Hack-trick de Ingeborg Bachmann

Klagenfurt_-_Musilhaus_-_Ingeborg_Bachmann reducida

Sombra rosas sombra

Bajo un cielo extraño

sombra rosas

sombra

sobre una tierra extraña

entre rosas y sombra

dentro de un agua extraña

mi sombra

 

Todos los días

Ya no se declara la guerra,

se prosigue. Lo inconcebible

se ha hecho cotidiano. El héroe

permanece alejado de los combatientes. El débil

ha avanzado hasta las zonas de fuego.

El uniforme de diario es la paciencia,

la condecoración, la mísera estrella

de la esperanza sobre el corazón.

Se concede

cuando ya no pasa nada,

cuando el fuego nutrido ha enmudecido,

cuando el enemigo se ha hecho invisible,

y la sombra del armamento eterno

oscurece el cielo.

Se concede

por abandonar las banderas,

por el valor ante el amigo,

por revelar secretos indignos

y desacatar

toda orden.

 

Una especie de pérdida

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.

Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una

cama.

Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados,

gastados.

Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y

siempre alargada la mano.

De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he

enamorado.

De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.

Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado

irrevocables,

he adornado un algo y he sido devota delante de una nada,

(-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del

papel con un apunte)

impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.

De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.

Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis

vecinos.

Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi

cabello tenía su color más intenso.

La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.

No te he perdido a ti,

sino al mundo.

Algunos testimonios de Spoon Rivers

Hoy, alentado por @Qappe y su #ViernesDePoesía, me puse a buscar un par de poemas que me removieran el alma. No tengo poemas ni poetas favoritas, mi selección cambia por horas, según la estación, el estado de ánimo, la compañía, el grado de alcohol, la hora del día, el viento, en fin, por todo ese montón de cosas que motivan la poesía. Así que decidí no darle demasiadas vueltas al asunto y traer un imprescindible, un clásico que sirve bien para una madrugada al pie de una espalda desnuda o para una tarde de noviembre, lluvias y borrachera. Edgar Lee Masters coleccionó, para decirlo a la manera de sandro Cohen las voces de «un cementerio poblado de espíritus que viven su muerte intensamente: espíritus rencorosos, vengativos, a veces iluminados, y otras veces tan ciegos como lo fueron en vida; seres que desde la tumba enjuician a su pueblo, a su gente, a sí mismos y, lo que es más importante, a su país.» Aquí les dejo algunos de esos vivos estertores.

graveyard

MINERVA JONES

Yo soy Minerva, la poetisa del pueblo.

Me insultaban e injuriaban los patanes de la calle

por mi cuerpo pesado, por bizca, por mi andar

quebrado,

y mucho más cuando “Butch” Weldy me apresó

después de una cacería brutal;

me dejó con mi destino y el doctor Meyers;

y me deslizaba cada vez más hacia la muerte,

empezaba a entumecérseme el cuerpo

de los pies para arriba,

como si entrara poco a poco en un arroyo de hielo.

¿No irá nadie al periódico local

a juntar en un volumen mis versos?

¡Estaba tan sedienta de amor!

¡Tan hambrienta de vida!

 

KNOWLT HOHEIMER

Fui la primera sangre

de la batalla de Missionary Ridge.

Cuando sentí la bala atravesar mi corazón,

pensé que mejor hubiera ido a la cárcel

por robar los cerdos de Curl Trenary

en vez de huir y enrolarme en el ejército.

Mil veces prefiero la cárcel del condado

que yacer aquí bajo una Victoria de mármol

y este pedestal de granito

soportando la inscripción “Pro Patria”.

Siempre quise preguntar

el significado de esas palabras.

 

JONES EL VIOLINISTA

La tierra mantiene una vibración

por las venas de tu sangre y eres tú.

Y si la gente se entera de que tocas el violín,

pues tienes que tocarlo, y toda la vida.

¿Qué ves, un agosto de trébol,

una pradera que lleva al río?

El viento sopla por los maizales; o te frotas las manos

por las reses que irán al mercado

o escuchas el rumoreo de faldas

como de muchachas cuando bailan en La Arboleda.

Para Cooney Potter una polvareda

o un torbellino de hojas siempre fue sequía;

pero para mí eran como el Pelirrojo Sammy

en un zapateado de “Turalú”.

¿Cómo trabajar mis cuarenta acres

—de comprar más ni hablar—

cuando una orquesta de cuernos, fagotes y flautines

se alborotaba en mi cabeza por el canto de los pájaros

y el crujir de un molino, nada más?

Y nunca pude arar sin que alguien,

parado en el camino, me invitara a un baile o barbacoa.

Me quedé con mis cuarenta acres,

terminé con un violín quebrantado…

quebrantada la risa y mil recuerdos,

y jamás me arrepentí.

 

WENDELL P. BLOYD

Primero me acusaron de faltas a la moral,

ya que no hubo ley contra la blasfemia.

Después me encerraron por loco,

y un guardia católico me mató a golpes.

Mi ofensa fue ésta:

dije que Dios le mintió a Adán, y lo destinó

a vivir la vida de un idiota,

sin saber que en el mundo hay mal, lo mismo que bien.

Y cuando Adán se mostró más listo que Dios, comiéndose

la manzana,

la mentira se hizo patente.

Y Dios lo arrojó del Edén para evitar

que tomara el fruto de la vida eterna.

¡Por Cristo! Ustedes son gente sensata.

Escuchen lo que Dios mismo dice de esto en el Génesis:

“He aquí el hombre es como

uno de nosotros” (un poco de envidia, ¿verdad?),

“sabiendo el bien y el mal” (se descubre la mentira

de que todo es bueno):

“Ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también

del árbol de la vida, y coma y viva para siempre”.

Y lo sacó Jehová del huerto del Edén.

(La razón, creo, por la cual Dios

crucificó a Su Propio Hijo

para salir de esta miserable maraña,

es que de Él no se esperaba menos)