión. Así, perpetuas.
            Esos centros de gravedad perduran disolviéndose. Están hechos de una pureza contaminada, inaudita, oscura y viviente. Como en la manzana arrancada y brillante que se exhibe con impudicia en las vitrinas refrigeradas de los supermercados, donde lo único verdaderamente vivo no es la fórmula exacta del colorante artificial, ni la armonía de las curvas que añadió la mutación transgénica, el fertilizante o los residuos órganofosforados, los huesos del nitrógeno que esparcen su brillo agrio y mortal, cancerígeno. Lo verdaderamente vivo, lo que late es el gusano diminuto que todavía alienta, la oruga que hiberna en el nudo de la fruta y acabará por comer la belleza desde dentro, dejando entera, flagrante, la cáscara de su vacío.
            El agujero en la realidad, la carne perforada de la fruta.
 Los poemas aquí presentados fueron tomados de la revista digital Círculo de Poesía