el tiempoEl tiempo, como se sabe, es relativo y no tiene mucho que ver con el viaje de las manecillas por la esfera. Es una medida inmensurable que depende del estado de ánimo del que espera, de su acumulación de contratiempos previos, de su arsenal de recursos para olvidar la hora.

Así como Hobsbawm habla de siglos cortos y siglos largos, también conviene hablar de horas cortas y horas largas. Una mañana conversando con alguien interesante se suele esfumar sin enterarnos, sin embargo todos recuerdan lo interminable de ciertos encuentros que no superan los veinte minutos… según el reloj.

La dictadura del tiempo, o para ser más preciso, de lo humanamente establecido como tiempo, es tal que vivimos inventando maneras de ser más precisos, de no perder el tiempo –perder el tiempo, frase ilustrativa donde las haya–: relojes, calendarios, agendas, recordatorios en cuanto artilugio digital se tenga a mano. Todo con la inútil esperanza de ganarnos un sitio en el paraíso de los puntuales.

Usamos expresiones como matar el tiempo indicando nuestra incomodidad con este, como si fuera un enemigo a abatir, o en el mejor de los casos un pesado e inevitable compañero de viaje. Y obsesionados como andamos con exprimir las horas, olvidamos que es su paso lo que nos constituye.

El nacimiento de un hijo y su crecimiento, las heridas y su cicatrización, por poner un par de ejemplos, son posibles solo por el paso del tiempo. Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne, regresa a su casa veinte años después como si nada. A mí me gusta pensar en Wakefield como un burlador del tiempo transcurrido para otros, un transgresor de la gramática del calendario, alguien que botó los relojes y decidió vivir a un ritmo propio, un ritmo alucinante y un poco extremo si se quiere, pero no por eso menos real que el otro. Después de todo, peor andamos el resto que vivimos al compás de esa ficción llamada segundo.

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