(Lea la primera parte aquí)

4.31 pm

El conductor mira a los ojos a los agónicos aspirantes a pasajeros que estamos apostados a lo largo de la cuadra. En su cara, una mueca indescifrable nos advierte de algo terrible que ni yo, que tanto he pasado este día, interpreto. Con parsimonia, el P1 se pasea impávido ante nuestra vista, indeciso sobre en qué lugar abrir sus puertas. No para, estira su esqueleto como felino dominante que se sabe en lo más alto de la cadena alimenticia.

Empezamos a movernos. “Ah, que tú escapes” pienso entre aterrado y divertido por la concurrencia de la frase.

“Corre”, le sugiero a una muchacha que lo sigue con la mirada.

El pequeño arroyo humano que ya somos se abalanza por todas las hendiduras del mastodonte que finalmente ha decidido detenerse. Subo, contesto por esta minúscula victoria.

“Bajen, que está roto” nos grita una señora de aspecto derrotado.

Me bajo, veo a la muchacha, me mira, nos sonreímos. “¿Ves?, no había por qué correr” me dice.

Regreso a la parada imaginando que soy un torturador medieval que empala públicamente a un chofer y a un funcionario del Mitrans para escarmiento ejemplar de su gremio.

5.10 pm

El tercer, ¿o fue el cuarto? P1 paró cerca de la parada (pensar que pararía “en” la parada sería ilusorio). El alud humano en nos habíamos convertido los irritados que llevábamos hora y media esperando atacó la guagua por todos sus flancos, poniendo en peligro su majestuosa estabilidad.

Una maraña de brazos, piernas, rodillas y dedos se afanaba por agarrarse a las puertas, a os tornillos, a cualquier cosa aferrable que los sacara de esa esquina de todos los demonios.

Sentí mi cuerpo arrastrado por la marea, luché a brazo partido por remontar la resaca, di codazos y empujones hasta hallarme arriba, definitivamente pasajero del P1.

5.16 pm

Entre tanta gente desesperada descubro un rostro a todas luces extranjero, feliz, extasiado por la aventura de alejarse por una semana del metro, las ciudades de acero y las temperaturas nunca superiores a los veinte grados.

Lo miro con odio, un odio que él nunca podrá entender, como no podrá entender mi obstinación eterna a ganarle la pelea diaria al transporte cubano y no a ningún otro. Me sonríe. Hoy todo el mundo me sonríe.

Un par de paradas más tarde este P1 parece uno de esos trenes hindúes a punto de reventar. En uno de los habituales vaivenes salgo disparado contra una muchacha. Su novio me lanza una mirada asesina. Lo miro con cara de cordero degollado. Lo que me faltaba, un choque con un novio celoso.

Un brusco timonazo me hace olvidar toda la escena; en mi espalda sentí un crack que deseé hubiese sido una vértebra de mi columna y no la cámara como temía.

Me bajo extenuado, convencido de que al abrir mi mochila encontraré unos trozos inexplicables de lo que fuera la cámara. Un millón de disculpas me sacuden, pienso en explicarle a Rosa que mi computadora se rompió hoy, que llegué a Cubadebate cuando ella se acababa de ir, que me pasé hora y media bajo un sol imposible esperando un P1 más imposible aún, que a los extranjeros les gusta la aventura de derretirse en una guagua habanera al mediodía, que yo esquivo a los novios celosos porque desde la secundaria no me fajo, que los cubanos negamos las leyes físicas y ocupamos varios cuerpos el mismo espacio. Y que por eso la cámara estaba rota. Pero al abrir la mochila, el obturador me observa inexpresivo e intacto.

7.30 pm

De vuelta  a la calle. Optimista impenitente, fantaseo con encontrar al día siguiente grandes titulares en la prensa explicando que en el día anterior se sucedieron excepcionales dificultades con el transporte por culpa de X. Mi andar de vaca al matadero delata mi intención de coger un P1. Pero esto no es todo. En realidad, esto no es nada.

 

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2 comentarios en “El día más largo del año (II)

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