Mi amigo Rafael G. Escalona me regaló hace varios meses un poemario que todavía no he leído, ni creo que lo vaya a hacer. Tiene título surrealista, como de cuadro de Dalí, o de Chirico. Se llama La campana y el martillo pagan el caballo blanco, y fue publicado en 1977, por una enigmática editorial Ayuso. También, ahora que lo pienso, tiene título de cuaderno infantil, pero el libro es naranja, y la ilustración de la portada es una máscara negra y forzuda, a las claras la máscara de un antihéroe de la Cartoon Network. Nada que enamore a un muchacho sensible.

Como se supone, no es este un poemario que alguien se llevaría a casa, al menos no yo, que soy excesivamente previsor, y no leo si no es recomendado. Pero ha caído en mis manos, con una dedicatoria, además, muy sugestiva, porque el autor, un español olvidado por la historiografía literaria de Hispanoamérica, se llama justamente Carlos Álvarez.
Este señor Álvarez nació en Jerez de la Frontera, un 27 de diciembre, hará ahora ochenta años. Yo nací, casi me pego un susto, también en diciembre, pero no el 27, sino el 25. Y aunque Carlos Álvarez se fue tan joven a Madrid como yo a La Habana, no se tomó en serio su vocación literaria hasta 1960. Es decir, cuando contaba con veintisiete. Yo, por mi parte, me la tomé tan en serio desde los dieciséis que ya con veintitrés no valgo un céntimo. Uno se agota de regar la tierra.
Pero sigamos. Los versos de la contratapa son realmente flojos. Hablan de talismanes y de nieblas y de mendigos con una literalidad mosqueada. Parece demasiado ingenuo este poeta. Como si no supiera que los poetas deben cuidarse de los otros poetas, es decir, cuidarse ellos mismos, y no a la poesía, que sabe cuidarse sola. En la poesía pernoctan, como en ningún otro lugar, los asteroides más inverosímiles, las verdades más hondas y rectas, los vértigos más irresistibles, pero también los patanes de toda clase, los farsantes más encumbrados y siniestros.
Si uno aprieta la tuerca y no trata el tema con esa debilidad del hijo pródigo, si uno exprime la ropa hasta dejar el centro, si uno enciende el mechero debajo de la herida, verá salir huyendo de la poesía, ridículos y sin rumbo, terriblemente asustados, a todos esos escribidores de tertulias (tan abundantes en Cuba), agazapados bajo el verso como las cucarachas bajo la alfombra.
No digo que Carlos Álvarez pertenezca a esa especie, o a alguna otra, porque no lo he leído, y  no se puede juzgar a un poeta por una pieza. Más cuando se tiene la idea que tengo yo de la literatura. He llegado a creer que incluso hasta los grandes libros adquieren plena justificación en una frase, en una línea escondida, disimulada en el maremágnum de la obra. O sea, el libro como la catedral que guarda una piedra pequeña. Una catedral que se ha construido no para sí, sino para que esa piedra cobre sentido, tal como un hombre cobra sentido en la extensión del universo, mientras el universo, a su vez, solo se explica por la presencia de ese hombre.
Dostoievski relató la historia de los Karamazov, a lo largo de mil páginas, para que Maxímov, un personaje, por demás, muy secundario, dijera así, como al azar, que lo habían agarrado y le habían dado de azotes. “Pero ¿por qué, por qué?”, le preguntó Mitia, descompuesto. Entonces Maxímov respondió: “pues por mi cultura. ¿Es poco eso para que le peguen a uno?” Lo sabemos. No es poco, es mucho, es una de las golpizas más grandes que le provoca el hombre moderno a sus iguales, y una de las condenas más perspicaces.
Uno lee un poema, pero como la poesía nos pone en evidencia todo el tiempo, solemos decirnos que no son más que versos. Hacemos como que nos lo tomamos en serio, pero solo unos pocos entre millones son capaces de tomárselo en serio desde los dieciséis o los veintisiete hasta el final. Yo he visto gente destrozada por la lectura: famélicos, histéricos, desnudos.
No pienso, pues, leer un autor con mi nombre, no pienso entrar en ese hueco. A Fabián Casas, uno de mis poetas actuales predilectos, le abrieron hace par de semanas un perfil apócrifo en Facebook. Acometieron el fraude con tanta eficacia que mostraron fotos de la infancia de Casas, fotos de Casas con sus amigos, citas de filósofos que Casas citaría y también escribieron poemas, he aquí lo tenebroso, que Casas fácilmente escribiría.
Obvio, Fabián Casas desmintió la treta, aclaró que ese no era él, y que no le interesaban las redes sociales. Todo el mundo le ha creído. A mí me han tomado mi nombre, mis datos, mis fotos con Víctor Mesa o con amigos, mis excentricidades, mis criterios sentenciosos, y los han colgado en Facebook también, casi diariamente, con inexplicable naturalidad. Me han hecho quedar en ridículo, demasiado expuesto, pero lo han hecho tan bien que no tengo forma de desmentir el truco, y de aclarar que ese muchacho virtual no soy yo. No han subido mis poemas, porque a eso no tiene acceso nadie, y porque ya sería demasiado, algo poco propio de los juegos que se reconocen como tal.
Pero qué pasaría, digo, si uno no es lo que cree ser sino su apariencia. Qué pasaría si en verdad uno es toda la debilidad y la catástrofe y la impudicia que muestra y no la persona que creemos mantener oculta, tan oculta que ni siquiera nos tomamos el trabajo de mirar de vez en cuando para ver si todavía sigue ahí (la mía ha echado a correr, cansada de la oscuridad, despavorida). Qué pasaría si en definitiva Fabián Casas sí fuera el Fabián Casas de Facebook y estuviese doblándole a todo el mundo por tercera no en las redes sociales, sino en sus declaraciones. Qué pasaría si lo apócrifo fuese, en realidad, lo verdadero.
Leopoldo María Panero, un esquizofrénico catalán, tomó un poema de Beckett, un breve diálogo titulado Electroshock, y lo tradujo al español. Luego lo publicó como si fuera suyo. Lo publicó como si fuera suyo sencillamente porque era suyo. Panero había vivido ese poema desde la primera línea y no tenía por qué escribir lo que Beckett ya había escrito antes, sin que por eso le perteneciese más. Uno mira la vida de Beckett y la vida de Panero y siente que el poema pertenece a este último.
No hay manera entonces, con el perdón de mi amigo Escalona, de que abra ese libro naranja de la Editorial Ayuso, no vaya a ser que Carlos Álvarez, nacido en Jerez de la Frontera, hacia 1933, haya publicado dos años después de la muerte de Franco los poemas que ahora estoy escribiendo yo.
(Tomado de OnCuba)
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