Con (sin titulo)

Mascha Kaleko


Para Rafa
Con las carnes abiertas en agua salada,
Con las salivas intercambiadas de las especies,
Con los gritos de la fiesta dentro,
Con las uñas sangrantes
Con los huérfanos
Con las camas vacías y las sábanas intactas
Con la carga
Y el silencio del que sabe
Y no dice nada.
Con una moneda bajo la lengua


Para pagar el viaje.


CR.

Las manos de los muertos, 3 poemas de I. Carlota Roby

“There are suicidal verses.”
Jetlag, C.R. pág 21


Lo leí de un tirón,sentado en la mesa del comedor, escuchando esa voz extraña de Florence Welsh y dejándome llevar por el reino convulso de sus versos. Se que algún día le daré un abrazo, compartiremos algún vino barato y nos leeremos mutuamente poemas al azar.


Sólo sé que cumpliste
De nosotros se dirá que amamos la tristeza.
Nadie mencionará la felicidad cuando nos
recuerden. Seguro nos recuerden como una casa
vacía persiguiendo a las arañas como el único
recuerdo humano.

Ya no tengo miedo de nombrarte, pero sigo
teniendo miedo de que me nombres. En un raro
impulso de cordura intento olvidarte y lloro, el
olvido se fue y me dejó los recuerdos demasiado claros.

Eran conversaciones, eran risas, ausencias, ganas,
deseo, espera, indecencia.

Fuimos las prostitutas en la calle, los poetas, las
ciudades, las ruinas que nos quedaban del pasado,
la agonía que nos unía para entonces, fuimos mi
sexo histérico y tus líneas tristes, fuimos todo eso
e insisto en enumerarnos.

Siempre interpongo a la distancia entre nosotros
cuando hablo de ti, porque desde que llegaste
fuiste distancia y fuiste ruido sentado en silencio,
mirándome.

Ya no podemos caer, tan cerca del suelo estamos
y me propones volar en sueños y me despierto
cuando ya voy a saltar, ahora huyo de mí en todos

los cuerpos que voy probando, no es una hazaña,

es bastante trágico. Necesito volver a
sorprenderme, la muerte ya no me sirve de
coartada, han descubierto que aún respiro, dicen
que esto se llama estar viva.

Tu voz resuena en mis oídos tocando mis labios:
“te prometo anarquía, gritos, soledades, te prometo
espera, olvidos, tristezas, te prometo vida y
muerte. Lo llamaremos amor y nos haremos daño”.

Sólo sé que cumpliste como solo cumplen los que
esperan algo a cambio.

La soledad

Sé que la soledad no mata
porque le he sobrevivido
he fundado una ciudad en ruinas
sin salida
pero no he muerto.
A mis 60
Yo era un continente de muertos
un callejón para gatos y ratas
unidos por el hambre.
Yo fui la bala de un disparo
fui la causa de muertes conocidas
las mías.
Yo era carreteras con luces que no sirvieron nunca
colocadas a la espera de un cambio que se tardó
en llegar
fui pasos largos y ruidosos demorándose en volver
o que volvieron y esta vez no hicieron ruido.
Yo era una ventana abierta por donde entraron los cuervos
para suicidarse en la cotidianidad
Yo fui un “se quitó la vida delante de unos niños
en un colegio en Paris”
en el broadcast estelar de noticieros locales.
Yo fui verdad.
Quién soy yo
Un pájaro ha muerto
sus alas aún se mueven
pero sé que morirá.
Lo recojo con mis manos
y acaricio su abdomen con mis dedos
sé que la muerte nos mira
sé que se burla de mí.
Abre sus párpados un poco
mirándome al morir
sus alas ya no se mueven
y una lágrima cae en su
pequeño cuerpo sin vida.
Cargo el peso de la muerte entre mis manos
¿quién soy yo?
Para leer su blog (¡DELICIOSA COMPILACIÓN DE POEMAS PROPIOS Y PRESTADOS!): www.vocalesverticales.blogspot.com
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Pésame

Por Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

-¿Qué cosas lo aburren?

-El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

Roberto Bolaño.

viva chávez

Para mí, la noticia de la muerte de Chávez iba a tomar dimensiones notables, casi tan notables como la reciente eliminación del equipo al cual pertenezco del campeonato de fútbol universitario (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), pero la alharaca de mis contemporáneos en Facebook hizo que de golpe se apagara la impresión: un jarro de cerveza sobre los tizones del fuego.

Tuve que salir de Internet, irme para casa del viejo –mi viejo es un derroche de sinceridad-conversar un rato en la sala, escuchar la voz de Mercedes Sosa, mirar un poco de imágenes, y solo así empezar a tantear, con cierta nitidez, el cuerpo detrás de la abstracción que es la muerte de una persona. Y más. Detrás de la abstracción que es la muerte de un político.

El hemisferio de La Habana dista kilómetros del cacerolazo y las polémicas públicas en Buenos Aires, o de la agitación perenne en Caracas, o de los rafagazos estudiantiles en Santiago, o de los mítines en Quito, propio de las revoluciones que se inician, felizmente inocentes y hermosas. Cuando La Habana mira a Chávez no descubre nunca al Chávez prócer, al nuevo estandarte de la integración latinoamericana, es incapaz de construir o de apostar por semejante imagen. Ese es el credo de La Habana histórica, no de La Habana concreta, que se preocupa por el Chávez suministrador de petróleo y, más importante aún, por el Chávez sujeto, por el simple individuo.

Cuando dieron la noticia, la mujer que estaba a mi lado se largó a llorar. Luego dijo que estábamos jodidos. La mujer lloraba al líder carismático por el que los cubanos sienten, a fuerza de tiempo y cercanía, cierta propiedad y mucho afecto. No lloraba por la pérdida del sucesor de Bolívar. Nadie puede llorar por eso.

Lloraba, además, por inexperiencia infantil, impresionada ante el maligno. Los cubanos nos creemos acostumbrados a merodear el borde del huracán, un huracán, por cierto, translúcido, pero no nos sucede nada estremecedor desde hace siglos. Por tanto, nadie se tomó en serio la posibilidad de que Chávez falleciera. Una actitud comprensible si tenemos en cuenta que a Cuba no se le muere alguien lo suficientemente legendario desde 1967.

Sin embargo, en otro orden no menos perentorio, la mujer solo atinó a decir que estábamos jodidos porque aún tenemos bien marcado en la paciencia las largas horas de apagones y nuestra búsqueda incesante de las escurridizas fuentes de energía. Si los continuadores de Chávez no logran reelegirse en Venezuela, los cubanos se imaginan, desde ya, sentados en los portales, con abanicos y periódicos en las manos, espantando mosquitos y ahuyentando el calor, un folclor que nadie quiere rescatar.

En Facebook, por su parte, yo presencié de todo. Expresiones muy sinceras, contorsiones de profundo pesar ante el suceso, y gente lagrimeando con el lenguaje de los comunicados oficiales. Reconocer que les preocupó la ausencia del Chávez generoso les pareció mezquino, algo bajo y rastrero. Declarar que lamentaron la pérdida de un hombre les pareció poco, muestra bastante insuficiente de los deberes revolucionarios.

Hubo quien dijo, carajo, que nadie diera un paso atrás, que aquí en La Habana, atrincherados, ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Si el momento no hubiese sido lo suficientemente grave, yo le habría respondido lo que un amigo me sugirió. “Sí, ya sabemos lo que tenemos que hacer: buscar el pollo de dieta”. No lo hice, porque habría quedado como un pedante, y en nuestra experiencia histórica oficial el humor no tiene cabida.

Esa gente debe aprender, cuanto antes, algo esencial, y no repetir el discurso de barricada que le han instaurado en la cabeza, a riesgo de parecer francamente ridículos. Hay un problema de claridad, pero también de forma.  No sabemos condolernos por la muerte de un líder, aun cuando la sintamos, como si el líder fuera casi un familiar. No sabemos situarlo a la altura de nuestros conflictos personales, que es la altura más decente posible.

Hemos olvidado, en política, el dolor real. O  mejor: su manifestación. Ahora, por ejemplo, sentimos dolor real, es palpable, pero ignoramos cómo sacarlo. Copados por el maquillaje retórico, hemos desenfundado el pañuelo negro del duelo tremendista. Los medios siguen inundados de simulación, el único método que conocemos. Simulamos hasta cuando no queremos simular. Uno sabe de la conmoción porque sale a la calle, porque habla a lo corto con las personas, pero no porque descubra en el empaque de las letras cifradas la pesadumbre del país.

La sublimación del sentimiento épico es el mayor mal de la nación. Yo pensé, para qué negarlo, que la muerte de Chávez me haría disfrutar un tanto menos el Clásico de Béisbol (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), y pensé que ese hombre no iba a ver ahora los batazos de Miguel Cabrera o Pablo Sandoval, para quienes tuvo en varias ocasiones palabras de elogio.

Es decir, pensé lo que siempre pienso cuando la muerte me empieza a rondar -delante de los ojos- en formas y gestos definitivos. Ya no hay manera de que Chávez se tome un café, o de que siga intentado las empresas que formaban su rutina diaria. Unir Latinoamérica. Eliminar la pobreza. Solventar a Cuba. Pienso en Gustavo Cerati, por ejemplo, ingresado en un hospital de Buenos Aires, con un coma prolongado, que no sabe lo que pasa en el mundo desde el 2010, o sea, no funciona, no canta, no compone, pero aunque jamás vaya a recuperarse, le deja a uno la impresión de que sigue ahí, en una sola pieza, sin descomponerse (es una metáfora, ya sabemos que Chávez no se descompondrá).

Lo singular de la muerte es su contundencia, la manera en que volatiliza el cuerpo y resquebraja lo que antes era una unidad. He ahí un eslogan, por si lo quieren: la muerte es como el imperialismo. Pero algo se aprende. Algo he aprendido yo de las muertes que me han impresionado -las de mis dos abuelos y la de Félix Hangelini, un desconocido poeta cubano asesinado el año pasado en el DF. Se pasa de la consternación al aturdimiento, del aturdimiento a la inconsciencia y de la incosciencia a un vacío pausado que se ensancha con los meses, como el agua derramada sobre la mesa.

Algo se aprende, también, en el manejo de los héroes y las figuras públicas. Hay que tratarlos con recelo, dejar que el tiempo los lave (uno debiera, en verdad, dejar que el tiempo lo lave todo), y aunque no creo que sea el caso de Chávez, más de un pueblo se ha perdido detrás de la euforia pasajera, o del dolor general y las vestiduras rasgadas, o del encubrimiento, por parte del poder, de deslices y trampas imperdonables. Pablo de Rokha llegó a componerle una oda a Stalin. Pound hizo proselitismo para el Eje. Y Guillén le dedicó unos versos a Pavón.

La pérdida de Chávez me parece lamentable. No creo que, en lo adelante, su impronta decepcione, sino que, sea cual fuere los resultados y el destino de la más inmediata Venezuela, le ocurrirá la gracia que le ocurre a los líderes que fallecen al inicio de sus gestas. Lo exonerarán de culpas, y si algo sale mal habrá sido porque Chávez no estaba.

Yo sigo creyendo que esa es otra tendencia desacertada, de abierto germen fanático, un tanto vulgar y ahistórica, pero he de reconocer que hay también una dosis de mito en las muertes de héroes que con frecuencia puedo tocar: la de un niño cualquiera, la del Che Guevara, y más recientemente, en ocasiones, la de Martí.

Quisiera entender, de igual manera, la muerte de Espartaco y la muerte de Cristo, pero me faltan un par cosas esenciales para la supervivencia en este mundo: cultura antigua, referencias latinas, y esperanza y fe en la religión.

Chávez, “el único hombre por el que a Venezuela le dolía el corazón”

No puedo escribir. No sé (estoy bastante seguro) si soy un mal periodista por ello, pero el hecho irrebatible es que las palabras se me escurren en un momento como este. Y quiso la fortuna que un reportero en Caracas fuera uno de esos conocidos entrañables que uno espera el tiempo convierta en amigos, un tipo perfectamente incompleto, tan Adonis, y escribiera un texto que hago mío como si se lo hubieran susurrado los fantasmas de los cerros caraqueños, esos mismos que ahora me paralizan.

 Una noche con Chávez en la Plaza Bolívar de Caracas Seguir leyendo