La prensa cubana frente al 17D: los viejos problemas y los nuevos desafíos

Ayer estas palabras de Raúl Garcés, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, estaban disponibles en el sitio Cubaperiodistas, de la UPEC. Hoy llego y me recibe un parco “HTTP Error 404″ que dice que esta página ha sido eliminada, o su nombre ha cambiado, o no está disponible por el momento. Casualmente lo había dejado abierto en mi navegador, así que aún las tenía a mano. No sé las razones por las que no aparece ahora en la web el texto de Garcés, pero en lo que vuelve, acá pueden leerlo. Una serie de reflexiones que, sin estar de acuerdo con todas ellas, me parecen de los pocos análisis reposados que encontraremos sobre un tema demasiado esencial y demasiado postergado en la agenda política cubana, que trasciende por mucho el nuevo escenario de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, pero que es un buen pretexto para exponer algunas urgencias del periodismo cubano. Con o sin 17D.

Raúl Castro y Barack Obama en la Cumbre de las Américas de Panamá, abril de 2015. Foto: Estudios Revolución
Raúl Castro y Barack Obama en la Cumbre de las Américas de Panamá, abril de 2015. Foto: Estudios Revolución

por Raúl Garcés Corra

Septiembre de 2014. Teniendo como telón de fondo las imágenes de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y el grupo de experimentación sonora del ICAIC, el dúo Buena Fe entona la emblemática canción de la nueva trova Cuba Va, acompañado del coro entusiasmado de cientos de personas. Probablemente el hecho habría carecido de mayor trascendencia, si no fuera porque ocurría en el mismísimo Miami Dade County Audiotorium.

Abril de 2015. Uno de los símbolos más representativos de la intolerancia política en Miami, Ileana Ross Lehtinen, pone cara de derrota frente a la revista Foreign Policy, como si cinco décadas de industria anticastrista se vinieran abajo de un tirón sobre sus espaldas desde una altura comparable a la del Empire State. “No podemos darle marcha atrás. Es una situación sin salida”.-confiesa, refiriéndose a la eliminación de Cuba de la lista de países terroristas.

Más o menos por esa fecha,  la cantante Rihanna alborota las calles de La Habana, como lo habían hecho antes Beyoncé o Paris Hilton. Más allá de su fama, todas ellas forman parte del oleaje que trae a nuestras costas más visitantes norteamericanos, y que, hasta el nueve de mayo de 2015, había experimentado respecto al año anterior 36 por ciento de crecimiento. Las encuestas dicen claramente que el 65 por ciento  de los norteamericanos, el 56 por ciento de los latinos y la mayoría de los cubanoamericanos apoyan el giro actual de las políticas de Obama. Para colmo, el New York Times ha situado a Cuba en el lugar dos entre los 50 países más atractivos para visitar, y, en ese contexto, el efecto 17D se esparce también por Europa, cuyos habitantes viajan apuradamente a redescubrir la Isla ya no en carabelas, sino en confortables aviones.

Estas son las nuevas circunstancias. Cierto que no se ha levantado el bloqueo, que Marco Rubio y su equipo de pugilato añaden enmiendas contra la Isla a determinadas leyes, que Obama no utiliza todas sus prerrogativas como Presidente para avanzar. Y cierto también que, transcurridos seis meses, estamos más cerca de la posibilidad de convivir civilizadamente y abrir caminos.

¿Qué implicaciones tienen los escenarios descritos para el trabajo de la prensa y los periodistas? ¿Cómo se reacomodarán en lo adelante los significados de la “plaza sitiada”? ¿Cederemos a la tentación de actuar como si todas las murallas se hubieran derribado?

Quisiera dividir esta reflexión en cinco desafíos que, a mi juicio, deberemos afrontar con profesionalidad e inteligencia, si queremos ajustarnos a la sensibilidad y el tacto político demandados por la nueva época.

1. El desafío de la representación

Una investigación reciente de la Facultad de Comunicación confirma que el tratamiento de las fuentes y el acceso a la información sigue siendo un problema medular entre nosotros. De 636 noticias analizadas, el 43.4 por ciento incluía una sola fuente, mientras que el 22.4 por ciento,  dos fuentes representativas del mismo enfoque editorial. La presencia de diferentes puntos de vista se advirtió en apenas el seis por ciento de las notas. Y, tan preocupante como el dato anterior, es que solo el 17.4 por ciento de ellas utilizó documentos, en contraste con el 77.4 por ciento que se conformó con fuentes humanas.

Aspirar a una cobertura del acontecer internacional que desconozca estos antecedentes y prácticas sería como pedirle peras al olmo. Desde el pasado 17 de diciembre hasta la fecha, Cuba y los Estados Unidos han dialogado sobre un amplio espectro de temas, según las notas oficiales emitidas por ambos gobiernos: la lucha contra el terrorismo, la discusión sobre límites marítimos en el Golfo de México, el tratamiento de epidemias; las acciones para enfrentar la emigración ilegal, el contrabando de personas y el fraude de documentos; la conservación de especies marinas, las estrategias para contener derrames de hidrocarburos en el Estrecho de la Florida, la mitigación del cambio climático… ¿Cuáles de ellos han sido abordados por nuestros medios? ¿Qué otros géneros, además de las notas oficiales, hemos utilizado con mayor frecuencia? ¿Cuántos expertos cubanos y norteamericanos han sido entrevistados? Se habrán dado cuenta de que estas preguntas son más retóricas que reales, porque la respuesta es bien conocida por nosotros.  No caeré, sin embargo, en la tentación de culpar a las fuentes, ni mucho menos en la de culparnos a nosotros mismos. La madurez de este gremio sabe, tras nueve congresos de la UPEC, que esa ruta  ayuda poco a entender el problema y dilucidar sus causas.

(…)

 “Es preciso que se sepa la verdad de los Estados Unidos –diría José Martí-. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se han de pregonar sus faltas como virtudes”.

Lo que he llamado “el desafío de representación” tiene que ver entonces con superar estereotipos y cuños que nos han representado históricamente en el discurso público. Participar en política, fortalecer el espíritu de la nación en torno a su presente y futuro, formar ciudadanos, implica que pensemos y discutamos entre todos los dilemas de la actual coyuntura, que recuperemos sin ingenuidades el imaginario simbólico de nuestra Historia, que aprendamos la Historia antigua y contemporánea de los propios Estados Unidos, su cultura política y que distingamos entre su espíritu de libertad y de conquista.  

2.-   El desafío de la comunicación:

Tratarse como iguales no significa, como tantas veces se ha repetido, que los Estados Unidos hayan renunciado a sus objetivos históricos respecto a Cuba. “Aprender el arte de convivir en medio de nuestras diferencias” significa cimentar y abonar un terreno donde el Imperio –entrenado vastamente en una cultura de dominación- y la Isla- obligada a desplegar por más de cincuenta años una cultura de resistencia- puedan dialogar de forma civilizada y productiva.

Ahora bien, que hayan cambiado los medios y las tácticas de conseguir los mismos fines no es marginal, ni el alcance de esos métodos debería subestimarse.

(…)

Es, probablemente, la prueba más grande que haya enfrentado la institucionalidad revolucionaria en las últimas décadas. La pequeña isla, sometida y acosada históricamente por las políticas de bloqueo, privada muchas veces de diálogo con instituciones financieras internacionales, sumergida en el “vivir al día” para resolver cotidianamente problemas de sobrevivencia, tiene que reaccionar ahora a señales que provienen de todas partes, responder con agilidad propuestas, ejecutar proyectos, enfrentar la sobreexcitación global sin desconcertarse.

Es difícil, lo sé, pero la alternativa no es –ni lo está siendo- esconder la cabeza dentro de una concha de caracol. Ha llegado la hora de que el capital humano, intelectual y cultural formado por la Revolución demuestre sus potencialidades, afronte decisiones complejas, desate sus iniciativas para ponerlas en diálogo con las nuevas circunstancias. La avalancha no puede enfrentarse centralizadamente. No en todos los casos. Y menos en la prensa, que tiene y tendrá cada vez más radios, corresponsalías, periódicos comunitarios y redes sociales por todas partes.

(…)

Hay que construir el tejido social de nuestro proceso de cambios comunicativamente y la institucionalidad revolucionaria debiera asegurarse de que dispone  de las estructuras, los recursos humanos y la voluntad para garantizarlo. Luego de tantos años invisibles para las trasnacionales mediáticas, deberíamos aprovechar  el boom del interés por Cuba, lo mismo en titulares de periódicos que en visitas de primeros ministros, congresistas y personalidades de todo tipo, para dar a conocer lo que somos y, sobre todo, lo que podríamos llegar a ser.

Estados Unidos ha dicho, como también cabía esperar, que apoyará al sector privado emergente dentro de la Isla. Y el gobierno cubano, por su parte, ha reconocido las potencialidades de ese sector como  fuente de crecimiento económico. Que se visibilice, que utilice recursos de comunicación para insertarse en el mercado, incluso que necesite la publicidad para posicionarse en un ambiente de creciente competencia, no debiera extrañarnos.

(…)

El Estado tiene el desafío de ser eficiente, y el sistema comunicativo de la Revolución tiene el deber de acompañarlo en ese propósito. Pero si no hay voceros en los ministerios y otras entidades, si las estrategias de comunicación no se convierten en instrumentos de aplicación práctica cotidiana,  si los funcionarios no se entienden a sí mismos como servidores públicos y carecen de entrenamiento para enfrentarse a cámaras, grabadoras y micrófonos, el camino de mostrar la sostenibilidad y prosperidad de nuestro socialismo se hará más empedrado y difícil.

3.   Un problema de interacción.

No es novedad decir que se ha transformado estructuralmente el espacio público cubano. El modelo mediocéntrico, que caracterizó  a nivel global la producción y distribución de formas simbólicas, es ya historia. No digo que los medios no tengan importancia. Lo que quiero decir es que se insertan ahora dentro de un ecosistema más desestructurado y complejo, donde las jerarquías se diluyen. Si en 1980 visibilizar los efectos de un huracán dependía de las cámaras de la televisión o las fotografías de un periódico, hoy los celulares, las redes sociales, el paquete semanal pueden cumplir potencialmente los mismos propósitos.

(…)

Cualquiera de nosotros podría, al analizar estos temas, llamar la atención sobre las dimensiones de la encrucijada cultural en la que estamos. (…)

Por más que nos pese, este es el mundo en que vivimos y el Paquete Semanal, aún en medio de las singularidades del contexto cubano, se parece mucho a lo que Direct TV ofrece a millones de espectadores en todas partes, que no paran de hacer zapping frente a cientos de ofertas audiovisuales simultáneas. La televisión a la carta es una tendencia irreversible e imparable del escenario comunicativo contemporáneo. Y la reacción frente a ella no puede ser la censura, ni los ojos ciegos, ni los oídos sordos.

Lo que en realidad debiera preocuparnos es que nuestros centros de enseñanza no dispongan aún de programas de recepción crítica frente a la televisión, que la crisis de valores desestructure  los mecanismos sociales disponibles para discernir lo ético de lo que no lo es, que los medios  reproduzcan impunemente la misma banalidad y norteamericanización que le cuestionamos al Paquete, que la crítica a todo lo anterior no siempre cristalice en un potente movimiento cívico, de defensa de la cultura de la nación.

(…) Entendamos de una vez que se puede tener la prensa y no tener la comunicación.

4.     Un desafío de gestión.

Si me preguntaran una de las prioridades que la subversión ideológica adoptará en las nuevas condiciones, afirmaría que es cavar un abismo entre la capacidad de creación e innovación del pueblo cubano, y la supuesta intransigencia de sus instituciones.

Como sugerí antes, no nos asombremos de que el adversario apueste a contrastar las formas de gestión no estatal con las públicas,  que intente enfrentarlas, o presentarlas en el imaginario social como dos polos opuestos: de un lado, presuntamente, la modernidad, el emprendimiento, la habilidad para desatar hasta el infinito las fuerzas productivas. De otro, una imagen de inercia, lentitud y burocracia por parte de los aparatos del Estado.

(…)

Dentro de este contexto, resulta decisivo que se respire un ambiente de innovación en la prensa cubana, que aprendamos con urgencia sobre economía de medios y formas novedosas de gestión  para hacerlos sostenibles, que retengamos a los mejores recursos humanos y a cientos de jóvenes talentosos, portadores del espíritu de renovación; que habilitemos las condiciones objetivas y subjetivas para sacudir a los mediocres y premiar a los más consagrados.

Es un hecho que, en algunos casos, las audiencias caen como de un despeñadero o se desplazan desde los medios tradicionales hacia otras plataformas de comunicación más atractivas y dinámicas. Lo anterior debería preocuparnos y obligarnos a evaluar soluciones puntuales, sin esperar a una transformación general del sistema comunicativo. Hay que concentrar los mayores recursos donde más frutos rindan. Como mismo chequeamos con sistematicidad los lineamientos de la política económica –y generamos en torno a ellos propuestas experimentales-, deberíamos intentar llegar a la II Conferencia del Partido con experimentos sòlidos y consistentes, que se constituyan para nuestros medios en locomotoras del cambio.

En las aulas de nuestras universidades, y en la experiencia acumulada por los medios revolucionarios está la arcilla para modelar la nueva prensa. Hay cientos de jóvenes periodistas, con sólida formación académica y modernas habilidades profesionales, dispuestos a fundar. No es incomprensiones y trabas burocráticas lo que ellos buscan, sino libertad de creación, ambientes innovadores, oídos abiertos a formulaciones osadas, iniciativas que los hagan crecer y no desmovilizarse profesionalmente. En todo caso, es lo mismo que buscábamos nosotros en otra época y en otras circunstancias, cuando teníamos 20 años.

5.    El desafío de la construcción de nuevos consensos

Desde el pasado diciembre, y más recientemente a propósito del anuncio de la apertura de embajadas en ambos países, los presidentes Raúl Castro y Barack Obama han dado muestras ejemplares de que es posible entenderse y dialogar. En su misiva al mandatario cubano, Obama invocó términos como “relaciones respetuosas y cooperativas” y ratificó principios de la Carta de Naciones Unidas como “igualdad soberana”, “respeto por la integridad territorial e independencia política de los Estados” y “no injerencia en los asuntos internos”. Hemos tenido que esperar 113 años y recorrer una larga ruta de independencia para desterrar el espíritu plattista de las declaraciones de un gobernante norteamericano. Si la política necesita del discurso para expresarse y hacerse entender,  el próximo 20 de julio estaremos abriendo no solo embajadas, sino también una nueva dimensión comunicativa.

Le toca a la prensa en el nuevo contexto encontrar los tonos apropiados para cada momento, ecualizar el lenguaje, profundizar en los argumentos de acuerdo con la complejidad de las circunstancias. Recuperar la iniciativa del debate y  la policromía del discurso público. No es una prioridad solo para la nueva era en las relaciones Cuba-Estados Unidos, sino también para el fortalecimiento permanente del consenso nacional.

(…) Estos tiempos no son los años 60, ni Cuba es el país de analfabetos que registró el último censo previo al triunfo de la Revolución. Si algo produjeron las últimas cinco décadas fueron hombres y mujeres pensantes, jóvenes informados, ciudadanos capaces. Todos ellos forman parte del presente y el futuro de la República, y ninguna de sus críticas debiera ser motivo de exclusión. En todo caso, fue la  Revolución la que les aseguró el derecho de pensar con cabeza propia y expresar sus convicciones.

(…) Ahora que los Estados Unidos no estarán solo a 90 millas, sino, probablemente, en opulentos aviones de American Airlines posados en nuestros aeropuertos, o en lujosos ferrys con sus narices asomadas al Puerto de La Habana, ninguna escaramuza de coyuntura debiera ser más fuerte que la unidad nacional. Y aunque parezca paradójico, la unidad nacional será más sólida mientras más flexibles y abiertos a la diferencia resulten los límites de la cultura política compartida. (…)

(…) Este pueblo terco y  perseverante que somos los cubanos está entrenado en dar la pelea. Casi doscientos años de lucha por el camino de la independencia nos han hecho llegar hasta aquí y vivir la expectativa de los días que corren. Por nosotros, por nuestros hijos, por Cuba, nos toca ahora, con prudencia y al mismo tiempo con osadía, asumir los riesgos.

Monterey, 18 de junio de 1967. The Jimi Hendrix Experience y el sacrificio de la guitarra

“quemar mi guitarra fue como un sacrificio. Tu sacrificas las cosas que amas. Yo amo mi guitarra”.

Jimi Hendrix

Después de ver Jimi: All by my side (diga lo que diga RS, un olvidable biopic sobre los años del despegue de Jimi Hendrix) me entraron ganas de volver a ver su antológica quema de la “transition” Fiesta Red 1965 Fender Stratocaster, rebautizada a partir de entonces como Monterey Strat, en el Festival Monterey de 1967.

Jimi Hendrix burning the Monterey Strat, at Monterey Pop Festival, in Monterey, June 18th 1967. Photo: Jim Marshall
Foto: Jim Marshall

Al parecer, la idea del incendio de la guitarra rondaba la cabeza de Hendrix con insistencia desde hacía un tiempo, en una suerte de acto místico, sensorial y contestatario, muy propio de la era Acuario y el movimiento hippie. Unos meses antes, en marzo del 67, en London Astoria, intentó incendiarla y se llevó unas buenas quemaduras como resultado. Al parecer para junio había perfeccionado su acto, y el domingo 18 los asistentes al Monterey Pop Festival pudieron disfrutar no solo de un Jimi en estado de gracia sino de uno de los pasajes más icónicos de la época dorada del rock (inmortalizado, para suerte de nuestras generaciones, en las fotografías de Jim Marshall y en las imágenes del documental Monterey Pop).

Jimi Hendrix burning the Monterey Strat, at Monterey Pop Festival, in Monterey, June 18th 1967. Photo: Jim Marshall
Foto: Jim Marshall

De esa escena, que habré visto una decena de veces, me encantan varias cosas. El ritual, por supuesto, en especial el momento en que Jimi monta la guitarra, o mejor dicho, tiene sexo, lasciva y poderosamente, con ella. Lo otro es el rostro de la muchacha que aparece en el minuto 1:56, esa mezcla de terror, fascinación y sorpresa ante un acto inexplicable y seductor, como si volviéramos a los tiempos tribales en los que la liturgia, el misterio y el fuego devorando la oscuridad controlaban la vida de hombres y mujeres.

Norge Espinosa “Ogullosamente dando batalla: la revuelta no comienza en el Kingbar”

Casualmente esta mañana escuchaba en la radio a Pablo Milanés cantando aquello de “no somos Dios, no nos equivoquemos otra vez”. Y cuando entro a Facebook me encuentro este texto de Norge Espinosa, que saca la cara y nos plantea dilemas que a algunos trasnochados pueden parecerle “cosas de maricones”, pero que son en realidad parte esencial de la Cuba que se reconfigura. Como casi siempre, sin haber cruzado palabras apenas, sin que él sea consciente del respeto que como escritor y como intelectual le profeso, otra vez alzo mi mano junto a Norge Espinosa por ese mañana posible.

Por Norge Espinosa Mendoza

Me había sucedido ya antes, en una noche en la cual dos amigos chilenos (un actor y un compositor) quisieron visitar el lugar de moda en La Habana. Promocionado como un sitio gay friendly desde su apertura reciente, y que contó con Mariela Castro entre las invitadas de su noche inaugural, era y sigue siendo parte de esa otra ciudad, que va poblándose de bares y cafeterías en número creciente, y que parece alistarse para un futuro cada vez más inmediato. Fuimos, y no nos dejaron entrar, con la misma excusa que anoche, al regresar al KingBar, nos regalaron en la puerta: necesitan reservación y el lugar está completamente lleno.

Excusa débil como el papel, que en verdad confirmaba lo que me habían dicho. Los propios dueños del lugar, ambos homosexuales, no se sentían a gusto con demasiados gays o lesbianas dentro de sus predios, aplicando una política de portero excluyente, de la que también varios amigos me fueron trayendo los ecos, porque les pasó lo mismo, o vieron cómo se aplicaba tal cosa a otros que conocían.

En la noche del 27 de junio, los miembros del grupo Arcoiris y otros activistas, decidimos llegar al lugar para corroborar in situ tales comentarios. Era, en cierto modo, una manera de rendir tributo al acto radical que en el Bar Stonewall Inn, de Nueva York, echó a rodar todo lo que ahora vino a confirmarse cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos acabó reconociendo el matrimonio igualitario en toda esa nación, amén de otras conquistas relacionadas con la legalidad, derechos civiles, garantías de tratamiento médico, etc., que forman parte de una tradición de lucha que no puede quedar oculta tras el oropel de los gay pride parades.

Cuando se habla de un compromiso armado, de una fe que aspira a advertir, tras la máscara del mercado y la fiesta, la verdad esencial de las personas que son esa comunidad LGBTIQ en el mundo, en contextos diversos, en culturas distintas, y con urgencias semejantes, queda claro que la lucha no ha terminado. Por eso fuimos allí, también para celebrar el lanzamiento del número 38 de la revista Extramuros, dedicada al tema “Desbordes de lo homoerótico” y que se presentó al público esa misma tarde en la Librería Alma Mater.

El plan era hacer ahí, delante del King Bar, una besada pública, como ya las ha hecho Arcoiris, en protesta a la homofobia que esta vez desplegaban sus propios dueños, desde una hipocresía no tan sutil como gay friendly en apariencia. Sólo que no aclaraban, exactamente, qué amistad y qué tipo de gay estaban dispuestos a acoger en su tan exclusivo recinto. Lo que quedó claro es que ni mis amigos, ni yo, formamos parte de ese estrecho rango.

Como se dejó ver en la discusión que ocurrió a la entrada del King Bar, no formamos parte de ese grupo de gays que, al parecer, deben entrar con los diez CUC de consumo mínimo  que nos dijeron allí se exige, y por supuesto, nuestras ropas informales no coinciden con el patrón de cliente al que aspiran. Tal vez debimos ir travestidos: sayas largas, pantalones de marca, camisas abotonadas rigurosamente, o bañados en una ola de Chanel.

El pretexto del lleno total se convirtió prontamente en un cruce de argumentos acerca del “derecho de admisión” que la casa se reserva, y de ahí pasó a otro intercambio de criterios con aquel muro de amigos o trabajadores del King Bar que mal disimulaban tras una falsa sonrisa su escasa preparación ante tales interrogantes. Cuando las palabras comenzaron a no bastarle, el dueño del sitio, desde esa prepotencia que el cubano tanto ejercita, mencionó al Cenesex como entidad protectora de su conducta, citando el nombre de alguien en esa institución al que podíamos pedirle cuentas. Una persona, por cierto, que ya no trabaja en el Cenesex.

No hubo altercado físico, no hubo tironeo.

Fotos sí, algunas hechas por parte del grupo de unas diez personas que me acompañaba, y otras por los del bar, que trajeron prestos a una de sus trabajadoras para que nos cegara con el flash de la cámara que tal vez sacan a relucir cuando alguna celebrity se acerque al sitio, tan de moda. Del servicio que brindan, no puedo decir nada, ya que como dije, por segunda ocasión no me dejaron traspasar la puerta, aunque el novio del dueño, tan besucón con su pareja a la hora de alejar la idea de cualquier acto discriminatorio, me reconociera y gritara: tú eres periodista, o comentarista, o algo así. Me alegró no oír mi nombre saliendo de esos labios.

Y pensé: si cambiáramos el contexto, la revuelta que en 1969 dio inicio a todo lo que hoy, pese a lo mucho que falta, no permitiría a estos gays de tan “alto nivel” estar en ese sitio ni cerrándonos el paso. Las locas humildes del Stonewall Inn, las dragas yanquis y latinas de esa noche en que se desató la pelea, no hubieran podido acceder a su interior. No hubiera tenido que venir la policía a lanzar su redada, porque los propios dueños del bar no les hubieran permitido cruzar la puerta. Aquellos pájaros pobres o de una economía no tan generosa, no hubieran podido refugiarse entre esos muros, porque la homofobia de sus propios patrones gays les negarían el lugar para sentirse un poco menos desprotegidos. La lucha no hubiera tenido lugar.

Y me alegré enormemente de que las cosas no hayan sucedido así.

Cuando nos retirábamos, tras oír al dueño vociferar que ni siquiera reservando de antemano entraríamos nunca a ese sitio, a ese “lugar privado” que alardea de ciertas conexiones con entidades del aparato oficial que les sirven de escudo homofóbico, nos dijeron: vinieron por gusto. Evidentemente alguien les había alertado. Lástima no hayan sido suficientemente cautos como para elaborar una maniobra más diplomática o ingeniosa. “No”, les dije. Para nada hemos venido en vano. Todo lo contrario: me han permitido comprobar todo lo que sospechaba.

Durante la presentación de la revista Extramuros, mi colega Víctor Fowler me hablaba de su entusiasmo respecto al cambio radical que el Corte Suprema dio a la historia de los EUA. Es el momento en que la comunidad LGBTIQ cubana debe ponerse a prueba, y exigir con voz propia una legislación que reconozca aquí esos derechos, me dijo.

Si bien entiendo su reclamo y lo comparto, no estoy tan seguro de que esa comunidad criolla esté condicionada ni consciente de sus propios derechos a tal nivel como para imaginarse alzando la voz en pos de tales reformas. Nuestra comunidad LGBTIQ sigue esperando a que otros hablen por ella, carente de un sentido de lucha asentado en su propia tradición y en sus antecedentes, cegada por otros modelos de vida aparentemente más fácil y glamorosa antes que interesada en cómo activistas de América Latina y el Caribe emprenden su batallar. Con una paciencia cruzada de brazos, vemos pasar el tiempo sin que ciertas cosas y ciertas mentalidades y ciertos poderes nos permitan oír una nueva consigna.

Si en Cuba la comunidad LGBTIQ fuera tan auténtica como algunos dicen, si existiera como tal, quizás los dueños del KingBar (nombre de doble sentido tan obvio y en cierto modo poco elegante, con su eco de reguetonería reforzado por el poco imaginativo logo que lo anuncia), fueran más cuidadosos. Porque tendrían que asumir a quienes la conformen más allá de su poder adquisitivo, del valor del billete que traigan a su puerta. Y tal vez hubieran tenido que responder a las quejas y protestas de aquellos que no han podido traspasarla, mientras otros, ese gay modélico bien peinado, adinerado y ostentoso, sí logran sentarse a sus mesas.

No necesito oír al dueño de ese sitio negándome la entrada para saber que no quiero entrar ahí. Lo sabía de antemano, pero agradezco que me permita confirmarlo. La Habana, por suerte y desgracia, se va llenando de otros sitios, y prefiero tomar mi margarita en El Madrigal, donde mis amigos no son calificados según su vestimenta. O en otros que no visito porque el tiempo no me alcanza, y porque en realidad, contemplo con cierto estupor esa Habana que aspira a recibir donaciones de otro tipo, esperando de ellas un nuevo maquillaje para una cara demasiado maltratada por la desmemoria y batallas muy lejanas.

La mía es una batalla que piensa esa Habana en términos de futuro, radicales, queers. No pienso abotonarme la camisa para entrar al KingBar. He estado en suficientes sitios gays de otros espacios y países como para saber que el respeto, más allá de ese disfraz, tiene su propio valor. Y me gustaría que a los homosexuales y lesbianas, transexuales, pacientes de VIH-Sida, etc., de mi país, no se les olvidara tal cosa. La dignidad empieza cuando uno sabe en qué sitio, en qué momento, en qué batalla se ha de estar.

Guardo el dinero que hubiera gastado en ese lugar para días mejores. Para gastarlo, en todo caso, así sea en la democracia del malecón, con mis amigos, con los quiero. Con los guerreros que me acompañan.

(Tomado del blog del Proyecto Arcoiris)

Perogrulladas (I)

La sabiduría popular no se llama así por gusto. Acabo de caer en la cuenta de que muchísimo antes que a los muy respetables Edward Aloysius Murphy y John W. Campbell les diera por teorizar acerca del desastre y la negatividad teníamos a mano ese lo que está pa ti nadie te lo quita que es más verdad que las acusaciones a la FIFA por corrupción.

Tardes de cocteles

Havana Club 3 Años + Jugo de Maracuyá + Jugo de Limón + Azúcar (no recomendado)
Havana Club 3 Años + Jugo de Maracuyá + Jugo de Limón + Azúcar (no recomendado)

Tarde de domingo. Solo en casa. La lectura de las primeras páginas de Everyday Drinking, de Sir Kingsley Amis, con sus divertidos y eruditos comentarios sobre el arte de sobrebeber, me llevó a dar el primer paso. Desde hace un tiempo juego con la idea de hacer unas tardes de cocteles, sesiones de tragos DIY que además de matar el tiempo permitan ahorrarnos a mí y a los amigos que quieran involucrarse los impuestos de los bares.

Como no tenía nada mejor que hacer decidí comprar una botella de Havana Club Añejo 3 Años (la madre de todos los cocteles con base de ron en Cuba) y mezclarlo con algunos ingredientes de mi refrigerador. El resultado fue el de la imagen, un trago con 60 ml de Havana Club Añejo 3 Años, 60 ml de jugo de limón, 60 ml de jugo de maracuyá y 3 cucharaditas de azúcar (por desgracia no tenía hielo en ese momento, pero es indispensable). La mezcla –por no hablar de las dosis– de los ácidos del limón y el maracuyá fueron demasiado, al menos para paladares sensibles como el mío[1].

Creo que en segundo intento eliminaré el limón y añadiré el hielo a ver qué pasa[2]. Si alguien se embulla es bienvenido. El cover consiste en traer un ingrediente para los cocteles y un buen tema de conversación. Deséenme suerte.

[1] Un trago de esto puede sacarte una especie de sonrisa de gato de Chessire estreñido sentado en una pila de arena.

[2] Fue un desastre; la sonrisa de Chessire fue menos amplia, pero igual fue un desastre.